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Marcelo Peyret en AlbaLearning

Marcelo Peyret

"Cartas de amor"

Carta 28

Biografía y Obra

 
 
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Música: Albeniz - España Op. 165, no. 2 "Tango"
 

Carta 28

De Ramiro Varela a Celia Gamboa

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Cartas de amor (82)
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Divina:

Aquí, en mi destierro, la sequía hace estragos. Pasan los meses y los meses sin llover, y la tierra se endurece, se quiebra, y va secando la vida de las hierbas que engalanan su superficie alfombrándola de esmeralda.

El paisaje tórnase entonces triste y melancólico.

Parece que la tierra, sometida, como en un dantesco suplicio, a ser abrasada por los rayos del sol, se retuerce en espasmos de dolor bajo su caricia de fuego, y, sedienta, moribunda, clama, ruega, suplica el milagro de un rocío imposible, de una lluvia que venga a calmar los ardores de su fiebre.

El pasto se seca, las flores se marchitan y las hojas de los árboles, mustias y amarillentas, parecen ahuyentar a los pájaros, que buscan otras regiones donde desgranar sus trinos.

Entonces, Dios, apiadado de la tierra, amontona sobre ella los blancos algodones de las nubes, las toca con el fulgor de un relámpago, y la lluvia es.

iOh! ¡Con qué desesperada avidez la bebe la tierra!

Las gotas cristalinas y diáfanas, consoladoras como lágrimas de mujer, no tienen tiempo de formar burbujas al caer, pues la tierra las sorbe, como los labios impacientes de un amado.

El paisaje cambia, entonces. Se diría que se ven brotar las hierbas nuevas, erguirse los tallos de las flores, renacer la frescura en las mustias corolas, y la vida, haciendo eclosión por todas partes, va vistiendo de gala, con un verde traje de seda salpicado con la policromía de las flores, que semejan extraños arabescos bordados, a la tierra que renace, que vuelve a escuchar el trinar de los pájaros, y que nada se parece a la otra, moribunda de sed.

Así mi alma, ¡oh divina!, yerma y triste, endureciéndose poco a poco abrasada por la dulzura de tus reproches, acaba de renacer y vestirse de fiesta, después de la lluvia de ternura de tu última carta.

Debiste hablarme siempre así, y nos hubiéramos evitado muchas amarguras. Yo nunca hubiera insistido, nunca hubiera hecho que el cerebro continuara enhebrando argumentos, si tú, desde el principio, hubieses opuesto a ello una sinceridad como la que hoy hace callar todos mis deseos.

Tú lo quieres y yo te obedezco. Sea, divina, tu voluntad.

Sabes lo que para mí hubiera sido tu entrega; sabes que en ella veía yo la confirmación de tu cariño, por encima de toda bastarda ambición.

Por eso, al concluir la postdata de tu carta diciéndome, después de hablarme de mi madre, de nuestra pobre madrecita que se fue, como bien dices, y que nos mira desde arriba que puedo hacer de ti lo que quiera, yo, conmovido hasta lo más íntimo, queriéndote cien veces más, borro, como me pides, de mi ser, todo deseo, y me doy por satisfecho.

Me basta esa comprobación de tu cariño. A nadie pudiste confiar con más eficacia tu defensa que a quien la entregaste.

Sí, novia mía, tienes razón. Quiero yo también que, en el blanco ramo que lucirás de desposada, figuren esas flores de que me hablas. Tendrán el perfume, y yo, al aspirarlo, te daré las gracias por habérmela sabido conservar.

Si tú me hubieras hablado así desde un principio; si hubieras tocado como tocas hoy mi corazón, Celia mía, como lo hago ahora, no hubiera insistido más.

Pero me dejaste oír palabras duras, excitaste mi amor propio, te negaste, lastimándome, y yo me fui.

Me fui transido de amargura, decidido a perderte, a borrarte de mi vida junto con toda mi juventud.

Aquí, en mi voluntario destierro, los días pasaban lentamente, con la atroz lentitud con que transcurren las horas dolorosas.

Por más que quería olvidarte, no lo conseguía. Habías entrado en mí demasiado profundamente para poderte arrancar de mi existencia.

Estabas en mí con la persistencia de una obsesión, de una idea fija.

Doquier pasara la vista, allí te veía; en la imprecisa forma de una nube que iba perfilándose en tu silueta; en las sombras de los árboles que dibujaban en el suelo uno de los rasgos de tu rostro, una de las curvas de tu cuerpo; en el lejano cantar de una campesina que me traía el recuerdo de tus modulaciones; en la brisa perfumada por las flores, olorosa y tibia como tu aliento; en el ronco tañer de las campanas de la iglesia, melancólico como nuestra tristeza; en las mañanas luminosas como tu sonrisa; en la flor, roja, que parecía haber absorbido todos tus rubores; en todas partes estabas tú, porque estás en mí, y en todas partes te estaba ubicando mi deseo.

Y perderte . . . no, Divina, nunca lo creí. Confiaba en lo imprevisto, en algo que iba a devolverte a mi ternura.

Porque, a pesar de todo, no creí sinceras las frases duras que me dijiste.

Y es claro. No podía acostumbrarme a la idea de tu maldad, yo, que fui tan feliz, porque tú quisiste ser buena. . .

Ramiro.

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