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Graham Greene en AlbaLearning

Graham Greene

"Una salita cerca de la calle Edware"

Biografía de Graham Greene en Wikipedia

 
 
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Música: Rodrigo - A la sombra de Torre Bermeja

 

Una salita cerca de la calle Edware

OBRAS DEL AUTOR
Español

Una salita cerca de la calle Edgware

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Arthur Conan Doyle
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Elisabeth Gaskell
Graham Greene
John William Polidori
Lord Byron
Mary Shelley
Richard Middleton
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Virginia Woolf
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Fue durante la decimoquinta sesión anual de la Sociedad Gastronómica de Berlín cuando el presidente, Herr Prosit, hizo a sus miembros la famosa invitación. La sesión era por supuesto un banquete. A los postres se había engendrado una enorme discusión sobre la originalidad en el arte culinario. La época era mala para todas las artes. Estaba en decadencia la originalidad. También en la gastronomía había decadencia y debilidad. Todos los productos de la cuisine que se llamaban “nuevos” no eran más que variantes de datos ya conocidos. Una salsa diferente, un modo levemente distinto de condimentar o sazonar — así se distinguía el plato mas reciente del que existía antes —. No había verdaderas novedades. Había tan solo innovaciones. Todas estas cosas se lamentaron durante el banquete con clamor unánime, en variados tonos y con diversos grados de vehemencia.

Si bien había en la discusión calor y convicción, se hallaba entre nosotros un hombre que, aunque no era el único que estaba en silencio, sí era, sin embargo, el único cuyo silencio se hacía notar, pues de él, más que de todos, sería de esperar que interviniese. Este hombre era, evidentemente, Herr Prosit, que presidía la Sociedad y esta reunión. Herr Prosit lúe el único que no mostro interés por la discusión; su actitud no implicaba desatención, sino solo el deseo de guardar silencio. Se echaba de menos la autoridad de su voz. Estaba pensativo, el, Prosit; estaba callado — el, Prosit; estaba serio —, el Wilhelm Prosit, presidente de la Sociedad Gastronómica.

El silencio de Herr Prosit fue, para la mayoría de los hombres, algo extraño. Parecía (valga la comparación) una tempestad. El silencio no era su esencia. Permanecer callado no era su naturaleza. Y, tal como una tempestad (para mantener la comparación), si alguna vez guardaba silencio, era un descanso y un preludio de una explosión mayor que todas. Esta era la opinión que había sobre él.

El Presidente era un hombre notable bajo numerosos aspectos. Era un hombre alegre y sociable, pero siempre con una vivacidad anormal, con un comportamiento ruidoso que parecía revelar una disposición permanentemente antinatural. Su sociabilidad parecía patológica; su ingenio y sus bromas, aunque no parecían en modo alguno forzados, parecían empujados desde dentro por una facultad del espíritu que no era la facultad del ingenio. Su amor parecía falso, su agitación naturalmente postiza.

En compañía de los amigos — y tenía muchos — mantenía una corriente constante de diversión, todo él era alegría y risa. Sin embargo, es de notar que este hombre extraño no revelaba en los rasgos habituales del rostro una expresión de diversión o alegría. Cuando dejaba de reír, cuando se olvidaba de sonreír, parecía caer por el contraste que el rostro traicionaba, en una seriedad que no era natural, algo hermanada con el dolor.

Si ello era debido a una fundamental infelicidad de su carácter, o a un disgusto de su vida pasada, o a cualquier otra enfermedad del espíritu, yo, que cuento esto, no sabría decirlo. Además, esta contradicción de su carácter, o, por lo menos, de sus manifestaciones, no las notaba más que el observador atento, los demás no las veían, ni había necesidad de que lo hicieran.

Así como de una noche de tormentas, que se siguen unas a otras con intervalos, un testigo dice que toda la noche fue una noche de tormenta, olvidando las pausas entre los periodos de violencia y clasificando la noche por la característica que más le impresionó, del mismo modo, siguiendo una tendencia de la humanidad, se decía que Prosit era un hombre alegre, porque lo que más llamaba la atención en él era el ruido que hacía al manifestar su buen humor, el estrepito de su alegría. En la tormenta, el testigo olvida el profundo silencio de las pausas. En este hombre olvidábamos fácilmente, ante su risa salvaje, el silencio triste, el peso taciturno de los intervalos de su naturaleza social.

