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Alfonso Hernández Catá en AlbaLearning

Alfonso Hernández Catá

"El padre Rosell"

Cuentos pasionales

Biografía de Alfonso Hernández Catá en AlbaLearning

 
 

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Música: Falla - El Sombrero de Tres Picos - 4: Danse du Corregidor
 

El padre Rosell

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Hoy, cuando ya veo terriblemente cerca las fronteras de la senectud, viene a mi recuerdo este episodio que cambió la orientación de mi vida trazada por mi madre. No contaría dieciocho años cuando fui expulsado del Seminario; me faltaban cuatro para ordenarme, y era de los más aventajados latinistas: lo probé traduciendo a Cicerón y a Plinio. ¿Cómo nació en mí el anhelo de la vida sacerdotal? Lo ignoro. Tal vez mi exuberante fantasía — esta fantasía cultivada luego en la carrera literaria— fuese culpable; quizás el esplendor solemne de las ceremonias litúrgicas y el silencio, contrastando con las turbulencias de la vida infantil, guiase mi espíritu a una introspección, tras la cual juzgueme místico y asceta. Después de mucho rememorar, hago punto de partida de esta evolución al día que por el obispo de Santiago de Cuba me fue confirmada la gracia bautismal. Mi padrino era notario de la curia y gran amigo de Su Ilustrísima. Fuimos al palacio, en cuyo oratorio verificóse la ceremonia. Luego el señor obispo me obsequió: pastas y licor, un licor muy suave. Sobre sus rodillas yo estuve anonadado largo tiempo. Platicaba con el padrino mientras me acariciaba distraídamente. Yo permanecía silencioso, suspenso el ánimo, sin atreverme a mover los pies, calzados con zapatitos nuevos. Mi vista, resbalando por la amplitud de su sotana morada y grave, llenaba mi espíritu de una admiración donde había algo de intranquilidad. Cuando salimos, el señor obispo me impuso una medalla bendita, avalorándola con buenos consejos: «Debía obedecer a mi madre; seguir el ejemplo del padrino. »Desde entonces, soñé muchas veces con el obispo; unas, me aparecía revestido de sus ornamentos, la mitra, concluyendo su alta figura refulgente; pero las más — aun siendo hombre, he soñado con él una vez— envuelto en la sotana morada, retrepado en el sillón rojo, sobre cuya púrpura profunda era nota grata el albor de su cabellera.

Rebuscando en un cofrecillo, que guardaba menudos objetos, magnificados por el poder evocador de pretéritos instantes de mi vida, he hallado, cuidadosamente doblada, una cuartilla de papel. Al leerla, se ha avivado, hasta precisarse en mi imaginación, todo el extraño incidente que voy a narrar. Sin él quizás fuese yo hoy obispo, y la majestad de mi sotana obsesión de algún visionario. ¡Cuán poco es suficiente para desorientar nuestro destino! Muchas veces, en el transcurso de mi vida artística, pensé hacer al padre Rosell protagonista de una narración; el temor de falsear su espíritu, equívoco y complejo, me detuvo. Era un escrúpulo de conciencia inmerecido por él, artero y cruel en la venganza. El tiempo, perfecto tamizador de recuerdos, habrá borrado de mi memoria los detalles no interesantes, y la figura del padre Rosell surgirá ahora de mis páginas, como la veía yo en aquella época remota y feliz, que no volverá ..

El salón de estudio era una habitación cuadrangular muy espaciosa. En toda su longitud se alineaban paralelamente dos filas de pupitres, formando en el centro un callejón por el cual paseaba el vigilante. Estábamos colocados por secciones: los menores de catorce años ocupaban el ala izquierda y los mayores la derecha, alegrada por grandes ventanales que atalayaban el jardín, donde florecían rosas varias y algunos frutales, bajo la protección de un ciprés colosal y trágico. Desde el fondo de un cuadro, San Luis Gonzaga presidía con cierta languidez nuestros estudios. Llegada la Primavera ascendían del jardín efluvios fragantes: olor a tierra húmeda y a flores, que apartaba nuestra imaginación de los libros místicos.

