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Marcelo Peyret en AlbaLearning

Marcelo Peyret

"Cartas de amor"

Carta 52

Biografía y Obra

 
 
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Música: Albeniz - España Op. 165, no. 2 "Tango"
 

Carta 52

De Ramiro Varela a Alberto Ponce

OBRAS DEL AUTOR
Cartas de amor (82)
Cartas

ESCRITORES ARGENTINOS

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Ángel de Estrada
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Roberto Jorge Payró
Silvina Ocampo

 

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Querido Alberto:

Con un sentimiento de honda tristeza te escribo. Ayer, cumpliendo la promesa que hiciste a Antonieta, fui a verla. En verdad que no esperaba hallarla en el estado en que la encontré, a pesar de lo que en tu carta me advertías.

No sin una secreta nerviosidad llegué a su puerta. La criada que me recibió, la misma de siempre, pareció extrañarse de mi visita. Con seguridad, que Antonieta no se lo había prevenido, no creyendo que yo iría. Se me hizo pasar a la salita donde habitualmente me recibía otrora, cuando yo llegaba antes de que ella hubiese terminado su tocado. Todo estaba como entonces. Hasta me parecieron las mismas flores que languidecían en los floreros; una rosas rojas, sangrientas, que yo una vez comparé con sus labios y que desde entonces se renovaron continuamente. ¡Cuántas veces deshojé yo sus corolas arrojando sus pétalos de púrpura sobre la inmaculada blancura del lecho!

— Mira — le decía. — Son tus labios que, por milagro, acaban de multiplicarse.

— Así te podrán besar más — me contestaba.

Y allí estaban las rosas rojas, con sus corolas bien abiertas, esperando la mano que ya nunca vendría a deshojarlas.

Por un instante me olvidé de lo que me habías dicho respecto a la ruina física de Antonieta y me pareció que iba a aparecer, como antes, radiante de belleza, envuelta en su peinador de seda, tendiéndome sus brazos blancos, mórbidos, ofreciéndome sus labios, y mirándome con sus ojos lánguidos, promisores de quién sabe qué delirios.

Y por mi memoria pasó al recuerdo de sus caricias, de sus ternuras, de sus abandonos, de sus embriagueces. Revivió por un instante nuestro pasado, y, sin quererlo, sentí un renacer de ansias dormidas.

— Ramiro. . .

Su voz, una voz triste y apagada, me trajo a la realidad. ¡Y qué espantosa, qué cruel es esa realidad! Como tú, casi no la reconocí. Tenía ante mí a una señora, vagamente parecida a la Antonieta que yo amara, algo así como una hermana mucho mayor. Estaba vestida sencillamente, sin alardes de lujo, y su rostro, su pobre rostro envejecido, huérfano de los cuidados del tocador, me habría parecido ridículo casi, a no producirme la pena que me produjo. Marcábanse las arrugas junto a los ojos, en la comisura de sus labios, en sus mejillas, en el cuello. Como ha adelgazado, se diría que la piel le está grande. Nos miramos un rato en silencio, sin atreverme a hablar, sin poder decir nada de lo que llevaba pensando. Mis frases de consuelo, las piadosas mentiras elaboradas la noche anterior, se esfumaron como una columnita de humo que disipa la brisa, y quedé allí, sin poder disimular mi sorpresa, sin poder ocultar la penosísima impresión que me causaba.

Ella no reparó, o más bien dicho, no quiso reparar en mi actitud. Bajando los ojos humildemente, con voz leve, me dijo:

— Gracias, Ramiro, por haber venido.

—¡Oh, Antonieta!

No pude decir más. Se me había formado un nudo de angustia en la garganta, y ella, dando libre curso a sus lágrimas, se puso a llorar; una vez que se hubo desahogado, se sentó frente a mí, en una butaca, y me pidió perdón.

— Discúlpame. Yo te había prometido no hacerte escenas, no llorar. Estaba decidida a ser fuerte. Pero, ya ves, no he podido remediarlo.

Yo, entonces, protesté con calor. Delante de mí no debía torturarse venciéndose a sí misma. Yo era el mismo de siempre, y ella continuaba siendo la Antonieta de otros tiempos.

Me interrumpió:

— No me digas esas cosas. No lo creo ni deseo creerlas. Me engañaría. Por eso no he querido aparecer frente a ti, tratando de disimular con afeites mi verdadero estado. Lo nuestro ya terminó, Ramiro. Ya una vez te lo dije, ¿recuerdas? Somos como dos astros, uno que nace y otro que agoniza, y que sólo un instante, el instante fugaz de la conjunción. Después yo me iría apagando, palideciendo, y tú brillarías cada vez más. Entonces sería imposible pensar en permanecer juntos. Por eso no te reprocho nada, no me quejo de nada.

Había tanta tristeza en su voz, que yo, impulsado por una piadosa ternura, quise desmentirla. Afirmé que no era cierto lo que decía, que ella continuaba siendo como antes y que si se cuidara ahora como lo hacía cuando mantuvimos relaciones, no habría variado en lo más mínimo.

— Tus ojos tienen el mismo brillo que tanto me sedujo; tus labios tienen el mismo dibujo que me atraía antes, y estoy seguro que besarían como besaban cuando me enloquecían.

