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Luis Antón del Olmet en AlbaLearning

Luis Antón del Olmet

"La risa del fauno"

Capítulo 7: Sábadp

Biografía de Luis Antón del Olmet en Wikipedia

 
 
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La risa del fauno Jueves

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Sábado

 

¿Iría al cotillón? ¡Sí! Pero... ¿con quién? Rosa se había negado resueltamente :

— ...y, además, porque no me da la gana.

Ante este supremo argumento, Laura claudicó. Pero ella necesitaba ir al cotillón. Era preciso arrostrar la ironía y el desprecio de aquellas viboritas, demostrarles que todavía la de Hurtado de Mendoza tenía un vestido elegante y un desdén altanero para sus insidias ruines. Y, además, debía ir, por Miguel.

— Aún habrá tiempo para bailar un vals. Por lo menos hasta las ocho dura esa cachupinada. Y yo, a las siete, estará de vuelta.

Miguel tenía que estar unas horas en Segovia para una majadería de unos negocios. ¡Uf! ¡Los antipáticos negocios de los malditos hombres! Pero iría. Y bailaría con ella el suyo, el único, el más elegante y el más guapo. ¡El más guapo! ¡No tendrían poca bilis que tragar aquellas envidiosas hartas de soltería!

Iría al cotillón. Pero... ¿con quién?

Rosa se había negado terminantemente. Además..., hubiera resultado de un cinismo insólito presentarse allí con aquel apéndice, con toda su fama y con su aspecto de cocota.

Titubeó un momento. Sonrió. ¡Admirable! Iría con las señoras de Ledesma, unas cursis de verdad, a quienes conocía vagamente y a quienes haría dichosas ir en compañía de una grande de España, por muy apolillados que tuviera sus pergaminos. Además, tenían un mozo de veinte años, un poco adusto y salvaje, que, en último caso, no la dejaría estar sentada si no acudía mejor bailarín.

Les mandó recado y respondieron apresuradamente que a las cinco estarían a buscarla. Llegaron puntuales. Laura había derrochado el tiempo en arreglarse y vestirse. Se encontró un poco fané, pero pasable. Rosa había sonreído toda la tarde con una sonrisa inquietadoramente socarrona.

— Sé que te ríes de mí, que me encuentras cursi; pero no me importa, ¿te enteras? Soy demasiado feliz para darle importancia a tu despecho. Porque ahora lo soy con toda mi alma.

Y se fue con la alegría y el sobresalto de una mozuela que acude al primer baile.

Abajo, en la calle, esperaban las de Ledesma, una madre larguirucha, de ojos brilladores, y una hija cuarentona, que había sido poetisa, anémica, alta como una caña, que había tenido un novio militar, muerto heroicamente en Cuba. Junto a ellas, con los ojos bajos, el ceño fruncido y la catadura arisca, callaba sombríamente un muchacho membrudo, moreno, rudo, bravío. La madre tuvo que decirle :

—Anda, Leandro; saluda a esta señorita.

Luego se inclinó sobre la dama:

— Es muy corto de genio, ¿sabe usted? ¡Oh! Pero es un gran muchacho.

Recorrieron unos metros de carretera y se internaron por un camino alegre. Al final, se veía La Casa de la Mata, una finca de campo alquilada por la colonia elegante para patinar, jugar al tennis, pescar novio y urdir cotillones.

En la puerta hubo un digno entorpecimiento. El portero no las dejaba entrar. Aunque no era precisa invitación por ser el sitio la casa de todos, el cancerbero había recibido una orden severa:

— No deje entrar más que a las personar conocidas.

Al fin, merced a unas palabras persuasivas y a una moneda de plata, pudieron entrar.

Penetraron. Un cronista mundanal se quedaría perplejo ante magnificencia tan inusitada. Rodeaban la planicie de asfalto las parejas del cotillón. Zangoloteaban por en medio, esplendorosos, los directores; una viuda juvenil, regordeta, bien vestida, con andares de jaquita jerezana, Joselita René, y un mozalbete, ataviado a la última, hijo del marqués de Pimentel. Cerca, sobre el templete, reía en un vals una orquesta abigarrada.

