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Amado Nervo en AlbaLearning

Amado Nervo

"El diamante de la inquietud"

Capítulo 8

Biografía de Amado Nervo en AlbaLearning

 
 
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El diamante de la inquietud
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El amor es más fuerte que todos los secretos.

Ana María me amaba demasiado para sellar despiadadamente su boca.

Un día mis besos reiterados de pasión y de súplica, rompieron el sigilo de sus labios.

-¿Por qué, por qué ha de ser preciso que te vayas? -le pregunté con más premura y más angustia que nunca.

-Es un secreto muy sencillo -me contestó..., sencillamente.

Habrás notado, amigo, y si no lo has notado te lo haré notar, que para Ana María todo era «muy sencillo» en este mundo.

Las cosas más bellas, más hondas, más complejas que pasaban en el interior de su alma selecta, de su corazón exquisito, y que yo leía, descubría (porque no era -aparte de su secreto- disimulada ni misteriosa), en cuanto se las hacía notar, que eran muy sencillas.

Por ejemplo, cuando dormía, sobre todo en las primeras horas de la noche, solía soñar en voz alta y sus palabras eran tan claras, que podían percibirse distintamente. Entonces me divertía en hablarla, intervenía, me mezclaba en su monólogo o diálogo, terciaba en su «conversación» interior, sin levantar la voz... Y ella conversaba conmigo, durmiendo; me introducía insensiblemente en su ensueño... A veces, la conversación se prolongaba por espacio de algunos minutos. Hablaba yo despierto y ella respondía, traspuesta o dormida del todo, siempre, naturalmente, que acertase yo a colarme por una rendija misteriosa, en el recinto de su visión.

Al despertarnos al día siguiente, referíala yo la escena y ella, sonriendo, respondíame:

-Es muy sencillo. Aun cuando esté dormida tu voz me llega «desde lejos» porque te quiero, y como la escucho, pues te respondo.

«Es muy sencillo...».

Su secreto, pues, era muy sencillo.

- ¿Cuál?

-Te lo voy a revelar ya que te empeñas -me dijo al fin-; pero de antemano te repito que no esperes nada extraordinario. Yo me casé muy joven, con un hombre muy bueno, a quien adoraba, como que fue mi primer amor. Ese hombre, bastante mayor que yo, era muy celoso, infinitamente celoso. ¿Tú sabes lo que son los celos? Pues es muy «sencillo»: desconfías hasta de la sombra de tu sombra... Yo era incapaz de engañarle; pero precisamente por eso estaba celoso. Los celos no provienen nunca de la realidad.

-«¡Puesto que sois verdad ya no sois celos!» -la recordé yo.

-¡Eso es!... Muy celoso era, sí; y vivía perpetuamente atormentado.

Anhelaba siempre complacerme. Iba yo vestida como una princesa (si es que las princesas van bien vestidas, que suelen no irlo). Más cada nuevo atavío era para él ocasión de tormento.

-Qué bella estás -me decía-, vas a gustar mucho...

Y una sonrisa amarga plegaba sus labios.

A medida que pasaban los años, el alma de aquel hombre se iba obscureciendo y encapotando. Y era una gran alma, te lo aseguro, una gran alma, pero enlobreguecida por la enfermedad infame... En vano extremaba yo mis solicitudes, mis ternuras, mis protestas, que no hacían más que aumentar su suspicacia. En la calle iba yo siempre con los ojos bajos o distraídos, sin osar clavarlos en ninguna parte. En casa, jamás recibía visitas... Todo inútil: los celos aumentaban, se volvían obsesores...

Aquel hombre enloquecía, enloquecía de amor, de un amor desconfiado, temeroso..., del más genuino amor, ¡que es en suma el que tiene miedo de perder al bien amado!

Estaba enfermo de una neurastenia horrible. Cada día se levantaba más pálido, más sombrío.

¿Eran los celos un efecto de su enfermedad, según yo creo?

¿Era, por el contrario su enfermedad el resultado de sus celos? No lo sé, pero aquella vida admirable (admirable, sí, porque había en ella mil cosas excelentes) se iba extinguiendo.

Me convertí en enfermera. No salía más de casa. Él, por su parte, se negaba a tomar un alimento que yo no le diera, a aceptar los servicios de una de esas expertísimas ayudantas americanas, que por cinco dólares diarios, cuidan «técnicamente» a los enfermos y saben más medicina que muchos médicos. Todo había de hacérselo yo...

¿Creerás acaso que para mí aquello era una prueba? Sí, era una gran prueba, mas no por los cambios de carácter del enfermo, no por mis desvelos, no por mi reclusión, no por mi faena de todos los minutos; era una gran prueba porque le amaba, le amaba con un amor inmenso, ¡como se ama la primera vez!

Ni sus desconfianzas, ni su suspicacia, me herían; no podían herirme, porque eran amor; no eran más que amor, un amor loco, insensato, desapoderado, delirante, como deben ser los grandes amores.

Agonizó dos días, dos días de una torturante lucidez... Y una tarde, dos horas antes de morir, cuando empezaba la luz a atenuarse en la suavidad del crepúsculo y adquiría tonos místicos en la alcoba, él, con una gran ansia, con una ternura infinita, me cogió una mano, atrajo con su diestra mi cabeza y me dijo al oído:

-Voy a pedirte una gracia, una inmensa merced.

-Pídela, amor mío, pídela; ¿qué quieres?

-Júrame que si muero, ¡te irás a un convento!

Yo tuve un instante de vacilación; él lo advirtió.

-¡Te irás cuando quieras!, cuando puedas... Pero antes de los treinta años; todavía joven, todavía bella. Te irás a ser únicamente mía, mía y de Dios; a orar por mí, que bien lo necesito, a pensar en mí; a quererme mucho... ¡Júramelo!

Y con todo el ímpetu, con toda la resolución, con toda la entereza de mi alma, de mi pobre alma, romántica y enamorada, de mi sencilla y dulce alma andaluza, se lo juré.

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