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Marcelo Peyret en AlbaLearning

Marcelo Peyret

"Cartas de amor"

Carta 1

Biografía y Obra

 
 
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Música: Albeniz - España Op. 165, no. 2 "Tango"
 

Carta 1

De Antonieta Lear a Ester Martínez

OBRAS DEL AUTOR
Cartas de amor (82)
Cartas

ESCRITORES ARGENTINOS

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Querida Ester:

Es cierto; hace ya veinte días que no te escribo, pero, dada nuestra intimidad, de escribirte, hubiera estado obligada a contártelo todo ... y no me animaba. Sí, sé que te ríes. Desde aquí te oigo reir, como oigo tus palabras. ¿Verdad que dices que es un poco tarde para darme cuenta de que debe tenerse recato y pudor para ocultar ciertas aventuras, porque tú ya has adivinado que en algo de eso ando mazclada? Es cierto. Hasta ahora te había confiado con brutal franqueza mis pecadillos, pero el último quizá por lo mismo que no ha llegado a ser nada, tuvo la fuerza suficiente para obligarme a ocultarlo. Pero basta de preámbulos. Voy a indemnizarte de mi silencio con una confesión completa. ¿Recuerdas a Enrique Varela? ¿Sabes que fue mi "flirt" de soltera? Sí, pues muchas veces te he contado nuestro breve poema. Fue, quizá, el único hombre que ambicioné de veras, y él nunca se dio cuenta de cuánto me había enamorado, hasta qué punto y lo fácil que le hubiera sido vencerme. Ahora, ahora en que, a pesar de que los hombres no quieren creerlo, ya tengo cuarenta años, mi audacia, mi despreocupación por ciertas cosas, habría arbitrado cualquier medio para retenerlo, pero entonces tenía yo diez y seis años, y no me animaba a otra cosa que a mirarle cuando él me miraba y a llorar cuando nadie me veía. Por eso me dejó para casarse con Julia, clavándome en el alma algo como el sabor fugitivo que queda en la boca, del licor que, probado, no nos hemos animado a beber por temor de que nos embriague. Enrique fue un enamorado de su mujer, yo fui una víctima de mi marido, y no nos volvimos a ver sino después de veinte años, viudos los dos. Yo, al decir de los que pretendían consolarme de mi viudez, continuaba teniendo, sino diez y seis, a lo sumo veinte años, pero él. . . ¡Oh!, ¡pobre Enrique!, era una ruina, una caricatura de lo que había sido. Tú sabes que siempre creí que una mujer debe ser fiel a su marido, pero que es una tontería guardarle fidelidad a un muerto. Yo, desde que murió el mío, y no teniendo hijos a quienes dar cuenta de mi conducta, he procurado guardar las formas. Pues bien: a pesar de la pobre figura de mi antiguo ídolo, tuve el capricho. . . Ester. . . ¡qué desilusión! El amor, como el agua de los ríos que no vuelve a pasar bajo los puentes, tampoco vuelve a pasar por entre dos seres que no supieron retenerlo. Nuestra aventura fue grotescamente triste. No quiero recordarla, y si te la confieso es para explicarte lo que sigue. Rotos mis lazos con Enrique, creí enterrar para siempre el recuerdo aquel que desde mi juventud me perseguía, cuando una mañana, en Mar del Plata, una ola arrojó contra mí un cuerpo humano. Sin darme tiempo para gritar, percibí que un jovenzuelo se levantaba todo confuso de entre la espuma, pidiéndome perdón por su torpeza. Le miro y reconozco a Enrique, al Enrique de mi juventud, fresco, lozano, imberbe, con las mejillas rosadas y el cuerpo musculoso diseñándose bajo su traje de baño. Creí desvanecer. Palidecí, no supe contestar a las disculpas de mi involuntario agresor y permanecí así, hasta que una ola, tomándome de costado, me hizo perder el equilibrio. De pronto me sentí cogida por el talle, y una voz juvenil, una voz que yo ya conocía y que parecía venir desde veinte años atrás, me preguntaba, ansiosa:

— ¿Se siente mal, señora? Acaso yo he sido el causante. . .

Me dejé sostener aún un rato, y luego dulcemente calmé a mi compañero.

— No, no ha sido nada.

— ¿Quiere que la acompañe hasta la orilla?