Al llegar Laura se produjo una viva expectación. ¡Era un colmo! ¡Atreverse después de la aventura del día anterior! ¡Después de haberse metido con un hombre, sola con él por los campos, como una cualquiera!

Nadie la saludó. Alguna boca le envió una sonrisa débil. Alguna mano se agitó, tímida. Pero ella avanzó resueltamente, cogiendo a Leandro por una manga:

— Será usted mi pareja. ¡Venga usted!

Y se sentó con él en la fila de bailarines expectantes.

Leandro, rojo, trémulo, le suplicaba:

— Pero ¡por Dios! ¡Si no sé bailar! Le ruego que desista.

Pero ella no escuchaba, observando el conjunto, altanera, gallarda, mirando con osadía en su redor.

Los directores comenzaron a repartir regalos para una figura. Estaban destinados a los hombres y consistían en unos gorros turcos de papel rojo. Los cogían ellas de manos de Joselita, los entregaban a sus parejas y ellos se iban poniendo los gorros y reían como si el trance tuviera mucha gracia.

Cuando llegó la directora junto a Laura apenas si la saludó, arrojándole el gorro con una displicencia ultrajante. Leandro desfallecía.

— ¿Ha visto usted qué enormidad? —dijo, al fin, enojado.

— ¡Insoportable! Pero veremos cómo se portan con usted. Probablemente le harán una grosería. Pero perdóneles... Lo hacen por ofenderme a mí.

El mozo se sintió acometido de una súbita piedad:

— ¿Pero ¿qué les ha hecho usted? Son unos mal educados. Es insufrible.

Después, rotundo, aseguró :

— ¡Caramba! Tendría ganas de armar un escándalo.

Habían nacido en aquel muchachote, tímido y bravio, ansias carniceras. Ella las explotó encantada ante la idea de promover un altercado. Sería delicioso. Y gimió:

— Le juro a usted que sufro con toda mi alma.

El había cerrado sus puños como si hubiera hecho un juramento formidable.

Empezaba otra figura. El director iba entre los hombres repartiendo unos alfileres de mujer. Junto al bailarín inmediato a Leandro permaneció un momento para decir una frase velada, punzante, sobre algunos señores que se habían invitado a sí mismos al cotillón y a los que nadie conocía. Después llegó junto a Leandro, lo miró despectivamente y pasó, fingiendo no advertirle. Este, de súbito, se levantó de un brinco con agilidad felina. Cogió al director de una muñeca, retorciéndosela. Parecía un baratero de plazuela con algo bello de gladiador romano.

— ¿Y a mí? ¿No hay alfiler para esta señorita?

Se habían levantado todos de sus asientos, atónitos.

Le arrebató después un puñado de alfileres y los tiró sobre la falda de Laura. Luego volvióse hacia el gentío lentamente, enviándole el reto triunfal de una mirada soberbia.

Se intervino, hubo una componenda, se cambiaron unas explicaciones y el cotillón prosiguió.

Distraída en la contienda, Laura no reparó en que las siete habían pasado ya. Luego empezó a impacientarse. Leandro había vuelto a su mutismo. La concurrencia, frustrada, cohibida por aquel espectáculo insólito, empezaba a desfilar mohína y lenta. Dieron las ocho.

Laura pensó en Miguel con rencor. ¿Repetiría la hazaña del bazar? Y meditó en la sonrisa socarrona de Rosa. Se puso un poco pálida.

Le urgía marchar. Las de Ledesma, que habían pasado la tarde en segunda fila, en un largo bostezo, viéndola descompuesta, se levantaron solícitas:

— ¿Se pone usted mal?

Ella se reanimó:

—¿Mal? ¿Por qué?

El ámbito se había quedado desierto y el crepúsculo moría. Un viento serrano y hostil golpeaba los árboles.

— Tengo un poco de frío. ¿Quieren ustedes que nos marchemos?

— Sí, en seguida.