El rostro del Presidente, lo repito, poseía también, y traicionaba, esta contradicción. Le faltaba imaginación a aquel rostro que reía. Su perpetua sonrisa parecía la mueca grotesca de aquellos en cuyo rostro da el sol; en aquellos, la contracción natural de los músculos ante una luz fuerte; en éste, una expresión perpetua, extremadamente antinatural y grotesca.

Se comentaba (entre quienes sabían cómo era) que había escogido una vida animada para escapar a una enfermedad de los nervios o, como mucho, a una morbosidad familiar, pues era hijo de un epiléptico y tenía como antepasados, por no mencionar a muchos libertinos ultra extravagantes, a varios neuróticos inconfundibles. Quizá el mismo fuese un enfermo de los nervios. Pero de esto no hablo con ninguna seguridad.

Lo que puedo presentar como verdad indudable es que a Prosit lo trajo a la sociedad de que estoy hablando un joven oficial, también amigo mío y un tipo divertido, que lo había descubierto por ahí, habiéndole parecido muy graciosas algunas de sus bromas.

Esta sociedad en la que Prosit se movía — era, a decir verdad, una de esas dudosas sociedades marginales, que no son raras, formadas por elementos de clases altas y bajas en una curiosa síntesis comparable a una transformación química, pues muchas veces tienen un carácter nuevo, propio, diferente del de sus elementos. Ésta era una sociedad cuyas artes —tienen que llamarse artes— eran comer, beber y hacer el amor. Era artística, sin duda. Era grosera, aún con menos duda. Y reunía estas cosas sin disonancia.

De este grupo de personas, socialmente útiles, humanamente nada, era Prosit el jefe, porque era el más grosero de todos. Es obvio que no puedo entrar en la psicología, simple pero intrincada, de este caso. No puedo explicar aquí la razón que había conducido a escoger al jefe de esta sociedad entre su camada inferior: a lo largo de toda la literatura se ha gastado mucha sutileza, mucha intuición, en casos como éste. Son Manifiestamente patológicos.

Poe, creyendo que se reducía a uno solo, dio a los complejos sentimientos que los inspiran el nombre general de perversidad. Pero estoy contando este caso, y no otros. El elemento femenino de la sociedad provenía, hablando en terminos convencionales, de abajo; el elemento masculino, de arriba. El pilar de esta combinacion, el guion de este compuesto — o mejor dicho, el agente catalizador de esta transformacion quimica, era mi amigo Prosit. Los centros, los lugares de reunión de la socicdad eran dos: un determinado restaurante o el respetable hotel X, según fuese la fiesta una orgia vacía de ideas, o una sesión casta, masculina, artfstica, de la Sociedad Gastronómica de Berlín. En cuanto a la primera, es imposible intentar describirla; no es siquiera posible una sugerencia que no raye en la indecencia.

Creo que era sobre todo debido a esto por lo que anormalmente; su influencia rebajaba el designio de los más bajos deseos de sus amigos. En cuanto a la Sociedad Gastronómica, esa era mejor; representaba el lado espiritual de las aspiraciones concretas de aquel grupo.

Acabo de decir que Prosit era grosero. Es verdad: era grosero. Su exuberancia era grosera, su humor se manifestaba groseramente. Informo de todo ello con cuidado. No escribo una alabanza ni una calumnia. Estoy describiendo un personaje lo más rigurosamente que puedo. Tal como lo permite la visión de mi espíritu, sigo las huellas de la verdad.

Pero Prosit era grosero, de eso no hay duda. Pues incluso en la sociedad en la que, por estar en contacto con elementos socialmente elevados, se veía a veces forzado a vivir, no perdía mucho de su brutalidad innata. Se entregaba a ella semiconscientemente. Sus bromas no siempre eran inofensivas o agradables; eran casi todas groseras, si bien que, para los que eran capaces de apreciar lo esencial de tales exhibiciones, fuesen lo bastante divertidas, lo bastante ingeniosas, lo bastante bien imaginadas.

El mejor aspecto de esta falta de educación era su carácter impulsivo, su ardor. Pues el Presidente se empeñaba con ardor en todas las cosas en las que se metía, especialmente en empresas culinarias y líos amorosos; en las primeras era un poeta del sabor, con una imaginación que aumentaba día a día; en los otros, la bajeza de carácter se revelaba siempre en su aspecto más horrible.

