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Luis Antón del Olmet en AlbaLearning

Luis Antón del Olmet

"La risa del fauno"

Capítulo 1: Domingo

Biografía de Luis Antón del Olmet en Wikipedia

 
 
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La risa del fauno
Domingo

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Domingo...

 

Cuando despertó Rosa ya habían sonado por dos veces las campanas, domingueras y joviales, de la Colegiata convocando a misa. Pero la pere- zosa no quiso escucharlas, arrebujada bajo las sábanas calientes, acariciada por un rápido rayo de sol, que pe netraba osado y alegre por la ventana entreabierta, pregonero de un buen día de verano, tibio y sensual en aquellas serranías pobladas de pinos y en aquellos valles cubiertos de flores.

Por vez tercera envió el campanario su greguería altisonante y bulliciosa. Esta última llamada de la Madre Iglesia a los devotos que dormían en la molicie de sus lechos sacudió a Rosa, determinándola a romper el deleite de su indolencia infinita. Todavía intentó hundir la cabeza, desfallecida, en el hueco que formara en la almohada durante toda una noche de apacible sueño. Pero se rebulló, tomando bríos. Saltó del lecho. Al sentir en los pies la sensación punzante de las baldosas frías, lanzó un grito menudo y ahogado. Alguien, desde una cama inmediata, dijo con vocecita soñolienta:

— Ya no podremos ver a la infanta. Debe ser tardísimo.

Rosa corrió hasta el balcón, abriéndolo. De repente, quedó invadida la alcoba por una luz alegre y matinal.

La rama de una acacia florida penetró hasta adentro, sacudiéndose. Cayeron sobre el suelo algunas leves gotas de rocío. Desde otras ramas corpulentas, unos pájaros remontaron el vuelo, temerosos. Allá, tras del árbol vecino, se veía un cielo remoto y azul, bajo el cual sonreía ufana la campiña, inundada de sol. Rosa desperezóse, contestando:

— Todavía sobra tiempo para ver a la infanta.

Y después, con acento de reconvención, añadió, cariñosa:

— Pero, hija mía, la misa debe haber empezado ya.

Se fue acercando al lecho donde su amiga dormitaba aún, restregándose los ojos, heridos bruscamente por la luz arrolladura. Cuando estuvo al borde de la cama, se puso a decir con voz de mimo :

— Perezosa mía, holgazanita mía. ¡Qué sueño tiene la pobre de mi alma!

Y comenzó a besar una sien de la holgazana con besitos menudos y rápidos. Después, súbitamente, dio una carrera para llegar al baño. Vertió sobre el recipiente de goma todo un jarro de agua. Metió dentro sus pies, se desnudó...

Comenzó el aseo. La enorme esponja subía hasta los hombros inflada, pletórica, para después reventar en chorros de agua fresca, que corrían por la espalda y el pecho inundando toda la figura, estremecida a su contacto frío y deleitosamente torturador.

— No sé si llegaré al Evangelio. Será milagro que llegue antes de alzar.

Echó sobre sus hombros un gran ropón rizado, y mientras se enjuagaba dando brinquitos, decía:

— Y lo que es tú, encantito querido... A ese paso perderás la misa.

Su amiga se había incorporado bruscamente.

— Bueno, después de todo, Dios me perdonará. ¡Tenía tanto sueño...!

Rosa empezó a vestirse de prisa, con ansia. Acabó pronto.

— Bueno, Laurita mía, duerme un ratito tú. Yo me voy correndito, ¿sabes? No llego ni a las bendiciones.

Y besaba las manos blancas de marfil que reposaban sin fuerza sobre la colcha inmaculada.

Laura entreabrió sus ojos de nuevo, unos ojos pequeños y lindos, llenos de luz.

— Adiós, preciosa. No tardes, ¿eh? Mira que quiero ver luego a la infanta. Cuando vuelvas, ya estaré vestida.

— Sí; pero se queda sin misa hoy la muy empecatada. Yo la oiré por las dos. Pero mi chiquitína tiene que rezar un Padrenuestro y una Salve. ¿Verdad que sí? Ahora, un besito. No; ha de ser en los dientes, en los dientecillos, pequeños y blancos.

