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Henry James

Henry James

Los amigos de los amigos

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Biografía de Henry James en Wikipedia


 
 
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Música: Schumann-Arabesque, in C major, op.18

Los amigos de los amigos

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Los amigos de los amigos
 

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The friends of the friends
 
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Capítulo 6

Él lo rompió al cabo, diciendo:

–¿No hay absolutamente ninguna duda de su muerte?

–Desdichadamente ninguna. Yo vengo de estar de rodillas junto a la cama donde la han tendido.

Clavó sus ojos en el suelo; luego los alzó a los míos.

–¿Qué aspecto tiene?

–Un aspecto... de paz.

Volvió a apartarse, bajo mi mirada; pero pasado un momento comenzó:

–¿Entonces a qué hora...?

–Debió ser cerca de la medianoche. Se derrumbó al llegar a su casa..., de una dolencia cardíaca que sabía que tenía, y que su médico sabía que tenía, pero de la que nunca, a fuerza de paciencia y de valor, me había dicho nada.

Me escuchaba muy atento, y durante un minuto no pudo hablar. Por fin rompió, con un acento de confianza casi infantil, de sencillez realmente sublime, que aún resuena en mis oídos según escribo:

–¡Era maravillosa!

Incluso en aquel momento tuve la suficiente ecuanimidad para responderle que eso siempre se lo había dicho yo; pero al instante, como si después de hablar hubiera tenido un atisbo del efecto que en mí hubiera podido producir, continuó apresurado:

–Comprenderás que si no llegó a su casa hasta medianoche...

Le atajé inmediatamente.

–¿Tuviste mucho tiempo para verla? ¿Y cómo? –pregunté– ¿si no te fuiste de mi casa hasta muy tarde? Yo no recuerdo a qué hora exactamente..., estaba pensando en otras cosas. Pero tú sabes que, a pesar de haber dicho que tenías mucho que hacer, te quedaste un buen rato después de la cena. Ella, por su parte, pasó toda la velada en el «Gentlewomen», de allí vengo..., he hecho averiguaciones. Allí tomó el té; estuvo muchísimo tiempo.

–¿Qué estuvo haciendo durante ese muchísimo tiempo?

Le vi ansioso de rebatir punto por punto mi versión de los hechos; y cuanto más lo mostraba mayor era mi empeño en insistir en esa versión, en preferir con aparente empecinamiento una explicación que no hacía sino acrecentar la maravilla y el misterio, pero que, de los dos prodigios entre los que se me daba a elegir, era el más aceptable para mis celos renovados. Él defendía, con un candor que ahora me parece hermoso, el privilegio de haber conocido, a pesar de la derrota suprema, a la persona viva; en tanto que yo, con un apasionamiento que hoy me asombra, aunque todavía en cierto modo sigan encendidas sus cenizas, no podía sino responderle que, en virtud de un extraño don compartido por ella con su madre, y que también por parte de ella era hereditario, se había repetido para él el milagro de su juventud, para ella el milagro de la suya. Había ido a él –sí–, y movida de un impulso todo lo hermoso que quisiera; ¡pero no en carne y hueso! Era mera cuestión de evidencia. Yo había recibido, sostuve, un testimonio inequívoco de lo que ella había estado haciendo –durante casi todo este tiempo– en el club. Estaba casi vacío, pero los empleados se habían fijado en ella. Había estado sentada, sin moverse, en una butaca, junto a la chimenea del salón; había reclinado la cabeza, había cerrado los ojos, aparentaba un sueño ligero.

–Ya. Pero ¿hasta qué hora?

–Sobre eso –tuve que responder– los criados me fallaron un poco. Y la portera en particular, que desdichadamente es tonta, aunque se supone que también ella es socia del club. Está claro que a esas horas, sin que nadie la sustituyera y en contra de las normas, estuvo un rato ausente de la jaula desde donde tiene por obligación vigilar quién entra y quién sale. Se confunde, miente palpablemente; así que partiendo de sus observaciones no puedo darte una hora con seguridad. Pero a eso de las diez y media se comentó que nuestra pobre amiga ya no estaba en el club.

