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Alfred de Musseten AlbaLearning

Alfred de Musset

"Historia de un mirlo blanco"

Capítulo 3

Biografía de Alfred de Musset en Wikipedia

 
 

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Música: Falla - El Sombrero de Tres Picos - 4: Danse du Corregidor
 

Historia de un mirlo blanco

OBRAS DEL AUTOR
Español
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El vaquero que no mentía jamás
Historia de un mirlo blanco
La dorada y los esposos
La mujer que comía poco
Las cerezas
Las tres naranjas de amor
Los hermanos Van-Buck
Francés
La mouche
Le berger qui ne mentait jamais
Histoire d'un mirle blanc
La daurade et les époux
La femme qui mangeait peu
Les cerises
Les trois oranges d'amour
Les freres Van-Buck
 

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Capítulo 3
 

Mis alas, ya lo he dicho, no eran aún muy robustas. Mientras que mi conductor iba como el viento, yo jadeaba a su lado; aguanté durante un rato, pero pronto sentí una perturbación tan intensa, que me creí a punto de desfallecer.

-¿Queda mucho aún? -pregunté con voz débil.

-No, -contestó- estamos en el Bourget; sólo nos quedan setenta leguas que recorrer.

Intenté retomar ánimos pues no quería parecer una gallina mojada, y seguí volando un cuarto de hora más; pero, al final, estaba rendido.

-Señor -balbucí de nuevo- ¿no podríamos detenernos un instante? Tengo una horrible sed que me atormenta, y si nos posáramos sobre un árbol…

-¡Vete al diablo! ¡tú no eres más que un mirlo! -me contestó airado el palomo. Y, sin dignarse volver la cabeza, prosiguió su endiablado viaje. Yo por mi parte, aturdido y sin vista, me caí en un trigal.

Ignoro cuánto tiempo duró mi desmayo. Cuando recuperé el conocimiento, lo primero que se me vino a la memoria fue la última frase del palomo mensajero: «Tú no eres más que un mirlo» -me había dicho-. ¡Oh, mi padres queridos, -pensé- estaban equivocados! Regresaré junto a ustedes; me reconocerán como verdadero y legítimo hijo, y me devolverán mi lugar en ese bonito montón de hojas que está por debajo de la escudilla de mi madre.

Hice un esfuerzo para levantarme, pero la fatiga del viaje y el dolor que sentía por la caída, me paralizaron todos los miembros. Tan pronto como me incorporé sobre mis patas, el desfallecimiento se apoderó de mí y caí sobre un costado.

El horrible pensamiento de la muerte se presentaba ya a mi espíritu, cuando, entre acianos y amapolas, vi venir hacia mí, andando de puntillas, a dos encantadoras personas. Una era una pequeña urraca muy bien moteada y extremadamente coqueta, y la otra una tórtola de color de rosa. La tórtola se detuvo a unos pasos de distancia, con expresión de pudor y compasión por mi infortunio; pero la urraca se acercó dando saltitos de la forma más agradable del mundo.

-¡Ah, Dios mío!, pobre niño, ¿qué está haciendo ahí? -me preguntó con voz alegre y melodiosa.

-¡Ay!, señora marquesa -contesté, porque me pareció que debía ser marquesa por lo menos- soy un pobre diablo viajero que su postillón ha dejado en el camino, y estoy a punto de morir de hambre.

-¡Virgen Santa!, ¿qué está diciendo? -contestó.

E inmediatamente se puso a buscar aquí y allá entre los arbustos que nos rodeaban, yendo y viniendo a un lado y a otro, trayéndome gran cantidad de bayas y frutas, con las que formó un montoncito cerca de mí, mientras continuaba con sus preguntas.

-Pero ¿quién es usted? ¿de dónde viene? ¡Su aventura es algo increíble! Y ¿adónde iba usted? ¡Viajar solo tan joven! porque usted acaba de hacer su primera muda… ¿A qué se dedican sus padres? ¿de dónde son? ¿cómo lo dejan viajar es este estado? ¡Es como para poner las plumas de punta en la cabeza!