Con todo, no podía dudarse de su ardor ni de la impulsividad de su alegría. Arrastraba a los demás por la violencia de su energía, les insuflaba ardor, les fortalecía los impulsos sin darse cuenta de que lo hacía. Pero su ardor era para sí mismo, era una necesidad orgánica, no tenía por objeto una relación con el mundo exterior. Es verdad que este ardor no se aguantaba mucho tiempo; pero, mientras duraba, su influencia era un ejemplo, aunque inconsciente, era inmensa.

Pero nótese que, si el Presidente era ardiente, impulsivo, grosero y rudo en el fondo, era, con todo, un hombre que nunca se enfadaba. Nunca. Nadie conseguía enfurecerlo. Además, de eso, siempre estaba dispuesto a agradar, siempre pronto a evitar una discusión. Parecía estar siempre deseoso de que todo el mundo se llevase bien con el. Era curioso observar como reprimia su ira, como la dominaba con una firmeza que nadie creería que existiese en él, mucho menos quien lo conocía como impulsivo y ardiente, sus amigos más íntimos.

Creo que era sobre todo debido a esto por lo que Prosit era tan apreciado. De hecho, quizá teniendo en cuenta que era grosero, brutal, impulsivo, pero que nunca se portaba con brutalidad por razones de furia o agresividad, nunca era impulsivo por enfado; quizá nosotros, teniendo todo esto en cuenta inconscientemente basáramos en ello su amistad. Además, estaba el hecho de que siempre se hallaba dispuesto a agradar y a ser amable. En cuanto a su grosería, entre hombres eso tenía poca importancia, pues el Presidente era un buen compañero.

Es obvio, por lo tanto, y ahora, que el atractivo (por así decir) de Prosit residía en esto: no era susceptible a la ira, deseaba sinceramente agradar, había una fascinación especial en su exuberancia grosera, quizá incluso, en última instancia, también en la intuición inconsciente del leve enigma que él mismo era.

¡Basta! Mi análisis de la figura de Prosit, quizá excesiva en detalles, es como todo deficiente; porque, según creo, le faltan o han quedado sin relieve los elementos que permiten una síntesis final. Me aventuré en dominios que superan mi capacidad, que no iguala la claridad del deseo. Por eso no diré nada más.

Con todo, una cosa permanece en la superficie de todo lo que he dicho: el aspecto externo del personaje del Presidente. Queda claro que, sean cuales fueren los designios imaginables, Herr Prosit era un hombre alegre, un tipo extraño, un hombre habitualmente alegre, que impresionaba a los demás hombres con su alegría, un hombre prominente en su sociedad, un hombre que tenía muchos amigos. Como daban el tono de la sociedad de hombres en que vivía, es decir, como creaban ambiente, sus tendencias groseras desaparecían por ser excesivamente obvias, pasaban gradualmente al dominio del inconsciente, no se notaban, terminaban por ser imperceptibles.

La cena había llegado a su fin. La conversación aumentaba, en el numero de los que hablaban, en el ruido de sus voces combinadas, discordantes, entremezcladas. Prosit seguía callado. El principal orador, el Capitán Greiwe discurseaba líricamente. Insistía en la falta de imaginación (así la llamaba) improductiva de los modernos platos. Se entusiasmó. En el arte de la gastronomía, observó, eran siempre necesarios nuevos platos. Era estrecha su manera de ver, restringida al arte que conocía. Argumentó de manera equivocada, dio a entender que sólo en la gastronomía tenía valor dominante la novedad. Y esto puede haber sido una forma sutil de decir que la gastronomía era la única ciencia y el único arte.

— ¡Bendito arte — gritó el Capitán —, cuyo conservadurismo es una revolución permanente! De éste podría decir — continuó — lo que Schopenhauer dice del mundo, que se mantiene por su propia destrucción.

— Y usted, Prosit — dijo un miembro que estaba sentado en la extremidad de la mesa, al notar el silencio de Prosit—. ¡Usted, Prosit, no ha dado aún su opinión! ¡Diga usted algo, hombre! ¿Esta distraído? ¿Está melancólico? ¿Está enfermo?

Todo el mundo miró al Presidente. El Presidente les sonrió a su manera habitual, maliciosa, misteriosa, medio sin humor. Pero esta sonrisa tenía un significado: prenunció de algún modo la extrañeza de las palabras del Presidente.

El Presidente rompió el silencio que se había hecho para la respuesta que se aguardaba.

— Tengo una propuesta que hacer, una invitación — dijo-¿Me conceden su atención? ¿Puedo hablar?

Cuando dijo esto, el silencio pareció hacerse más profundo. Todos los ojos se volvieron hacia él. Todas las acciones y gestos se pararon en donde estaban, porque la atención se extendió a todos.

