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Amado nabokov en AlbaLearning

Vladimir Nabokov

"Primer amor"

Capítulo 3

Biografía de Vladimir Nabokov en Wikipedia

 
 
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Primer amor
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En la zona más oscura y húmeda de la plage, esa parte donde, con marea baja, se encuentra la mejor arena para hacer castillos, me encontré cavando, un día, al lado de una niña francesa llamada Colette.

Iba a cumplir diez años en noviembre. Yo había cumplido diez en abril. Me fijé, nos fijamos, en el trozo de concha mellada de un mejillón que acababa de pisar con la planta desnuda de un pie estrecho y de largos dedos. No, yo no era inglés. Sus ojos verduscos parecían inundados de las pecas sobrantes que se derramaban profusas por su rostro anguloso. Llevaba lo que ahora llamaríamos un atuendo deportivo, consistente en un jersey azul con las mangas remangadas y pantalones cortos azules de punto. Al verla, yo la había confundido con un chico, pero luego me extrañó la pulsera que llevaba en su muñeca delgada y los tirabuzones castaños que sobresalían de su gorra de marinero.

Hablaba a pequeños trompicones como de pájaro, con una especie de rápidos gorjeos interrumpidos, en los que se mezclaban un inglés aprendido, de institutriz y su francés parisino. Dos años antes, en la misma plage, me había hecho amigo de la maravillosa hija de un médico serbio; pero cuando conocí a Colette, me di cuenta inmediatamente de que esta vez iba en serio. ¡Colette me parecía mucho más extraña que cualquiera de mis otras compañeras de juegos de Biarritz! No sé cómo adquirí la convicción de que era menos feliz que yo, menos amada. Una magulladura en su suave y delicado brazo dio lugar a terribles conjeturas. «Me pellizca tan fuerte como mamá», dijo, hablando de un cangrejo. Desarrollé varios planes para salvarla de sus padres, que eran «des bourgeois de Paris» como oí que alguien le decía a mi madre encogiéndose de hombros con cierto desprecio. Interpreté aquel desdén a mi manera, porque sabía que aquella gente había venido desde París en su limusina azul y amarillo (una aventura de moda en aquellos días) aunque habían enviado modestamente a Colette, con su perro y su institutriz, en un tren de día y en segunda. El perro era una hembra de fox-terrier con un collar de campanillas y un trasero de lo más movido. Era tan exuberante que sacaba agua a lametazos del cubo de juegos de Colette. Recuerdo la vela, el atardecer y el faro pintados en aquel cubo, pero no recuerdo el nombre del perro, y eso me preocupa.

Durante los dos meses que duró nuestra estancia en Biarritz, mi pasión por Colette casi supera mi pasión por las mariposas. Como mis padres no tenían demasiado interés en conocer a los suyos, sólo la veía en la playa; pero pensaba en ella constantemente. Si notaba que había estado leyendo, sentía un espasmo de impotente angustia que hacía brotar lágrimas de mis ojos. Yo no podía destruir los mosquitos que habían dejado sus marcas en su frágil cuello, pero sí que podía pegarme con un chico pelirrojo que había sido desconsiderado con ella: me pegué y le gané. Solía regalarme cálidos puñados de caramelos. Un día, cuando estábamos inclinados sobre una estrella de mar y los rizos de Colette me cosquilleaban en el oído, se volvió de repente hacia mí y me dio un beso en la mejilla. Mi emoción fue tan grande que lo único que se me ocurrió decir fue: «¡No seas tonta!».

Yo tenía una moneda de oro con la que pensé que podíamos fugarnos. ¿Adónde quería llevarla? ¿A España? ¿A América? ¿A las montañas más arriba de Pau? «Là-bas, là-bas, dans la montagne», que le había oído a Carmen cantar en la ópera. Una noche extraña, me quedé tumbado, sin poder dormir, oyendo el recurrente zumbido del mar y planeando nuestra fuga. Parecía que el mar se alzaba en la noche, buscando a tientas su destino para luego desplomarse pesadamente sobre sí mismo.

De nuestra huida real, tengo poco que contar. Mi memoria tan sólo vislumbra una escena fugaz en la que ella obediente se está poniendo unas alpargatas de lona con suela de cáñamo a sotavento de una de las casetas que aletea, mientras que yo meto doblada una red cazamariposas en una bolsa de papel marrón. El recuerdo siguiente es que iniciamos la primera etapa de nuestra escapatoria metiéndonos en un cine oscuro como boca de lobo junto al Casino (lo cual desde luego nos estaba absolutamente prohibido). Allí nos sentamos, cogidos de la mano por encima del perro que, de tanto en tanto, cascabeleaba suavemente en el regazo de Colette, mientras en la pantalla nos mostraban una agitada, aunque apasionante corrida de toros pasada por agua en San Sebastián. Mi último recuerdo fugaz es el de mi persona conducida por mi preceptor a lo largo del paseo. Sus largas piernas se desplazan con una especie de inquietante energía y bajo la tensa piel de su firme mandíbula veo cómo trabajan sus músculos. Mi hermano, de nueve años, con sus gafas, que va de la otra mano del preceptor, no hace más que adelantar el paso para escrutarme con temerosa curiosidad como un búho pequeño.

Entre los triviales souvenirs que adquirí en Biarritz antes de marcharme, mi preferido no era el pequeño toro de piedra negra ni tampoco la resonante concha de mar sino algo que ahora me parece simbólico, un portaplumas de espuma de mar con una diminuta mirilla de cristal como adorno. Si te lo ponías junto al ojo, cerrando el otro, y conseguías que no te molestara el brillo de tus propias pestañas, contemplabas una maravillosa vista panorámica de la bahía y del horizonte de rocas que terminaba en el faro.

Y ahora sucede algo delicioso. El proceso de recreación de aquel portaplumas y el microcosmos entrevisto por su mirilla estimula mi memoria a que haga un último esfuerzo. Trato de acordarme una vez más del nombre del perro de Colette, y, claro, entre aquellas playas remotas, sobre las arenas brillantes del pasado, donde cada pisada se va llenando despacio con el agua del atardecer, su nombre se me va acercando, ruidoso y vibrante, ya llega, ya llega, ¡Floss, Floss, Floss!

Colette ya estaba en París cuando llegamos nosotros para pasar un día antes de continuar nuestro viaje a casa; y allí en un parque con gamos, bajo un frío cielo azul, la vi (lo habían acordado nuestros mentores, creo) por última vez. Llevaba un aro y su palo correspondiente para jugar con él, y todo en torno suyo era extremadamente elegante, de un modo otoñal, parisino, tenue-de-ville-pour-fillettes. Le quitó a su institutriz un regalo de despedida que deslizó en la mano de mi hermano, una caja de almendras garrapiñadas que, sabía yo, me estaban destinadas única y exclusivamente a mí; y tras ese gesto, al momento siguiente, desapareció de nuestro lado, jugando con su aro que lanzaba destellos bajo sol y sombras, dando vueltas y más vueltas alrededor de una fuente cegada por hojas secas junto a la que yo la observaba. Las hojas se mezclan en mi recuerdo con la piel de sus zapatos y de sus guantes, y algún detalle de su atuendo, me acuerdo ahora (quizá la cinta de su gorra escocesa, o el dibujo de sus medias) me recordó entonces el arco iris en espiral de una canica de cristal. Todavía creo sostener aquella hebra iridiscente, sin saber exactamente dónde acomodarla, mientras ella corre con su aro cada vez más rápida en torno a mí hasta que se desvanece entre las estrechas sombras del sendero de grava formadas por los arcos de hierro entrelazados que marcaban sus bordes.

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