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Amado Nervo en AlbaLearning

Amado Nervo

"Un sueño"

Capítulo 8

Biografía de Amado Nervo en AlbaLearning

 
 
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Un sueño
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¡No te duermas!

 

Empezaba a obscurecer, envaguecíanse ya los perfiles ásperos de las murallas y las rocas, y algunas estrellas punteaban el profundo azul.

Lope y Mencía levantáronse silenciosamente y, cogidos del brazo, echaron a andar hacia la ciudad, donde, en el laberinto de callejuelas, parecía enredarse ya, como una víbora negra, la noche.

Aquí y allí las estrechas y escasas ventanas se encendían; comenzaba a llamear el pálido aceite de las lámparas que ardían en innumerables nichos y hornacinas ante los Cristos, las vírgenes y los santos. A veces tropezaban con tal o cual litera precedida de pajes con hachones, que luego se perdía fantásticamente en el declive de un callejón. Tras las ventanas, sólidamente enrejadas, se adivinaban siluetas de mujeres pensativas...

Lope y Mencía caminaban lentamente.

Una gran tristeza caía sobre el alma de él, y un presentimiento poderoso decíale que ella también estaba triste.

Tristes los dos: ¿por qué?

Ella lo sintetizó más tarde en estas solas palabras: «¡Tengo miedo de que duermas!».
¡Ah, sí; él también tenía miedo de eso...!

A medida que llegaban las sombras, parecíale que todo: la ciudad, las gentes, su Mencía misma, tenían menos realidad... ¡Si iría el sueño a disolver aquello como a vano fantasma!
¡Si estaría aquello hecho de la misma sustancia de su ensueño!
¡Si al dormir perdería a su amada! ¡Qué desconsuelo, qué miedo, qué angustia!

Al fin subieron la empinada escalera, y ya en su bohardilla encendieron un velón. A su débil luz la custodia llameó vivamente. Allí estaba, enjoyada de amatistas y de topacios.

Su arquitectura de oro y plata se erguía misteriosa y santa... Representaba a la celeste Sión, «donde no hay muerte, ni llanto, ni clamor, ni angustia, ni dolor, ni culpa; donde es saciado el hambriento, refrigerado el sediento y se cumple todo deseo; la ciudad mística de Jerusalén, que es como un vidrio purísimo, cuyos fundamentos están adornados de piedras preciosas; que no necesita luz, porque la claridad de Dios la ilumina, y su lucerna es el Cordero».

Mientras él quedaba contemplando aquella obra admirable de sus geniales manos de orfebre, Mencía fue a preparar la humilde cena, y volvió a poco con un cacharro que humeaba levemente, despidiendo gratos olores.

-Berenjenas con queso, de que tanto gustas -dijo.

Cenaron en una esquina de la mesa, muy juntos y muy silenciosos, mirándose casi de continuo y sintiendo él que sobre la frugal pitanza querían caer sus lágrimas.

Tras unos cuantos bocados retiró Lope la escudilla con desgano, e impulsado por un incontenible ímpetu de ternura, ciñó suavemente a Mencía por el talle, llevola hacia la ventana, arrellenose allí en un viejo sitial de cuero, hízola a su vez sentarse sobre sus rodillas y empezó a acariciarla castamente, pasándole la diestra, temblorosa, como para bendecirla, sobre los negros y abundantes cabellos.

Ella quedósele mirando con una indecible expresión de amor y de angustia.

Un vago entorpecimiento parecía ya amagar a Lope.

¡Qué bien estaba allí! Por la ventana entraban los hálitos primaverales y la luz de las estrellas. Toledo empezaba a dormir; íbanse apagando todos aquellos rumores de los que Lope había creído discernir la voz de los vivos, mezclada con la voz de los muertos... Amaba con todas las fuerzas de su corazón, era amado serenamente por aquella santa y luminosa criatura... ¡Qué íntima sensación de seguridad y de paz lo invadía...! ¡Qué bueno era apoyar su cabeza entorpecida en la blanda y palpitante almohada de aquellos senos y... dormir... dormir...!

-¡No, no! -exclamó Mencía, como si hubiese seguido los pensamientos de Lope- ¡No te duermas! ¡No te duermas! ¡Lope mío, por Dios, no te duermas!

Lope hizo un esfuerzo y abrió aterrorizado, cuan grandes eran, los ojos, que comenzaban a cerrarse.

-¿Por qué, mi amor, por qué?... -interrogó.

-¡Porque me perderás, porque al despertar... ya no habrás de encontrarme!

-¿Cómo? ¿Qué dices? ¡Luego tú no existes, luego esos ojos y esa boca, y esos cabellos y ese amor... no son más que un sueño!

-¡No son más que un sueño! -repitió Mencía fúnebremente.

-¡Pero, entonces -insinuó Lope con espanto-, tú... tú no vives ; tú, Mencía, la esposa de mi corazón, la elegida de mi alma, la única a quien siento que he amado... desde hace mucho, mucho, desde todos los siglos!, ¿no eras más que una sombra?

-¡Más que una sombra! -repitió fúnebremente la voz de plata.

Lope hizo un desesperado esfuerzo para contrarrestar el entorpecimiento implacable que volvía de plomo sus párpados, y manteniendo los ojos bien abiertos y oprimiendo con fuerza entre sus brazos a aquella amada de misterio, empezó a besarla desesperadamente, y entre besos y lágrimas decíale:

-¡No te has de ir, no! ¡No he de perderte!, ¡señora mía!, ¡dueña mía!, ¡amada mía!, ¡no te has de ir! ¡No he de cerrar los ojos, no he de sucumbir al sueño!... ¡No te arrancarán de mis brazos, ni te devorarán las tinieblas! ¡Habré de amarte siempre... despierto, en un día... sin fin... en un... perenne dí... a!

Y ella, con una voz a cada instante más vaga, como si viniera de más lejos, repetía moviendo tristemente la cabeza:

-No duermas, mi señor... no duermas... no... duer... mas.

¡Y los ojos de Lope se cerraban dulcemente, dulcemente; las formas de Mencía íbanse desvaneciendo, desvaneciendo, desvaneciendo!
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