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E. M. Laumann en AlbaLearning

E. M. Laumann

"El árbol osario"

Biografía de E. M. Laumann en AlbaLearning

 
 

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Música: Rodrigo - A la sombra de Torre Bermeja
 

El árbol osario

OBRAS DEL AUTOR
Español
Biografía breve
El árbol osario

ESCRITORES FRANCESES

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Después de un largo y pesado viaje, Vicent, el nuevo administrador, llegó al establecimiento colonial.

Los hombres al servicio de aquél le causaron una impresión deplorable. Estaban fatigados. Calculó que sería por efecto del clima. Indudablemente convenía a todos ellos remontarse un poco más hacia el Norte para que descansasen sus nervios y se refrescase su sangre.

El nuevo administrador llamó a los tres boys y al cocinero, y más tarde pasó revista al personal de la guarnición, compuesto de trece tiradores a las órdenes de un suboficial.

Pudo notar Vicent que los tiradores tenían mejor aspecto físico que los obreros y criados. Esto disipó un tanto la impresión del primer momento.

No estaba mal, totalmente mal, aquello...

La noticia de la llegada del nuevo administrador circuló con bastante rapidez, y, a poco, por todos los senderos que conducían al establecimiento empezaron a llegar ruidos de músicas bárbaras y cantos humanos.

Eran los jefes de los pueblos cercanos que, acompañados de sus hechiceros, ancianos de tribu y demás gente—entre la que figuraban los guerreros—, venían a rendir homenaje. Vi cent les esperaba en la puerta del establecimiento.

Bajo la intensa sombra de los grandes árboles, entre aquellas altas hierbas que crecían por doquiera, las pequeñas columnas caminaban con una gravedad un tanto cómica.

El establecimiento estaba construido sobre un montículo invadido por los áloes y los ricinos. En un rincón crecían enormes lises amarillos que dejaban escapar un pesado aroma; un poco más abajo, hacia el Este, ébanos y mangles bordeaban un afluente del gran río africano, que a algunas millas más adelante dejaba correr sus aguas cenagosas.

Desde el Norte hasta el Noroeste se extendía un terreno cubierto por un matorral, que antecedía a una floresta lóbrega y espesa. Por el Sur veíanse unas llanuras, salpicadas aquí y allá por algunos grupos de árboles, entre los que se podía ver el techo de algunas cabañas, quedando más hacia el fondo los campos de arroz y de índigo, que formaban irnos ricos tapices de múltiples tonos.

Habían partido las caravanas. Inmediatamente se puso a trabajar el administrador. La fiebre le había respetado hasta aquel momento, y se sentía lleno de ánimo, por más que el barómetro colgado en el exterior de la casa tuviera su columna de mercurio entre los 48 y 50 grados. Aún no había transcurrido un mes, y ya se hallaba perfectamente al tanto de sus funciones y era dueño del negocio. Había devuelto la visita a los jefes de su sector, había recogido los impuestos y había hecho respetar por todas partes el pabellón que flotaba sobre el tejado del establecimiento.

Vivía bien; se podía vivir allí.

Una noche que la tormenta se desencadenaba, vertiendo entre relámpagos torrentes de agua, Vicent, que se había dedicado a husmear en el equipaje de su antecesor, tropezó con un cuaderno bastante voluminoso.

Al volver la primera página se quedó un tanto perplejo. Escrito en grandes caracteres amarillentos se destacaba, en medio de la blancura del papel, este título:

 «Lo que hay en el bosque.»

*

En el acto, y sin darse cuenta de la razón, tuvo como un convencimiento de que en aquellas páginas estaba el secreto de la misteriosa desaparición del administrador que le antecedió; desaparición sobre la cual se mostraban los negros silenciosos como tumbas.

En un principio se había creído en un asesinato; pero fue preciso descartar semejante hipótesis. En realidad los sucesos no permitían suponer otra cosa que no fuese una desaparición, aunque inexplicable.

Al descubrir el voluminoso cuaderno, Vicent tuvo la certeza de que había dado con la clave del misterio. Se trataba de algo así como un «diario», escrito con escrupulosa puntualidad.

