El avaro y el jornalero - Hartzenbusch

Todo su caudal guardaba
cierto avariento cuitado
en onzas de oro, metidas
en un puchero de barro.

Por tenerlo más seguro,
fue con su puchero al campo:
al pie de un árbol cavó,
y lo enterró con recato.

Amaneció al otro día
hambriento y desesperado
un jornalero, sin pan
ni esperanza de ganarlo.

Sacudió las faltriqueras,
y hallando en una cuartos,
sale, se compra una soga,
y en seguida, como un rayo,
se va al campo a que le quite
los pesares el esparto.

Trataba de ahorcarse, en fin,
y escogió para ello el árbol
que era del tesoro en onzas,
inmóvil depositario.

Al afianzar de una rama
bien la soga el pobre diablo,
se le hundió en el hoyo un pie
y halló el puchero enterrado.

Cogiole, besole y fuese,
y corriendo, a corto rato,
sus preciosas amarillas
vino a visitar el amo.

La tierra encontró movida
y el hoyo desocupado;
pero de puchero y onzas
no vio ni sombra ni rastro.

Reparó en la soga entonces,
y haciendo a la punta un lazo,
se ahorcó para no vivir
sin su tesoro adorado.

Así el puchero y la soga
mal o bien se aprovecharon:
él en un hambriento, y ella
en el cuello de un avaro.

(Arreglo de un cuento de D. Agustín Moreto)

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1863

Hartzenbusch

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El avaro y el jornalero

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Todo su caudal guardaba
cierto avariento cuitado
en onzas de oro, metidas
en un puchero de barro.

Por tenerlo más seguro,
fue con su puchero al campo:
al pie de un árbol cavó,
y lo enterró con recato.

Amaneció al otro día
hambriento y desesperado
un jornalero, sin pan
ni esperanza de ganarlo.

Sacudió las faltriqueras,
y hallando en una cuartos,
sale, se compra una soga,
y en seguida, como un rayo,
se va al campo a que le quite
los pesares el esparto.

Trataba de ahorcarse, en fin,
y escogió para ello el árbol
que era del tesoro en onzas,
inmóvil depositario.

Al afianzar de una rama
bien la soga el pobre diablo,
se le hundió en el hoyo un pie
y halló el puchero enterrado.

Cogiole, besole y fuese,
y corriendo, a corto rato,
sus preciosas amarillas
vino a visitar el amo.

La tierra encontró movida
y el hoyo desocupado;
pero de puchero y onzas
no vio ni sombra ni rastro.

Reparó en la soga entonces,
y haciendo a la punta un lazo,
se ahorcó para no vivir
sin su tesoro adorado.

Así el puchero y la soga
mal o bien se aprovecharon:
él en un hambriento, y ella
en el cuello de un avaro.

(Arreglo de un cuento de D. Agustín Moreto)

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