Aquella tarde, el padre Rosell entró en el estudio demudado. Sobre la sotana percibíase el tremar de sus manos linfáticas y señoriles. Su voz meliflua pronunció con vibraciones de cólera mi nombre:

— ¡Sr. Celada!

Yo me alcé medroso, consciente de la causa de su indignación.

— Mire, padre...; yo no he pegado a Rey...; ha sido una broma... Se estaba burlando de mí.

Oculto tras él, Rey me acusaba entre sollozos:

— Me ha pegado, padre..., muchos, muchos golpes... La tienen tomada conmigo.

Aún traté de disculparme; pero su voz tremolada ordenóme salir de plantón. Ya afuera, me pellizcó, henchido de saña; un pellizco interminable y creciente, mientras decía:

— Han de escarmentar los mayores... ¡Camarilla de sucios!... Quien se atreva a tocar a un pequeño, sobre todo a Rey, habrá de vérselas conmigo.

Y salió del salón. El padre Rosell contaba pocos meses de antigüedad en el seminario. Desde el primer día atrajo su persona nuestra extrañeza; del conjunto, casi siempre desaliñado de los otros padres, destacábase su figura joven, tocada con elegante corrección.

En su sotana, levemente ceñida, jamás veíase el baldón de una mancha; al sentarse, bajo la urdimbre sutil de sus medias, insinuábanse las piernas impúberes; sobre sus zapatos, fulgían con perenne esplendor las plateadas hebillas; la tira del cuello mostrábala siempre impoluta; sus mejillas azuleaban todas las mañanas sin lograr dar envidia a la tonsura de su cabeza; y en un movimiento peculiar para rectificarse la curva de las cejas, con los dedos humedecidos, ponía algo de coquetería.

El Rector habíale anunciado como gran pedagogo: «Uno de los talentos más claros de nuestra santa Iglesia.» Y este concepto no era hipérbole: el P. Rosell se hizo en escaso tiempo e! más admirado de los profesores. Explicaba de modo magistral; la frase le obedecía pronta, y facilitaba la comprensión con ejemplos — hoy inquiero que algo sensuales — adueñándose de nuestro interés. Al narrar las vidas de santos, animábalas con incidentes pintorescos, y nunca su palabra era dura. Hasta cuando decía la epopeya sin sangre de aquellos sombríos penitentes cuyas vidas sublimadas por el cilicio, el flagelo y la abstinencia transcurrieron en la Tebaida, su plática dejaba en nuestros ánimos grata impresión; algo como un recuerdo color rosa.

Y era afable, excesivamente afable y solícito. Pero el hecho del cual nació nuestra antipatía hacia él vino a probarnos la imposibilidad de tener nada oculto a su azul mirada escrutadora. Frontera al Seminario, una huerta extendía su júbilo feraz, y algunos educandos mayores descubrimos que la hija del jardinero regaba las hortalizas al declinar la tarde. ¡Cuántas veces, ayudados por unos gemelos, perseguíamos la visión lozana y femenina, que desaparecía para aparecer de nuevo ondulándose, semejante a fruta madura y lujuriosa, entre los surcos! Declaramos la guerra al P. Rosell. Por única vez, se nos mostró sin hipocresía: solapado, astuto y desposeído de su fingida suavidad. Él, exorable para todo, tuvo acentos de indignación.

— ¡Indecentes... ateos...! ¡Daré parte al padre Rector... Mirar a una mujer... ¡¡Qué asco... qué asco!!

Nos odió y le odiamos desde entonces. Su penetración descubría siempre en nosotros faltas que castigar. Y sus castigos no eran violentos; no era un golpe, un capirotazo impulsivo, como los de aquel P. Juan, a quien por su contextura atlética y por su temperamento sanguíneo llamábamos «El toro»; eran refinados hijos de una malevolencia sabia, merced a la cual vulneraba los puntos más sensibles al dolor, en la vanidad y en el cuerpo.