En él se especificaba el empleo del tiempo, día por día, hora por hora. Se historiaba un pasado sentimental, se recordaba un nombre de mujer y se hacían observaciones sobre meteorología e historia natural. Era un diario minucioso en detalles; la vida de un hombre complicada y simple a la vez.

Los rasgos de la escritura eran finos, sencillos, sin que denotasen ninguna nerviosidad.

Después de toda una historia sentimental y a continuación del título antes mencionado, el manuscrito decía:

«Acabo de descubrir la cosa más monstruosa que concebir se puede.

Desde hace mucho tiempo tenía la intención de recorrer la parte accesible del bosque, que se extiende del norte al este del establecimiento, con el fin de comenzar unos estudios sobre su fauna y flora.

Fui a pedirle al jefe Adissa, del pueblo de Kaniope, un guía y algunos acompañantes; pero, con gran sorpresa mía, se me negaron.

—No hay guías ni acompañantes para el bosque; no los habrá jamás— me respondió el jefe.

A  pesar de todo lo que he hecho y prometido para obtener lo que pedía, siempre se me contestó en la misma forma, y como en una ocasión me molestase, Adissa me dijo:

—Escucha, comandante blanco. Soy tu amigo, como si hubiéramos tenido la misma madre; pero nunca vayas al bosque.

—Pues bien—le respondí, con la remota esperanza de que cediera a mis súplicas—; mañana iré.

El jefe, con un movimiento que le era familiar, recogió los pliegues de su bou-bou en tomo de sus rodillas y tuvo un gesto parecido al que debió tener Poncio Pilatos diez y nueve siglos antes.

Al día siguiente mandé llamar al sargento del establecimiento:

—En cuanto el calor haya disminuido—le dije—, ensillarás nuestros caballos é iremos a dar una vuelta por el bosque.

El sargento esbozó un gesto de negativa, pero ante mi mirada no llegó a completarlo, contentándose con decirme:

—¿Cuando el calor haya aminorado, verdad?

Y giró sobre sus talones; después de saludar, alejándose.

—Aquello debe estar lleno de reptiles—pensé—, y por eso infunde tanto miedo.

Persuadido de que tal era el peligro, preparé en mi jeringuilla de Pravaz inyecciones subcutáneas de cloruro de oro, algunas vendas y éter, y lo coloqué todo en un pequeño estuche. Preparé también una buena carabina de repetición y me proveí  de un cuchillo de hoja ancha y muy fuerte, capaz de cortar las lianas más resistentes.

Inmediatamente después de la siesta, un poco antes de las dos de la tarde, llamé al sargento. Teníamos aún cuatro horas de muy buena luz, y apenas si era necesaria una para llegar al bosque. Por lo tanto, no corría ningún peligro de que me sorprendiera la noche, que en estas regiones se echa encima sin crepúsculo que la anteceda.

El sargento tomó el fusil y el pequeño estuche que le entregué sin decir una palabra; pero pude ver en la expresión de su rostro que lo hacía contra toda su voluntad.

Coloqué en los arzones de la silla dos botellas de agua mineral y di la señal de partida.

Durante un largo trecho fuimos acompañados de un tirador, que sabía cuidar de nuestros caballos.

Mientras andábamos intenté hacer hablar al sargento; pero me pareció que no sabía nada preciso y que sufría instintivamente el miedo que infundía el bosque, protegido contra la curiosidad humana por un espeso velo impenetrable. Llegamos a la floresta después de haber franqueado los matorrales que la rodeaban, y ya en los linderos echamos pie a tierra.

Las cabalgaduras fueron colocadas a la sombra, y desde los primeros pasos que dimos bajo la tupida bóveda que los árboles formaban, nos rodeó un silencio absoluto, interrumpido muy de cuando en cuando por el deslizamiento de algún animal o por el pesado vuelo de alguna ave.

Aquella soledad parecía tener algo misterioso y extraño.

Los árboles se elevaban al cielo, con un gesto potente, esparciendo sus ramas a una altura de treinta a cuarenta pies del suelo, del que partía un hálito tibio, favorecido por la humedad.

