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Alfonso Hernández Catá en AlbaLearning

E.T.A. Hoffmann

"El maestro Martín y sus mancebos"

Capítulo 5

Biografía de E.T.A. Hoffmann en Wikipedia

 
 

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Música: Clementi - Sonatina Op.36 No.1 in C major - 2: Andante
 

El maestro Martín y sus mancebos

OBRAS DEL AUTOR
Cuentos fantásticos
Afortunado en el juego
El hombre de arena
El maestro Martín y sus mancebos
El violín de Cremona
Historia de fantasmas
 

ESCRITORES ALEMANES

Arthur Schopenhauer
Christoph von Schmid
E.T.A. Hoffmann
Friedich Schiller
Gottfried Wilheim Leibniz
Hanns Heinz Ewers
Hermann Hesse
Hermanos Grimm
Johann Wolfgang von Goethe
Richard Volkmann
Thomas Mann

 

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V

En el verde césped de una colina, y a la sombra de gigantescos árboles, hallábase recostado un joven jornalero, de simpático aspecto, llamado Federico. Tocaba el sol a su ocaso, y allá en el horizonte resaltando sobre el purpúreo crepúsculo, extendíase sentada en una vasta llanura la imperial ciudad de Nuremberg, con las flechas de sus soberbios campanarios, doradas a los fuegos del poniente. Apoyándose en su saco de viaje, el joven mancebo paseaba sus miradas por el valle: cogió después algunas flores de las que esmaltaban el césped y arrojó sus hojas al aire: vagaron de nuevo sus miradas por el horizonte y brillaron algunas lágrimas en sus ojos. Levantó por último la cabeza, abrió los brazos como para ceñir a una adorada imagen y luego cantó con armónico acento:

«Al fin vuelvo a tu seno, patria mía: A pesar de la ausencia, no por eso mi corazón te abandonó.

»Brillad, purpúreo destello y dulce flor del amor, que con vosotros mi ardiente corazón ansia lanzarse a un sitio de delicias las más puras, sin sucumbir al dolor ni al gozo.

»Y tú, mágico rayo del dorado crepúsculo, sé fiel mensajero y transmite a mi adorada mis lágrimas y suspiros.

»Y si muero y te pregunta qué ha sido de mí, dile:—Su corazón no late: el amor le ha muerto».

Después de haber cantado, sacó de su mochila un pedacito de cera, lo ablandó entre sus dedos y empezó a modelar una preciosa rosa, con todos sus delicados pétalos. Iba murmurando todavía algunas estancias de la canción, y atareado y absorto en sus ideas no percibió a otro joven que, parado a su espalda, hacía ya un buen rato que examinaba su trabajo.

—¡Hola, amigo!—dijo éste por fin,—¿sabéis que acabáis de hacer una obra artística admirable?

Federico levantó la vista con sorpresa; pero leyendo algo expresivo y amistoso en la del interpelante, se le figuró que era un conocido de toda su vida, y le contestó sonriendo:—¡Oh, caballero! ¿Cómo podéis hacer caso de esa bagatela, que no pasa de un entretenimiento de viaje?

—¡Bagatela!—repuso su interpelante.—¡Bagatela una flor como ésta, que envidiaría la misma naturaleza! Para llamarla así preciso que seáis un consumado artista, y os debo por lo tanto una doble satisfacción, pues en un principio vuestro canto me conmovió, y ahora como a escultor acabáis de admirarme. ¿Puedo preguntaros a dónde pensáis dirigiros?

—El término de mi viaje,—repuso Federico,—está ahí, a nuestra vista: vuelvo a mi país natal, la célebre ciudad de Nuremberg, empero como el sol ha llegado a su ocaso, pienso pasar la noche en la vecina aldea. Mañana, con el alba proseguiré mí camino, para llegar antes del mediodía a la ciudad.

—¡Bravo!—exclamó el desconocido palmoteando con alegría:—ambos llevamos la misma dirección, pues yo también voy a Nuremberg; pasaremos la noche juntos y juntos seguiremos hasta la ciudad. Vaya, pues, prosigamos la interrumpida conversación.

El desconocido, llamado Reinoldo, sentóse en la hierba junto a Federico y continuó diciendo:—Mucho me engaño o sois un hábil fundidor: por lo que acabo de ver, seguramente labraréis oro o plata.

Federico bajó los ojos con tristeza, y contestó con humildad:—¡Caballero! no merezco tan alta opinión: debo confesaros francamente que mi oficio es el de simple tonelero, y que voy a Nuremberg trabajar en casa de un reputado maestro. Quizás vais a retirarme vuestro aprecio, al saber que en vez de cincelar y fundir soberbias estatuas, todo mi arte se reduce a poner aros en cubas y toneles.

Reinoldo soltó a estas palabras una exponte nea carcajada, exclamando:—¡Tiene gracia el caso! ¡Podría despreciaros porque sois tonelero!... ¿Y qué diríais, si supierais que yo también lo soy?

Federico le miró un rato con fijeza y casi con desconfianza, pues ni el porte ni los modales de Reinoldo se parecían en nada a los de un mancebo tonelero, yendo de viaje. Su jubón de paño negro de admirable finura, festoneado de rico terciopelo, su elegante gorguera, su corta y ancha espada y su gorra en la cual se mecía una prolongada pluma, le daban todo el aíre de un rico mercader, y sin embargo, sus facciones y toda su persona, bien consideradas, tenían un no sé qué, que desmentía semejante suposición.

