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Lafcadio Hearn en AlbaLearning

Lafcadio Hearn

"El secreto"

Biografía de Lafcadio Hearn en Wikipedia

 
 
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El secreto
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Heinlopo, como es sabido, es un importante puerto en la caza y empaque de camarones, y Greco era dueño de varios barcos, cada uno con dos redes amplias y resistentes. Contrataba jornaleros que salían en la madrugada a pescar y regresaban al atardecer para arrejuntar en cubetas los camarones y limpiar las redes. Greco tenía una hija, Blimunda. Puesto que era bella e inteligente, consiguió que su padre la inscribiera en un convento de la ciudad de Hualusco. Ahí pasó siete años, educándose y haciéndose señorita. Al regresar a Heinlopo era tal su reputación, que todo buen mozo la codiciaba. Greco arregló un matrimonio con el hijo de un socio suyo, Lafcadio Reyes. Blimunda aprendió a amar a Lafcadio, vivió con él otros siete años, y tuvieron un hijo. Pero cuando éste tenía tres o cuatro años de edad, Blimunda enfermó de fiebre pulmonar y murió.

La noche en que velaban el cadáver, el hijo de la difunta entró corriendo a la estancia donde se congregaban los lamentantes y dijo: "Algo extraño está pasando cerca de las redes, detrás de la casa. Mamá está ahí, mirando”. Todos pensaron que el niño se había vuelto loco o que había visto a un coyote. Salieron corriendo y en efecto, Blimunda estaba recargada contra un muro decrépito, agrietado. Tenía una túnica blanca y hermosa que flotaba en las olas del aire y sus ojos apuntaban fijos a un lugar indiscriminado del suelo.

La gente se asustó. Nunca habían visto un fantasma. El cuerpo de Blimunda descansaba, amortajado, en un ataúd dentro de la casa, pero Blimunda, su alma, estaba ahí, afuera, absorta, ensimismada.

Greco, que ya para entonces era un anciano, muy a su pesar intentó ahuyentarla a palos. Nada, la muerta seguía impávida. Los vecinos, conmovidos por la noticia, llegaron al sitio y no pudieron creer lo que veían. Uno le arrojó piedras que la traspasaban sin golpearla. Otro sacó un crucifijo y envalentonado, lo usaba como escudo mientras bisbiseaba para ver que se fuera, como se hace con un lobo o con un castor.

Al día siguiente enterraron el cuerpo en un cementerio a quince kilómetros, en el Valle del Conejo. Creyeron que alejándolo de Heinlopo alejarían también al fantasma. Pero Blimunda seguía mirando, recargada.

Dos reacciones emergieron: entre los vecinos los hubo que del pavor abandonaron Heinlopo y se fueron rumbo a la capital. Argumentaban que un fantasma traería más fantasmas y que Blimunda sólo era el principio de una larga cadena. Para ellos los lugares poseídos una vez quedaban satanizados para siempre. Del lado contrario, los parientes y amigos de Blimunda trataban a su fantasma con naturalidad. No se acercaban demasiado a ella porque notaban cierto nerviosismo, pero salían a pescar igual, despreocupados, concienzudos de que un fantasma puede general pavor pero no debe quitarle a la gente el pan de la boca. Los niños, el hijo de Blimunda y Lafcadio Reyes entre ellos, lloraban cuando veían aquel espectáculo, aunque lo vieran diez, veinte, cien veces. Mientras, Blimunda seguía, día y noche, recargada en el muro, con la vista en el suelo.