Comenzamos a encontrarnos fuertemente impresionados por el sombrío silencio. Avanzábamos con infinitas precauciones en medio de aquel hacinamiento de desechos vegetales, amontonados durante siglos.

El único ruido que se escuchaba era el de nuestros pasos sobre aquel terreno elástico. El sargento me seguía sin pronunciar una palabra—los negros son, por lo general, silenciosos—. El pesado aliento que se desprendía del suelo comenzaba a dificultarme la respiración, y ya pensaba en el regreso, cuando un olor insoportable me atacó la garganta y la nariz. Era una inconcebible peste de peste y de descomposición.

El abominable olor nos rodeaba, flotaba a nuestro alrededor, envolviéndonos; pero parecía venir del Oeste, y de un sitio próximo. Me dirigí inmediatamente hacia allí donde creía que se elevaba, siguiéndome el sargento, que parecía estar algo interesado.

Durante mucho tiempo vagamos, registrando el suelo con el cañón del fusil, con el cuchillo y, por último, con una rama que tallé en punta... Pero no descubrimos nada. El olor venía por rachas, y en seguida dejaba de percibirse. Era evidente que el cadáver de algún ser humano o de algún animal se hallaba en plena descomposición muy cerca de nosotros.

La hora avanzaba y tuvimos que tomar el camino de vuelta; pero para mí es evidente que estoy sobre las huellas del anterior administrador.»

En este punto, Vicent, rendido de fatiga, interrumpió la lectura y cerró el libro.

Al día siguiente la reanudó. El manuscrito continuaba de esta manera:

«Regreso del bosque para tomar alimentos. He tenido que ir solo, porque el sargento, pretextando una herida en un pie—que supongo que se ha hecho intencionadamente—, no ha podido acompañarme.

HE DESCUBIERTO UNA COSA ABOMINABLE

Siguiendo mis huellas del día anterior, he llegado hasta el sitio en que interrumpí ayer mis pesquisas. Sea que yo distinguiera con más facilidad el detestable olor, en medio de las emanaciones de los vegetales, o sea que fuese más fuerte, la verdad es que me guió mejor.

Llegué primero a una especie de cuba natural, de la que no distinguía más que una parte (perdiéndose el resto entre los árboles), y cuyo fondo estaba ocupado por un estanque en donde se corrompían las aguas del último invierno.

El agua era casi negra y sin ninguna vegetación. ¡Entonces fue cuando la vi!... ¡Y no vi más que a ELLA!...

Justamente un rayo de luz atravesaba la bóveda de verdura y venía a iluminar a aquella «cosa».

Se erguía al pie de un enorme árbol moribundo, despojado de sus hojas, que dejaba pasar la luz que venía de arriba, atenuándola un poco. Los rayos del sol, al atravesar el hacinamiento de hojas y de palmas, tomaban una extraña coloración glauca; parecían amortiguados por un vidrio. Resplandor, más bien que luz; pero lo suficientemente fuerte para poner en evidencia aquella «cosa», ante la cual hube de retroceder por su aspecto repugnante y su asqueroso olor.

¡Era una planta!—esto es casi inconcebible y me resisto a escribirlo—. Era una planta... ¿Qué otra cosa podía ser, si no una planta?

Estaba coronada por un enorme fruto que tenía la forma de peridium de un gran honguí, sostenido por un tallo delgado y desproporcionado con el peso que debía soportar.

De lejos su tejido me pareció grosero, de una Naturaleza rugosa, como la cascara de las naranjas de Malta. El tallo era de un color de cuero, con manchas de un verde pálido, que parecían ser originadas por un musgo. En la base de este tallo se extendían en forma de estrella algunas ramas, o más bien tegumentos de un verde azulado y frisonados en los bordes, parecidos a hojas de alga.

La planta reposaba en el borde del agua, en una especie de recipiente en el que no crecía ninguna otra.

