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Alfonso Hernández Catá en AlbaLearning

René Maizeroy

"El apóstol"

Biografía de René Maizeroy en Wikipedia

 
 

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Música: Clementi - Sonatina Op.36 No.1 in C major - 2: Andante
 

El apóstol

OBRAS DEL AUTOR
Español
El apóstol
El primer pecado
El zapato blanco

ESCRITORES FRANCESES

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... Sí — continuó diciendo Le Hardeur después de colocar su taza de té sobre la mesa — yo estaba abominablemente borracho, borracho como se puede y se debe estar después de una noche terrible de carnaval llena de apretones audaces, en la sombra de los palcos mal alumbrados, de besos robados al salir de las fiestas, de carcajadas sonoras y de cenas breves en donde las botellas de exstra-dry y de champaña abundan más que las tajadas de jamón y de queso. Todos estábamos completamente cambiados, pero todos conservábamos, a pesar de la borrachera, nuestro aspecto distinguido. El cambio consistía en que nuestros cuerpos, de ordinario correctos, se habían puesto duros como la caña de un bastón; en que nuestras almas se sentían llenas de una vaguedad infinita y deliciosa; en que nuestros ojos entreabiertos veían pasar, a cada momento, una multitud de puntos luminosos que danzaban en el aire; en que nuestros oídos se sentían acariciados por murmullos tan dulces como lejanos, y en que nuestros corazones tenían necesidad ardjente de caricias y deseo de ternuras y de piedad quimérica. Por lo demás todos estábamos en el mismo estado fabuloso, y ni yo valía más que mi vecino, ni mi vecino valía más que yo, en aquellas fiestas ruidosas. Bob Hellem había ido a parar a la prevención como un simple anarquista, por haber tenido la idea peregrina de dirigir la orquesta y de maltratar a algunos músicos. Saint Honorat había perdido, entre la multitud, a su querida — esa deliciosa Suzette Girelle cuyos ojos son verdes como las algas — y desesperado y loco, la buscaba de restaurante en restaurante, como un perro friolento que no encuentra la puerta de su casa. Reolment había naufragado sobre la mesa de un gabinete reservado y ahí pasó la noche durmiendo como un justo. La verdad es que casi estábamos derrotados; de manera que a eso de las cuatro de la mañana, después de haber pagado el precio exorbitante de una cena melancólica y solitaria, salí del lujoso restaurante con la idea fija de buscar una alcoba hospitalaria que me sirviera de refugio.

La noche era magnífica: una multitud de estrellas luminosas detenían, como clavos de oro, la cortina majestuosa y azul del cielo inmenso. Casi hacía frío. Una larga fila de coches de alquiler estacionaba al lado de la acera; yo los iba examinando, uno por uno, con intención de tomar el menos sucio, el menos desvencijado, cuando de pronto un cochero me atrajo y me sorprendió con su fealdad extraña. Su rostro hacía pensar en aquellas máscaras burlescas que los escultores de antaño colocaban en los arcos de los puentes. Su barba blanca, su nariz ligeramente encarnada, sus pupilas brillantes, y su fisonomía de San Antonio atormentado por las tentaciones, le daban un aspecto singular de evangelista cómico, de loco y de filósofo viejo y tranquilo que vive al día, sin quejarse de su destino.

— ¡Eh patriarca! — le grité irónicamente-— ¿Está desocupado tu carruaje?

— Sí, caballero — me repondió, sonriente y contento sin duda por la esperanza de una buena propina.

Le di la dirección de una casa non sancta y el caballo echó a andar al trote, sacudido por el látigo del cochero. El movimiento monótono del fiacre, el silencio de la noche y el aire tibio que se respiraba dentro de aquella caja estrecha y completamente cerrada, me habían adormecido insensiblemente. Cuando desperté, al cabo de una hora, el carruaje rodaba aún, pero no camino del lugar a donde yo quería ir, sino camino de las fortificaciones, por el Paseo de los Ingleses. Lo primero que hice, fue sacar la cabeza por la ventanilla para decir furiosamente al cochero:

— Pero, especie de animal ¿se está usted burlando de mí? Si usted no conoce la ciudad ¿por qué no lo dice desde luego? Vaya, vuelva hasta la plaza de Masséna, luego tome la primera calle a la derecha; y en cuanto a la propina, no tenga ningún cuidado porque no he de darle nada.

