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Mario A. Lancelotti en AlbaLearning

Mario A. Lancelotti

"La cita"

 

 
 
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La cita
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La cita
 

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La cita era a las siete de la tarde. Lucas la había esperado largamentey con una paciencia ejercida sobre sí; porque era él mismo quien debía estarse preparado, afrontar el miedo. Su resolución había caído incontables veces, tantas como las angustias en que se originaban. Ahora había que seguir adelante: el encuentro estaba concertado. La cita estaba allí, como tma presencia inexorable, como un cumplimiento del que fuera imposible apartarse. Sin embargo, era la posibilidad de no concurrir lo que lo mantenía en su dolorosa indecisión. En cierto modo, no debía echarse atrás: se había obligado. Desde otro punto de vista, lo mejor era no ir, no hacerlo, quedarse otra vez quieto.

Lucas recordó las vacilaciones, las dudas. Recordó los mil esfuerzos por reducirlas, hacerlas desaparecer. Pero las dudas, las vacilaciones y los escrúpulos volvían. La lógica no los vencía. La lógica era un remedio escolar, algo así como una vana inscripción frente a un hecho físico. Si la voluntad los apuraba mucho, los escrúpulos asumían otra forma: el rechazo causaba el efecto contrario al perseguido. Las viejas dudas, refutadas en sí mismas, generaban otras que había que destruir a su vez y la lucha se volvía interminable. Los triunfos eran inútiles, condenados al fracaso. A veces el obstáculo era nimio: la variante de una pequeña duda, por ejemplo. Un insignificante rescoldo. Lo suficiente, sin embargo, para que todo se derrumbara y hubiera que comenzar de nuevo. Entonces, Lucas volvía a las conjuraciones. Aquel granillo de polvo, aquéllo apenas, ocupaba toda la conciencia.

Consultó su reloj. Sólo faltaba una hora. ¿Qué haría en esos instantes la mujer? ¿Qué haría la señora Dona? Las vio ir y venir, agitarse por él. La mujer saldría ahora mismo de su casa, quizá. Su movimiento coincidiría con éste de encender su cigarrillo; los hechos ocurrían a un tiempo. Tal vez estuviera ya en el departamento de la señora. Al entrar, las dos mujeres se habrían saludado fríamente, y una y otra se habrían puesto a esperar a su modo. Lucas las imaginó mudas, distantes, dirigiéndose apenas las palabras de rigor. Cumplían su misión de un modo prescindente, la una despreocupada de la otra. Se habría dicho que sólo la espera las unía; una espera tiesa, indiferente. Algo, sin embargo, las concitaba de una manera más honda: cierto malestar profesional que sus presencias agravaran, cierto desprecio común y obligado que necesitara enrostrar una vida para justificarse en la otra. En la pequeña sala el silencio era a ratos absoluto; entonces sólo se escuchaba el circunspecto moverse de un cuerpo, algún suspiro de impaciencia. La señora Dona parecía descansar. Había dejado caer sus manos, entrelazadas, sobre la falda. La cabeza, muy erguida, se apoyaba en el respaldo. Sus ojos estaban cerrados. La boca, crispada en un gesto amargo, confirmaba la interrogación de la frente y el cuerpo entero acusaba un distraído renunciamiento.

Lucas se recobró de pronto en los papeles que tenía frente a sí: miró uno y otro de los objetos que yacían sobre su escritorio. Se supo allí, en fin: todavía libre, todavía capaz de no acudir. Aquella divagación no había logrado distraerlo de su angustia. Se había instalado por unos instantes, como una imagen que se estuviera allí, superpuesta, en la malla intrincada de los temores y de las dudas. Pero no los había enervado. Había coexistido con el miedo. Lucas sintió, una vez más, que había que resolverse: abandonar la mesa, dirigirse a la percha, tomar su sombrero y salir. Hacer, siquiera, los gestos de la decisión. Pensó que había pasado más de dos horas en la misma postura, inmóvil casi. Un temor supersticioso le había impedido moverse, como si el modificar un ápice su actitud hubiera de atraerle un mal irremisible. Para levantarse hubo de acudir a una última conjuración: aquella que en su atribulada mente le permitía hacerlo sin daño. Lo hizo, pues. Luego dio unos pasos, trató de respirar libremente. Pero esta pequeña libertad le hizo temblar de angustia. Aquel moverse le restituía el cuerpo y con él un horrible desposeimiento.