Laura se defendía débilmente, hurtando el cuerpo, lanzando risas entrecortadas en un pugilato lleno de coquetería. Al fin quedó presa entre los brazos robustos de Rosa. Y sus labios, gruesos y rojos, se hundieron en los labios finos y exangües de Laura, y estuvieron un momento, avariciosos y glotones, acariciando la nieve de aquellos dientes diminutos.

Se alzó después de súbito:

— Nada, que no llego ni a las Avemarias.

Trincó la sombrilla y llegó a la puerta. Se detuvo. Dio sobre el suelo un violento taconazo, hizo una mueca ridícula y apasionada y un aspaviento grotesco, llevándose la mano al corazón. Giró luego en redondo y salió acelerada, entre risas.

Laura había doblado su blanco y largo cuello de cisne sobre la almohada y dormía de nuevo, sumida en una profunda y voluptuosa pereza.

***

Todavía Laura se miraba delante del espejo cuando Rosa regresó, después de oír devotamente la misa. Desde la escalera chilló :

—¡Bonita! ¿Bajas?

Laura no estaba muy satisfecha de su tocado. Tenía fruncido el ceño y avizoraba su silueta con mirada perspicaz, amarga, irónica. Atisbaba su sombrero, de cintas un poco ajadas y las flores un tanto mustias. Sonreía con una enorme desilusión. Vaciló. Después, girando rápidamente, se echó a reír.

— Voy hecha un adefesio: pero... ¡bah !

Guando descendió hasta el zaguán del nido veraniego, palideció ultrajada, ofendida, como si la hubiesen abofeteado brutalmente. Allí, junto a la puerta, sonriente, gozosa, se erguía su amiga, elegante, vestida con una larga levita gris, de solapas negras y lisas, que bajaban casi hasta la cintura en un abrazo discreto. En su cabeza triunfaba un sombrero estrepitoso de blancas plumas. Su mano izquierda movía una sombrilla de última moda, alta y elegante, de un color delicioso, con un mandarín chino en el puño y unas enormes borlas que oscilaban, elegantes, mientras ella trazaba rayas en el suelo con el regatón.

— Eres una pesada, alhajita. Media hora esperando a que la nena se acabe de vestir. Vas muy mona.

Laura se detuvo un instante irresoluta. ¿Era aquello una burla cruel? ¿Reía Rosa de su pobre sombrero y de su pobrecito vestido blanco, tantas veces planchado y zurcido? Creyéndolo, contuvo una palabra insidiosa. Pero los grandes ojos negros de su amiga brillaban leales, en su luenga extensión amorosa, sin un destello de malicia ni un leve resplandor picaresco.

Se emparejaron y salieron. Cruzaron varias calles silenciosas que se abrían entre enormes caserones regios y abandonados. En la alameda reían ya los macizos de flores, y se elevaban, sombrosos y amigables, los castaños de Indias.

Rosa, de pronto, rompió el silencio :

— Pero ¿vas a presentarte a la infanta? Yo no tengo el honor de haber besado su mano todavía. Me parece que llegamos tarde.

Apretaron el paso. Pasaron bajo la Colegiata y el Palacio Real, rancio, de piedras amarillas e hidalgas. Atravesaron una verja. Un guarda de blanca bandolera y ancho sombrero gris las saludó. Pisaron la arena de los jardines. Aún no había llegado Su Alteza.

***

En la espaciosa plazoleta que se prolonga bajo los muros del Real Palacio bullía la nube de los veraneantes. Toda La Granja, atraída por el buen sol y el cielo azul, por la caricia blanda del aire embalsamado de los pinos, había acudido a los jardines y se desparramaba en grupos alegres, formando tertulias bajo todos los árboles.

Corrían los niños alocadamente, alzando su diávolos, urdiendo montoncitos de arena. Entre ellos, avizorantes, se erguían las rodrigonas extranjeras, carrilludas las alemanas, secas las británicas, correteadoras y bien emperejiladas las francesas.

