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Selma Lagerlöf

"La llama sagrada"

Capítulo 5

Biografía de Selma Lagerlöf en Wikipedia

 
 
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La llama sagrada

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  V  

V

Cabalgando de espaldas, con la capucha echada sobre la cara y sosteniendo la vela encendida en la mano, Raniero entró en Florencia por la Pascua.

Apenas traspuesta la puerta de la ciudad, le recibió un mendigo con la consiguiente exclamación:

-¡Pazzo, pazzo!

A los gritos del mendigo pronto se unieron los de un pillete y un vagabundo que yacían todo el día en el suelo contemplando el desfile de las nubes:

-¡Pazzo, pazzo!

Este alboroto bastó para atraer otras gentes y multitud de chiquillos que salían de todos los rincones y que, al ver a Raniero haraposo y en tal guisa sobre el ruin caballejo, le gritaban también:

-¡Pazzo, pazzo!

Pero Raniero habíase habituado a que le llamaran así, y prosiguió tranquilamente a través de las populosas calles sin prestar oídos a semejantes gritos.

Mas hubo uno que, no contento con gritar, se abalanzó sobre el peregrino dispuesto a arrebatarle la vela, y Raniero limitose a elevar el brazo para que no le apagara la llama y a espolear su jamelgo para huir de aquella multitud, lo que no podía lograr por cuanto todos se lanzaron en su persecución más decididos cada vez a apagarle la candela.

Cuánto más se esforzaba Raniero por salvar la llama, más se enardecía la multitud. Los más atrevidos saltaban sobre las espaldas de los otros, hinchaban cuanto podían los carrillos y soplaban con fuerza. Al fracasar, arrojaban sus gorras; pero, por ser tantos los que pretendían extinguir la llama, tal vez nadie lo conseguía.

En la calle reinaba un alboroto tremendo. En las ventanas desternillábanse de risa muchos espectadores y hasta los fieles que se encaminaban a la iglesia deteníanse gozosos ante aquel espectáculo.

Raniero habíase puesto de pie sobre la silla para mejor defender la llama y como habíasele caído la capucha aparecía al descubierto su faz, pálida y demacrada como la de un mártir.

La diversión pública degeneró en tumulto. Hasta las personas mayores empezaron a tomar parte activa en el suceso, sin exceptuar a las mujeres que agitaban sus mantillas para apagar la vela.

Así llegó Raniero junto al balcón de una casa donde asomábase una mujer. Esta inclinose sobre la baranda y le arrebató la vela al peregrino; penetrando apresuradamente, tras esto, en la habitación.

En la calle resonaron grandes carcajadas de júbilo, y Raniero, por la fuerte impresión recibida, se tambaleó en la silla y se desplomó al suelo.

Al verle tendido, como exánime, la multitud se dispersó como por arte de encantamiento. Nadie socorría al caído; solo el caballo permanecía junto a él.

Cuando la calle quedó desierta salió de su casa Francesca degli Uberti con una vela encendida en la mano.

Seguía tan bella como siempre; sus rasgos tenían una expresión suave y sus ojos eran profundos y severos.

Se acercó a Raniero e inclinose sobre él. Estaba inmóvil; pero tan pronto como el reflejo de la llama hirió su rostro, se movió y levantose. Parecía completamente fascinado por aquella llama. Cuando Francesca vio que recobraba el conocimiento, le dijo:

-Aquí tienes tu vela. Te la he arrebatado porque comprendí que te interesaba mantenerla encendida. No pude ayudarte de otro modo.

Raniero había quedado magullado y molido por la caída; pero ya nada debía detenerle. Levantose lentamente, quiso andar, vaciló y estuvo a punto de volver a desplomarse. Entonces intentó montar a caballo. Francesca le ayudó.

-¿Adónde quieres ir? -le preguntó cuando estuvo sentado nuevamente en la silla.

-Quiero ir a la Catedral -respondió.

-Entonces, vamos, porque yo también voy a misa -dijo cogiendo el caballo por las bridas.

Francesca había reconocido a Raniero inmediatamente; pero no él a su esposa, pues no tuvo tiempo ni intención de contemplarla.