Reinoldo notó las dudas de Federico y sacó de su maleta el mandil de cuero y algunas herramientas del oficio, diciéndole:—Mira, pues, Amigo... ¿Lo ves? ¿Dudarás todavía de tu camarada? Comprendo que mi traje te sorprenda; pero vengo de Estrasburgo y allí no hay tonelero que no vista como un noble. Te confesaré que en otro tiempo también como tú, había pensado en seguir otra carrera; pero ahora el oficio ¿Acaso no te sucede lo mismo, camarada? Pero parece que una nube sombría ha venido a oscurecer los rayos del claro sol de tu juventud y a turbar la luz de tus miradas. La canción que entonabas poco ha exhalaba dolorosos deseos, sus acordes han penetrado en mí alma, y me parece que adivino lo que pasa en la tuya. Esta es una razón de más para que puedas confiarte a mí, pues en Nuremberg vamos a vivir como camaradas, ¿verdad, mi buen amigo?—dijo enlazándole por la cintura y mirándole con aire amistoso.

Federico le contestó:—Cuanto ni más te contemplo más simpatizo contigo, pues tu voz resuena en mi pecho como el eco de la de un espíritu protector. Voy, pues, a contártelo todo, no porque un pobre muchacho como yo tenga secretos, sino porque veo que mis dolores encuentran en ti un amigo generoso, pues desde que te vi, te miro como a un hermano. Soy, conforme te he dicho antes, tonelero, y me atrevo a vanagloriarme de conocer bastante mi oficio; pero ya en mi infancia me sentía inclinado a un arte superior; envidiando la gloria de los escultores y artífices en plata, tales como Pedro Fischer y el italiano Benvenuto Cellini. Trabajaba con ardor en casa de Juan Holzschuer, el mejor cincelador del país, quien sin hallarse por esto en estado de esculpir, me daba excelentes lecciones. En su casa veía a menudo a Tobías Martín, maestro tonelero, y a su hija la encantadora Rosa, y sin darme cuenta me enamoré de ella. Salí de Nuremberg y me fui a Augsburgo, deseoso de perfeccionarme en el arte que profesaba; pero entonces cabalmente fue cuando prendió en mí el fuego del amor: no oía, ni veía más que a Rosa, ni pensaba en otra cosa que en los medios de hacerla mía. Adopté por fin el único que podía llevarme a esta felicidad. Sabía que su padre no concederla su mano más que al tonelero que, mereciendo el aprecio de la hermosa niña, construyera en sus talleres la obra de maestro. Abandoné pues, mi primitiva profesión y aprendí el oficio del maestro Martín, y ahora voy a casa de éste; pero al pisar el suelo natal, al aparecerse ante mis ojos la risueña imagen de mi adorada, el temor, la turbación y la ansiedad embarcan mi ánimo, y más que nunca siento lo insensato de mi empresa, pues ignoro aun si Rosa me corresponde, y si nunca llegará a amarme.

Reinoldo escuchó esta historia con creciente interés: al terminar su amigo, inclinó la cabeza y llevando la mano a los ojos, le preguntó con voz apagada:—¿Rosa te ha dado alguna prueba de amor?

—Por mi desgracia,—contestó Federico,—Rosa era una niña cuando salí de Nuremberg: sé que no la disgustaba, y hasta me sonreía cuando cogía flores en el jardín de Holzschner, para tejerle guirnaldas, pero...

—Así no se ha perdido la esperanza,—exclamó Reinoldo con transporte y acento tan impetuoso, que Federico le contempló atontado. Al decir estas palabras se puso en píe, resonó su espada y los opacos resplandores de la noche, prestaron a su, poco antes, dulce fisonomía, una expresión siniestra.

—¿Qué te sucede?—le preguntó el angustiado Federico, poniéndose también en pie, mientras retrocediendo algunos pasos y tropezando con la maleta de Reinoldo, oíase resonar un instrumento de cuerda.—¡Cuidado con mi laúd, bárbaro!—gritó Reinoldo.

El instrumento estaba atado en la maleta: Reinoldo lo tomó y pulsó las cuerdas con tanta violencia, que se hubiera dicho quería hacerlas trizas; pero el tañido se hizo al poco rato dulce y melódico.

—¡Vamos, hermano mío!—exclamó por fin,—bajemos a la aldea, que tengo entre mis manos un buen remedio para alejar a los malos espíritus que pudiéramos encontrar, que debo yo temer más que tú.

—¿Qué tienen que ver con nosotros los espíritus malignos?—repuso Federico—Al oírte tocar, experimento un indecible encanto: ¡prosigue!

Parpadeaban las estrellas en la azulada bóveda: murmuraba la brisa nocturna en el perfumado valle, y el rumor de los arroyos mezclábase al de las agitadas copas de los árboles. Los dos mancebos bajaron la colina, Reinoldo tocando, cantando Federico y sus apasionados acordes se los llevaba el viento. Llegados a la posada, el primero se desembarazó de maleta e instrumento, y abrazó a Federico, que sintió humedecidas sus mejillas con las ardientes lágrimas de su joven camarada.

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