Desde los senderos, cohibidas en la sombra, se asomaban las familias modestas, sin atreverse a mostrar sus vestidos a pleno sol, a ponerlos ante los ojos de la colonia elegante, reidora, estrepitosa, rica, compuesta por señoras graves, un político, un general, un marqués; por señoras lujosas, mujeres de banqueros, de rentistas, de concejales, de empresarios; por petimetres de calado calcetín y panamá rotundo y orondo, y por damitas bellas, vestidas con arreglo al último y más extravagante figurín, desenvueltas, charloteadoras, sonrientes, que se agrupaban como formando un selecto redil, no confundido con el rebaño vulgar, en la parte más distante al Palacio, bajo unos álamos gigantescos, que parecían hundir sus copas agudas en el cielo remoto.

***

En medio del gentío, Laura se sintió sola y abandonada. Al transponer la verja y pisar los jardines, el gayo conjunto de la colonia elegante la sobrecogió con su ruido de triunfo y de lujo. Desde lejos, algunas señoritas elegantes la habían reconocido, algunas que aprendieron con ella en el Collège Français una letra de grandes perfiles verticales, un santo amor al lujo y a la vanidad, una viva idolatría por la bagatela, un perverso horror a los hombres y un cariño irresistible hacia una dulce amiguita de profundas ojeras violáceas. Desde lejos las veía Laura zangolotear pizpiretas, con andar de pájaro, riendo menudito, coqueteando, divirtiéndose. Algunas la vieron. Otras fingieron no advertirla. Laura recordó su trajecito blanco, su sombrero pasado de moda. Se ruborizó íntimamente. Y empujando con violencia a Rosa, se desvió, no queriendo acercarse a sus amigas, a aquellas amiguitas que antaño la adulaban, cuando ella era mademoiselle Hurtado de Mendoza y tenía un automóvil que todas las tardes venía a buscarla a la puerta del colegio.

Rosa asistía al rubor de su amiga, sonriendo condescendiente.

— Eres una chiquilla.¡Temer a la ironía de esas cursis!¡Si huelen todavía a percalina y a perfumería barata! Tú, siempre serás tú, bonita mía,

Y dulcemente, con caricia de mano maternal, la condujo hasta un banco y la hizo sentarse.

El Palacio Real permanecía cerrado. Ante su puerta paseaban los guardas, silenciosos, esperando. En las fuentes próximas reían Venus desnudas y brincaban faunos grotescos. El agua de los surtidores enviaba un eterno glu-glu. Describiendo curvas graciosas, se extendían los macizos de flores, y los arrayanes, recortados en masas de formas simétricas, se perdían en el fondo del jardín. Un sol discreto se filtraba por las hojas de los árboles, formando incendios, cayendo en cascadas. Un aire fragante y sensual venía de los pinares. En aquella mañana de domingo no hubiera extrañado la risa de madame Pompadour en aquellos borbónicos jardines de La Granja, creados por un monarca pariente del Rey Sol.

Sonó una campana. Hubo un rebullimiento en el zaguán de Palacio, los guardas se quitaron el sombrero revérenciosamente, y una dama de cabello blanco, vestida sencillamente, tocada con un ancho sombrero campesino, avanzó entre la fila de curiosos. Tenía un continente simpático, confidencial; andaba con aire varonil y resuelto, y reían unos dientes nevados y lindos entre las dos manzanas rojas de sus mejillas encendidas.

Se hizo un gran silencio. Algo solemne había hecho enmudecer a todo. Sólo ponían una nota díscola y rebelde el gorjear de los pájaros, que bullían ingenuos, infantiles, candorosos, en las copas de los árboles; el grito de un chicuelo que había perdido su pelota o roto su caballo de cartón; la risotada nerviosa, rápida, inevitable, de una señorita alegre a quien le habían dado un pellizco...

Cuando la egregia dama llegó hasta el centro de la plazoleta, los concurrentes afluyeron para venir a besar su mano. Casi todos se acercaban humildes, cabizbajos, pusilánimes, y al rozar la blanca mano principesca, temblaban sus labios. Algunos, los de siempre, los que todos los años veraneaban en el Real Sitio, llegaban con cierta cordialidad, con más intrepidez, como antiguos y buenos amigos. Y éstos eran los que Laura miraba distante, un poco pálida, mientras dentro de su espíritu se entablaba una lucha formidable de vanidades y pasiones.

— Serías una estúpida si no te acercases a la infanta. Tienes más derecho que nadie y te recibirá encantada — le dijo Rosa de pronto, fingiendo enojo.