Durante todo el camino permanecieron silenciosos. Raniero solo pensaba en su llama y en el modo de mantenerla segura durante estos últimos momentos. Francesca no se atrevía a pronunciar palabra porque en su corazón abrigaba el temor de que Raniero había vuelto loco a su patria. De un momento a otro esperaba ver confirmados sus temores.

Al cabo de un rato oyó Raniero un sollozo y vio a Francesca degli Uberti que caminaba sollozando a su lado. Pero Raniero solo la contempló un momento, sin decirle palabra alguna. Quería pensar en la llama únicamente.

Se hizo conducir a la sacristía. Allí bajó del caballo y dio las gracias a Francesca por su ayuda, sin fijarse en ella por no apartar la vista de la llama. Y penetró completamente solo en la sacristía en busca del sacerdote.

Francesca entró en la iglesia. Era el Viernes Santo que precede a la semana de Pascua y en señal de luto todas las velas se hallaban apagadas en sus altares. Francesca sentía que la llama de la esperanza que había ardido en ella, también hallábase extinguida.

En la Iglesia reinaba animación. Muchos sacerdotes se hallaban ante los altares. En el coro había, sentados, numerosos canónigos presididos por el obispo.

Momentos después observó Francesca cierta excitación entre los sacerdotes. Casi todos los que no tomaban parte en la misa levantáronse y se encaminaron a la sacristía. Por último, les siguió el obispo.

Cuando la misa hubo terminado, acercose al coro uno de los sacerdotes y habló a los fieles. Les informó de que Raniero di Ranieri había traído a Florencia fuego sagrado de Jerusalén. Narró las aventuras y padecimientos que había soportado el caballero por el camino, y le ensalzó con entusiasmo.

Los fieles quedáronse asombrados ante aquellas palabras. Francesca no había vivido jamás una hora más feliz.

-¡Oh, Dios! Esta es una felicidad mayor de la que yo puedo soportar -susurró como un suspiro.

Al escuchar aquella peroración, sus ojos vertían lágrimas.

El sacerdote habló largo tiempo, entusiasmado. Por último, exclamó con voz potente:

-Quizá os parezca cosa insignificante el haber traído una llama hasta Florencia. Mas yo os digo: rogad a Dios para que conceda a Florencia muchos portadores del fuego eterno, porque entonces nuestra ciudad alcanzará más gloria y poderío que todas las ciudades.

Cuando el sacerdote hubo terminado su peroración abriéronse de par en par las grandes puertas de la catedral, y una procesión espléndida e improvisada hizo irrupción en el templo. Canónigos, monjes y sacerdotes atravesaron la nave central hacia el altar mayor. El último era el obispo, y a su lado se hallaba Raniero envuelto en la misma capa que había llevado durante toda su peregrinación.

Cuando este hubo traspuesto el umbral de la iglesia, alzose un anciano y se acercó a él. Era Oddo, el padre de aquel pobre muchacho que por culpa de Raniero se había ahorcado.

Cuando el anciano hallose ante el obispo y Raniero, se inclinó y dijo en voz tan alta que pudieran oírle todos los fieles reunidos en la iglesia:

-Es un acontecimiento para Florencia el que Raniero haya traído fuego sagrado de Jerusalén. Una cosa semejante no ha acontecido nunca, y como tal vez haya alguien que crea que esto no es posible, ruego a todos los reunidos que pidan a Raniero pruebas y testimonios que acrediten la verdad de que este fuego ha sido encendido, efectivamente, en Jerusalén.

Al escuchar estas palabras, Raniero exclamó:

-¡Que Dios me ayude! No tengo testigos. La peregrinación la emprendí solo. Para ello sería preciso que vinieran los desiertos y los yermos a ofreceros su testimonio.

-Raniero es un hombre leal -dijo el obispo- y creemos en su palabra.

-Raniero podía haber supuesto que el hecho daría lugar a dudas; no debía haber cabalgado solo. Sus escuderos podrían, pues, dar testimonio – replicó Oddo.

Entonces, Francesca degli Uberti se destacó de la multitud, y dijo:

-¿Para qué testigos? Todas las mujeres de Florencia se hallan dispuestas a jurar que Raniero dice la verdad.

