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Marcelo Peyret en AlbaLearning

Marcelo Peyret

"Cartas de amor"

Carta 4

Biografía y Obra

 
 
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Música: Albeniz - España Op. 165, no. 2 "Tango"
 

Carta 4

De Celia Gamboa, en Mar del Plata, a Beatriz Carranza, en Alta Gracia

OBRAS DEL AUTOR
Cartas de amor (82)
Cartas

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Querida Beatriz:

En verdad, adorada Beatriz, que es una lástima que nuestros padres no hayan decidido a veranear en el mismo sitio. Qué feliz sería yo, si tú estuvieras aquí, pasando las tardes en la playa conmigo, o si yo me hallara contigo en las sierras. . . es decir, ahí no, y no es porque no ansíe verte y que no me gusten las montañas, sino que, si estuviera ahí, no podría estar aquí, y no estando aquí. . . ¿Adivinas, Beatriz? Sí: ha aparecido el él, ese él con quien tanto soñamos en el convento. ¿Recuerdas cuando en los recreos nos ocultábamos de las hermanas que nos vigilaban y nos hacíamos confidencias acerca de nuestras aspiraciones, no ya de niñas, sino de mujeres, y mientras las hermanitas creían que discutíamos sobre el vestido que íbamos a hacerle a la muñeca, que para despistar teníamos entre las manos, nosotras hablábamos de ese él que algún día iba a llegar? ¡Qué ilusiones, qué de ideas raras cruzaban por nuestros cerebros! ¿Recuerdas aquel día que jugábamos a los novios? Tú eras él y yo ella, i Qué de sandeces nos dijimos y cuánto nos divertimos! Verdad es que tú eras un novio un poquito osado, y yo una novia un poquito condescendiente. Te juro que yo no le permitiría a un novio de verdad que me diera un beso como ese que nos dimos. No sé cuánto duró, pero yo había cerrado los ojos, y, en un esfuerzo de imaginación, te borré de mi recuerdo, y puse en vez del tuyo, como prolongación de tus labios, un recuerdo de un él cualquiera. . . y era tan deliciosa la sensación, tan dulce la impresión de que me desvanecía en sus brazos, que te juro, Beatriz, que hubiera sido peligroso, de haber sido tú un novio de verdad.

Pero dejemos nuestros recuerdos.

Como te decía, apareció mi él. Hace unos días hallábame bañando en el mar, cuando el bañero, requerido desde la orilla, me dejó por un instante para traer a otra bañista. Cuando pienso que si no fuera por eso. . . pero continuemos. Un poco asustada de verme sola, mi turbación llegó al espanto cuando observé que una ola imponente iba a romper precisamente donde yo estaba. Falta del apoyo del bañero y falta de toda serenidad, no opuse resistencia a la mole de agua y espuma. Me sentí arrojada, estrujada, asfixiada, y ya iba a perder el conocimiento, cuando dos brazos robustos me asieron por el talle, me levantaron en alto y me hicieron recobrar mi posición natural. Enceguecida por el agua salada, con una mano comencé a restregarme los ojos, mientras con la otra me abrazaba con fuerza a mi salvadora, que presumía era el bañero. Cuando abrí los ojos. . . ¡oh, Beatriz!, ¡qué vergüenza, qué horrible vergüenza! Estaba abrazada a un muchacho que me miraba sonriente. Lancé un grito. Entonces él me habló.

— No se asuste, señorita. Ya pasó el peligro. — Y como yo, aturdida, no le contestara, agregó: — ¿Quiere que la acompañe a la orilla?

Sólo entonces reparé que aun lo tenía abrazado. Lo solté rápidamente, y sin saber lo que hacía, sin atinar siquiera a darle las gracias, huí a la orilla, me puse precipitadamente mi salida y me perdí en los corredores interiores de la rambla en busca de mi cabina. Cuando llegué a ella, entré, cerré la puerta con llave y, toda sofocada, me arrojó en un banco. Una vez que pasó la impresión, me puse a considerar fríamente lo sucedido. . y me encontré tan tonta, tan idiota, que me enfurecí contra mí misma. ¿Qué necesidad tenía de huir como un animal asustado, o como una zafia vulgar, sin agradecer a mi ocasional compañero, al servicio que tan gentilmente me había prestado? Porque ahora. . . ahora comprendo que había sido muy galante, como recordaba que era muy buen mozo. ¡Qué linda sonrisa la suya! ¡Y qué fuerte, qué sensación de virilidad, de hombría, daban sus músculos, sus brazos, cuando me estrechaban el talle, cuando me sostenían entre las olas. . . ¡Oh, si lo hubiera pensado, con toda seguridad que no hubiera procedido así. . . ¡No, qué esperanza! ¡Si aun me parecía sentir un contacto delicioso!