— Señores — empezó Herr Prosit —, voy a invitarlos a una cena. Afirmo que nunca habrán ido a ninguna semejante. Mi invitación es simultáneamente un desafío. Después lo explicaré.

Hubo una ligera pausa. Nadie se movió, excepto Prosit, que apuró un vaso de vino.

— Señores — repitió el Presidente, de una forma elocuentemente directa — , mi desafío a cualquier hombre reside en el hecho de que dentro de diez días daré un nuevo género de cena, una cena muy original. Considérense invitados.

Murmullos pidiendo una explicación, preguntas, llovieron de todas partes. ¿Por qué ese género de invitación? ¿Qué había querido decir? ¿Qué había propuesto? ¿Por qué esa oscuridad de expresión? Hablando claramente, ¿cuál había sido el desafío que había hecho?

— En mi casa — dijo Prosit —, en la plaza.

— Bien.

— ¿Va a trasladar a su casa el lugar de reunión de la sociedad? — preguntó un miembro.

— No; es solo para esta ocasión.

— ¿Y va a ser algo así tan original, Prosit? — preguntó obstinadamente un miembro, que era curioso.

— Muy original. Una novedad absoluta.

— ¡Bravo!

— La originalidad de la cena —dijo el Presidente, como quien habla después de reflexionar — no está en lo que tiene o parece, sino en lo que significa, en lo que contiene. Desafío a cualquier hombre de los que aquí están (y, para el caso, podría decir cualquier hombre en cualquier parte) a que diga, después de terminada, en qué es original. Les aseguro que nadie lo adivinará. Éste es mi desafío. Quizá hayan pensado que era que ninguno de ustedes podría dar un banquete más original. Pero no, no es eso; es lo que he dicho. Como ven, es mucho más original. Es más original de lo que pueden esperar.

— ¿Podemos saber— preguntó un miembro— el motivo de su invitación?

— Me obligaron a ello — explicó Prosit, y había una expresión sarcástica en su mirada decidida — por una discusión que tuve antes de la cena. Algunos de mis amigos aquí presentes habrán oído la disputa. Pueden informar a los que quieran saber que paso. Mi invitación está hecha. ¿La aceptan?

— ¡Claro! ¡Claro! — fue el grito que se oyó desde todos los puntos de la mesa.

El Presidente inclino la cabeza, sonrió; absorto en la diversión que le producía alguna vision interior, recayo en el silencio.

Cuando Herr Prosit termino su asombroso desafío e invitación, las conversaciones a que se entregaron separadamente los miembros, recayeron sobre su verdadero motivo. Algunos eran de la opinión de que se trataba de una broma mas del Presidente; otros que Prosit deseaba afirmar una vez más su habilidad culinaria, lo que era racionalmente gratuito, aunque agradable para la vanidad de cualquier hombre en su arte, puesto que (decían ellos) nadie se la había discutido. Otros aun estaban seguros de que la invitación había sido realmente hecha por culpa de ciertos muchachos de la ciudad de Frankfurt entre los cuales y el Presidente había una rivalidad en cuestiones de gastronomía. Pronto se comprobó, como verán los que lean esto, que la finalidad del desafío era de hecho la tercera; esto es, el fin inmediato, pues, como el Presidente era un ser humano muy original, su convite tenía rasgos psicológicos de las tres intenciones que se le habían imputado.

La razón por la que no se creyó inmediatamente que la verdadera razón de Prosit para el convite había sido la disputa (como él mismo había dicho), fue que el desafío era demasiado vago, demasiado misterioso para surgir como una venganza y nada más. Al final, con todo, tuvo que creerse.

La discusión que el Presidente había mencionado (dijeron los que lo sabían) había tenido jugar entre él y cinco muchachos de la ciudad de Frankfurt. Estos no tenían particularidad alguna salvo que eran gastrónomos; ese era, según creo, el único título que podía justificar nuestra atención. Había sido larga la discusión. Por lo que recuerdo, insistían los muchachos en que un plato que uno de ellos había inventado, o una cena que había dado, era superior a un acto gastronómico del Presidente. En torno a esto se había engendrado la disputa; alrededor de este centra la araña de la discordia había tejido rápidamente su tela.