La amenaza volvió de pronto, más nítida y más fuerte, y hubo un instante en que Lucas presintió el mal como un hecho seguro, ineluctable. Entonces tomó a la mesa. Trató de observar minuciosamente su primitiva postura, componer el cuerpo entero de un modo idéntico. El acto repetido se convertía en una expiación que volviera imposible el temido aniquilamiento. Pero la igualdad no se lograba. A veces era el tronco, las piernas o los pies lo que no recobraba la misma disposición, el mismo sitio; otras, la torpeza era imputable a los brazos o a las manos, a un mínimo gesto del cuello. Toda esa pena no había servido de nada. El peligro quedaba intacto, triunfante. Había que comenzar de nuevo. Lucas sabía que aquello era interminable, pues siempre había una duda. ¿Los actos se habían cumplido realmente de la misma manera? ¿La conjuración había sido válida?

Extenuado, Lucas decidió abandonar la lucha por unos instantes. Dejó aquella silla y aquel escritorio, en los que había efectuado sus ritos, y se dejó caer en el sofá cercano. Para ello había tenido que apelar a la idea de que no concurriría a la cita: sólo así le era posible disminuir su tensión, descansar un poco. Pero entonces el compromiso quedaba desde luego incumplido. A partir de esa idea el ir y venir de aquellos seres perdía sentido: la mujer y la señora Dona se movían en el vacío, sin saber que sus actos eran para nada. En este momento eran títeres, muñecos. Lucas los imaginó así con una pena profunda, agravada por su irresolución. Consultó de nuevo su reloj. Sólo faltaba un cuarto de hora y el trasladarse le llevaría por lo menos diez minutos. Unas campanadas habían dado las siete menos cuarto. La cita volvió de pronto. Vivida, urgente. Estaba en aquella pieza, era alguien. Era una exigencia que todo parecía apremiar: el silencio que reinaba en la casa, el ruido indistinto y prescindente de la calle, aquellos muebles y objetos que se le antojaban animados de una virtud admonitoria, expectante.

Lucas se incorporó, juntó sus manos, dejó caer la cabeza sobre el pecho. Luego se puso en pie, se acercó a la ventana, miró con desgano hacia abajo. Un tránsito loco se agitaba en las calles. Seres y vehículos parecían animados por un mismo ímpetu febril y absurdo. Lucas observó a una mujer. "Tal vez fuera aquella", pensó. Luego hizo lo mismo con otra. Podía ser cualquiera de ellas. Sintió una inmensa piedad por la muchacha, por la señora Dona, por él mismo. Su inspección duró un rato. Había terminado por hacerlo de un modo mecánico. Aquel acto se había convertido instintivamente en otra manía. Lucas se había refugiado en ese observar a una y a otra mujer como en una excusa que dilatara su resolución, justificara el "habérsele hecho tarde". Pero algo más fuerte que su deliberado y angustioso abandono lo arrancó sin clemencia de aquel recurso. Lucas supo de pronto que eran las siete. La hora parecía estar en el aire, en las cosas, urgirlo. Se sintió a un tiempo preso y extraño, un simple uno a merced de la ciudad y de sus leyes oscuras. Aquellos seres lo esperaban, tenían derecho sobre él. Desde ahora, Lucas les pertenecía en la misma medida en que dejaba de ser para sí.

Era preciso decidirse. Lucas adoptó una resolución intermedia: bajaría, se dirigiría al lugar de la cita, haría el trayecto a pie. Entretanto seguiría debatiendo el pro y el contra. Y así fue. Tomó su sombrero, abrió precipitadamente la puerta de entrada y avanzó hacia las escaleras. Las bajó a toda prisa, como un hombre que corre, decidido, a una cita. La calle lo serenó un poco. "Lo esperarían", pensó, tratando de calmarse. Tendría, por lo menos, un cuerto de hora. Tal vez más. Media hora, quizá. Treinta minutos en los que la decisión dependería de él.