Fue una guerra tenaz, mantenida en secreto por ambas partes beligerantes. Ninguno pudo sospecharla. Ante todos, él seguía siendo para nosotros afable y solícito. Al pasar lista sabía poner en nuestros nombres inflexiones cariñosas, pero su odio no perdonaba medios de zaherirnos. A nuestras miradas aparecíase exento de todo pecado. Y a pesar de esto, sospechábamos de él algo grave. ¡Oh, su astucia! ¡Con cuánta felina sagacidad nos hacía saber que no ignoraba nuestro acecho!

Al fin, Manolo Barés pudo descubrirle una falta: había levantado a un pequeño, advirtiéndole que nada dijese, el correctivo impuesto por otro padre. Le delatamos torpemente, y su habilidad hizo que fueramos castigados por acusadores.

Desde entonces odiamos también al pequeño. El padre Rosell velaba por su bienestar; Rey tuúvo la beca más flamante, el bonete más nuevo. Lo regalaba con golosinas delicadas. Nunca al pasar junto a él dejó de hacerle una caricia; a la hora del recreo hacíale subir a su celda y en ella estaban hasta el toque de clase. Y nosotros sospechábamos, sospechábamos, sin atrevernos a intentar nada. Por eso aquella tarde, en un acceso de ira, yo me levanté a pegar al pequeño.

Al salir de estudio nos juramentamos; era preciso tomar venganza. Cada cual expuso su proyecto.

— Debemos empujarle, al bajar al jardín.

— Debemos comprar un veneno.

— Debemos poner fuego a su celda.

— Debemos...

Se aprobó la idea de Barés, como menos difícil: la tarde que le correspondiese rezar los Ejercicios en la capilla, subiríamos al coro y, sigilosamente, dejaríamos, caer sobre él la férrea águila del facistol.

Y aguardamos llenos de impaciencia, el transcurso de la semana. Antes de decidirnos, nos juramentamos de nuevo, estrechándonos las manos con solemnidad: «Pagaríamos todos o ninguno.» Ascendimos descalzos la escalera. Ya en el coro, le divisamos indecisamente, sentado en el reclinatorio, colocado a exprofeso. En las altas vidrieras polícromas moría la tarde. Debajo albeaba la coronilla del condenado como un blanco difícil. Fue cuestión de varios segundos, tal vez de menos tiempo. Pusimos las manos en el facistol y realizamos un esfuerzo unánime...; ya estaba hecho. Primero, un chirrido agrio; luego, casi a la vez, un gran estrépito y un alarido penetrante; luego..., nada.

A la hora de la colación entró el padre Rosell ayudándose con muletas. Recogiéronle sin sentido mutilado horriblemete un pie: pero no quiso guardar cama. Al entrar, su mirada de acero clavóse en nosotros, en mí. Y no acusó a nadie. Interrogado por todos, dijo haber visto desde tiempo detrás el facistol en equilibrio dudoso. Su mano blanda y linfática revoloteó con extraña nerviosidad sobre las cosas. Al pasar, tuvo para Rey una sonrisa... Y aquella noche, un poco adoloridos y un poco contentos, cenamos, mientras la voz monórrima y cansada del lector desgranaba con lentitud episodios de la vida de Santa Teresa.

 

Yo era el primero de la fila; delante había algunas mujeres, y el sacerdote iba poniendo la hostia sobre la mancha blanca y rojiza de la lengua extendida. Luego de recibir la comunión alzábanse, cruzando por detrás de nosotros. En la capilla pesaba el humo del incienso hasta hacer la respiración fatigosa. La última devota ofreció al sacerdote su boca joven, y yo la contemplaba estremecido, como en las tardes primaverales que nos llegaba el hálito turbador del jardín deseoso de no contemplarla y presa la mirada en el contorno de su silueta grácil. Cuando pasó volví la cabeza inconsciente, dilatando la nariz para percibir mejor aquel efluvio erótico y tibio. El oficiante llamóme la atención de modo discreto; luego me hizo merced de la Sagrada Forma.

Al día siguiente, el P. Rosell narró en clase la historia de un hereje indigno de recibir el cuerpo de Jesús, pues separaba de Él la vista para fijarla en una mujer, en una repugnante mujer. Desde mi asiento sentía yo la herida de su mirada, de aquella mirada perspicaz, que desde el fondo de la iglesia había descubierto mi culpa.

