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Alfonso Hernández Catá en AlbaLearning

E.T.A. Hoffmann

"El violín de Cremona"

Capítulo 4

Biografía de E.T.A. Hoffmann en Wikipedia

 
 

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Música: Chopin - Op.34 no.2, Waltz in A minor
 

El violín de Cremona

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Afortunado en el juego
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El violín de Cremona
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IV

Hacía unos dos años que me había establecido en B..... cuando emprendí un viaje por el Mediodía de Alemania. Al caer de la tarde de un día, vi destacarse entre el purpúreo crepúsculo las torres de la ciudad de H..,.. y a medida que me iba acercando, se apoderaba de mí un penoso sentimiento de ansiedad: y como se me puso un peso en el pecho, que me ahogaba, tuve precisión de apearme del coche para respirar el aire libre. Pronto, no obstante, el abatimiento moral convirtióse en dolor físico, pareciéndome que el aire me traía los acentos de un solemne canto. Hiciéronse los sonidos cada vez más perceptibles y no tardé en notar que era aquello un sagrado cántico.

—¿Qué será?—exclamé con tono dolorido.

—¿No lo estáis viendo?—díjome el postillón: es que en el cementerio de allá bajo entierran a alguien.

En efecto, teníamos un cementerio a la vista, y distinguí perfectamente en él a varios hombres enlutados formando corro en torno de una hoya. Se me vinieron las lágrimas a los ojos y me pareció que allí estaban enterrando todos los goces y felicidades de mi existencia. Bajé la colina, perdí la vista de! cementerio, cesaron los cantos y junto a las puertas de la ciudad encontré a una comitiva que volvía del entierro. El profesor, llevando al lado a su sobrina, pasó junto a mí sin notarme siquiera: ésta se enjugaba los ojos con un pañuelo, y sollozaba amargamente.

Desde entonces no pude resolverme a entrar en la ciudad, envié al criado con el coche a la posada, y empecé a recorrer aquellos sitios que me eran tan conocidos, deseoso de recobrarme de una emoción dolorosa, la cual provenía quizás de las fatigas del viaje o de otra causa física cualquiera. Al llegar a una avenida que conducía a unos jardines públicos, presencié un espectáculo extraordinario. El consejero Crespel, conducido por dos hombres enlutados, de quienes quería huir dando extraordinarios saltos, llevaba su acostumbrado traje pardo, de extraña hechura, un sombrero tricornio descansando marcialmente sobre la oreja izquierda, del cual pendía una enorme gasa que flotaba a merced del viento, y el negro cinturón del que colgaba en vez de espada un arco de violín. Un súbito escalofrío que me sobrecogió al verle, hizo estremecer todos mis miembros:

—¡Si se habrá vuelto loco!—dije para mí, siguiéndole lentamente. Sus acompañantes dejáronlo en su casa, donde él les despidió abrazándoles y riendo a carcajadas. Libre de ellos, fijó en mí sus miradas, y después de contemplarme un rato de hito en hito, díjome con voz apagada:

—Sed muy bienvenido, señor estudiante: comprenderéis sin duda que....

Y sin continuar su idea me cogió del brazo y me condujo al aposento en que tenía colgados sus violines, todos los cuales se hallaban cubiertos de un negro crespón: sólo el interesante violín de Cremona había sido sustituido por una corona de fúnebre ciprés. Entonces comprendí lo que había pasado.

—¡Antonia! ¡Antonia!—exclamé con desesperación. El consejero permaneció inmóvil a mi lado, con los brazos cruzados, y cuando señalé con el dedo la fúnebre corona, me dijo con solemnidad:

—Al morir la pobre, rompióse el arco y saltó hecha trizas el alma de ese violín. El fiel instrumento sólo podía vivir con ella: por esto está sepultado en su misma tumba.

Profundamente conmovido cal en un sillón, y el consejero entonó con voz ronca una canción alegre: era un espectáculo doloroso el verle al mismo tiempo saltar a pie juntillas, mientras la gasa de su sombrero rozaba, siguiéndole en sus movimientos, todos los violines, suspendidos en la pared. Escapóse de mis labios un grito de espanto, cuando en una rápida vuelta que dio el consejero, cayó el crespón sobre mi cara, pues me hizo la impresión de que iba a envolverme entre los fúnebres velos de la locura. Crespel paró en seco de bailar, y cuadrándoseme delante, exclamó:

—¡Muchacho, muchacho! ¿Por qué gritas de este modo? ¿Se te ha aparecido acaso el ángel de la muerte, que preside siempre, las ceremonias de esta especie?

Adelantóse en seguida hasta el centro del aposento, cogió el arco de violín que llevaba pendiente del cinto, lo levantó con entrambas manos por encima de su cabeza y lo rompió con tanta fuerza que saltó en astillas. El consejero soltó una carcajada y exclamó con voz fuerte:

—Ahora que acaba de romperse la varilla mágica ¿no es cierto que soy libre, completamente libre?..... ¡Si! ¡Viva la libertad! ¡No más violines! ¡Se acabaron los violines!

Y con un tono todavía más terrible púsose a cantar nuevamente una risueña melodía, corriendo y saltando de nuevo a pie juntillas. Esta escena me llenaba de espanto, por lo que hice ademán de huir; empero agarrándome por el brazo, me dijo con la mayor tranquilidad:

—No os mováis, por Dios, señor estudiante, y no toméis por locura la explosión del dolor que me asesina; pues todo esto me sucede, porque últimamente mandé que me hicieran una bata con la cual quería aparentar ser yo el destino, el mismo Dios.

Y así continuó soltando toda suerte de despropósitos, hasta que por fin cayó rendido y sin conocimiento. Llamé a la vieja criada, y al salir de aquella casa me pareció que respiraba.

No me cabía duda alguna de que Crespel se ha.bía vuelto loco; no obstante, el profesor sostenía lo contrario, diciendo:

—Existen ciertos hombres a quienes la naturaleza o una circunstancia particular cualquiera les despojan del velo, bajo el cual nosotros cometemos locuras, sin que se nos adviertan, y se parecen a esos insectos a través de cuya transparente piel se descubre todo el juego de sus músculos. Lo que en nosotros permanece en el fondo del pensamiento, se traduce en acción en Crespel, quien con las contorsiones de su extravagante bailoteo expresa tan sólo la amarga ironía que le inspira la suerte que tantas veces se ha burlado de él en este mundo; pero precisamente en esto estriba su salvación, pues sabe devolver a la tierra lo que de la tierra proviene, guardando intacto lo que reconoce un principio divino. Por esto no dudéis de que aun en medio de sus ruidosas locuras, ha conservado siempre el principio de sí mismo. A pesar de que la muerte repentina de Antonia le ha postrado, apuesto a que mañana mismo habrá recobrado ya sus antiguos hábitos.

Efectivamente: al pie de la letra pasó la predicción del profesor; el consejero reapareció al día siguiente, cual si nada le hubiese pasado: únicamente declaró que no haría más violines, ni tocaría nunca más este instrumento.

Más tarde supe que había cumplido su palabra.

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