La discusión había sido encendida por parte de los muchachos; suave y moderada por parte de Prosit. Era su costumbre, como he dicho, no ceder nunca a la furia. Sin embargo, en esta ocasión casi se había enfadado por el calor de las respuestas de sus antagonistas. Pero se mantuvo tranquilo. Se pensó, ahora que esto se sabía, que el Presidente iba a gastarles alguna broma gigantesca a los cinco muchachos, que iba a vengarse, según su costumbre, de aquel violento altercado. Por ello, pronto fue grande la expectación; empezaron a correr rumores de una jugarreta excéntrica, historias de una venganza de notable originalidad. Ante el caso y el hombre, estos rumores se justificaban, se construían alocadamente sobre la verdad. Todos ellos, más tarde o más temprano, llegaran Prosit; pero este, al oírlos, meneaba la cabeza, y, aunque pareciese hacerle justicia a la intención, lamentaba su tono grosero. Nadie lo adivinarla, decía él. Era imposible, decía, que alguien acertase. Era todo una sorpresa. Conjeturas, adivinanzas, hipótesis, eran ridículas e inútiles.

Estos rumores, por supuesto, surgieron más tarde. Volvamos a la cena en que se hizo el convite. Había terminado. Íbamos al salón de fumar cuando pasamos junto a cinco muchachos, de aspecto bastante refinado, que saludaron a Prosit con cierta frialdad.

— Ah, amigos míos — explicó el Presidente volviéndose hacia nosotros —, éstos son los cinco jóvenes de Frankfurt que he derrotado en una competición de asuntos gastronómicos...

— Usted sabe muy bien que no creo que nos haya derrotado — contestó secamente uno de los muchachos, con una sonrisa.

— Bueno, dejemos las cosas como están, o como estaban. De hecho, amigos míos, el desafío que acabo de hacer a la Sociedad Gastronómica — nos señaló con un amplio gesto — tiene un alcance mucho mayor y una naturaleza mucho más artística.

Se lo explicó a los cinco. Le escucharon lo más indelicadamente que pudieron.

— Cuando hice ese desafío, ahora mismo, estaba pensando en vosotros.

— ¿Ah sí? ¿Y qué tenemos nosotros que ver con eso?

— ¡Ah! ¡Pronto lo veréis! La cena es dentro de dos semanas, día diecisiete.

— No queremos saber la fecha. No lo necesitamos.

— No, ¡tenéis razón! — se rio entre dientes el Presidente — No lo necesitáis. No será necesario. Sin embargo — añadió — estaréis presentes en la cena.

— ¿Qué? — grito uno de los muchachos. De los demás, unos hicieron una mueca, otros clavaron en él la mirada.

El Presidente respondió con una mueca.

— Si, y contribuiréis a ella de la forma más material.

Los cinco muchachos manifestaron fisonómicamente su duda en cuanto a ello y su desinterés hacia el asunto.

— ¡Que sí, que sí! — dijo el Presidente, mientras ellos se alejaban — Cuando digo una cosa, la hago, y digo que estaréis presentes en la cena, digo que contribuiréis a que sea apreciada.

Esto lo dijo en un tono de desprecio tan evidente y directo que los muchachos se enfadaron y echaron a correr escaleras abajo. El último se volvió.

— Estaremos allí en espíritu, quizá — dijo —, pensando en su fracaso

—No, estaréis allí bien presentes. Estaréis allí en cuerpo, os lo aseguro. No os preocupéis con ello. Dejad el asunto en mis manos.

Un cuarto de hora después, cuando todo hubo acabado, bajé las escaleras con Prosit.

— ¿Piensa usted que conseguirá obligarlos a asistir, Prosit? pregunté mientras se ponía el abrigo.

— Por supuesto — dijo el—. Tengo la seguridad.

Salimos juntos —Prosit y yo— y nos separamos a la puerta del hotel.

2

Bajo la suave llovizna estival, Craven pasó junto a la estatua de Aquiles. Acababan de encender las luces, pero ya los coches se apiñaban en dirección de Marble Arch, y los angulosos y calculadores rostros judíos se asomaban a la calle, dispuestos a pasar un buen rato con cualquier cosa que les saliera al paso. Amargamente Craven pasaba a su lado, con el cuello del impermeable cerrado hasta la garganta; era uno de sus días malos.