Le vino de perlas.

–Vino derecha aquí, y desde aquí se fue derecha al tren.

–No pudo ir a tomarlo con el tiempo tan justo –declaré–. Precisamente es una cosa que no hacía jamás.

–Ni fue a tomarlo con el tiempo justo, hija mía..., tuvo tiempo de sobra. Te falla la memoria en eso de que yo me despidiera tarde: precisamente te dejé antes que otros días. Lamento que el tiempo que pasé contigo te pareciera largo, porque estaba aquí de vuelta antes de las diez.

–Para ponerte en zapatillas –fue mi contestación– y quedarte dormido en un sillón. No despertaste hasta por la mañana..., ¡la viste en sueños!

Él me miraba en silencio y con mirada sombría, con unos ojos en los que se traslucía que tenía cierta irritación que reprimir. Enseguida proseguí:

–Recibes la visita, a hora intempestiva, de una señora...; sea, nada más probable. Pero señoras hay muchas. ¿Me quieres explicar, si no había sido anunciada y no dijo nada, y encima no habías visto jamás un retrato suyo, cómo pudiste identificar a la persona de la que estamos hablando?

–¿No me la habían descrito hasta la saciedad? Te la puedo describir con pelos y señales.

–¡Ahórratelo! –clamé con una aspereza que le hizo reír una vez más. Yo me puse colorada, pero seguí–: ¿Le abrió tu criado?

–No estaba..., nunca está cuando se le necesita. Entre las peculiaridades de este caserón está el que se pueda acceder desde la puerta de la calle hasta los diferentes pisos prácticamente sin obstáculos. Mi criado ronda a una señorita que trabaja en el piso de arriba, y anoche se lo tomó sin prisas. Cuando está en esa ocupación deja la puerta de fuera, la de la escalera, sólo entornada, y así puede volver a entrar sin hacer ruido. Para abrirla basta entonces con un ligero empujón. Ella se lo dio..., sólo hacía falta un poco de valor.

–¿Un poco? ¡Toneladas! Y toda clase de cálculos imposibles.

–Pues lo tuvo,.. y los hizo. ¡Quede claro que yo no he dicho en ningún momento –añadió– que no fuera una cosa sumamente extraña!

Algo había en su tono que por un tiempo hizo que no me arriesgase a hablar. Al cabo dije:

–¿Cómo había llegado a saber dónde vivías?

–Recordaría la dirección que figuraba en la etiquetita que los de la tienda dejaron tranquilamente pegada al marco que encargué para mi retrato.

–¿Y cómo iba vestida?

–De luto, mi amor. No grandes masas de crespón, sino un sencillo luto riguroso. Llevaba tres plumas negras, pequeñas, en el sombrero. Llevaba un manguito pequeño de astracán. Cerca del ojo izquierdo –continuó– tiene una pequeña cicatriz vertical...

Le corté en seco.

–La señal de una caricia de su marido –luego añadí–: ¡Muy cerca de ella has tenido que estar!

A eso no me respondió nada, y me pareció que se ruborizaba; al observarlo me despedí.

–Bueno, adiós.

–¿No te quedas un rato? –volvió a mí con ternura, y esa vez le dejé–. Su visita tuvo su belleza –murmuró teniéndome abrazada–, pero la tuya tiene más.

Le dejé besarme, pero recordé, como había recordado el día antes, que el último beso que ella diera, suponía yo, en este mundo había sido para los labios que él tocaba.

–Es que yo soy la vida –respondí–. Lo que viste anoche era la muerte.

–¡Era la vida..., era la vida!

Hablaba con suave terquedad –yo me desasí. Nos miramos fijamente.

–Describes la escena – si a eso se puede llamar descripción– en términos incomprensibles. ¿Entró en la habitación sin que tú te dieras cuenta?