Acepté. Me aprisionó una mano y me condujo hasta la percha donde se dejan las salidas de baño. Busqué la mía y él ayudóme a ponérmela. Luego, saludándome, se presentó:

— Ramiro Várela, servidor de usted.

Yo no pude contener una exclamación.

— ¿Cómo? — pregunté. — ¿Usted es hijo, acaso de Enrique Várela?

— Sí, señora.

Con este motivo conversamos un rato, y yo le invité a tomar el té esa tarde en casa.

Pareció turbarse al aceptar. En fin, voy a resumir. El pobre muchacho no parece muy avezado a ciertas lides, o por lo menos, se cohíbe con ciertas frases mías, demasiado transparentes. Pero yo ya he dejado de ser Antonieta aquella que dejó pasar por su lado la felicidad sin atreverse a atraparla.

No me lo reproches, Ester; era tan grande la tentación, que todos los razonamientos se estrellan con esa mi ansia insastifecha.

Ramiro, tarde o temprano será ... sí, lo será, a pesar de sus timideces, a pesar de que creo que no me quiere, que no me querrá nunca, pero en cambio, yo sabré hacerme desear, yo sabré enloquecer su experiencia con la sabiduría de toda esa vida que he vivido.

Ayer me besó por primera vez, y ayer mismo le demostré con mi beso que en adelante le va a ser difícil pasarse sin ellos. 

Las caricias de una mujer hábil acostumbran como un alcaloide. 

Y aun aquellos que tienen la voluntad necesaria para resistirlas, están condenados a que les parezcan tontas e insípidas las que puedan prodigarles las demás mujeres. El beso de la novia casta, o de la esposa honesta, ha de saberle, después de los míos, como un cigarrillo de paja al que se acostumbra a fumar habanos: sin sabor, sin fuerza, sin atractivo.

Te dije que me besó ayer por primera vez y te he mentido. 

En realidad fui yo quien le besé. Estábamos en casa, en el saloncito que da sobre la terraza. Acabábamos de tomar el té, y yo, cruzando las piernas, no advertí que mi quimón caía con excesivo descuido, siendo más indiscreto de lo necesario. Ramiro se ruborizó, y yo aproveché su confusión para encauzar nuestra charla sobre carriles propicios. Pero todo era inútil. 

Sin embargo, después de mucho explorar, di en la tecla. Ramiro tiene un lado débil: su galantería.

Comencé a hablarle maternalmente, solicitándole sus confidencias.

— Yo ya soy una vieja, y puede hablarme como a una madre — díjele sonriendo con melancolía.

El entonces se rebeló.

—¿Vieja usted?

— ¡Oh, sí! — díjele, para alentarlo. — ¿No lo cree usted?

— Señora, se calumnia usted. Yo no sé la edad suya, ni me interesa, porque usted, tal cual es, tal cual la veo. . .

Y te aseguro que no estuvo mal. Hízome un retrato bastante favorecido, y yo se lo agradecí conmovida. Luego dejé caer mi pañuelo y me bajé a recogerlo, calculando el movimiento de él, y haciendo de manera que nuestras cabezas chocaran. 
Di un ligero grito y me puse la mano en la frente.

El, confuso, aturdido, también me tocó la frente, para cerciorarse de la importancia del golpe. ¡Pobre muchacho! ¡Qué fácil fue después robarle el beso, y hacerme pedir perdón por su osadía! Yo le perdoné, y. . . un criado estúpido entró a anunciarme no sé qué cosa, en el preciso instante en que Ramiro comenzaba a perder sus timideces.

Quise retenerlo una vez que despedí al criado, pero el encanto estaba roto. Se fue, prometiéndome volver hoy. Ahora lo espero, con una impaciencia que me hace sonreir y de la cual tú también sonríes. ¿Verdad que piensas lo mismo?

— A tus años, Antonieta.

Sí, a mis años. Ese muchacho ha hecho revivir toda mi juventud. En sus brazos volvería a sentirme niña. Además ... yo no sé, pero besar una cara así, imberbe, de alguien que pudo ser nuestro hijo, tiene la maldita atracción de esos licores agridulces que nos van envenenando lentamente. Quizá sea algo monstruoso, una aberración de mi cerebro, de mi sistema nervioso ... no sé, pero por volver a gustarlo daría lo que me resta de vida.

¿Verdad, Ester, que sonríes y que piensas que estoy atravesando la inevitable crisis de mi edad?

Antonieta

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