¡Sí! Tenía más derecho que nadie. La infanta era buena. Bullía en sus venas la sangre de toda una augusta dinastía de monarcas. No vería en ella a la señorita cursi, no se fijaría en el vestido viejo ni el sombrero pasado de moda. Vería en ella a la pobre huerfanita aristocrática, resto último de una gran casa azotada por la ruina y el desastre. Entre todas aquellas muchachas lujosas, burguesas, un poco plebeyas, pedantitas y orgullosas, ella sería la predilecta, la de más linajudo apellido, la de estirpe más preclara.

***

En un lugar apartado de la plazoleta aparecían seis bancos amarillos, colocados en círculo. El corro de la infanta. Allí placía Su Alteza de conversar con sus vasallos y amigos. Nadie podía acomodarse en él hasta que había llegado la augusta señora y había favorecido al veraneante con un ademán, invitándole a su tertulia. Llegó. Sentóse con su dama de honor. Luego se fueron acomodando los cortesanos, orgullosos de esta merced, regodeándose, pensando cómo luego se lo referirían a sus amigos de Madrid para epatarlos y darles envidia.

—¡Un veraneo precioso! Todas las mañanas fuimos al corro de la infanta. Los de siempre éramos Alba, Medinaceli y nosotras...

Laura se levantó:

—Vamos a saludar a Su Alteza. Te presentaré.

Rosa se dejó conducir, sonriendo:

— Es natural. ¿No eres grande de España? Hasta creo que se trata de una obligación.

Avanzaron por la gran plazoleta llena de sol. La infanta se hallaba de espaldas. De repente, las veían avanzar unos ojos sarcásticos que fulgían desde lejos. Algunas bocas se plegaban con punzante sátira. Habían comprendido las ansiedades de aquella pobre señorita cursi. Esperaban una escena divertida. Eran aquellas mismas damitas que poco a poco la fueron dejando de saludar, y que contaban entre risas la ruina de su casa, refiriendo escenas ridiculas y lances grotescos.

Laura se detuvo.

—¡Vamonos de aquí! Me dan asco esas gentes.

Se perdieron por un camino que torcía entre bojes olorosos.

Ella apretaba sus dientes con ira. No tenía valor. ¡Oh, eran muy agudos y despiadados los tormentos de una grande de España mal vestida!

Rosa reía estrepitosamente.

— Eres una tonta. Si no te saludan ni te quieren..., ¡mejor! ¡Pero sufrir por esa gentecilla!¡Vamos, hace falta ser todo lo niña que tú eres!

***

Recorridas algunas veredas penumbrosas, que se perdían bajo la techumbre espesa de los nogales; atravesada la floresta, húmeda de los cuchicheantes arroyuelos, en la que a veces se escabullían asustados los reptiles y croaban las ranas estólidas su eterna y estúpida canción, remontaron una cuesta empinada y dieron vista al «mar». Sobre las aguas quietas del estanque se dormía la luz perezosa del sol veraniego.

Rosa, encendida, jadeante, se detuvo para tomar resuello.

Después hundió su mirada en el paisaje.

— Esto es divino, ¿no? ¿Quiere mi pequeñita contemplar los jardines desde un sitio precioso, desde un sitio mágico?

Luego, variando la voz, anadió:

—¡Ay!, y descansaré. ¡Estoy muerta!

Anduvieron unos pasos más. Llegaron a una planicie diminuta. En medio se alzaba, gigantesco, el tronco dorado de un pino secular. Por su corteza trepaba en espiral una frágil escalerilla, urdida allí para escalar la copa inmensa del árbol manso y bueno.

— A esto le llaman el Gurugú. ¿Subimos? Así realizaremos, además, una hazaña patriótica.

Subieron ambas por la feble escalera y llegaron a lo alto del Gurugú. Allí, sostenida por los ciclópeos brazos del pino, había una plazoleta, fabricada con ramas, en la que se hincaban fijos unos asientos minúsculos.

Se sentaron para ver el paisaje, para oler su perfume, para escuchar su música. Era todo de una belleza cegadora, pródiga, tumultuaria, inverosímil.