Tras lenta curación, andaba ya sin servirse de ayuda. Florecieron los árboles en el jardín; cayeron sazonados sus frutos; los cierzos de Octubre arrancaron las primeras hojas. Un seminarista nuevo, también rubio, bello y exangüe, entronizóse en mengua de Rey hasta el puesto de preferido.

Una mañana hallé sobre mi mesa varias limas sutiles, hebras de acero y los barrotes de mi reja casi cortados. Muchas después, cuando ya no recordaba el hallazgo primero, vi sobre mi almohada largos cabellos blondos; y entonces, sospechando, busqué. Bajo la cama, enrollada a los hierros, encontré una escala de seda; entre mis libros, hojas de algunos de Voltaire, Renán y otros autores para mí entonces desconocidos. Aún no me explico la paciente astucia, la taimada malevolencia precisa para introducirse en la celda, a pesar de mi vigilancia. Todo fue inútil.

Cierta tarde recibí orden del Rector de bajar al jardín. Asaltado por vago temor, me asomé a la ventana del estudio: vi abajo todos mis compañeros formados; la nota roja de las becas denotaba alegre en la línea ondulante y adusta. El Rector presidía el claustro con inquietante solemnidad. En el suelo proyectábase punzante y trágica la sombra del ciprés. El sol, óptimo alquimista, había trocado en oro los aceros del balaustral. Descendía, al fin.

El Rector, destacándose del grupo, me dijo, después de mostrarme varios papeles:

— ¿Reconoce usted esa letra?

Era mía, y dije:

— Si, señor.

— ¿Y esta otra?... Lea... lea usted.

Me torné rojo. Aquella era mi letra, y aquello no lo había escrito yo. El Rector, implacable, clamó otra vez:

—¿No es esta letra igual que ésa?

— Sí, señor..., pero.

Dejó en mi mano los papeles, y dirigiéndose a mis compañeros, dijo con voz velada por los sollozos:

— ¡Por única vez en los anales de esta santa casa nos vemos precisados a arrojar de ella a un hereje! Celada no es ya vuestro compañero, no merece ser vuestro compañero, ha pecado, y su alma, vendida a los malos espíritus, le dicta ofensas contra Dios... Señor Celada, ¡queda usted expulsado del Seminario!

Y a un fámulo, bajando la voz:

— Puede entregar a ese hombre ropa seglar y recogerle el hábito; !o purificará el fuego.

En la honda quietud vesperal resonaron sus palabras lúgubremente. Los seminaristas lloraban; lloraban los padres, y entre ellos, sin más exaltación, lo mismo que ellos, sollozaba el padre Rosell.

 

Han transcurrido muchos años. Tengo entre mis manos la cuartilla amarillenta por el tiempo; plegada en dos dobleces, que forman sobre ella una cruz irrisoria. Es mi misma letra de entonces, desigual: a veces erguida, otras cayéndose , como víctima de cansancio. Lo escrito en ella, expresa así:

«Dijérase que a la divinidad cristiana se llega por el halago de los sentidos y no por el culto de la espiritualidad. Sus plegarias tienen exaltaciones sensuales—¡cordero divino, paloma blanca, lirio amoroso!—. Ofréndanle sahumerios aromados, luminarias, músicas, y para las ceremonias de sus ritos, sus sacerdotes se revisten de una magnificencia: oro, encajes, sedas, tisúes, más apropósito para cautivar a una cortesana que a un ser puramente esencial.»

¿Dónde estará el padre Rosell? ¿Cuál sería verdadero espíritu de aquel padre, que surge ahora entre mis evocaciones nimbado de incierta maléfica aureola?.. ¡Quién sabe! Leyendo estos renglones, obra suprema del talento y del disimulo, tengo un recuerdo de admiración para aquel ser artero, tenaz como un hombre y felino como una mujer; genio andrógino de la venganza.

Por única vez de mi vida siento deseos de ser plagiario. ¡Oh, si no lo supiera nadie! Si tuviese seguridad de que él ya no existe, esta página voltaria, trazada por mano de clérigo, sería la primera de un libro.

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