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Marcelo Peyret en AlbaLearning

Marcelo Peyret

"Cartas de amor"

Carta 22

Biografía y Obra

 
 
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Música: Albeniz - España Op. 165, no. 2 "Tango"
 

Carta 22

De Antonieta Lear a Ester Martínez

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Cartas de amor (82)
Cartas

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 ¡Ya estoy aquí, en plena tierra y en pleno idilio. ¡Pobre Ramiro! ¡Cómo ha sufrido con mi falsa tentativa de suicidio! Todos los días me venía a ver, se sentaba junto a la cabecera de mi cama, y tomándome una mano que yo le abandonaba con languidez, comenzaba a besármela lenta, interminablemente. Yo entonces quería hablarle, sentía que me ahogaba la ola de ternura, pero él, temiendo por mi salud, me cerraba la boca con un beso, y me suplicaba: "No, no hables, te vas a fatigar. Estáte tranquila".

Y sus labios, suavemente, volvían a besarme, en la frente, en la boca, en los ojos, que yo cerraba ante la caricia leve tenue, que era como un ligero cosquilleo de pluma. Y me abandonaba a sus mimos, a sus cuidados percibiendo yo también una dulce voluptuosidad al sentir una fortaleza a mi lado, un brazo vigoroso, amparando mi debilidad.

Tanto me sugestioné que concluí por sentir los dolores que lamentaba Ramiro, la debilidad que me imponía reposo, la laxitud de los convalecientes. La mentira de mi envenenamiento, después de envolver a Ramiro y hacerlo volver a mí, lleno de remordimiento y de amor — de ese amor que despierta la posibilidad de un pérdida definitiva, — ha acabado por envolverme a mí misma, y te juro que en los ratos que estaba junto a él me sentía enferma, yo estaba convencida de la verdad de mi mal.

Aun ahora, que ya pasó, cuando en nuestras expansiones nos acordamos de mi "mal cuarto de hora", como lo llama Ramiro, estoy plenamente convencida de que intenté suicidarme y de que tras muchos cuidados se me pudo salvar. Es necesario que piense, que haga una llamada a mi memoria para recordar que todo fue una farsa ... y como eso me molesta, trato de olvidarlo, hasta tal punto, que estoy convencida de que dentro de poco voy a poder jurar, sin que nada en mi interior se rebele, que fue cierto mi suicidio.

Pero quiero ponerte al tanto de mi vida, y trataré de no hacer, como de costumbre, más disgresiones.

Durante mi convalecencia, Ramiro fue un amigo incomparable. El pobre muchacho quería redimirse de la culpa de haber sido el causante de mi mal, y se rehabilitaba a fuerza de atenciones y cuidados.

Creo que yo era una enferma interesante. Jamás lo recibía, como puedes imaginarlo, sin una previa y larga estada en el tocador. Dejé de ponerme rosa en las mejillas, mezclando los polvos de "Rachel" con otros blancos para acentuar la palidez, y agrandándome los ojos con negras ojeras que me sentaban muy bien, sobre todo en mi papel de enferma. No puedes imaginarte cuánta languidez dan a la mirada unas ojeras hechas con un poco de arte.

Antes de recibirlo me dejaba las manos un largo rato en una palangana de agua helada; así él las encontraba frías y las calentaba entre las suyas, o bien besándolas largamente. ¡Qué tardes deliciosas pasé entonces! Nunca he gozado de un placer igual, calmo, sereno, sintiendo la voluptuosidad de ser acariciada así, suave, dulcemente, sin excitaciones sexuales, sin atormentarse por la bestialidad del deseo, como una novia de quince años, a quien la inocencia del novio y la propia pureza permiten gozar ese tenue matiz que no es deseo y no es indiferencia.

Así pasaron los días, hasta que una tarde . . . nuestros labios se besaron más prolongadamente, y como yo ya estaba mejor, más fuerte. . . en fin, que me pareció que todo era nuevo, que nunca hasta entonces nos habíamos pertenecido.

Pero he tenido miedo de permanecer en Buenos Aires, donde Ramiro está cercado de tentaciones, y he querido concluir mi reconquista con un mes de idilio, de vida bucólica, aquí en la sierra. He dicho a Ramiro que el médico me recomendaba una estada tranquila en la montaña, y él, después de vencer ciertas resistencias en su casa, se ha venido conmigo aquí, a Tanti, un pueblecito perdido entre las sierras, lejos del ferrocarril, aislado del mundo, donde yo soy la única mujer que pueda interesarlo. Comprenderás todo lo que gano al comparárseme a las rústicas lugareñas, gentes sucias, semisalvajes, con olor a establo y modales de mozo de cordel.

Después de esta temporada se habrá acostumbrado tanto a mí, lo habré conquistado tan completamente, que nadie ni nadie será capaz de arrebatármelo.

Estoy completamente dedicada a él. Vivimos en una pequeña casa de pensión — somos únicos inquilinos — situada sobre el arroyo. La patrona ocupa, con una hija, un cuarto al fondo, abandonándonos el resto de la casa, esto es, tres piezas; el comedor, mi dormitorio y, al lado, un pequeño dormitorio para Ramiro, pues aprovechando mi necesidad de reposo, he reparado el error, que cometí en Adrogué, de esa constante intimidad.

Cuando Ramiro se retira a su dormitorio, yo me pongo el antifaz de goma y me hago el tocado conveniente para dormir. Cuando Ramiro llega por la mañana, ávido de caricias, estoy a veces levantada, y lo hago esperar hasta la noche, pretextando entonces un dolor de cabeza, y lo tengo así uno o dos días aumentando su deseo, calmándolo a pequeñas dosis, sin permitirle nunca el hartazgo, que genera el hastío. Siempre insatisfecho, alimentando sus ansias sin poder nunca satisfacerlas del todo, se han borrado para siempre esas noches triunfales y esas mañanas en que ambos, postrados por dulce cansancio, llegábamos a mirarnos casi con indiferencia. Ahora no. Mis besos, sabiamente concedidos, siempre son deseados, como mis caricias, mis ternuras, toda yo.

¡Oh!, ahora me cuido, no me dejo llevar por mis impulsos, ahogo la voz de mi propio deseo, y conquisto a mi amante sabiamente, cerebralmente. Ahora sí que estoy segura de que nunca se ha de ir, ahora, que he encendido perennemente en él la llama del deseo.

¡Bastante cara pagué mi impresión primera, ese darse francamente, tocia entera, sin condiciones, para que vuelva a repetir el error!

¡Y cómo deseo a veces abandonarme! ¡Cómo tengo que contenerme cuando rehúyo sus besos, y le hablo de mi debilidad para no saltarle al cuello, para no ahogarlo con mis caricias!

Pero, en cambio, ¡qué satisfacción cuando pienso que ahora, que sólo ahora es mío, bien mío, todo mío!

Ya se ha olvidado de esa chica de Gamboa que tanto me ha hecho sufrir. Ha sido un amorío pasajero, sin consecuencias, que no tuvo tiempo para grabarse en el recuerdo. Es claro. . . ¡cómo iba a luchar conmigo esa pobre chica que nada sabe de la vida!

Ramiro acaba de escribir una carta larga a su padre, y va a echarla al correo. Me pide la mía para despacharlas por el "chasque" de hoy. Termino, pues, prometiéndote continuar en la próxima mis confidencias.

Te abraza.

Antonieta.

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