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Marcelo Peyret en AlbaLearning

Marcelo Peyret

"Cartas de amor"

Carta 9

Biografía y Obra

 
 
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Música: Albeniz - España Op. 165, no. 2 "Tango"
 

Carta 9

De Celia Gamboa, en Mar del Plata, a Beatriz Carranza, en Alta Gracia

OBRAS DEL AUTOR
Cartas de amor (82)
Cartas

ESCRITORES ARGENTINOS

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Ricardo Rojas
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Roberto Jorge Payró
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Querida Beatriz:

Tenías razón, Beatriz, al decirme que todo acabaría bien. Soy feliz, feliz domo es imposible que te lo imagines, como es imposible que te lo escriba, como se es feliz cuando se ama y después de temblar ante la idea de que nunca podrá ser, después de sentir la horrible impresión de que falta el suelo ante nuestros pies, de ver la negrura de un abismo en el que la fatalidad va a hundirnos, sentimos que somos amadas como nosotras lo deseamos, intensamente, locamente. ¡Oh! Qué hermoso es el sol después de la borrasca, tranquila dulzura de una cariño verdadero, después del perturbador peligro de un deseo malsano.

Me había hecho el propósito de no decirte nada, es decir, de no escribírtelo, porque el confiar así, a un papel que puede extraviarse, un secreto tan comprometedor como el mío, me parecía una imprudencia imperdonable, pero no quiero que supongas que tengo desconfianza en ti, y ya que tú, en tu carta, me cuentas lo que me cuentas, yo también seré completamente sincera.

Como te decía en mi anterior, mi maldita timidez había levantado un mundo entre mis deseos y las evidentes intenciones de Ramiro. Cien veces me propuse, si no alentarlo, por lo menos hacerle ver que no me era indiferente; pero cuando estaba delante de él, sintiendo el fuego de sus grandes ojos, me turbaba, y no sabiendo qué actitud adoptar, me refugiaba en una tonta y aparente frialdad, en una despreocupación que no sentía, hasta que él se retiraba, y yo, furiosa contra mí misma, me reprochaba, demasiado tarde, mi conducta.

Sin embargo, mi entusiasmo por él seguía en aumento. Ya no era un capricho, una inclinación, una simpatía fácil de ahogar. No; era toda una pasión. Sentía que lo quería, que lo quería con toda el alma, con todo mi ser. Su imagen me perseguía por todas partes, y aun de noche, en las largas horas de desvelo, en la semiinconsciencia de las primeras somnolencias, en esos momentos en que nos parece que ni Dios puede penetrar en nuestro mundo interior, y en que, suprimidos los pudores espirituales somos francas con nosotras mismas, con nuestros deseos, con nuestras ansias, era Ramiro, siempre Ramiro, el objeto de mis culpables pensamientos.

Al margen de esa mi preocupación primordial, comencé a notar que, además de Ramiro, otra persona aspiraba a poseer mi ternura. ¿Quién? El conde de Castria, aquel noble italiano, ¿recuerdas?, que la gente dice que ha venido en busca de una dote para dorar sus blasones. Nunca me fue simpático, pero él no lo notó, y me ha perseguido durante toda la temporada.

"Déjese querer — me dice, — que estoy seguro de que al fin me querrá usted también. Los amores grandes se contagian, como las enfermedades."

Yo nunca le he hecho caso. Más aun, nunca lo he tomado en serio. Me río de sus declaraciones, de sus grandes gestos, de sus vehemencias, pero él no toma a mal mis risas, y ríe también, con exquisito tacto cuando se da cuenta que está por caer en el ridículo.

El caso es que, al fin, a fuerza de paciencia y de sufrir mis impertinencias ha concluido, si no por hacerse agradable, al menos por ser tolerado.

A veces, oyendo sus palabras apasionadas, sus juramentos, he cerrado los ojos, y haciéndome la ilusión de que era Ramiro quien me hablaba, he estado a punto de abandonarme. Pero de ahí no pasaron las cosas, es decir. . . no pasaron hasta hace unos días en que he estado a punto ... sí, Beatriz, tontamente, sin quererlo, con ese hombre que apenas ha dejado de serme antipático. Te explicaré cómo fue.

