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Marcelo Peyret en AlbaLearning

Marcelo Peyret

"Cartas de amor"

Carta 58

Biografía y Obra

 
 
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Música: Albeniz - España Op. 165, no. 2 "Tango"
 

Carta 58

De Alberto Asparón a Celia Gamboa

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Cartas de amor (82)
Cartas

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Querida Celia:

Te escribo en un café cercano al puerto, pues dentro de una hora parto para Montevideo. Acabo de batirme con el señor Varela y he tenido la suerte de no ser yo el herido.

En pocas palabras te contaré cómo fue. Yo quería elegir la pistola, pero mis padrinos me convencieron de lo contrario, sabedores de que Varela es un eximio tirador. Yo tiro muy mal a la esgrima, pero no hubo más remedio que elegir el sable. Todo se reduciría, al decir de mis padrinos, a alguna pequeña herida en un brazo. Estuve practicando una hora, refrescando viejos conocimientos. Completamente sereno, estaba firmemente decidido a castigar al señor Varela por su insolencia. Aunque él me hiriera, yo también iba a herirlo.

Llegamos al sitio indicado para el lance — la quinta de un amigo — y, previa desinfección de las armas e indicaciones de las condiciones del lance, nos entregaron los sables. Después del saludo, nos pusimos en guardia.

— Adelante, señores — dijo entonces el director del duelo.

Yo no vacilé. Me había irritado el rostro impasible de Varela. Me miraba y sonreía. Por eso, en cuanto oí la orden de empezar, me arrojé sobre él, hecho una furia. Yo no sé cómo hizo, pero paró todos mis golpes y volvió a mirarme sonriente, insultándome con su tranquilidad. Volví a arrojarme sobre él, y entonces, mediante un golpe dado con habilidad, me desarmó. Mi sable cayó a dos pasos de distancia.

Yo estaba temblando de ira. El, sonriendo siempre, me saludó con el arma.

El director del lance nos exhortó entonces a desistir de llevar las cosas más adelante. Pero yo me opuse. Tenía que vengarme de la vergüenza que acababa de hacerme sufrir.

— Sigamos.

Se desinfectaron nuevamente las armas y volvimos a ponernos en guardia. Pero esta vez cambié de táctica. Lo ocurrido acababa de convencerme de la habilidad de Varela, y entonces, en vez de lanzarme sobre él ciegamente, decidí esperar una ocasión propicia. El sonreía siempre, despreciativo, como perdonándome la vida, insolente y compadre, sintiendo la seguridad de que al final iba a herirme. Yo sentía una mezcla de rabia y de temor, de temor, no de una herida, sino de la humillación que iba a significarme su triunfo. Por otra parte, me hallaba a su merced, dependiendo de su capricho. Esperaba su golpe. En vez de defenderme pegaría yo también, y ambos resultaríamos heridos. ¿Me daría tiempo? Esa era mi angustia, mí preocupación.

El no pareció estar apurado. Por el contrario, se diría que se gozase jugando conmigo, sonriendo siempre, con esa sonrisita que me lastimaba más que un golpe. Por fin, dejó de cubrirse. Apartó el brazo en que sostenía la espada y me miró como invitándome a herir. Yo presumí una táctica, un ardid y me quedé quieto.

En voz baja, sin que lo oyeran los padrinos, sin mover casi los labios, me susurró:

— Vamos, a fondo. . .

Yo apreté el arma en mi mano, sin atreverme a avanzar. Sabía que con un golpe hábil pararía mis arrestos.

El continuó hablándome con voz apenas perceptible.

—Vamos, a fondo; rehabilítese usted.

Y sonreía, sonreía diabólicamente, sabiéndome en sus manos, teniendo la certeza de que al fin lograría irritarme y que me lanzaría sobre su arma. En un esfuerzo inaudito de voluntad, logré serenarme, y sólo hice unas cuantas fintas.

El no se cubría. Con una seguridad en sí mismo que llegó a desconcertarme, dejaba que mi sable le rozara casi el pecho, concretándose a sonreír.

Entonces sucedió lo increíble.

Al ver que no avanzaba, me miró con lodo el desprecio que puede poner un hombre en la mirada, y, tuteándome, me dijo:

— ¡Tienes miedo, cobarde!

Entonces yo no reflexione más. Me cegó la ira, y viéndole el pecho descubierto, empuñe con todas mis fuerzas el arma, y cerrando los ojos, me fui a fondo.

Esperaba sentir un golpe, pero nada. Mi sable halló una resistencia leve y lo sentí hundirse en una cosa blanda.

Abrí los ojos y vi que mi arma se hundía más de cinco centímetros en el pecho de Varela. La retiré prontamente y salté hacia atrás, en tanto que el director del lance gritaba:

— ¡Alto! ¡Alto!

Varela se oprimió la herida con una mano. Vaciló un instante y luego, muy pálido dijo:

— No es nada, señores. Continuemos.

Un gran vómito de sangre le cortó la palabra, y cayó entre los brazos de sus amigos.

Mis padrinos quisieron llevarme, pero yo me precipité hacia el grupo que rodeaba a Varela y al médico. Este movió la cabeza, y, poniéndose de pie, murmuró:

— Creo que no hay nada que hacer.

Entonces yo sentí una sensación rara, una especie de opresión. Acababa de matar a un hombre. Y no estaba conforme, por más que tenía toda la razón. Estoy seguro que él pretendía matarme a mí, y sólo un exceso de confianza en su pericia hizo que no parara a tiempo mi golpe y que yo lo hiriese. Sin embargo, me hallé molesto, incómodo, a pesar de que cinco minutos antes deseaba esta solución con un ansia imposible de expresar.

En fin; ahora es necesario mirar hacia lo futuro. El señor Varela ya no volverá a ponerse en nuestro camino. Yo hubiera deseado ir a verte, pero mis padrinos me dicen que es mejor, dada la gravedad de Varela, que me aleje. La noticia de su muerte me llegará al extranjero, y una vez que la gente se olvide un poco de este desgraciado incidente, volveré.

Y ahora, Celia mía, hasta pronto. Te escribiré mañana, enviándote mi dirección.

Ya ves cómo no había que afligirse por mí. Dios hace triunfar siempre al que tiene la razón. Y en este caso toda la razón es mía.

El señor Varela mismo debe haberse dado cuenta de eso, pues cuando, acercándome a él, que estaba sin conocimiento, le tomé la mano y se la apreté, siempre con los ojos cerrados, murmuró débilmente:

— Divina . . . divina . . .

Sin duda se refería a la divina providencia o a la justicia divina.

Después ya no habló más.

Y ahora, mi linda novia, una gran beso.

Alberto.

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