Lucas se detuvo una y otra vez frente a los escaparates de las tiendas. Necesitaba resolverse antes de seguir un trayecto que le parecía inútil, humillante. Necesitaba descartar esos otros posibles que le torturaban, proceder como si no tuviera otra escapatoria. Pero el más pequeño escrúpulo desvanecía su propósito. Entonces volvía a su caminar ausente, mecánico. Era lo mejor. Pues aquel miedo parecía aumentar con las resistencias y hasta con la sola idea de oponérsele. Era un miedo anterior, un miedo del que le fuera imposible desprenderse sin negar el mundo, abolirlo. Lucas había venido después, infinitamente después. Sobrenadaba en aquel temor como en un medio que lo mantuviese en vilo y no se distinguiera de aquel contorno que lo rodeaba, de aquellos seres, luces y cosas. Miró con envidia a aquella gente. Se le antojaba libre, relevada de la cita. Parecía impasible, despreocupada, segura de sí misma. Lucas había proyectado en ella sus posibles, su libertad negativa, todo lo que en él no concurría a la cita. Hizo un esfuerzo por no pensar en ella. Esos seres indiferentes subrayaban la idea de que el compromiso era asunto suyo, agravaban su responsabilidad, lo dejaban solo.

La casa temida se hizo visible. Estaba a pocos pasos. Era un edificio gris, desgastado. Lucas se detuvo, al fin, en una esquina. Lo enfrentó. Aquella casa parecía esperarlo, como sí fuera ella misma la cita. Sus ojos buscaron sin transición el último piso, el noveno. Una luz discreta iluminaba las cortinas rojizas del departamento de la ochava. Era aquél, sin duda, el departamento treinta y dos. Lucas volvió a sentir el asalto despiadado del uno, ese uno que allí esperaban. Una pena inmensa lo sobrecogió, sumándose a su inquietud. Aquellos seres eran también unos. Todos se desconocían. Y uno, un mero uno, era aquel cuarto mercenario y absurdo. Todo podía ser en aquella indiferencia. ¿Por qué no la muerte? La cita era un término insuperable, la forma misma del miedo. Más allá no había nada. La cita lo suspendía.

Lucas sintió una campanada lejana. Aquel sonido familiar lo sorprendió como una urgencia que le recordara el trascurso fatal, inmemorable y prescindente de las cosas. Eran las siete y media. Imaginó la impaciencia de aquellos seres. La señora Dona habría comenzado a pasearse por la habitación. Se acercaría, a ratos, a la ventana. Escudriñaría, por fórmula, a través de los vidrios. Se volvería, inquieta, musitando una protesta. La mujer, en cambio, no habría descompuesto su postura. Inmóvil e impasible, subrayaría su neutralidad o insinuaría, tal vez, una culpa que la señora no estaba dispuesta a recoger. En su necesidad de urgirse, Lucas exaltaba las escenas, se las representaba de un modo apremiante. Aquel retraso colmaba su angustia, la volvía insoportable. Pero no lograba salir de su marasmo. El solo pensamiento de reunirse a aquellos seres le producía una suerte de vértigo, una suspensión de la voluntad que lo entregaba, indefenso, al poder inefable de la cita. Acosado, Lucas pensó de nuevo en una solución provisoria. Se llegaría hasta la casa, penetraría en ella, tomaría resueltamente el ascensor. Gozaría así de un pequeño plazo, de un mínimo respiro. Entretanto podría discurrir sin experimentar demasiado el peso de los reproches. Se hallaría en camino.

