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Alfred de Musset

"Historia de un mirlo blanco"

Capítulo 5

Biografía de Alfred de Musset en Wikipedia

 
 

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Historia de un mirlo blanco

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Le berger qui ne mentait jamais
Histoire d'un mirle blanc
La daurade et les époux
La femme qui mangeait peu
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Les trois oranges d'amour
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Capítulo 5
 

Al haber quedado solo y frustrado, no tenía nada mejor que hacer que aprovechar el resto del día y volar de un tirón hacia París. Desafortunadamente, no conocía el camino. Mi viaje con el palomo mensajero había sido demasiado poco agradable como para haberme dejado un recuerdo exacto; de tal manera que, en lugar de ir directamente, giré a la izquierda en el Bourget y, sorprendido por la noche, me vi obligado a buscar cobijo en los bosques de Mortefontaine.

Todo el mundo estaba acostándose cuando llegué. Las urracas y los grajos que, como ya es sabido, son los peores compañeros de cama de la tierra, andaban a la greña por todas partes. En los arbustos piaban los gorriones, pisándose unos a otros. Al borde del agua marchaban gravemente dos garzas reales, subidas sobre sus largos zancos, en actitud meditativa, como los Georges Dandin del lugar, esperando pacientemente a sus mujeres. Enormes cuervos, ya medio dormidos, se posaban pesadamente en la cima de los árboles más altos, y gangueaban sus oraciones de la noche. Más abajo, los pajaritos enamorados se perseguían aún en los setos, mientras que un pájaro carpintero despeluznado empujaba a su pareja por detrás para hacerle entrar en un hueco de un árbol. Falanges de gorrioncillos llegaban de los campos danzando en el aire como bocanadas de humo, y se precipitaban sobre un arbolillo que cubrían por completo; pinzones, currucas y pardillos se agrupaban ligeramente sobre las ramas recortadas, como cristales sobre un candelero de muchos brazos. Por todas partes resonaban voces que decían netamente: -¡Vamos, esposa mía! -¡Vamos, hija mía! -¡Venga, hermosa mía! -¡Por aquí, amiga mía! -¡Aquí estoy, querido! -¡Buenas noches, mi amor! -¡Adiós, amigos míos! -¡Duerman bien, hijos míos!

¡Qué situación para un soltero, pernoctar en semejante posada! Tuve la tentación de unirme a unos cuantos pájaros de mi tamaño y pedirles alojamiento. De noche -pensaba- todos los pájaros son grises; y, además, ¿es dañar a la gente dormir cortésmente a su lado?

Me dirigí en un primer momento hacia una zanja donde se reunían los estorninos. Realizaban su aseo nocturno con un cuidado particular, y observé que la mayoría de ellos tenían las alas doradas y las patas acharoladas: eran los dandy del bosque. Eran bastante buenos chicos y no me honraron con la menor atención. Pero su conversación era tan vacía, y se contaban con tanta fatuidad sus idas y venidas y su buena suerte, se frotaban tanto unos a otros, que me fue imposible aguantar allí.

Fui entonces a colocarme en una rama donde se alineaban media docena de aves de diferentes especies. Tomé modestamente el último lugar de la rama esperando que así me lo permitieran. Por desgracia, mi vecina era una vieja paloma, tan seca como una veleta oxidada. En el momento en que me aproximé a ella, cuidaba de las pocas plumas que cubrían sus huesos, fingiendo limpiarlas y teniendo sumo cuidado en no arrancar ni una sola: las revisaba solamente para guardar su cuenta. Apenas le hube rozado la punta del ala se incorporó majestuosamente.

- ¿Pero qué hace usted? dijo aprentando el pico con un pudor británico.

Y, dándome un empujón, me echó abajo con un vigor que habría hecho honor a un portero.

Caí en un brezal donde dormía una gran grévol. Mi madre misma, en su escudilla, no tenía tal aire de beatitud. Era tan gorda, estaba tan radiante, tan bien colocada sobre su triple vientre, que se le hubiera tomado por un paté del cual se hubiera comido la corteza. Me deslicé sigilosamente cerca de ella.

- Ella no se despertará, me decía, y, en todo caso, una mamá tan gruesa no puede ser malvada. No lo fue en efecto. Entreabrió los ojos y me dijo suspirando ligeramente:

- Me molestas, pequeño, vete de aquí.

En ese mismo instante, oí que me llamaban: eran hembras de zorzales que desde lo alto de un serbal me hacían señas para que fuera con ellas. He aquí por fin unas buenas almas -pensé-. Me hicieron sitio riendo como locas y yo me introduje en el grupo emplumado tan rápido como una carta de amor en un manguito. Pero no tardé en percatarme de que aquellas señoras habían comido más uvas de lo aconsejable; apenas se tenían sobre las ramas y sus bromas de mala compañía, sus carcajadas y sus canciones obscenas me obligaron a alejarme.

Estaba empezando a desesperarme e iba a dormirme en un lugar solitario, cuando un ruiseñor se puso a cantar. Todo el mundo guardó silencio de inmediato ¡Ah! ¡Qué pura era su voz! ¡qué dulce parecía hasta su melancolía! Lejos de perturbar el sueño de los demás, sus acordes parecían acunarlo. Nadie pensaba en mandarlo callar, nadie encontraba mal que entonara su canción a semejante hora; su padre no le pegaba, sus amigos no huían.

-¡Sólo a mí me está prohibido pues ser feliz! -exclamé-. ¡Marchémonos, huyamos de este mundo cruel! Más me vale buscar mi camino en la oscuridad, aún con el riesgo de ser tragado por algún búho, que dejarme desgarrar así por el espectáculo de la felicidad de los demás.

Con este pensamiento, me puse de nuevo en camino y deambulé bastante tiempo al azar. Con las primeras luces del día, divisé las torres de Notre-Dame. En un abrir y cerrar de ojos llegué hasta ellas, y no tuve que pasear mucho tiempo mi mirada antes de encontrar nuestro jardín. Volé hacia él más rápido que un relámpago… Desgraciadamente, estaba vacío… En vano llamé a mis padres: nadie me contestó. El árbol en el que se posaba mi padre, el matorral materno, la escudilla querida, todo había desaparecido. El hacha lo había destruido todo, y en lugar de la avenida verde en la que yo había nacido, no quedaba ya más que un montón de leños.

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