Una tarde, habíame decidido a echar a un lado mis timideces, y responder a Ramiro con un poco menos de frialdad, para lo cual hasta había fraguado un pequeño complot con mi prima Delfina, consistente en que, a la hora del té, en el club, invitaría a Ramiro a su mesa, por intermedio de su marido, y luego iría yo, como por casualidad. Nos incitarían a bailar, y una vez que bailásemos. . . en fin, ya se arreglarían las cosas.

Llegué al club a las cinco y media (perdóname si no uso el nuevo horario, pero no puedo acostumbrarme a eso de las 13, las 14, etc.), y me llamó la atención el que en la mesa de Delfina no estuviera Ramiro. Me acerqué y allí me dieron la noticia. Ramiro había partido para Buenos Aires en el diurno. Era el derrumbamiento de mi hermosa ilusión. Separados, no habiendo nada entre nosotros, convencido él de mi indiferencia, no era dable esperar que se produjera un milagro. Quizá cuando lo volviera a ver, la temporada que viene, él ya estaría comprometido o, por lo menos, me habría olvidado.

¡Qué ira tuve contra mí misma! No hice caso de las palabras de consuelo de Delfina, ni de las suaves burlas de su marido, y luego de tomar el té, cuando el hall se llenó de parejas danzantes, yo fui a sentarme afuera, en la terraza que da al mar y que se hallaba solitaria. No sé cuánto tiempo estuve allí, cuando el sol dejó de alumbrar y la terraza se llenó de sombras, comencé a sentir frío, frío en el cuerpo y en el alma. ¡No vería más a Ramiro! Sólo entonces me di cuenta de cuánto lo amaba, y después de buscar en vano un medio para acercarme a él, decorosamente, no hallando otra solución, inconscientemente me puse a llorar. Necesitaba ese desahogo, parecíame que me aliviaba.

De pronto oí una voz suave detrás de mí, en la que reconocí a la de Castria, que me preguntaba paternalmente por qué lloraba. Yo no le contesté. Entonces él comenzó a hablarme dulcemente, diciéndome que era un crimen que yo sufriera, yo que era tan joven, tan buena y tan hermosa.

Quise rebelarme, pero no pude. Sentía un alivio en ser consolada, en oír una voz buena que me acompañase, que me compadeciese. En ese momento el conde me fue simpático, e inmediatamente comencé a escucharlo con benevolencia. Tenía tanta sed de ternura, de cariño, sus palabras llegaban en un momento tan oportuno, que cuando me cogió la mano y la estrechó entre las suyas, yo no la retiré. Entonces comenzó a hablarme de su cariño, de su gran pasión, de todo lo que era capaz de hacer por mí. El me amaba integralmente con toda el alma, con todo el cuerpo, con todo su ser. ¡Con qué gusto se constituiría en defensor mío, me arrullaría entre sus brazos, como a una niña, como a una niñita, como a una avecilla que le falta calor, y que él se aprestaba a darme el que le abrasaba el corazón! Sí, él me amaba, mi imagen lo perseguía, mi espíritu lo esclavizaba, mi cuerpo lo enloquecía. . .

Hablábame cerca, muy cerca de mí, quemándome con su aliento, fascinándome con la mirada, contagiándome su deleo. Sus manos habían abandonado la mía y me oprimían el talle, el pecho. Luego, lentamente, sin dejar de mirarme, sabiéndome vencida, acercó su boca a la mía y me besó.

Me besó largamente, intensamente, comunicándome una corriente de fuego por sus labios, que fue minando todo mi cuerpo, que me hizo desear otra caricia, que despertó toda mi carne. Era una sensación rara, indefinible, un deseo de abandonarse, de entregarse toda. Y él, sabiamente, sin apresurarse, con arte de experto consumado, fue despertando otras sensaciones raras, misteriosas, que yo nunca había sentido.

Luego. . . jOh, Beatriz!. . . Luego Dios se apiadó de mí, de mi debilidad, de mi locura, e hizo que algunas parejas vinieran a la terraza. Nos separamos, y mientras el conde mascullaba un juramento, yo permanecí agobiada por la vergüenza, por el pudor, que tras breve eclipse volvía a aparecer.

