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Fernando Mota en AlbaLearning

Fernando Mota

"En busca de la verdad"

Biografía de Fernando Mota en elem.mx

 
 
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Música: Rodrigo - A la sombra de Torre Bermeja
 
En busca de la verdad
OBRAS DEL AUTOR
El príncipe bondadoso
En busca de la verdad

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Cuento ingenuo

De la ciudad de la inocencia,
que es una ciudad de eterno amanecer

Por un ancho camino, a trechos florido y a trechos polvoriento y árido, marcha un joven casi imberbe.

Su cuerpo desnudo es un plasmo de línea; sus ojos azules tienen luz de amanecer, y en su frente el aire levanta la luenga maraña de su pelo rubio, que tiene el dorado de las mieses.

Huyó de la ciudad donde habitan los suyos, porque un día sus ojos se cerraron y vieron en sueños cómo surgía ante él una ciudad desconocida en cuyo cielo brillaba una luz fuerte, una luz quemadora que descubría ante sus ojos bellos aspectos de la vida, que sus habitantes gozaban porque tenían el privilegio de conocer la verdad.

Al despertar sintió el dolor de desamor por sus hermanos, y en su alma prendió el mal su primer estigma, y su imaginación, deslumbrada por aquella luz fulgurante, le hizo alejarse de la ciudad de la Inocencia y abandonar a los suyos para emprender la marcha por el camino que empezaba, donde terminaba el pueblo, y con la audacia de su vana curiosidad, penetró en aquella senda, que era el camino de la Vida envuelto en las sombras de la Duda.

Una noche muy larga, una noche sin horas, que él no tenía noción del tiempo, pues venía de la ciudad del amanecer eterno, llevaba andando, y al fin llegó a un sitio del camino que formaba como una plazoleta; allí empezaban muchas veredas que conducían a lugares desconocidos, y el joven vaciló un momento, pues todas tenían al final el reflejo de una luz.

En la senda más larga sus ojos creyeron descubrir la gran ciudad de la Luz que brillaba como un fuego.

—Aquella debe ser—se dijo el joven, y de nuevo reanudó su marcha por el camino adelante, y sus brazos fueron apartando las ramas de los árboles, y sus pies hurtaron los guijarros del camino, que poco a poco sus ojos, a la lejana luz de la ciudad, iban descubriendo.

Su alma gozaba la belleza de la senda que, al par que por ella avanzaba, eran cada vez más hermosas sus frondas, más olorosas sus flores, y el camino se cubría de hierba, que era en sus pies como caricia de sedas.

Siguió andando, y la luz intensa que crecía casi quemaba sus ojos; pero su alma, dezlumbrada, impulsaba a su cuerpo hacia la luz quemadora como una mariposa hacia la llama...

Cerca ya de la ciudad, el camino se hundía en un pequeño bosque, y allí, la vereda semejaba como un túnel de hojas y flores que esparcían sus aromas por el aire en fiesta de perfumes. Y la luz fuerte que quemaba afuera, allí era tenue caricia que halagaba los sentidos con el encanto de sus penumbras azules como cristales de lagos. Y el joven sintió en su cuerpo surgir el deseo, y en su imaginación, que despertaba, iniciábase el amor, que es ansia de goce.

Las flores le hablaban de caricias enervantes, y le ofrendaban sus carnosos pétalos, incitándole al beso; y las esencias que embalsamaban el aire, adormecían sus nervios con laxitudes ardientes y voluptuosas...

Su alma, pura de malicias, resistió el encanto de la gruta del Amor, y siguió andando. Buscaba la Luz.

Al salir de la fronda volvió el intenso fulgor a iluminar la senda, y otra vez sus ojos sintieron su caricia de fuego; y andando, andando, lejos ya de la gruta, halló a un viejo sentado al borde del camino.

Paróse el mancebo, sorprendido de la decrepitud de aquel hombre, y le dijo:

— ¿De qué lejano país vienes que has gastado la vida en el camino? ¿Eres acaso el hombre más eterno?

El viejo le miró sonriendo, y le dijo:

— Vengo de la ciudad a que te diriges, y he vivido más que tú un día.

El joven volvió a preguntar curioso:

— ¿Qué tiempo es un día para consumir la vida?

El viejo, con triste voz, repuso:

— El suficiente para ver el dolor y la muerte, que es la eternidad. Y aún sobran horas de ese día. Mas, ¿de dónde vienes tú que no lo sabes?

El joven empezó el relato, diciendo:

— Vengo de un país muy lejano, que está más allá de las sombras de este camino; vengo de una ciudad en que la luz es blanca y no tiene calor: es una luz que siempre nace. Un día tuve un sueño, y vi en él otras ciudades distintas de la mía, y otros hombres que hablaban un bello lenguaje que yo apenas entendía; pero oí cómo cantaban alegres al amor y a la verdad, y decían que este era el misterio de la vida. Y al despertar de mi sueño huí de entre los míos para buscar esa ciudad que posee la verdad, y el amor.

El viejo sonrió irónico, y la burla de su boca era gesto de dolor.

— Ya veo que es de la ciudad de la Inocencia de donde vienes; pero tu sueño ingenuo te ha extraviado en el camino de la vida, y a donde te diriges no hallarás el amor y la verdad; sólo encontrarás la lucha, el dolor y la muerte, pues ni en esa ciudad ni en ninguna encontrarás lo que buscas.

El joven preguntó dolorido:

— ¿Tú que tanto has vivido, tampoco la conoces?

El viejo siguió hablando:

— En la eternidad del tiempo nuestra vida es un segundo, y en tan breve espacio poca ciencia se puede adquirir. Tú vienes de la ciudad en que la luz nace eternamente. Los de esa otra ciudad luchan en la luz fuerte, en la luz que deslumhra y confunde, y agosta el espíritu y curte la piel. Yo vengo de esa ciudad, y soy el vencido, el ocaso, la duda.

Este símbolo es toda mi ciencia, y como ves, mi ciencia no es más que de dolor.

* * *

El joven se sentó junto al viejo, y un sufrimiento, que él no conocía, fue entrando en su cuerpo y le llegó al alma, y al pasar por sus ojos, cayeron como un rocío dorado las primeras lágrimas de la desilusión.

El viejo, con sonrisa triste, añadió:

— Nada puedo ya enseñarte; esas lágrimas son tu iniciación en la vida; tu curiosidad te ha llevado al dolor, y la primera desilusión ha desflorado tu alma... ¡Ahí tienes la ciudad; entra en ella y ve descubriendo el dolor de sus verdades, y cuando esté macerada tu alma, también habrás agostado la juventud de tu cuerpo y serás viejo y seguirás buscando la verdad... ¡Quizá estonces nos encontremos otra vez al borde del camino!...

Y arrastrando la pesadumbre de su decrepitud, el viejo se alejó por la senda, y su corba figura se perdió entre las sombras, murmurando quedamente:

— ¡Un hombre más!

FERNANDO MOTA

Por esos mundos (Madrid). 1-7-1914

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