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Alfred de Musset

"Historia de un mirlo blanco"

Capítulo 6

Biografía de Alfred de Musset en Wikipedia

 
 

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Historia de un mirlo blanco

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Le berger qui ne mentait jamais
Histoire d'un mirle blanc
La daurade et les époux
La femme qui mangeait peu
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Les trois oranges d'amour
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Capítulo 6
 

Busqué en un primer momento a mis padres por todos los jardines de los alrededores, pero fue en vano; sin duda se habían refugiado en algún barrio alejado, y no pude jamás tener noticias suyas.

Imbuido de una horrible tristeza, fui a posarme en el canalón al que la ira de mi padre me había exiliado en un primer momento. Allí pasaba los días y las noches lamentando mi triste existencia. Ya no dormía, apenas comía, y estaba a punto de morir de dolor.

Un día que me lamentaba como de costumbre, me decía:

-Así pues, yo no soy un mirlo puesto que mi padre me desplumaba; ni un palomo mensajero pues caí en el camino cuando quise ir a Bélgica; ni una urraca rusa, puesto que la pequeña marquesa se tapó los oídos tan pronto como abrí el pico; ni una tórtola, puesto que Gourouli, la buena de Gourouli, roncaba como un monje cuando yo cantaba; ni un loro, puesto que Kacatogan no se dignó escucharme; ni un pájaro cualquiera, en fin, puesto que en Mortefontaine me dejaron dormir solo. Y, sin embargo, tengo plumas, tengo patas, tengo alas. No soy ningún monstruo y la prueba es que Gourouli e incluso la pequeña marquesa me encontraban bastante de su agrado. ¿Por qué misterio inexplicable estas plumas, estas alas, estas patas no sabrían formar un conjunto al que se le pudiera dar un nombre? ¿No seré por casualidad…?

Iba a continuar mis lamentos, cuando fui interrumpido por dos porteras que discutían en la calle.

-¡Ah, pardiez! -dijo una a la otra- si lo consigues, te regalaré un mirlo blanco.

-¡Dios Santo! -exclamé- ése es mi asunto. ¡Oh, Providencia!, soy hijo de un mirlo y soy blanco, luego ¡soy un mirlo blanco!

Este descubrimiento -tengo que confesarlo- modificó mucho mis esquemas. En lugar de seguir quejándome, empecé a pavonearme y a caminar orgullosamente a lo largo del canalón, mirando el espacio con expresión victoriosa.

-Ser un mirlo blanco -me dije- no es cualquier cosa, no es moco de pavo. Era demasiado tonto al afligirme por no encontrar a alguien semejante a mí, ¡ése es el destino del genio, es mi destino! Quería huir del mundo, pero ahora quiero sorprenderlo. Puesto que soy el pájaro sin igual cuya existencia niega el vulgo, debo, pretendo comportarme como tal, ni más ni menos que un fénix, y despreciar al resto de volátiles. Tengo que comprarme las Memorias de Alfieri y los poemas de Byron; este alimento substancioso me inspirará un noble orgullo, sin contar con el que Dios me ha dado. Sí, quiero incrementar, si es posible, el prestigio de mi cuna. La Naturaleza me ha hecho raro y yo me haré misterioso. Verme será un favor, una gloria. Y, después de todo -añadí en voz baja- ¿y si me exhibiera tranquilamente por dinero?

-¡Quita allá! ¡qué indigno pensamiento! Quiero escribir un poema como Kacatogan, pero no en un canto, sino en veinticuatro, como todos los grandes hombres; ¡no, no es suficiente, tendrá cuarenta y ocho, con notas y un apéndice! Es necesario que el universo sepa que existo. En mis versos, no dejaré de lamentar mi aislamiento, pero será de tal forma, que los más felices me envidiarán. Puesto que el cielo me ha negado una hembra, diré calumnias de las de los demás. Demostraré que todo está demasiado verde, salvo las uvas que como yo. Los ruiseñores no tienen más que comportarse bien, yo demostraré, como que dos y dos son cuatro, que sus endechas producen malestar y que su mercancía no vale nada. Es necesario que vaya a visitar a Charpentier. Quiero crearme desde el principio una poderosa posición literaria. Deseo tener a mi alrededor una corte compuesta no sólo de periodistas, sino también de autores verdaderos e incluso de mujeres de letras. Escribiré un papel para la señorita Rachel y, si se niega a interpretarlo, publicaré a son de trompeta que su talento es muy inferior al de una vieja actriz de provincias. Iré a Venecia y alquilaré, a orillas del gran canal y en medio de aquella ciudad de ensueño, el bello palacio Mocenigo, que cuesta cuatro libras y diez peniques al día; allí, me inspiraré en todos los recuerdos que el autor de Lara debe haber dejado allí. Desde el fondo de mi soledad, inundaré el mundo con un diluvio de rimas alternas, calcadas de una estrofa de Spencer, en las que aliviaré mi gran alma; haré suspirar a todas las tórtolas, deshacerse en lágrimas a todas las abubillas y gritar a todas las viejas lechuzas. Pero, por lo que respecta a mi persona, me mostraré inexorable e inaccesible al amor. En vano me presionarán y me suplicarán que tenga piedad de las desdichadas seducidas por mis sublimes cantos; a todo ello contestaré: ¡Maldito sea! ¡Oh, exceso de gloria! mis manuscritos se venderán a peso de oro, mis libros cruzarán los mares; la fama, la fortuna, me seguirán por doquier; pero, solo, pareceré indiferente a los murmullos del gentío que me rodeará. En una palabra: seré un perfecto mirlo blanco, un auténtico escritor excéntrico, festejado, mimado, admirado, envidiado, pero completamente gruñón e insoportable.

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