Raniero sonriose y su cara resplandeció un momento. Pero nuevamente volvió a dirigir sus pensamientos y su mirada a la llama.

Prodújose entonces un gran tumulto en la iglesia. Algunos sostenían que Raniero no debía encender las velas del altar antes de que estuviera comprobada la verdad de sus palabras, y a estos uniéronse muchos de sus antiguos enemigos.

Entonces levantose Jacobo degli Uberti y habló en favor de Raniero.

-Todos saben que no es grande la amistad que le profeso a mi yerno; pero ahora debemos defenderle tanto mis hijos como yo. Creemos que, en efecto, ha realizado esta proeza, y comprendemos que el que ha sido capaz de ello es un hombre sensato, prudente y noble. Por este motivo le recibiremos con alegría entre nosotros.

Pero Oddo y otros muchos no se dejaron convencer.

Raniero comprendió que en caso de pelea, sus enemigos atentarían, ante todo, contra su luz. Y mientras clavaba la mirada en sus adversarios, alzó la vela por encima de su cabeza cuanto le fue posible.

Estaba pálido como la muerte y parecía desesperado. Solo esperaba la derrota final, aunque procuraba prolongar el momento todo lo posible. ¿De qué le serviría poder encender la llama? Las palabras de Oddo habían sido un golpe mortal para él, al sembrar la duda. Era como si Oddo hubiera apagado su llama para siempre.

Un pajarillo entró revoloteando por el gran portal del templo. Voló precisamente en dirección a la vela de Raniero, quien no habiendo podido apartarla a tiempo hubo de ver cómo el avecilla chocaba con ella y la extinguía.

Raniero bajó el brazo, y las lágrimas brotaron de sus ojos. Pero en seguida sintió cierto alivio. Esto era preferible a que las gentes apagaran la llama.

El pajarillo prosiguió su alocado vuelo por el interior de la iglesia, tal como suelen hacerlo los pájaros que penetran en un espacio cerrado.

De pronto una exclamación vibró por toda la iglesia:

-¡El pajarillo, arde! ¡La llama sagrada ha encendido sus alas!

El pajarillo piaba temeroso. Revoloteó unos momentos de acá para allá como una llama errante bajo la alta bóveda del coro y, por último, cayó muerto ante el altar de la Madonna.

En aquel momento se hallaba Raniero junto a él. Se había abierto paso entre la multitud; nada había podido detenerle. Y en las llamas que tostaban las alas del pajarillo encendió las velas del altar de la Madonna.

Entonces el obispo alzó su cetro y exclamó:

-¡Dios lo ha querido! ¡Dios nos ha dado su testimonio!

Y todo el pueblo, reunido en la iglesia, tanto sus amigos como sus adversarios, olvidaron sus dudas y su asombro y estupefactos ante aquel milagro divino, exclamaban:

-¡Dios lo ha querido! ¡Dios nos ha dado su testimonio!

De Raniero queda todavía por relatar que gozó de mucha felicidad y consideración durante toda su vida. Fue prudente, sensato y compasivo. Pero el pueblo de Florencia continuó llamándole Pazzo degli Ranieri en recuerdo de haberle tomado por loco. Y esto fue para él un título de honor. Raniero conviniose en el tronco de una estirpe que tomó el nombre de Pazzi y que todavía existe.

Hay que recordar también que desde entonces en Florencia se inició la costumbre de celebrar una fiesta anual el Viernes Santo en conmemoración de la vuelta de Raniero a Florencia con el fuego sagrado, y en dicha fiesta se hace volar siempre por la Catedral un pájaro artificial encendido. También este año se habrá celebrado la fiesta, de no haberse iniciado alguna variación.

Si es verdad -como muchos suponen- que los portadores de fuego sagrado que han vivido en Florencia y hecho de esta ciudad una de las más magníficas de la Tierra, han tomado a Raniero por modelo, encontrando en su ejemplo valor para sacrificarse y sufrir abnegadamente, es cosa que queremos pasarla en silencio.

Pero la eficacia de aquella luz emanada de Jerusalén en los tiempos tenebrosos es incalculable.

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