Algunos de sus tegumentos estaban extendidos sobre el suelo firme. Con mi bastón intenté levantar uno, pero estaba sólidamente adherido al terreno por un medio que no me fue posible descubrir. Apenas lo tocó mi bastón, sus bordes festoneados tuvieron algo así como unos estremecimientos espasmódicos muy lentos, casi imperceptibles. Este fenómeno es muy común entre las plantas de la familia de las «mimosas», y no me sorprendió. Animado por este descubrimiento, traté de clasificarla planta que tenía ante mis ojos. Debía, según pensaba, pertenecer a la ya citada familia de las mimosas «farnesiana», cuya flor es perfumada, pero cuyo tronco desprende un olor tan insoportable que le ha valido el nombre de «madera apestosa».

¿Cuántos años hacía que se encontraba en este sitio? Insondable misterio que ninguna deducción podría esclarecer.

Tratando de levantar uno de sus tegumentos, descubrí que estaba bañado en una especie de líquido de un color dudoso, blanco y amarillo, con cierta tonalidad azulosa. Todos los tegumentos flotaban en este líquido, que era más abundante en la base del tallo, en donde se extendía una masa viscosa, dejando escapar el nauseabundo olor de que ya he hablado.

 Así era esta «cosa» espantable. Tendría aproximadamente un metro veinte centímetros de altura y otro tanto de circunferencia; pero los tegumentos que se extendían en torno de ella le daban un aspecto rechoncho.

Dirigiendo mis miradas a su alrededor, vi otros ejemplares dispersos bajo los árboles, en los bordes de las malsanas aguas del estanque; pero eran menos desarrolladas y parecían como abortadas y sin fuerzas.

Con la rama del árbol que me había proporcionado traté de llegar hasta el fruto, y, no logrando alcanzarlo, le arrojé un pedazo de madera podrida, que encontré a mis pies. El proyectil dio de lleno en la base del peridium y luego cayó entre los tegumentos. A la impresión del choque, bastante débil por cierto, la planta comenzó a sudar su líquido blancuzco que esparció un olor tan nauseabundo, tan penetrante, que tuve que dar algunos pasos hacia atrás. Pero vi al mismo tiempo que las ramas de las que ya he hablado y que tenían como cuatro dedos de ancho, se habían movido.

Sí, los tegumentos se habían movido. No crean los que lleguen a leer estas líneas que fui víctima de una alucinación. Se habían levantado, por decirlo así, casi insensiblemente, pero lo bastante para que este movimiento me llamara la atención. Incrédulo, repetí mi primera tentativa y arrojé otro proyectil hasta el pie de la planta. Esta vez no tuve la menor duda; los tentáculos habían ejecutado nuevamente un movimiento de arriba hacia abajo, seguido de un estremecimiento de los bordes dentados, de los que cada tegumento estaba provisto.

¿Tratábase, pues, de un vegeto-animal monstruoso y todavía desconocido?

Me propuse resolver el problema viniendo todos los días para sorprender, estudiar, dibujar y hasta fotografiar al monstruoso vegetal que se ofrecía a mi vista.

Pero comenzaba a hacerse tarde y además experimentaba desde hacía un rato un extraño dolor de cabeza que me nublaba la vista. Temiendo verme atacado por la fiebre y caer allí, sin el árbol osario de recibir socorro, pues conocía la repugnancia de los negros a aproximarse al bosque, tomé el camino de regreso.

Al salir de la zona en que la peste de la planta se dejaba sentir en toda su intensidad, desapareció mi mal.

Una tormenta espantosa se desencadenó a las seis y duró dos horas. Había mandado a un boy para que invitase formalmente a Adissa a tomar unos grogs conmigo, mientras fumábamos unos cigarros, y llegó acompañado de sus dos hechiceros favoritos, apenas dejaron de caer las últimas gotas.

Después de los cumplidos de costumbre y de encender el primer cigarro, le conté mi excursión al bosque y le pregunté si conocía la extraña planta por mí descubierta.

Consintió en reconocer que se le había hablado de ella; pero manifestó pocos deseos de tratar este asunto.

Me afirmó que se trataba de un animal temible, que no era capaz de «cambiar de sitio», pero que adormecía a sus víctimas y se apoderaba de ellas, cuando se le acercaban, por medio de sus largos tentáculos. Su vecindad era tan peligrosa, que ningún ser viviente se le aproximaba. Los indígenas huían de él, prefiriendo dar grandes rodeos por el bosque, antes que cruzar por su lado; tanto por miedo a las enormes arañas que por allí abundaban, como al extraño monstruo inmóvil.