–Yo estaba escribiendo cartas, enfrascado, en esa mesa de debajo de la lámpara, y al levantar la vista la vi frente a mí.

–¿Y qué hiciste entonces?

–Me levanté soltando una exclamación, y ella, sonriendo, se llevó un dedo a los labios, claramente a modo de advertencia, pero con una especie de dignidad delicada. Yo sabía que ese gesto quería decir silencio, pero lo extraño fue que pareció explicarla y justificarla inmediatamente. El caso es que estuvimos así, frente a frente, durante un tiempo que, como ya te he dicho, no puedo calcular. Como tú y yo estamos ahora.

–¿Simplemente mirándose de hito en hito?

Protestó impaciente.

–¡Es que no estamos mirándonos de hito en hito!

–No, porque estamos hablando.

–También hablamos ella y yo..., en cierto modo –se perdió en el recuerdo–. Fue tan cordial como esto.

Tuve en la punta de la lengua preguntarle si esto era muy cordial, pero en lugar de eso le señalé que lo que evidentemente habían hecho era contemplarse con mutua admiración. Después le pregunté si el reconocerla había sido inmediato.

–No del todo –repuso–, porque por supuesto no la esperaba; pero mucho antes de que se fuera comprendí quién era..., quién podía ser únicamente.

Medité un poco.

–¿Y al final cómo se fue?

–Lo mismo que había venido. Tenía detrás la puerta abierta y se marchó.

–¿Deprisa..., despacio?

–Más bien deprisa. Pero volviendo la vista atrás –sonrió para añadir–. Yo la dejé marchar, porque sabía perfectamente que tenía que acatar su voluntad.

Fui consciente de exhalar un suspiro largo y vago. –Bueno, pues ahora te toca acatar la mía..., y dejarme marchar a mí.

Ante eso volvió a mi lado, deteniéndome y persuadiéndome, declarando con la galantería de rigor que lo mío era muy distinto. Yo habría dado cualquier cosa por poder preguntarle si la había tocado pero las palabras se negaban a formarse: sabía hasta el último acento lo horrendas y vulgares que resultarían. Dije otra cosa –no recuerdo exactamente qué; algo débilmente tortuoso y dirigido, con harta ruindad, a hacer que me lo dijera sin yo preguntarle. Pero no me lo dijo; no hizo sino repetir, como por un barrunto de que sería decoroso tranquilizarme y consolarme, la sustancia de su declaración de unos momentos antes –la aseveración de que ella era en verdad exquisita, como yo había repetido tantas veces, pero que yo era su «verdadera» amiga y la persona a la que querría siempre–. Esto me llevó a reafirmar, en el espíritu de mi réplica anterior, que por lo menos yo tenía el mérito de estar viva; lo que a su vez volvió a arrancar de él aquel chispazo de contradicción que me daba miedo.

–¡Pero si estaba viva! ¡Viva, Viva!

–¡Estaba muerta, muerta! –afirmé yo con una energía, con una determinación de que fuera así, que ahora al recordarla me resulta casi grotesca. Pero el sonido de la palabra dicha me llenó súbitamente de horror, y toda la emoción natural que su significado podría haber evocado en otras condiciones se juntó y desbordó torrencialmente. Sentí como un peso que un gran afecto se había extinguido, y cuánto la había querido yo y cuánto había confiado en ella. Tuve una visión, al mismo tiempo, de la solitaria belleza de su fin.

–¡Se ha ido..., se nos ha ido para siempre! –sollocé.

–Eso exactamente es lo que yo siento –exclamó él, hablando con dulzura extremada y apretándome, consolador, contra sí–. Se ha ido; se nos ha ido para siempre: así que ¿qué importa ya? –se inclinó sobre mí, y cuando su rostro hubo tocado el mío apenas supe si lo que lo humedecían era mis lágrimas o las suyas.

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