Mientras ella hablaba, yo me había incorporado un poco de lado y comía con gran apetito. La tórtola permanecía inmóvil, mirándome con expresión de piedad. Sin embargo, observó que yo volvía la cabeza con languidez y comprendió que tenía sed. Una gota de la lluvia caída durante la noche permanecía sobre una brizna de hierba; recogió tímidamente esta gota en su pico y me la trajo aún fresca. Es evidente, que si yo no hubiera estado tan enfermo, una persona tan reservada no se habría permitido hacer algo semejante.

Yo no sabía aún lo que era el amor, pero mi corazón latía intensamente. Dividido entre dos emociones distintas, me encontraba penetrado de un encanto inexplicable. Mi panetera era tan alegre, mi escanciadora tan comunicativa y tan dulce, que me habría gustado desayunar así por toda la eternidad. Desafortunadamente, todo tiene un final, incluso el apetito de un convaleciente. Una vez terminada la comida y con mis fuerzas recuperadas, satisfice la curiosidad de la pequeña urraca, y le conté todas mis desventuras con la misma sinceridad con la que lo hice la víspera ante el palomo mensajero. La urraca me escuchó con más atención de la que cabría esperar de ella y la tórtola me dio muestras encantadoras de su profunda sensibilidad. Pero, cuando llegué al punto capital que causaba mi dolor, es decir, a la ignorancia de quién era yo:

-¿Está bromeando? -exclamó la urraca- ¿usted un mirlo? ¿usted un palomo? ¡Nada de eso! usted es una urraca, mi querido niño, una muy gentil urraca -añadió dándome un golpecito con su ala, como si dijéramos, un golpe con un abanico.

-Pero, señora marquesa -contesté-, creo que para ser una urraca, soy de un color, con perdón sea dicho…

-¡Una urraca rusa, querido, usted es una urraca rusa! ¿No sabe usted que son blancas? ¡Pobre chico, qué ignorancia!

-Pero, señora, -proseguí- ¿cómo voy a ser una urraca rusa si yo he nacido al fondo del Marais, en una vieja escudilla rota?

-¡Ah! ¡qué ingenuo! Usted es fruto de la invasión, querido, ¿cree que es el único? Confíe en mí y déjese llevar; voy a llevarlo conmigo y a mostrarle las cosas más bellas de la tierra.

-¿Dónde están esas cosas, señora, por favor?

-En mi palacio verde, querido; ya verá cómo se vive allí. Cuando lleve tan sólo un cuarto de hora siendo urraca, no querrá oír hablar de otra cosa. Vivimos allí unas cien, pero no de esas gruesas urracas de pueblo que piden limosna por los caminos, sino todas nobles y de buena compañía, esbeltas, ágiles y no más gruesas que un puño. Ni una sola de nosotras tiene más o menos de siete manchas negras y de cinco manchas blancas; es algo invariable, y despreciamos al resto del mundo. Es verdad que a usted le faltan las manchas negras, pero su condición de ruso bastará para que sea admitido. Nuestra vida se compone de dos actividades: charlar y emperifollarnos. Desde por la mañana hasta mediodía, nos emperifollamos, y desde el mediodía hasta la noche, charlamos. Cada una de nosotras se posa en un árbol, lo más alto y lo más viejo posible. En medio del bosque se levanta un roble inmenso, deshabitado, desgraciadamente. Era la morada del difunto rey Pío X, adonde vamos en peregrinación lanzando grandes suspiros; pero, salvo ese ligero pesar, pasamos el tiempo de maravilla. Nuestras mujeres no son más gazmoñas que nuestros maridos celosos, pero nuestros placeres son puros y honestos, porque nuestro corazón es tan noble como nuestro lenguaje es libre y jovial. Nuestra altivez no tiene límites y, si un grajo o cualquier otra gentuza viene por casualidad a introducirse en nuestra casa, lo desplumamos despiadadamente. Pero no por ello dejamos de ser las mejores personas del mundo y los gorriones, los carboneros y los jilgueros que viven en nuestros sotos, nos hallan siempre dispuestas a ayudarles, a alimentarles y a defenderles. En ningún sitio hay más charla que en nuestra casa y en ningún sitio menos maledicencia. No carecemos de viejas urracas devotas que recitan sus padrenuestros toda la jornada, pero la más indiscreta de nuestras jóvenes comadres puede pasar junto a la más severa vieja, sin temer un picotazo. En una palabra, vivimos de placer, de honor, de parloteo, de gloria y de vestidos.