Desde lo alto del pino se veía el estanque, extenso y pando, donde brincaban las truchas a flor de agua, haciendo relucir un momento sus lomos escamosos. Gorjeaban los pájaros, con estruendo alegre, desde todos los árboles. Remotas, se recortaban sobre el cielo azul las siluetas de los vencejos y de los alcotanes. Desde un rincón del estanque cantaba una gruta la canción de su agua que iba horadando las peñas, vestidas de muérdago. Y más allá, tras de la línea final del agua azul, subían hasta la cúspide de un monte millones de pinos, con sus risueños troncos de oro y sus verdes copas redondas.

Reinaba en el paisaje una paz virgiliana. Ni un rumor extraño a la armonía de la Naturaleza, que reía y cantaba bajo el cielo azul, envuelta en el abrazo eterno, salvaje, del sol fecundo. Rosa exclamó de pronto:

— Te aseguro que soy feliz. Me contagia esto... Esto, que es lo más hermoso del mundo.

Luego, fijándose en Laura, añadió dulcemente:

— Y tú, mi alma, ¿eres feliz?

— Lo soy.

Y no mentía. El calor de aquel sol se había metido en su carne, y había embalsamado su alma el fuerte, rudo y embriagador perfume de los pinos.

Las amigas callaron. Laura iba evocando su vida pasada, sin dolor, casi alegremente, como se recuerdan los sueños ingratos al despertar en el lecho amigable, junto a seres a quienes se ama y de los que se esperan palabras de consuelo y de amor.

El padre, arruinado, consumido por usureros, administradores, ¡uf!, y por pintorreadas mujercillas listas y perversas. El hermano, vicioso, vago, socaliñero, que le había robado su última alhaja para gastar el precio de la venta, no se sabe dónde, con unos amigos merodeadores y granujas. Su madre, fenecida dulcemente en el viejo caserón hipotecado, sin quejarse, sin proferir un lamento, resignada en el otoño triste de su belleza y de su fortuna. Dos años de zozobras, de miedos, de esperanzas arrancadas apenas florecidas. Y luego, aquella frase cruel de su padre, aquel «sálvese el que pueda», y aquel huir, perseguido por una acusación, abandonándola a su destino, sin temor a sus años, demasiado mozos, y a su belleza melancólica, que ya era tentación de muchos corazones gastados.

Después, el refugiarse en su antiguo colegio, el gastar las últimas monedas, el escribir cartas angustiadas, mientras lloraba amargamente sin consuelo. Los ultrajes de la gente que la despreciaban. Un rumor vago de insidias. Un día negro, sin pan. Más tarde, las dulzuras de aquella vieja arpía que la había llevado a su casa y que le había brindado su protección y el bolsillo y el amor de un hombre desconocido. Todo el pasado, horrendo, se alzaba en su alma, en su alma pequeñita, curvada bajo el peso de tanto dolor.

Después evocó sus últimas batallas y sus últimas zozobras. Aquella mañana de verano en que divagó solitaria e inconsciente por las calles de Madrid, inundadas por un sol frenético, agotadas todas las esperanzas, cerrada la puerta del último pariente rico que había rehusado su cariño y había apartado sus manos, que se extendían suplicantes...

Por las calles parecía perseguirla, implacable, la sombra del hambre y del deshonor. ¿Qué haría de su juventud? ¿Adonde irían a parar sus veinte años tan tristes? Y recordó, como de improviso; había pensado en Rosa, en su antigua amiga, en su hermana mayor, huérfana y rica, que había cobijado su soledad en un convento, como señora de piso, viviendo allí, apartada del mundo, dedicando buena parte de sus rentas a obras de piedad, pagando a las dulces monjas el tributo de la cera cándida que ardía constantemente bajo las imágenes santas del oratorio.

Pero Rosa, ¿querría enjugar sus ojos, querría sosegar la incertidumbre de su vida?

En otro tiempo, cuando la conoció, se amaron. Rosa era ya una mujer formal, desengañada de la vida, muerto en su alma el amor romántico y vehemente que había abrasado su corazón en los años mozos, con el que había jugado, cruel, un hombre infame, a quien ya aborrecía. En aquel tiempo tenía Rosa su herida manando sangre aún. Era tan dulce y tan buena... Muchas veces la había tenido en su regazo y la había estado besando tardes enteras, mientras jugaba con sus rizos dorados, diciéndole:

— Eres muy linda. No hagas caso a los hombres, que son unos canallas. Ámame a mí, a mí sola, que te adoro.