Adissa agregó una especie de historia, a la cual no hice el menor caso. Sin embargo, recuerdo que hablaba de los dioses malignos que habitan el bosque, y de que ningún ser humano salía de él después de haber penetrado en su interior.

Todas estas historias—agregó—se remontaban a un tiempo muy lejano, cuando su tercer padre—es decir, su bisabuelo—no había nacido todavía. Ahora bien: Adissa tenía ya más de cincuenta años, lo que daba a la leyenda un origen de unos doscientos años bastante largos. Por lo tanto, la planta era más que dos veces centenaria. Desde hacía mucho tiempo, nadie pasaba cerca de ella, y yo era el único que se había atrevido a violar su soledad.

Inmediatamente después de que el jefe se despidió de mí, preparé mi cámara fotográfica, y al día siguiente, una hora antes de la salida del sol, partí en dirección del bosque, dejando al cuidado de un tirador mi cabalgadura. Llegué frente a la planta y coloqué mi aparato fotográfico, enfocándola con todo cuidado, de manera que cuando llegase un rayo de luz a iluminarla, no tuviera más que hacer funcionar el obturador.

Había dormido profundamente, y, sin embargo, me sentía un poco amodorrado; pero esto debía ser a causa de unos granos de quinina que había tomado antes de acostarme. Esperando que reinara por completo la luz del día bajo la bóveda de los árboles, tomé mi álbum y mi caja de colores y, tras de un breve apante, anoté todos los tonos de la planta con minuciosa exactitud.

Estaba trabajando con gran atención y sin hacer el menor movimiento, cuando un ruido me sacó de mi ensimismamiento. Un roce se dejaba sentir, roce que partía de un matorral espinoso situado a unos tres o cuatro metros de la planta, y a poco, un animal del género de la musaraña salió precipitadamente y como huyendo de un enemigo que aun no alcanzaba a ver yo; pero que apareció con una prontitud desconcertante.

Era una araña de la monstruosa familia de las Mygelas. Apenas parecía tocar el cuelo con sus peladas patas: tal era la prisa con que se movía.

El pobre roedor perseguido seguía una línea recta, en tanto que la araña corría en línea diagonal, avanzando detrás de él, pero no muy lejos. Me sorprendió esta maniobra de la astuta bestia, y más tarde pude comprender su táctica infernal, evidentemente razonada y que me llenó de admiración cuando vi los resultados.

La araña rechazaba al roedor en dirección a la nefasta planta, y éste ya estaba a punto de llegar a ella, buscando, probablemente, un refugio entre sus tegumentos, cuando dio un brusco giro a su carrera. Pero allí lo esperaba la araña. La espantosa bestia debía conocer el horror de los animales a la planta, y su sagacidad había colocado a su víctima entre ella y el otro peligro. El fin perseguido por la araña había sido logrado. No pudiendo ganar en la carrera al roedor, le había sitiado, dejándole la dolorosa disyuntiva de escoger entre la planta o ella. La araña iba a caer sobre su presa; pero el roedor, de un salto, se puso fuera de su alcance.

El salto debió estar mal calculado, porque la pequeña bestia perseguida fue a caer en medio del líquido espeso y blancuzco que se extendía en torno del tallo de la planta. ¿Se había salvado el roedor? Lo vi inmóvil. Sólo sus ojos, sus ojos espantados, giraban en sus órbitas. De improviso la planta había emitido un olor más penetrante, sudando el líquido, que descendía a lo largo del tallo, por todos sus poros.

La araña se alejó. La vi desaparecer en el matorral de donde había salido. Abandonaba su presa.

Este pequeño drama me había hecho olvidar el objeto de mi expedición.

En esos momentos el sol deslizó uno de sus ardientes rayos, que fue a dar de lleno en la planta. Fui a mi cámara y abrí el obturador. Y súbitamente me asaltó un enorme deseo de dormir y un fuerte dolor de cabeza, al mismo tiempo que sentía unas náuseas atroces.