Durante todo el trayecto a través del parque se vio obligado a recordar que el amor existía; pero el amor exigía dinero. Un pobre debía conformarse con el placer físico. El amor exigía un buen traje, un coche, un departamento en alguna parte, o un buen hotel. Exigía que lo envolvieran en celofán. Todo el tiempo tenía conciencia de su raída corbata bajo el impermeable, y de sus mangas gastadas; iba con su cuerpo como con alguien a quien odiara (solía tener momentos de felicidad en el salón de lectura del British Museum, pero el cuerpo lo llamaba a la realidad). Sus únicos sentimientos eran algunos recuerdos de feos actos cometidos en los bancos de las plazas. Para la mayoría de la gente, el cuerpo moría demasiado pronto; pero ese no era el inconveniente para Craven, de ningún modo. El cuerpo seguía viviendo; a través de la brillante y metálica lluvia, de paso hacia alguna tribuna, cruzó un hombrecito de negro con una bandera: “El cuerpo renacerá del polvo". Recordó un sueño; un sueño del cual ya había despertado tres veces temblando: estaba solo en el enorme, oscuro y cavernoso cementerio del mundo; el globo terrestre era un panal de muertos, y en el sueño descubría que el cuerpo no se destruye. No hay gusanos, ni disolución. Debajo de la superficie, el mundo está repleto de masas de carne muerta preparada para volver a levantarse con sus verrugas, sus forúnculos y sus erupciones. Después, permanecía tendido en su lecho, recordando —como "anuncios de gran alegría"— que, después de todo, el cuerpo se corrompe.

Con rápido paso, tomó por la calle Edgware; los soldados de la Guardia se paseaban en parejas, como grandes y alargadas bestias lánguidas; dentro de sus pantalones ajustados, sus cuerpos parecían gusanos. Los odiaba, y odiaba su odio porque sabía lo que era: envidia. Sabía que cada uno de ellos tenía un cuerpo mejor que el suyo; la indigestión le consumía el estómago: estaba seguro de que su aliento era repugnante, pero, ¿a quién podía preguntárselo? A veces se perfumaba secretamente, aquí y allá; era uno de los más feos de sus secretos. ¿Por qué le pedían que creyera en la resurrección del cuerpo que él tanto deseaba olvidar? A veces rezaba, de noche (un dejo de creencia religiosa se alojaba en su pecho como un gusano en una nuez), para que por lo menos su cuerpo no resurgiera.

Conocía demasiado bien las calles laterales que cruzaban la calle Edgware; cuando estaba de mal humor, caminaba simplemente hasta cansarse, mirando de reojo su propia imagen en las vidrieras de Salmon y Gluckstein y del A.B.C. Por eso advirtió de inmediato los carteles frente al teatro abandonado de la calle Culpar. No eran muy inusitados, porque a veces la Sociedad Dramática de Barclays Bank alquilaba por una noche el local; otras veces pasaban alguna oscura película con fines comerciales. El teatro había sido construido en 1920 por un optimista que pensó que la baratura del terreno compensaría de sobra la desventaja de que estuviera situado a una milla de distancia de la zona de los teatros. Pero ninguna obra tuvo éxito en él, y pronto el local quedó abandonado, llenándose poco a poco de nidos de ratas y de telarañas. El forro de los asientos no fue nunca renovado; y la única vida del lugar consistía en la temeraria y falsa agitación de alguna obra de aficionados, o de alguna función de beneficencia.

Craven se detuvo y leyó; parecía que todavía había optimistas en 1939, porque sólo el más ciego optimista podía alimentar la esperanza de ganar dinero en ese lugar convirtiéndolo en "El hogar del Cine Mudo". Se anunciaba la primera temporada de "primitivos" (una expresión snob); no habría nunca una segunda. Bueno, la entrada era batata, y ya que estaba cansado, quizá valiera un chelín meterse en cualquier parte para salir de la lluvia. Craven compró una entrada, y se sumergió en las tinieblas de la platea.

En la profunda oscuridad un piano tintineaba algo que monótonamente recordaba a Mendelssohn; Craven se sentó en un asiento lateral, e inmediatamente tuvo conciencia del vacío que lo rodeaba. No, no habría una segunda temporada. En la pantalla, una mujer voluminosa con una especie de toga se retorcía las manos, y luego se dirigía hacia un diván, bamboleándose con extraños movimientos y sacudidas. Allí se sentó, y se quedó mirando desesperadamente hacia adelante, como un perro ovejero, a través de su pelo, suelto, oscuro y acordonado. A veces parecía disolverse definitivamente en puntos, lucecitas y líneas onduladas. Un subtítulo decía: “Pompilia traicionada por su amante Augusto trata de poner fin a sus desdichas".