Y, en verdad, la amaba. Iba a visitarla con frecuencia, acompañada de su institutriz. Pero sus padres le habían prohibido terminantemente aquella amistad. Una infame historia absurda, inventada por un calumniador, envolvía a su pobre amiguita encantadora. Fue dejando de visitarla. Por último, había dejado de verla para siempre.

Y ahora, ¿cómo la encontraría? ¿Querría tenerla en su regazo como antes? ¿Le negaría sus besos y sus caricias blandas?

Y llegó a la puerta cerrada, donde su mano pedigüeña demandaba la última limosna.

— ¿Se puede pasar, bichou?

Se abrió la puerta. Allí estaba Rosa, como siempre, con sus ojos negros, en los que fulguraban pasiones encendidas; con su cuerpo, gallardo y opulento; con sus brazos, redondos y firmes; con su voz, pastosa, sensual, embriagadora. Hablaron. Hubo un largo relato, alguna lágrima y muchos besos. Comieron juntas. Luego, todo quedó concertado.

— Te quedarás conmigo, ¡no faltaría más!¡Pobre nenita mía! Y he de llevarte de veraneo y te compraré cosas, muchas cosas, y seremos las dos muy felices.

Le dió un beso largo. Le miró a los ojos. Rieron los de Rosa en un transporte de júbilo. Se abatieron los de Laura bajo una sensación de angustia.

Pero... nada más. Se acostumbró. Rosa la amaba mucho. ¿Dónde estaría mejor la pobre abandonada que bajo aquel techo bondadoso y entre aquellos brazos amigos?

Pensaba Laura después en el viaje, en el alegre llenar los baúles de vestidos y zarandajas lindas, en el trayecto encantador del tren; en Villalba, llena de cazadores joviales; en Cercedilla, invadida de mujeres guapas; en Segovia, arcaica y sombría, con sus cadetes enamoradizos y románticos, que se afilaban las nacientes guías del bigote mientras hacían resonar sus espuelas; en la llegada a La Granja; en el olor a pinos; en la luna creciente, que recortaba aquella noche su perfil nítido sobre un cielo que se le antojó protector y bueno; en la linda casita alquilada para el veraneo, limpia y alegre, cobijada como un nido bajo el emparrado. ¡Oh! Era feliz, se sentía feliz en aquella clara mañana de domingo, en medio de aquel paisaje optimista y risueño. Miró a Rosa. Se sentó en sus rodillas, la abrazó mimosa y se puso a besarla en los ojos.

— Te adoro, ¿sabes? Te idolatro. No hay en el mundo nadie mejor que tú. Soy muy feliz, porque me quieres.

Rosa reía, menudo, con júbilo.

— ¿Ves qué bien hice trayéndote aquí? Si no hay mejor quitapesares que esto, que este sol y esta luz. ¿Quién piensa en esas cursis de allá abajo, estando aquí en lo alto, más cerca del cielo?

Luego, cambiando la voz, añadió :

— Bueno, chiquilla, que se ha hecho muy tarde. Lo menos son las dos. Tengo un hambre espantosa. ¿Quiere la chiquitína que vayamos a comer?

Se levantaron. Bajaron la escalerilla y avanzaron contentas, cogidas del talle, riendo. Laura se detuvo de pronto.

— Me has de dar otro beso, preciosa mía.

Y el cielo azul fue testigo del beso prolongado que se dieron sus bocas sedientas. Crujió una rama. Pasó un hombre elegante. Las miró y sonrió. Ya antes lo habían visto cerca del corro. ¿Las habría seguido? ¿Las habría escuchado?

Avanzaron en silencio. El hombre las seguía a corta distancia, fingiendo leer un libro.

Laura pensó que era muy simpático, de una traza muy agradable. Y se volvió ligeramente con disimulo para verlo. Rosa lo encontró guapo y se volvió también, a hurtadillas, para contemplarlo. Y las tres siluetas se fueron perdiendo en la lejanía, por el florido sendero de bojes. En los árboles trinaban los ruiseñores con alegre canto nupcial.

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