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Alfonso Hernández Catá en AlbaLearning

Alfonso Hernández Catá

"Diocrates, Santo"

Capítulo 2

Cuentos pasionales

Biografía de Alfonso Hernández Catá en Wikipedia

 
 

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Diocrates, Santo

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II

Los primeros días de mancomún vivir fue todo júbilo entre ellos. El escéptico sentíase atraído por aquel viejo bondadoso, que, adivinador de sus deseos y de sus tristezas, le consolaba con lenitivos algo pueriles, pero hijos de noble intención. Nunca disfrutó en la ciudad bien vivir tan pacífico y ledo. Y todo el amor adormido en su espíritu fue para el anciano, quien cifraba sus anhelos en convertir al ateísta, y ofrecerle a Dios como viva prueba fehaciente de su voluntad y de su fe.

Cuando decrecía la temperatura, en los lentos atardeceres propios de las regiones ecuatoriales, ambos salían para ver ocultarse el sol, que fingía incendios en los cirrus, nota blanca en la atmósfera de azul limpidez. El sol y la luna, nigromantes en competencia, complacíanse obrando milagros bellos en las albas y en los crepúsculos. A su virtud, la estepa arenosa, cuya contemplación fatigaba la vista, trayendo al hombre la consciencia de su pequeñez, parecía un páramo de sangre, que luego, al salir la blanca hechicera, transformábase, hasta fingir una inmensa lámina de plata; plata amarillenta y bruñida.

Luego, reposando de la jornada, discutían sus diversas exégesis de las escrituras. El cenobiarca aclaraba, transfigurado por la inspiración, saltones y brillantes los ojos, habitualmente mortecinos, los principios teológicos, siempre rebatidos triunfalmente por las razones teodésicas de su compañero. Simón para todo hallaba científicos argumentos, y su frialdad y su máxima elocuencia, unas veces con la espada de la verdad, otras con el puñal del sofisma, desconcertaban al creyente.

Diocrates era manso, parco, pero tenaz para discutir. Jamás se exaltaba; mas era tal su interés en las controversias, que muchas veces, transcurrido tiempo, insistía en un punto olvidado ya por Simón. Este, al contrario, dejándose llevar de su temperamento, disparaba, en favor de sus negaciones, certeros dardos de ciencia o de ironismos, fulminados en el calor de la disputa, entre frases fuertes, interjecciones y hasta casi blasfemias; pero todo en un momento dado, ocasionalmente, sin darle importancia. Los razonamientos de Diocrates eran siempre los mismos, y jamás se dió el caso de que disertando acerca de cualquier materia Simón emplease para defenderla e impugnarla dos razonamientos iguales. Además, su afecto hacia Diocrates era tanto, que todas las avalanchas de ciencia y todas las saetas de ironías dictadas por su agresivo ingenio sutil para zaherir las creencias del viejo, deshacíanse apenas éste le demostraba enfado. Amábale de tal modo, que, cuando al concluir una polémica (la cual siempre se prometían fuese la última) el viejo quedábase serio, Simón, para desenfadarle, le acariciaba infantilmente, como un hijo travieso, la barba patriarcal, diciéndole a la vez, cariñoso, falsamente acomodaticio, velando su peculiar tono sarcástico:

—Cállese el padre del desierto... Si yo no puedo ser su enemigo... Si yo, por no verle un gesto de enojo, soy capaz de confesar con él, que Cristo divino existió y que nació de María de Judea, la cual fue virgen en el parto, antes del parto y después del parto...

Y sonreía, sonreía siempre.

Era símbolo paradójico el contraste de la ciclópea figura del viejo con la mezquina de Simón. Al marchar juntos, Diocrates, para hablarle, tenía que inclinar la cabeza.

Simón era un verdadero erudito. Los filósofos de todas las ciencias éranle familiares. Por eso, cuando al término de una conversación en la cual había hecho alardes de su omnisapiencia, preguntaba su opinión a Diocrates, respondíale éste, preocupado:

—Aunque no sabes nada..., no puedo negarlo, sabes mucho.

Y el incrédulo le daba las gracias con una mueca desdeñosa, equívoca y—permítaseme salvar las dificultades cronológicas — volteriana.

En el alma del viejo iba ejerciendo funesta influencia aquel continuo disertar, pues si bien su fe inextinguible no conservábase íntegra, su temperamento de místico sufría grandemente, llegando a flaquear sus esperanzas de ganar para Dios otra alma que no fuera la suya. Al quedarse solo, para castigarse, maceraba las carnes pecadoras, hasta teñir con sangre el flagelo.

—¡Oh infeliz de mí!—se decía:—¡que haya caído en la culpa de escuchar a ese impío, a ese prevaricador! ¡Que haya sido tan débil de quebrantar por su mandato cilicio y ayuno, sólo porque una tarde caí desmayado!

Y se azotaba con saña cruel, como para resarcirse del tiempo que dejara de hacerlo.

Cuando Simón, luego de estos martirios, encontrábale casi sin fuerzas, exánime, le reprendía con noble dureza. Después, buscaba en su ingenio razones para reprender la crueldad.

—Siendo como eres sacerdote de Dios debes conservar la vida dada por El para adorarle. Lo contrario es sólo egoísmo. Tú buscas la muerte para estar a su lado pronto.

Así, el pobre senil interrumpía algún tiempo sus torturas.

Departían una tarde casi en el lindero del bosque, cuando atrajeron su atención dos pájaros que, describiendo círculos enormes, se acercaban a tierra. Al principio no pudieron precisar las especies ni los intentos de las aves. Ya cercanas, impresionóles el triste espectáculo: Era un rapaz persiguiendo a una paloma, la cual retardaba su fin desastroso con rápidas espirales alargadas, que cortaba bruscamente, para comenzarlas de nuevo en planos distintos. El cóndor, al verse esquivado, llenaba el aire con el estridor agrio de sus graznidos, seguro de vencer al fin las astucias de la condenada.

Como Diocrates arrodillárase a musitar plegarias votivas por la vida de la paloma, Simón le dijo:

—¿Ves, buen viejo, como me sobran razones para negar a tu Señor? El dios que ha hecho animales carnívoros es un dios cruel. Si yo hubiese creado un mundo de dioses racionales e irracionales, nunca hubiese incurrido en la redundancia de alimentarlos de su propia esencia... En cambio, tu Dios nos impulsa a devorarnos unos a otros.

Un graznido triunfante vino a poner fin a la plática: El perseguidor había caído sobre su víctima, y batiendo el vuelo la elevaba sujeta con las garras, férreos garfios entre los cuales agitábase la opresa convulsivamente.

—¡Sálvala, Señor... Perdónala! — clamó Diocrates, puesta la esperanza en el Cielo. Y el asesino, irguiendo sobre el erizado cuello plumoso la cabeza rojiza, puso en ellos la fosforescencia de su mirar, y ya en alto, hundió el corvo pico en la paloma.

Sangrientos despojos cayeron cerca de ellos, sobre unas zarzas, mientras el pájaro raptor se iba alejando, alejando, hasta perderse de vista entre las nubes. Diocrates, de rodillas aún, sollozaba, y Simón, mirándole cariñosamente, muy cariñosamente, pero siempre equívoco, sonreía.

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