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Antonio de Hoyos y Vinent en AlbaLearning

Antonio de Hoyos y Vinent

"Eucaristía"

Biografía de Antonio de Hoyos y Vinent en Wikipedia

 
 
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Eucaristía

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Genuflexos ante el altar del Santo Gonzaga, oraban en la gloria de la mañana de Mayo, bañados en policroma fanfarria de luz con que el sol, filtrándose al través de las historiadas vidrieras, inundaba la capilla. En la iglesia, de ese risueño gótico todo blanco y oro, típico de la moderna devoción francesa, la Santa Virgen María fulguraba envuelta en un nimbo de llamas; la cabeza de la Imagen se inclinaba ambigua, sin que pudiese saberse si era fatigada por el peso de la corona empedrada de diamantes y zafiros, los heráldicos gules, símbolo del amor y de la alegría celestiales, o en un gesto amable de gran dama, recibiendo un homenaje, y mientras sostenía con una mano a un Jesús mofletudo, recogía con la otra su manto de rara magnificencia zodiacal; a sus pies, la imagen andrógina del franco príncipe Luis el Santo alzaba hacia la bóveda tachonada de luceros los ojos pintados de azul. En búcaros de irisado vidrio, azucenas litúrgicas erguían sus tallos y abrían el virginal enigma de sus flores, mientras a entrambos lados del altar descendía como por la escala de Jacob, angélica procesión de concertantes.

Arrodillados en sus reclinatorios Juan y Jesús, oraban en espera de la reconciliación con que sus almas puras hallaríanse dignas de recibir la visita de Dios hecho Hombre. Cruzados los bracitos lazados de blanco sobre el pecho, levantadas hacia la Imagen las cabezas donde aún no anidara el ave siniestra de un mal pensamiento, eran las preces que aleteaban en sus labios como cándidas palomas que, dejando el nido, volaban hacia el trono de Dios.

Rubio, pálido, de doradas crenchas y pupilas de cielo, Jesús; moreno, de rasgados ojos de sombra y ensortijados bucles, Juan—Murillo y Rafael—; a la endeble elegancia de fin de raza del primero oponía el segundo la viril petulancia ingenua de sus doce años. Y sus figuras eran trasunto fiel de sus almas, toda ternura, temor y melancolía la de Jesús; toda resolución, apasionamiento y valor, la de Juan.

Huérfano, rico, noble, enfermizo, confinado por egoísmo de sus tutores en aquel colegio, Jesús había hallado su defensor en las luchas de educandos en la adolescente energía de Juan, secundón de noble familia provinciana. Eran inseparables los dos amigos; fraternal afecto les unía, y la vida deslizábase para ellos feliz, igual, monótona, llena por su cariño que les ayudaba a sobrellevar las contrariedades del encierro, compartiendo estudios, recreos, devociones, venciendo Jesús la hostilidad de sus compañeros, gracias a la victoriosa y audaz simpatía de Juan, benévolos a las travesuras de éste los maestros ante la intercesión del primero. Así, al volar del tiempo, llegó insensiblemente el día deseado con fervor de acercarse a la Sagrada Mesa.

Un débil llamamiento del Padre sacó a Jesús de su devoto rezar y llevóle a los pies del confesonario; el negro manteo abrióse como dos alas inmensas, aprisionando al Inocente. La mano enjuta, descarnada, dorada de tabaco, posóse en la áurea guedeja, y la voz pastosa, tras breve musitar de oraciones, comenzó las preguntas de rúbrica:

—¿A ver, hijo, si recuerdas algún otro pecadillo?... Piensa que Dios Nuestro Señor, que murió por nosotros, te hace hoy la gran merced de venir a ti.

Tras un instante, la voz pura negó:

—No, Padre.

—A ver—insistió el cura—; piensa bien... Alguna mentirilla.... Alguna falta de respeto.

—No recuerdo, Padre—tornó a replicar.

El confesor se detuvo y miró al niño. La divina claridad que emanaba de sus ojos, ojos color de cielo, irradiaba sobre el rostro cándido, prestándole un aura de luz.

—¿Papás no tienes, verdad, hijo mío?

—No, Padre.

—¿Hermanitos?—interrogó nuevamente.

—Tampoco.

Calló el presbítero de nuevo. Vacilaba; aquel candor que lucía en el rostro le imponía respeto. Sin embargo, siguió:

-¿Amigos?... ¿Algún amigo a quien quieres mucho?

Con espontaneidad entusiasta, y replicó vivaz:

—Sí, Padre, uno a quien quiero mucho, John. Es como un hermano.

Los ojos, sagaces, grises, fríos, cortantes como navajas, escudriñaron en la carne del penitente como si quisiesen leer hasta el fondo de su alma. Reflejaba inocencia tal, que el sacerdote vaciló. ¿Seríale permitido sondear abismos que tal vez no existían? La pregunta infame detúvose en sus labios un instante, y, al fin, la formuló velada.

El niño, con los ojos muy abiertos, llenos de temor y asombro, denegó enérgico con la cabecita de querube, apretando los labios para no sollozar e inclinando la frente para recibir el exorcismo de aquella cruz que borraría el pecado, pero no retornaría el candor perdido.

Nuevamente arrodillado ante el altar, esperaba el supremo instante. De lo alto de la bóveda, el órgano dejaba caer sus notas graves, armoniosas: un coro de voces entonaban un hosanna a la gloria del Hacedor, y el sol rutilaba en los dorados y espolvoreaba con el iris de sus rayos el recinto santo. Ante el eucarístico misterio, hasta una docena de niños arrodillados, hacían ofrenda de sus vidas. Eran los unos, frescos y rosados como plebeyos frutos; eran los otros, pálidos y elegantes como infantes de legendario país de ensueño. El oficiante, revestido con fastuosa magnificencia, avanzó hacia ellos, sosteniendo en una mano el cáliz de oro incrustado de piedras preciosas, y en la otra la Hostia, Cuerpo de un Dios, mientras sus labios murmuraban las preces litúrgicas.

Juan y Jesús habían dejado caer su cabeza entre las manos, y, arrobados, daban gracias por la alta merced. Pero tal vez la paz había huído de sus almas, y algo que no era santo conturbaba su espíritu, porque hay revelaciones que, a semejanza de ciertos trágicos males, con su contacto mancillan una vida entera.

Acabó la misa y fueron a reunirse todos, alegres, locuaces, risueños, con los suyos, que les aguardaban en las grandes salas del colegio.

Había explosiones de maternal cariño que estallaban en besos, mimos y caricias. Los niños brincaban alegres en un florecer magnífico de ensueños y sonreían confiados en el umbral de la vida. Sólo Juan y Jesús yacían abandonados sin los brazos de una madre que les brindasen su refugio. Jesús, doliente, contemplaba el espectáculo de la alegría ajena. Juan, más resuelto, le brindó, en un gesto afectuosamente fraternal, sus brazos.

Pero Jesús, por primera vez, le rechazó, e incapaz de resistir más, refugióse a llorar en un rincón.

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