Por fin Craven comenzó a ver un confuso desierto de plateas. No había más de veinte personas en el local; unas cuantas parejas que murmuraban con las cabezas juntas, y unos cuantos hombres solitarios que llevaban como él el mismo uniforme del impermeable barato. Estaban diseminados a intervalos, como cadáveres; y nuevamente volvió la obsesión de Craven, el dolor de muelas del terror. Pensó, angustiado: “Estoy enloqueciendo; los demás no sienten estas cosas”. Hasta un teatro abandonado le recordaba esas interminables cavernas donde los cadáveres esperan la resurrección. ‘

“Esclavo de la pasión, Augusto pide más vino”.

Un obeso y maduro actor teutón yacía sobre un codo en un diván, abrazado a una vasta mujer. La Canción de Primavera tintineaba ineptamente, y la pantalla fluctuaba como una indigestión. Alguien se acercó tanteando en la oscuridad, tropezando con las rodillas de Craven; era un hombre bajo. Craven experimentó la desagradable sensación de una larga barba que le acariciaba la boca. Luego oyó un profundo suspiro, mientras el recién llegado se ubicaba en el asiento contiguo; en la pantalla los acontecimientos habían adelantado con tal rapidez que Pompilia ya se había matado con un puñal — por lo menos, eso supuso Craven — y yacía inmóvil y opulenta entre sus lacrimosas esclavas.

Una voz fatigada y baja suspiró cerca de la oreja de Craven:

— ¿Qué pasó? ¿Está durmiendo?

— No. Está muerta.

— ¿Asesinada? — preguntó la voz, con intenso interés.

— No creo. Se suicidó.

Nadie chistó; nadie estaba tan interesado como para reprochar una conversación; los espectadores yacían en sus diversos asientos en actitudes de cansada distracción.

La película no terminaba allí; había que considerar todavía ciertas criaturas; ¿continuaría todo en la segunda generación? Pero el hombrecito barbudo sentado junto a Craven solo parecía interesarse en la muerte de Pompilia. El hecho de haber entrado en ese momento parecía fascinarlo. Craven oyó dos veces la palabra “coincidencia”; el viejo siguió hablando solo, con voz baja y anhelante. “Pensándolo bien, ¡qué absurdo!”, y luego: “nada de sangre”. Craven no escuchaba; seguía sentado con las manos apretadas entre las rodillas, analizando el hecho que tantas veces había considerado: que corría el riesgo de volverse loco. Tenía que hacer un esfuerzo, tomarse unas vacaciones, ver a un médico (Dios sabía que infección corría por sus venas). Advirtió que su vecino le hablaba.

— ¿Qué? — le preguntó impaciente — ¿Que decía?

— Que usted no puede imaginarse la cantidad de sangre que habría.

— ¿A qué se refiere?

Cuando el hombre le hablaba, lo rociaba con su aliento húmedo. Había en su voz una pequeña burbuja, algo como un impedimento.

— Cuando uno mata a un hombre... — dijo.

— Ésta era una mujer — dijo Craven con impaciencia.

— Es lo mismo.

— Y esto no tiene nada que ver con un asesinato, por otra parte.

— No importa.

Parecían haberse internado en una absurda e insensata disputa en la oscuridad.

— Yo sé, ¿sabe? —dijo el barbudo con un tono de enorme orgullo.

— ¿Sabe qué?

— Cómo son esas cosas —dijo con cautelosa ambigüedad.

Craven se volvió y trató de verlo más claramente. ¿Estaría loco? ¿Sería esto un anuncio de lo que podía ocurrirle a él? ¿Algún día se dedicaría a murmurar palabras incomprensibles a los desconocidos en los cinematógrafos? Mientras trataba de seguir la película, pensó: “No, por Dios; no me volveré loco todavía. No me
volveré loco nunca”. No podía distinguir nada, excepto la mancha negra del cuerpo de su vecino, como una bolsa. El hombre había empezado nuevamente a hablar consigo mismo. Decía: “Charla, tan charla. Dirán que fue por las cincuenta libras. Pero es mentira. Hay motivos y motivos. Siempre se conforman con el primer motivo. No buscan nunca más allá. Treinta años de motivos. Son tan simples”, agregó finalmente con el mismo tono de anhelante ilimitado orgullo. Así que esto era la locura. Mientras pudiera darse cuenta de ello, sería cuerdo... relativamente hablando. No tan cuerdo quizá como los judíos del parque o los guardias de la calle Edgware, pero más cuerdo que esto. Era como un mensaje de estímulo, mientras el piano seguía tintineando.