-Todo eso es muy hermoso, señora, -contesté- y yo sería sin duda un mal educado si no obedeciera las órdenes de una persona como usted. Pero antes de tener el honor de acompañarla, permítame, por favor, decirle dos palabras a esta bondadosa señorita que está aquí. Señorita -proseguí dirigiéndome a la tórtola- hábleme con franqueza, se lo ruego; ¿cree usted que, de verdad, soy una urraca rusa?

Al oír esta pregunta, la tórtola bajó la cabeza y se puso de un rojo pálido, como las cintas de Lolotte.

-Pero, señor, -dijo- no sé si puedo…

-¡En el nombre del cielo, hable, señorita! Mi intención no contiene nada que pueda ofenderla, muy al contrario. Las dos me parecen tan encantadoras que aquí mismo juro ofrecerle mi corazón y mi pata a la que lo desee, desde el instante en que sepa si soy una urraca u otra cosa; pues, al mirarla, -añadí hablándole un poco más bajo a aquella joven persona- me siento algo de tórtolo que me atormenta singularmente.

-Efectivamente, -dijo la tórtola ruborizándose más aún- no sé si es el reflejo del sol que cae sobre usted a través de esas amapolas, pero su plumaje me parece tener un ligero tono…

Y no se atrevió a decir más.

-¡Oh, qué perplejidad! -exclamé- ¿cómo puedo saber a qué atenerme? ¿cómo puedo entregar mi corazón a una de ustedes, cuando se encuentra tan cruelmente desgarrado? ¡Oh, Sócrates! ¡qué precepto tan admirable, pero qué difícil de seguir, nos dejaste al decir: «¡Conócete a ti mismo!».

Desde el día en que una desgraciada canción había contrariado tan profundamente a mi padre, yo no había vuelto a usar mi voz para cantar. Pero en aquel momento, se me ocurrió utilizarla como medio para discernir la verdad. «¡Pardiez! -me dije- puesto que mi padre me echó a la calle al escuchar la primera estrofa, sin duda, la segunda producirá algún efecto en estas damas». Y, tras haber comenzado por inclinarme gentilmente como para solicitar indulgencia por la lluvia que había soportado, me puse primero a silbar, luego a gorjear, luego a hacer gorgoritos y finalmente a cantar a voces, como un arriero español al aire libre.

A medida que yo cantaba, la pequeña urraca se iba alejando de mí con una expresión de sorpresa, que pronto se convirtió en estupor, y que pasó después a un sentimiento de espanto acompañado de un profundo fastidio. Describía círculos a mi alrededor como un gato alrededor de un trozo de tocino demasiado caliente que acaba de quemarle el hocico pero, que pese a ello, quisiera probar. Viendo el efecto causado por mi prueba y deseando llevarla hasta el extremo, mientras más impaciencia mostraba la pobre marquesa, más me desgañitaba yo cantando. Soportó durante veinticinco minutos mis melodiosos esfuerzos, y finalmente, no pudiendo aguantar más, se echó a volar ruidosamente y regresó a su palacio de verdor. Por lo que respecta a la tórtola, casi desde el principio, se había quedado profundamente dormida.

-¡Qué admirable efecto el de la armonía! -pensé- ¡Oh, Marais! ¡Oh, escudilla materna! ¡más que nunca deseo regresar hacia ustedes!

En el momento en que me echaba a volar para partir, la tórtola abrió los ojos.

-¡Adiós, extranjero tan gentil y tan fastidioso! -dijo-. Me llamo Gourouli; acuérdate de mí.

-Hermosa Gourouli -le contesté- usted es buena, dulce y encantadora; quisiera vivir y morir por usted. Pero usted es de color de rosa, ¡y tanta felicidad no está hecha para mí!

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