Decidí, para indemnizarlo por mi ingratitud, saludarlo en la rambla cuando lo viera.

Esa tarde lo vi. . . ya pesar de mis propósitos, a pesar de haber preparado una frase por si él se acercaba a hablarme, cuando lo divisé, no solamente no lo saludé, sino que, afectando no verle, dejé sin contestar el saludo que él me hizo.

— ¡Oh, qué furiosa me puse contra mí misma! ¡Qué maldita timidez la mía, que ponía un veto inapelable a mis propósitos, a mis deseos!

Pero estaba escrito que nos conoceríamos. Por la noche, en el club, él se hizo presentar. Yo me puse muy colorada y no supe contestar a sus galanterías. Cuando quedamos solos, relativamente, él me pidió disculpas por haberme saludado en la rambla sin mediar presentación.

— Comprendo que hice mal, y bien castigado estuve cuando usted me hizo notar su enojo afectando no verme. Yo no tenía por qué saludarla, porque la más leve noción de delicadeza me vedaba recordar el incidente de la mañana.

Yo quería interrumpirlo, decirle que no, que había hecho muy bien, que yo se lo agradecía, pero no me animé. Quedé muda, hecha una tonta, y cuando concluyó de hablar, tampoco pude decirle nada. A pesar de ello estuvo muy atento conmigo. Me invitó a bailar. Yo deseaba, te lo confieso avergonzada, volver a sentir sobre mi cuerpo la dulce presión de sus brazos. Ninguna ocasión como aquella. Sin embargo, cuando iba a aceptar llena de contento, y vi sus grandes ojos mirarme dulcemente, me turbé toda, me pareció que él leía mis pensamientos y me compadecía, y rehusé . . .

Beatriz. . . ¡qué desdichada soy! Desde aquella noche, he conversado infinidad de veces con Ramiro — me había olvidado de decírtelo, se llama Ramiro Varela; — su conversación me encanta; todo él es para mí más que un amigo, porque me he enamorado, Beatriz, me he enamorado en esa misma forma en que en el colegio pensábamos que algún día nos íbamos a enamorar. Ramiro me enloquece, y, sin embargo, a pesar de no serle indiferente, a pesar de que sé que yo también le gusto, estoy segura que él cree que me es indiferente, porque ni un gesto, ni una palabra mía le han dejado traslucir mi intención. Y eso contra toda mi voluntad. ¡Qué tonta, qué inmensamente tonta que soy! ¿Por qué, a pesar mío, tengo que ser fría con él?

Lo que más me ha sublevado contra mí misma es que hace unos días yo salía del baño cuando él entraba. Se volvió para mirarme en el preciso momento en que una ola rompía sobre él. Fue mi percance al revés. Ramiro rodó entre la espuma y fue a dar contra una señora que se bañaba allí cerca. Se levantó, pidió disculpas, los vi conversar un rato y luego la acompañó hasta la orilla y le puso la capa.

¡Qué diferencia conmigo! Después los he visto conversar varias veces en la playa. Es ella la que generalmente habla y Ramiro el que escucha lleno de atención. Entonces he pensado que. . . pero, es imposible. Esa señora no es vieja, pero ya pasó su primera juventud. No, no le tengo miedo. Pero ¿si viene otra más joven, otra como yo, que no sea yo? Tiemblo y me desespero de pensarlo. Y a pesar de eso, mañana, cuando vea a Ramiro en la playa, apenas si lo saludaré, y apenas si contestaré con monosílabos a sus galanterías.

Aconséjame, Beatriz, y compadéceme.

Celia.

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