Luego el hombrecito se volvió hacia él y nuevamente lo roció: "¿Se mató, dice usted? Pero, ¿quién puede saberlo? No basta saber qué mano sostenía el cuchillo”. Repentina y confiadamente apoyó su mano sobre la de la Craven; una mano húmeda y pegajosa.

Al comprender el posible significado de sus palabras, Craven dijo horrorizado:

— ¿De qué está usted hablando?

— Yo sé — insistió el hombrecito—. Un hombre en mi posición llega a saber casi todo.

— ¿Cuál es su posición? —dijo Craven, sintiendo sobre la suya la mano pegajosa; quizá se estaba portando como un histérico; después de todo, había decenas de explicaciones, podía ser alquitrán.

— Una posición que a usted le parecerá bastante desesperada.

A veces, la voz se le ahogaba completamente en la garganta. Algo incomprensible había ocurrido en la pantalla; quita uno un momento la mirada de esas películas antiguas, y el argumento avanza hasta volverse irreconocible. Sólo los actores se movían lentamente y a sacudidas. Una joven en camisón parecía llorar en brazos de un centurión romano: Craven no había visto antes a ninguno de los dos. “No temo a la muerte, Lucius, en tus brazos".

El hombrecito comenzó a reírse burlonamente, con aire de entendido. Otra vez hablaba solo. Hubiera sido fácil no prestarle ninguna atención, si no hubiera sido por esa mano pegajosa que ahora había retirado. Parecía estar tanteando el asiento frente a él. Tenía la costumbre de dejar caer la cabeza repentinamente hacia un costado, como un retardado. Dijo clara e insólitamente: “La tragedia de Bayswater”.

— ¿Qué es esto? — preguntó con sequedad Craven. Había visto esas palabras en un diario, antes de cruzar el parque.

— ¿Qué?

— Eso de la tragedia.

— Pensar que a Cullen Mews lo llaman Bayswater.

De pronto, el hombrecito comenzó a toser, volviendo la cara hacia Craven y tosiéndole encima; parecía una venganza. Luego dijo con voz cascada:

— ¿Dónde está? Mi paraguas.

Se levantó del asiento.

— Usted no tenía paraguas.

— Mi paraguas — repitió —. Mi... — y pareció perder definitivamente la palabra. Salió tropezando con las rodillas de Craven.

Craven lo dejó salir, pero antes de que tuviera tiempo de llegar hasta las ondulantes y polvorientas cortinas de la salida, la pantalla apareció vacía e iluminada; la película se había cortado, y alguien encendió inmediatamente una araña cubierta de tierra, que pendía en medio de la sala. La luz era suficiente para que Craven pudiera ver las manchas de sus manos. Esto no era histeria; esto era un hecho. No estaba loco; había estado sentado al lado de un loco que en algún lugar... ¿cómo se llamaba, Colon, Collin...? Craven se levantó de un salto y salió; la cortina negra le golpeó la cara. Pero ya era demasiado tarde; el hombre se había ido, y tenía tres esquinas para elegir. Eligió en cambio una casilla telefónica y marcó, con una sensación curiosa de cordura y decisión, el 999.

 

No tardó más de dos minutos en dar con la sección que buscaba. Se mostraron interesados y muy atentos. Sí había habido un crimen en Cullen Mews. Habían degollado a un hombre de oreja a oreja con un cuchillo de cortar pan; un crimen horrible. Craven empezó a decirles quo había estado sentado al lado del asesino en un cinematógrafo; no podía ser otra persona; todavía tenía las manos manchadas de sangre; y mientras hablaba, recordó con repugnancia la barba húmeda. Pero la voz de Scotland Yard lo interrumpió.

— ¡Oh no! — decía —, tenemos al asesino... de eso no cabe duda ninguna. Es el cadáver, lo que ha desaparecido.

Craven colgó el receptor. Se dijo en voz alta: "¿Por qué tenía que sucederme esto a mí? ¿Por qué a mí?” Volvió a penetrar en el horror de su sueño; la escuálida y oscura calle era uno de los innumerables túneles que comunicaban las tumbas donde los cuerpos imperecederos yacían.

“Fue un sueño”, se dijo, y al apoyarse en la pared vio en el espejo, arriba del teléfono, su propia cara rociada por diminutas gotitas de sangre, como el rocío de un perfumero. Comenzó a gritar.

— No quiero volverme loco. No quiero volverme loco. Estoy en mis cabales. No quiero volverme loco.

Una pequeña multitud empezó a reunirse, y pronto acudió un policía.


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