Lucas se dispuso a cruzar la calle. Observó el curso de los vehículos, bajó a la calzada, atravesó con premura. Los mil temores se agolparon en su mente con más fuerza, como si la proximidad del término los hubiera exacerbado. Las incontables aprensiones volvían a toda prisa en un cortejo de imágenes que debiera renovarse íntegro, en ese instante. Lucas se internó al fin en el edificio. Un viejo y estrecho ascensor estaba detenido, a pocos pasos, en la planta baja. Parecía esperarlo, urgido. Por unos segundos su cuerpo entero se paralizó. En su conciencia atormentada aquel aparato le señalaba la última prórroga, le imponía la decisión. Luego avanzó, maquinalmente, en dirección a su testigo inerte. Trémulo, descorrió las hojas de una y otra puerta, penetró. Quedóse un instante quieto, asido aún de aquellas piezas. Después las cerró, desahuciado. Su ruido discreto, metálico, lo estremeció. Con un gesto rápido buscó el tablero, oprimió el botón.

El ascensor se desprendió silenciosamente. Un impensado soplo pareció impulsarlo de un modo brusco y suspenderlo, luego, en una marcha ingrávida, lenta, evanescente. Lucas se había quedado inmóvil, temeroso de conmover aquella caja endeble, insegura. El ascensor se había apoderado del miedo, lo aplazaba. Sus temores eran ahora una cosa indistinta, una materia. Aquella marcha leve y enervante los convertía en una espera ciega y absorta. El ascensor se internó de pronto en una zona oscura, poblada de penumbras. Un silencio absoluto y sorpresivo pareció ambular por la casa, ganar los corredores, confundirse con la escasa luz. Lejanas y entrecortadas voces, apagados y distantes estrépitos, lo volvían poco a poco definitivo, sobrecogedor. Hubo un instante en que Lucas sólo supo que subía. Una fuerza oscura e inexorable parecía levantarlo en un ascenso perpetuo e indefinido. Se sintió a merced del aire, expuesto a precipitarse de pronto en el vacío, sucumbir. Lucas sollozó. Aquel desamparo, aquel abandono, era la cita.

"No existen", dijo al fin. Quedóse un instante mudo, alerta. Por unos segundos pareció suspenso de aquellas palabras, aquella voz. Luego insistió: "No existen..." Entonces, la frase comenzó a volver una y otra vez con una insistencia loca, inexorable. Lucas conjuraba, se esforzaba por asumir la otra lógica, la de un hombre cualquiera. ¿Había, acaso, algo extraordinario en aquella cita? ¿Es que podía recelar de aquellas pobres mujeres? ¿Qué mal habría de ocurrirle? "No existen..." De pronto, sin transición, la frase se transformó. "Los señores no existen", dijo, y se detuvo. Lucas pareció escuchar, asistir. Al fin: "Los señores no existen", repitió. Entonces la frase tornó a volver y a volver, como una letanía desesperada. Lucas recalcaba sin tregua la nueva palabra, se aferraba a ella: como si en el omitirla estuviese la muerte. Ahora sabía aquello de un modo lúcido, inequívoco. No temía a las mujeres. Temía a unos señores que lo esperaban allí mismo, en el cuarto vecino. En ese instante los imaginó mudos, pensativos. Impacientes, quizá. Como las mujeres. Y, sin embargo, esos otros no existían fuera de él. Sólo habitaban su mente. Eran espectros. ¿A qué, pues, preocuparse? Pero un leve ruido, una ligera sacudida, lo arrancaron de su conjuro y cavilación. Aquel estertor metálico era el fin. El ascensor había llegado.

Lucas permaneció inmóvil, anhelante. Había percibido un silencio más grave, un silencio exclusivo. Entonces abrió cuidadosamente las puertas, exploró el piso con el pie, avanzó, cerró con minucia. Luego, decidido, se tomó, enfrentó el departamento. En el mismo instante, una leve luz iluminó el corredor. Una mujer lo esperaba en el umbral. Lucas esbozó una sonrisa. Quiso dar unos pasos. Pero ya dos manos fuertes ceñían sus brazos, lo conducían.


"El ascensor y otros cuentos"
Ed. Buenos Aires, G. Kraft, 1960

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