Llegaron cabalistas, magos, terapeutas y sacerdotes. Llegó también un par de políticos desde Paranagua al enterarse que el pavor almacenado motivaba a los pueblerinos a dejar, pausada aunque irrevocablemente, las playas de Heinlopo. Cuando yo llegué, Lafcadio me contó la historia. Mi corazón se estremeció al enterarme, tras tantos años de ausencia, que mi querida prima había fallecido. Lloré. Salí luego a ver al fantasma. Era joven, fresca, su cabello suelto sin ley; la túnica absorbía la luz de la luna y el sol. Sus ojos fijos proyectaban aún su inteligencia. “¿Qué dijo antes de morir?” pregunté. Nada, fue la respuesta. Había murmurado un par de sílabas pero la fiebre y los temblores físicos las habían borrado. '“Debe estar nerviosa”, añadí. Subí a su recámara. Lafcadio había removido todos los utensilios, ropa, fotografías o enseres que le recordaran a Blimunda; la había borrado. Observé el cuarto de abajo arriba. Luego penetré en las otras habitaciones y closets. Buscaba algo, no sabía qué. Encontré tarjetas postales antiguas, pijamas de dormir de mi tío Baltazar usadas durante su estadía en Texas. Descubrí redes que ya no se usaban, trofeos y medallas condecorativas.

Al salir, vi que el fantasma de Blimunda no estaba donde siempre. La pared estaba vacía, aunque un resplandor fosforescente seguía allí. Di la vuelta. Uno de los barcos no estaba varado. Miré al océano. Blimunda había echado los remos y estaba sentada en el barco, mirándome desde altamar. "¿Qué esperas?” le grité. Aunque lejana, pude ver que sonreía. Una tormenta amenazaba a lo alto. Volví a observar el fantasma de mi prima y después regresé a casa de Lafcadio y me eché a dormir.

La vi otra vez estaba recargada contra el muro el día siguiente, sus ojos en ángulo recto con el suelo. El resplandor se había desvanecido. Apenas era posible ver a Blimunda y un incrédulo no hubiera podido confirmar que, en efecto, en esa esquina, junto a las redes, estaba posado un fantasma. Su sonrisa tersa, relajada, la hacía un ente agradable. Llegué hasta Blimunda y por intuición comencé a rascar el muro y a escarbar la tierra. Rompí la corteza de cal. Hice un agujero. Me dolían las manos mientras en el trasfondo oía suave, cristalina, su risa. Tras mucho escarbar, toqué fondo. Bajo la tierra se escondía un cofre. Levanté la mirada y noté que Blimunda temblaba. Entonces lo enterré de nuevo porque supe que de día no se desvelan secretos. Sin más, me quité los pantalones y la camisa y me metí al océano a nadar. Nadé por tres horas o más. Luego me fui a casa a dormir.

Me desperté a media noche. Se me había escapado el sueño. Me levanté y sin saber por qué, fui al cuarto de Lafcadio y me despedí. Apenas se dio cuenta que yo le decía adiós. Hice lo mismo con el niño. Luego regresé a mi habitación, empaqué mis cosas, fui al cuarto de redes por unos fósforos y salí. Blimunda caminaba detrás de mí.

Lo arrumbé todo cerca del muro descascarado y proseguí a desenterrar el cofre. Lo abrí. Contenía una libreta de apuntes, un reloj pulsera con un moño desintegrándose de viejo, un amuleto y dos cartas. “Puedes irte tranquila”, le dije a mi prima, “nadie leerá el contenido de estas cartas y de este cuaderno... mas que yo”. Blimunda abrió la boca como queriendo decir algo pero no lo logró. Leí el material. Hermoso, auténtico. Eran las cartas y el diario de una pasión amorosa imposible y fatídica. Blimunda ya estaba en la playa en una lancha, esperándome. Fui hacia ella, me subí y navegamos rumbo a ninguna parte, pero lejos. Encendí un fósforo y quemé el material. Encerré las cenizas en el cofre y lo eché al mar. Vi como su sombra se sumergía y se iba perdiendo. Estaba hipnotizado por las burbujas que emergían. Al levantar la mirada, descubrí que Blimunda ya no estaba. Se había desvanecido, ella y su resplandor.

Hubiera podido viajar en esa misma lancha hasta Japón, pero no lo hice. Regresé y caminé por la playa. Caminé hasta convertirme, para Heinlopo, en un punto más del naciente horizonte.

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