Inquieto por este malestar, me dispuse a huir. Recogí mi cámara e iba a emprender la marcha cuando al dirigir una mirada al roedor para ver lo que había sido de su suerte, me detuve de nuevo.

La actitud de la bestia era singular. Su cuerpo, tan delicado, tan bonito, en medio de su envoltura gris, se agitaba en largos estremecimientos. Hice ruido para que huyera; pero vi con horror, después de dos o tres tentativas, que se encontraba aprisionada en el líquido blancuzco segregado por la planta, como si aquél hubiera sido goma o alquitrán.

Al mismo tiempo sentí una especie de vértigo, acompañado de una sed intensa. Tenía agua con bastante cantidad de ron en una botella de metal y bebí unos tragos. Al alejarme miré una vez más al pequeño roedor y vi que estaba muerto, incrustado en aquel líquido extraño y probablemente asfixiado por sus espantosas emanaciones.

Una cosa imposible de concebir, y, sin embargo, puedo jurar que digo en estas líneas la más completa verdad, es que toda la planta se movía.

Todo el sistema de tegumentos estaba en juego. Todos, extendidos en el suelo, se hallaban animados por un movimiento lento, pero imposible de negarse. Giraban como en torno de un pivote, convergiendo en el animal muerto. Bien pronto el cadáver se encontró cubierto por las ramas que podían alcanzarle y desapareció entre sus pliegues. Entonces aquellos tegumentos, que ya he dicho que se parecían a unas grandes algas, se hincharon, parecieron llenarse de un alimento extraído por un sistema de succión que no me era posible descubrir.

Estando ya muy próxima la puesta del sol, dejé el resto de mis observaciones para el día siguiente y tomé a toda prisa el camino que conduce al establecimiento, donde, apenas he llegado, consigno estas primeras operaciones.

Me encuentro muy preocupado. Estoy seguro de que nunca un cerebro humano, meditando sobre las luchas que se desarrollan a diario en nombre del derecho a la vida—sobre la tierra, en el aire o debajo del agua—; jamás, repito, un celebro humano, puede llegar a concebir algo tan abominable como esto que permanece disimulado en el silencio de un bosque solitario.

No puede tratarse solamente de un organismo vegetal. La «cosa» es un verdadero ser que reconoce, como el carnicero, el valor del lazo que tiende a sus presas. Y ese lazo, al que he visto funcionar, no debe ser único. Puede ser que los vértigos, el sueño y las náuseas que yo he sufrido sean otros tantos lazos.

Me llama grandemente la atención ese monstruo. Su fealdad es cautivante. Será preciso que poco a poco le llegue a conocer más íntimamente, que le dé un nombre, que describa sus costumbres, las emboscadas que tiende a sus presas... ¡Cómo se mostró desconfiada la araña!...

Mientras más escruto mis observaciones y las someto al análisis, más me convenzo de que la «cosa» pertenece al reino vegeto-animal desconocido. ¿Qué son, junto a ella, todas esas plantas que capturan insectos?... »

....

El manuscrito se detenía en este punto y fue inútil que Vicent buscara más en las siguientes páginas.

*

Según las fechas que vi en el documento, pude darme cuenta de que Vicent había tomado la pluma un mes después y había anotado también sus observaciones. He aquí lo que escribió:

 «Mayo de 19...

He querido ir a ver lo que mi antecesor decía haber descubierto. Y he visto; estoy espantado. La planta, tal como la describió, continúa allí.

En el líquido infecto que baña sus raíces he podido descubrir, por medio de una larga pica, osamentas, cabellos y un par de zapatos. Es seguramente cuanto queda de aquel que descubrió la planta.

Esta me da miedo, me infunde terror. Durante todos los minutos del día y de la noche la tengo en mis ojos...»

«Junio de 19...

El bosque arde. Un rayo cayó sobre él. Todo el horizonte, por Oeste, es presa de las llamas.»

*

Tal es el manuscrito que descubrí en el establecimiento de Boké, Guinea francesa, cuando fui a ocupar el puesto de Vicent, que murió a consecuencia de unas fiebres.

El bosque ya no existe.

 

C. M. Laumann (Ernest Maurice Laumann)

Publicado en: Por esos mundos (Madrid). 13-6-1926

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