Mi apóstol no decía una palabra por más puñetazos que yo le daba en la espalda. Al fin tiró las riendas, y cuando el pobre rocinante pensativo se detuvo, echó pie a tierra y se acercó a mí con el sombrero en la mano y con un aspecto grave y solemne; luego abrió la puerlecilla y comenzó a decirme, en un francés salpicado de giros italianos:

— Los vapores del vino, pobre hijo mío, han trastornado por completo vuestra razón... Habéis perdido el dominio de vuestras malas pasiones y queréis cometer, en una sola noche, todos los pecados mortales; queréis, en pocas horas, perder por completo vuestra alma noble... Reflexionad y pensad en que esas mismas impuras a quien queréis visitar, se burlarían de vuestra falta. En cuanto a mí, no puedo menos que bendecir la santa providencia que me colocó en medio de vuestro camino y que os obligó a escoger un cochero que no quiere conduciros sino a vuestra propia casa.

Al principio creí que aquello era simplemente un sueño pesado y ni pude contestar una palabra, ni siquiera pude pensar con lucidez... ¿Qué era aquello?... ¿Una broma grosera de esas que no se dan sino en las grandes ciudades, en los días locos del carnaval?... ¿Estaría también borracho aquel venerable anciano cuya cara hacía pensar en los profetas y en los santos?... ¿Estaría loco o atormentado?...

Sin saber a punto fijo lo que hacía, salí del carruaje... El buen viejo me siguió; y sacudiendo sus largos y flacos brazos que parecían dos alas desplumadas, continuó, como si estuviese en el pulpito, su santa peroración:

— En verdad os lo digo, ante la mirada que ve todos nuestros movimientos y que oye todas nuestras palabras: yo he bajado de la montaña para salvar del infierno las almas extraviadas; he abandonado la santa tranquilidad de las tebaidas para venir a predicar la buena doctrina; me he mezclado a la multitud para luchar contra el Demonio todo poderoso y he venido a la ciudad para oponer el dique de mi voluntad al desbordamiento de los vicios... Vosotros sois lo mismo los unos que los otros; vosotros no creeis más que en la hembra y en el dinero... Vosotros os encenagais, como marranos, en la lujuria sin pensar en lo único que es eterno: las llamas del Infierno y las delicias del Paraíso... Pero ¡ay! mucho temo haber predicado en el desierto lo mismo hoy que ayer, lo mismo ayer que hace un año... ¿Jerusalén seguirá siendo infame, según la palabra del profeta, y no llegará nunca a volver sus ojos llenos de arrepentimiento hacia el Señor?

Su voz, que iba siendo cada momento más terrible, tenía a veces sonidos estridentes como los de un clarín; grandes lágrimas brotaban de sus párpados enrojecidos e iban a perderse entre la espesura de su barba. A mi vista el pobre cochero se transfiguraba, crecía... Y era verdaderamente admirable el cuadro que formaba aquel apóstol vestido de harapos negros, señalando al cielo con su dedo flaco y el clown vestido de blanco y oro, con un monóculo en el ojo izquierdo y con las manos calzadas de guantes blancos. La aurora comenzaba teñir de rosado y nácar el horizonte; las últimas estrellas iban desapareciendo, como cirios que se apagan, una tras otra; el mar azul, casi inmóvil, extendía su inmensa cortina cuyos flecos blancos llegaban hasta los bordes del Paseo de los Ingleses...

Naturalmente yo no quise interrumpirlo; aquella escena me parecía tan graciosa y tan imprevista, que no sólo no me irrité sino que hasta hice como si el sermón del pobre viejo me hubiese convencido y edificado.

Al fin tomé la palabra y le dije:

— Sí, en efecto, tenéis razón; en adelante no pensaré sino en la salud de mi alma... pero ahora conducidme a mi casa.

... En el acto subió al pescante y comenzó de nuevo a sacudir a su pobre caballo dormido, con el látigo de cuerda. Una hora después yo saboreaba el placer voluptuoso de acostarme en una cama fresca y blanda, después de haber bailado y bebido durante doce horas completas.

— ¿Y el apóstol? — preguntó Jacques de Tholly.

— Nunca volví a verlo, pero muchas veces, al recordar la aventura de esa noche de carnaval, me he preguntado con interés: ¿Sería un verdadero apóstol?... ¿Sería un loco?... ¿Sería un broniista?... ¿Sería un borracho?...

— Pero ¿y te reclamó el precio de la carrera?

— Hombre ¡pues ya lo creo! y hasta se quejaba de la propina! ¿Acaso para ser apóstol es necesario dejar de ser hombre?

 

Cuentos escogidos de los mejores autores franceses contemporáneos. París: Garnier Hermanos, Libreros-Editores 1893. Traducción española de Enrique Gómez Carrillo

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