Nos pusimos a conversar en voz baja, es decir, fue él quien hablaba, que yo no me animaba a responderle. Sin embargo, cuando estrechándome la mano me pidió que le prometiera volver por la noche — había un concierto en el club, — yo no pude negarme. Me sentía atada a su voluntad por algo más fuerte que la mía, por un deseo inconfesado y vergonzoso, por algo que iba a arrojarme en sus brazos, pues bien presentía yo que encontraría un medio, un ardid para arrancarme del salón de conciertos y arrastrarme por los otros salones del club, solitarios a esa hora. Y presintiendo el peligro, conociendo como conocía mi propia debilidad, no me negué y prometí ir. Y aun después cuando él ya no estuvo, cuando junto con mi prima me dirigía a casa, aun entonces sabía que iba a volver, que en el último instante me faltaría entereza para quedarme. Por otra parte, estaba en un estado de ánimo que tarde o temprano iba a arrojarme en sus brazos. Y esa noche más que nunca me sentía arrastrada, empujada hacia él, sin que nada, salvo un milagro, pudiera detenerme.

Y el milagro se produjo.

Allí sobre mi mesa de tocador, colocado por la sirvienta, sostenido verticalmente por un florero, encontré un sobre en el que se hallaba escrito, en rasgos enérgicos, mi nombre.

Tuve un presentimiento. Es de él . . .

Sí, era de él, de Ramiro, que antes de irse, se despedía. Y hacía algo más que despedirse. Se declaraba. ¡Y qué bien lo ha hecho! Su carta la leí, una, dos, cien veces. En ella me explicaba su silencio anterior, la reserva que le había sellado los labios, creyendo que yo nunca lo tomaría en cuenta. Sentía el frío de mi conducta para con él, el alejamiento en que lo mantenía . . . pero, a pesar de todo, antes de irse me escribía para mostrarme sus sentimientos.

¡Qué bien me hizo su carta, Beatriz! Después de leerla, parecíame que acababa de purificarme de la maldita influencia de Castria. Lo vi tal cual era: calculador, repugnante, acechando mis debilidades, provocando mis deseos para dar un golpe de mano, hacerme suya, y después. . . después ya no habría obstáculos para un matrimonio que iba a resolverle sus apetitos de dinero. Y yo iba a sucumbir. . . ¡Dios mío, tiemblo al pensar en nuestra debilidad, en el peligro en que nos hallamos en un mal cuarto de hora, de comprometer la felicidad de toda una vida! ¡Con cuánto fervor agradecía a Ramiro su carta salvadora!

La contesté en seguida, sin querer pensarlo más, sin tiempo para escoger las frases. Ha sido una carta un poco atolondrada, quizá, pero estoy segura que llevaba un sello de sinceridad tal, que Ramiro no podía interpretarla malévolamente.

Desde entonces nos hemos escrito varias veces. Los días no son para mí más que espacios de tiempo que me separan de la llegada del cartero y que lleno por completo con el recuerdo de Ramiro.

¡Qué hermosas cartas me escribe! No puedo resistirme a la tentación de transcribirte algunos de sus párrafos. Mira, lee estas líneas, que copio de su última:

"Papel que vas hacia ella, feliz papel que tocará sus manos, que sentirás la caricia de su mirada; blanco papel que quizá rocen sus labios, sé tú el mensajero de mi cariño, llévale mis latidos y mis sentires.

"Papelito viajero, murmura a su oído la dulce canción de mi querer profundo. Dile que yo, como un inmenso corazón que se aislara para su cuerpo, he dejado de tener pasado y de pensar en el porvenir, para vivir tan sólo del presente de su cariño, que, como una roja corriente de sangre, me vivifica y me transforma.

"Papel que impaciente esperas la partida, ansiando la merced de llegar a ella, dile, cuando llegues, toda la tristeza de mi pena de ausencia, mis inquietudes, mi temor a que la diosa fantasía, al soplar sobre su cabecita romántica, como el viento sobre las acacias, haga caer las blancas flores de su ilusión, eclosadas al calor de mi cariño.

"Papelito sutil que te escapas de entre mis dedos, que rehúsas ver pintado, quizá por temor de quemarte, el fuego de mi pasión; papelito misericordioso, dile al oído todo lo que siento y no puedo escribir, todo lo que espero y no puedo pedir, todo lo que ansio y no me animo a esperar. . .

"Feliz papel que tocarán sus manos, que sentirás las caricia de su mirada; blanco papel que quizá rocen sus labios, papelito que vas hacia ella, ¡bendito seas!"

Ya ves, Beatriz. ¡Cómo no estar loca de alegría!

Celia.

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