La pobre Antonieta, a pesar de sus propósitos, de la firme voluntad que había puesto en dar un corte definitivo a sus ilusiones de mujer, no pudo resistir a la dulce ilusión de mis mentiras. Y por más que yo lo decía sin calor, sin entusiasmo, piadosamente, como una lección aprendida de antemano y con el único objeto de atenuar el dolor de esa nuestra última entrevista, poco a poco fue cediendo, dejándose envolver por la ilusión, cerrando los ojos a la realidad, y entregándose por completo a ese ensueño de una refloración imposible.

¡Y qué ridícula, qué grotescamente ridícula estaba! Si no fuera porque su dolor, el gran dolor de su renuncia — yo, Alberto, sé lo que duele tener que renunciar, — la situaba más allá de toda burla, hubiese causado risa. Yo, en cambio, sentí una gran tristeza, una infinita tristeza.

Esos ojos, apagados, sin brillo, enrojecidos e hinchados por el llanto, eran los mismos que yo había amado y esa boca de labios resquebrajados y descoloridos había sido besada por mí con frenesí, con locura, excitando todos mis deseos, con la razón extraviada, sin ver otra cosa que esos labios, sin esperar otra cosa que sus caricias.

Y ese cuerpo, ese cuerpo ya marchito, cuyas curvas se perdían en la amplitud del traje, cuya carne, floja, cansada, perdía todos los encantos; ese cuerpo que ahora era tan sólo una ruina que en nada recordaba a la gloriosa, a la triunfante encarnación del placer que era hace un tiempo, había sido estrechado entre mis brazos con una fiebre lujuriosa que ahora me espantaba.

¡Yo había amado a eso! ¡Yo había enloquecido de placer con esa criatura! ¡Oh! ¡Qué enorme tristeza me invadió al mirarla, así, caída, vencida, derrotada por lo inexorable de los años!

Y junto con mi tristeza sentí una especie de secreta vergüenza. Pensé en lo que diría la gente, mis amigos si la vieran ahora y oyeran decir: Es la querida de Ramiro.

Sentí la necesidad de irme, de abandonar para siempre esa casa, iOh! Qué enorme vergüenza, si Celia supiera que hoy he venido aquí. Quizá pensara que quiero consolarme y que no he encontrado más consuelo que Antonieta, que esta vieja que me mira con ojos lacrimosos.

Es necesario partir.

La imagen de Celia, su recuerdo, cruzando por mi memoria, me torna duro, cruel, borrando todas mis compasiones. ¡Qué me importa el dolor de los demás al lado de mi propio dolor, qué me importa que Antonieta, una vieja, tenga que renunciar al amor, cuando yo, joven, fuerte, lleno de vida, yo, que tendría más derechos que ella, también he tenido que renunciar, también he tenido que olvidarme de mi corazón!

— Adiós, Antonieta.

— Adiós.

Nos quedamos un instante en silencio. Luego ella, bajando los ojos, como avergonzada, me suplica en voz muy leve, imperceptible casi:

— Ramiro, tengo que pedirte un favor.

— Habla. Desde ahora está concedido.

— Es que no me atrevo.

Presentí lo que era. Antonieta iba a pedirme un beso. Un estremecimiento recorrió mi cuerpo. Era como una rebelión en toda mi carne a ese contacto de los labios. No, no podía ser. Sin embargo, a pesar de mi silencio, ella, mareada aún por las palabras que un rato antes le había dicho, formuló el ruego:

— Quisiera que me besaras, Ramiro . . . Como antes. . . Será la última vez.

No pude resistir. Me incliné y la besé en la frente; no fue un beso: apenas el rozamiento de mis labios.

Ella no protestó, pero, adivinando mi repugnancia, no pudo contener las lágrimas.

— ¡Antonieta!

— iOh, Ramiro! Qué pena. . . qué enorme pena. . .

Entonces, impulsado por un buen sentimiento, apiadado hasta lo más íntimo, de su tragedia, le aprisioné el rostro con las manos, ese rostro que el llanto tornaba feo, ridículo, la besé fuertemente, en un beso largo, apretado, sobre los labios, sobre esos labios resecos y descoloridos.

¡Qué impresión espantosa la de ese beso! Ella también debió notarla, pues, apartándose de mí, fue a sentarse lejos, y sin levantar la vista, sin una sola mirada, después de unos instantes de silencio murmuró:

— Ahora vete, Ramiro. Vete despacio, sin hacer ruido, para que no oiga yo cerrarse la puerta de calle. Vete, sin hablarme, sin decirme nada. Fuiste bueno en venir, Ramiro, y yo te lo agradezco. Ahora vete, sin decir adiós. . .

¡Pobrecita! Con sinceridad te confieso que estuve tentado de arrojarme a sus pies. Pero la razón me indicó que era una locura. Era mejor terminar así, de una vez por todas. Y, de puntillas, mientras ella escondía el rostro entre las manos, me levanté y salí de la salita. En el vestíbulo recogí mi sombrero, y sin hacer ruido abrí la puerta, que cerré luego.

Ya en la calle, respiré profundamente y eché a andar. Era necesario alejarse de esas lágrimas, de una posible compasión. Era necesario alejarse de ese recuerdo, de ese asunto que ya había terminado. Y sin darme cuenta, como si con ello pudiera conseguirlo, como si bastara que huyera mi cuerpo para que se separaran los espíritus rompiendo toda añoranza, apresuré el paso, y me perdí calle abajo.

Ramiro.
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