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Marcelo Peyret en AlbaLearning

Marcelo Peyret

"Cartas de amor"

Carta 19

Biografía y Obra

 
 
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Música: Albeniz - España Op. 165, no. 2 "Tango"
 

Carta 19

De Antonieta Lear a Ramiro Varela

OBRAS DEL AUTOR
Cartas de amor (82)
Cartas

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Mi vida:

Nuestra novela toca a su fin. He hecho todo lo posible por prolongarla, por agregarle un capítulo, acudiendo a los ruegos, a las súplicas, a las amenazas. Todo ha sido en vano. Perseguí una quimera. Sólo me queda la sombra de un sueño desvanecido. . . y mi alma toda, mi ser, va cual hoja arrastrada por el viento, tras la nada de sus destinos. Y cual un doloroso gemido, se apagan mis esperanzas, mis ilusiones todas.

Y aun vivo, vivo tan sólo del recuerdo tuyo, de la dicha pasada, de esos días que jamás volverán.

Jamás. . . Qué trágicas resonancias tiene esa palabra en mis oídos. Pensar que nunca, oyes bien, nunca, nunca he de volver a oír tu voz acariciándome los oídos con palabras de cariño; que nunca, nunca he de volver a ver en tus ojos, cuando desfallecida de amor nuestros rostros se juntaban; que nunca volveré a besar tu boca, esa boca a la que yo había enseñado a enloquecerme con sus besos; que nunca, nunca más te estrecharé delirante entre mis brazos. . . nunca. . . nunca más.

i Fui tan dichosa a tu lado! La vida se presentaba bajo aspectos nuevos. En todo lo que me rodeaba, aun en las cosas más vistas y vulgares, encontraba yo encantos nuevos. Y es que todo lo miraba a través de tu cariño, del inmenso optimismo que me infundía tu amor. Lo eras todo para mí. Te ofrecí vivir mi dicha con las migajas que tú quisieras arrojarme, sin exigirte nada, sin pedirte otra cosa que la limosna de un poco de tu ternura, que tú me darías cuando quisieras, sin obligaciones, sin compromisos. Eras mi ídolo y tan sólo pretendía adorarte, sin exigirte más retribución que la que quisieras darme.

Tú no lo has querido, ni siquiera te has dignado contestar a mis cartas, envolviéndome en el más insultante de los desprecios: del silencio.

Yo hubiera deseado una palabra tuya, cualquiera, aunque fuera para execrarme, pero con la cual conservara la ilusión de que algo persistía entre nosotros, un lazo que nos unía, que iba del uno al otro, aunque estuviera constituido por el odio, por cualquier cosa que no fuera tu indiferencia, ese mutismo que es la nada, que es el fin definitivo.

¡Bien presentí que mi dicha había de terminar! Era demasiado bella, demasiado hermosa para que durara mucho. Yo no supe medirme. Me di toda entera, te entregué todo mi ser, de golpe, sin hacerte desear nada, sin darte tiempo de aspirar a algo que no tuvieras inmediatamente. Todas mis caricias, todas mis ternuras, todo mi amor lo arrojé a tus pies en una sola y única ofrenda. No tuviste tiempo de desearme, de torturarte esperando, de sufrir una duda; quizá por eso te has hastiado. El amor, como ciertos dulces, debe tomarse poco a poco para poder gustarlo. Pero yo no calculé nada, no pensé en nada, y como una chiquilla, me entregué toda, feliz de darme, de no conservar nada para mañana, no queriendo creer que llegaras a hastiarte. Y ahora pago mi culpa perdiéndote, es decir, perdiendo todo lo que me hace apetecible la vida.

Por eso, serenamente, he resuelto irme. Sí; viviendo cerca de ti sé que no podré menos que importunarme. Y como te sigo queriendo, como continúas siendo para mí el eje de todo el mundo, me suprimo.

Sí, Ramiro; voy a morir. No creas que te digo esto como una amenaza, ni para conmoverte. No. Cuando leas esta carta, Será demasiado tarde para impedir, aunque fuera con una piadosa mentira, lo irremediable: ya habrá sido.

Por eso debes creer sincera esta carta. ¡Dios mío, qué desdichada soy!

¿Por qué te hiciste querer, por qué me mentiste un cariño que nunca has sentido?

Pero no, no quiero turbar esta despedida con inútiles reconvenciones. Sólo quiero hablarte de mi cariño, por última vez. Y lo haré sin odio, sin rencor, como si nada ingrato hubiera pasado entre nosotros, como si no existiera el dolor que me martiriza.

Yo te quiero Ramiro; te adoro; y si alguna vez me recuerdas, ten presente que todos, todos los momentos de mi vida, desde que te conocí hasta el de mi muerte, los he endulzado con el recuerdo de tu cariño, y que bajaré a la tumba, dichosa, pronunciando tu querido nombre: "Ramiro mío, que estás y vivirás enteramente en mi alma" . . .

A tu lado me olvidé de la realidad de la vida. Me sentí joven y creí que tú me verías joven. Creí que bastarían, para satisfacer tus ansias de amor y de vida, las ternuras que yo te ofreciera, y embriagándome con tus besos, enceguecida por tus caricias, no me acordé de tu juventud, de que comenzabas a vivir y que estarías sediento de emociones nuevas, con esa fiebre de cambios que en la primavera de la existencia nos hace ambicionar todo lo que tenemos, correr tras todo lo que nos huye y desear donde no estamos.

Pasé por tu vida ... fui un momento que no puede eternizarse, un relámpago que al nacer estaba destinado a apagarse. Fue un gran error querer armonizar mi cansancio en la lucha por la felicidad con la bullente actividad de tus pocos años. Tú eras un astro que salía. Yo uno en el ocaso. En un momento dado, nuestras luces fueron iguales y nos creímos iguales también nosotros. Pero pasó el tiempo y tú has continuado subiendo, mientras yo bajaba. Cada día seremos más distintos, estaremos más lejos una de otro. Llegaría el momento en que ambos nos preguntaríamos, asombrados, cómo fue posible nuestra conjunción. . . Y yo, Ramiro, yo que en ti ya no soy más que un recuerdo, no quiero que nunca llegue ese día. Contigo, a tu lado, me he forjado la ilusión que renacía, de que mi juventud reverdecía al calor de tus besos. No puedo, no quiero ahora mirar a la realidad.

Me esperan, después de esta última ilusión, el frío de mi otoño, el espantoso frío de mi invierno. Tengo miedo de conocerlo. Me siento cobarde, incapaz de sufrir la tortura de su abrazo de hielo. Y me voy. . .

Adiós, Ramiro. Que seas feliz. No quiero que guardes de mí un recuerdo amargo, ni que mi añoranza turbe tus noches con un remordimiento. No me mato por ti. Me mato porque así debía ser. A ti . . . a ti sólo debo los instantes más dichosos y más felices de mi vida.

Déjame que te bese, por última vez, con toda la fuerza de mi desesperación, con toda la dulzura de mi tristeza, y bésame tú también, en la boca, fuerte, muy fuerte, como lo hacías siempre.

Adiós. . .

Antonieta.

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