Tomaron el camino de La Granja. Las de Ledesma charlaban sin tino, comentando el cotillón. Laura no las oía, sumida en una sensación inconsciente de angustia. Entraron en el pueblo. Ellas se empeñaron en acompañarla hasta el umbral de su casa. Llegaron. Nadie en los balcones. Soledad en la calle. Se despidieron. Laura subió de prisa y llamó. Apareció la doncella, asustada.

— ¿Está la señorita Rosa?

—No.

— ¿Vino alguien?

— Tampoco, señorita.

Entró en la alcoba. Al pronto notó algo raro, insólito, en la habitación desordenada. Se fijó. Los vestidos de Rosa no pendían de las perchas. Había desaparecido su cabás de viaje. ¿Qué era aquello? Y se detuvo, aterrada por un presentimiento que cruzó por su espíritu, helándola.

Sobre la mesa había un sobre. Leyó. En él se hallaban escritas estas palabras con letra de Rosa : «Para ti.»

Rasgó y devoró.

« ¡Pobre cielito mío! Eres muy desgraciadla tú, mi vida. Lo reconozco y te compadezco. Por eso te escribo, para darte una última prueba de mi amor. Podría haberme marchado sin dejarte un recuerdo. Pero ¡no! Ahí lo tienes. Te quiero demasiado para ser contigo cruel.

»Mira, chiquilla, abreviemos. Me voy porque me aburre este sitio, y, además, porque Miguel se ha empeñado. ¡El pobre! ¡Hay que darle gusto! ¡Ah! Pero te advierto que se marcha muy enamorado de ti. Dice que eres un alma superior, digna de encontrar un hombre extraordinario. Él ha tenido miedo de ti. Y le doy la razón; y tú, cuando pienses en esto serenamente, se la darás también. Hazte cargo. Él había venido en busca de una aventura alegre, sin trascendencia, vamos, un buen pasar el rato. Pero tú tomaste la cosa demasiado en serio. Creo que en aquel famoso paseo a caballo te comportaste como una colegiala. Al principio se conmovió, pero luego nos hemos reído mucho. Estuviste hecha una Julieta, pero escogiste un mal Romeo. Miguel es..., ¡qué sé yo!, muy parisién... Tú le hubieses estropeado el veraneo. Y al fin ha tenido la ventolera de escaparse conmigo. Dirás, y con razón, que huye de ti. Yo creo más. Afirmo que has dejado en su alma una huella. Pero, ¡hija!, por el pronto, nos vamos.

»Y... se me está haciendo tarde. Perdona. El coche para Segovia no espera y tengo que despedirme.

»Que seas muy feliz y que termines de la manera más brillante tu veraneo. Como verás, te dejo una barbaridad de dinero dentro de tu maleta. Cuarenta duros. Un capitalito, ¿eh? A ver si lo administra bien la vidita mía.

»Adiós, ¿sí?, encanto. Ya sabes que te quiere mucho,

Rosa.»

Había aún una postdata:

«¡Ah! Oye un consejo de amiga. Para otra aventura venidera con cualquier hombre, procura ser menos colegiala. Aprende de mí. Es más práctico.»

Terminó de leer. Quiso llorar. Sentóse, y abatida por el dolor inmenso, permaneció insensible mucho rato. Luego quiso pensar en el porvenir, pero desistió, sobrecogida, con el espanto de un niño que se asomara a la boca de una cueva en cuyas sombras se arrastrasen, viscosos, los reptiles. Se veía sola, abandonada, en medio de un desierto. Y todo en su redor era horrendo y esquivo. Salió al balcón. A la izquierda se erigían, agudas y gráciles, las torres de la Colegiata. A la derecha se extendía el campo aletargado. Distantes, venían notas perdidas de músicas alegres. En casa de la Irigoyen había fiesta y risas que sonaban como ultrajes despiadados. El sereno lanzaba de vez en vez su cántico nocturno y tristísimo. A intervalos sonaban profundas las campanas parroquiales. Y en medio del cielo, una luna veraniega recortaba su cara bonachona, enviando plácidamente sobre el campo dormido su luz inmaculada y cándida.

 

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