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Manuel Gutiérrez Nájera en AlbaLearning

Manuel Gutiérrez Nájera

"La venganza de Mylord"

Cuentos frágiles

Biografía de Manuel Gutiérrez Nájera en Wikipedia

 
 
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Música: Mendelssohn - Song Without Words, Op. 19, No. 6
 
La venganza de Mylord
OBRAS DEL AUTOR
Cuentos
Cuento triste
El amigo
Después de las carreras. Berta y Manón
En la calle
Juan el organista
Juan Lanas
La balada del año nuevo
La hija del aire
La mañana de San Juan
La novela del tranvía
La pasión de Pasionaria
La venganza de Mylord
Los suicidios
Rip-Rip el aparecido
 
Poemas
Para entonces
 
Prosa: Crítica social
El culto a los antepasados
Sentencia de vida
 

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A Memé

Bien haces en permanecer, oculta allá, bajo los grandes castaños que sombrean tu casa, a ochenta leguas de los dramas que con alevosía y ventaja nos hace oír el Sr. Gaspar, a quien ni tú ni yo conocemos; sí, haces bien. La ciudad está triste, no porque tú la hayas dejado, como probablemente te diría tu novio; la ciudad está triste porque no puede menos de estarlo, sin bailes, ni tertulias, ni espectáculos. Tú, en cambio, respiras el aire libre de los campos, bebes luz por todos tus poros, galopas a caballo por aquellas sombrosas avenidas, que adrede dispuso Dios para los enamorados, y dejas que tu pensamiento discurra por los países del sueño, mientras aquí pensamos en construir ferrocarriles y en tender una red de alambres telefónicos en el dominio de las lechuzas y los gatos. Cuando la tarde se recoge y comienzan a asomarse las estrellas— como se asoman las mujeres al balcón para mirar a sus enamorados— tú buscas la quietud alegre de la casa, abres las cartas de tus amigas, rompes la faja amarilla de los periódicos, asistes mentalmente a nuestros teatros, y rendida por el cansancio, vas al tibio lecho, llevando oculto, en la pequeña bolsa de tu delantal, el pliego diminuto que no lees jamás delante de tus padres, y que abres cuidadosamente luego que corres el cerrojo de la alcoba, como si sospecharas que, al abrirlo, pueden escaparse los mil besos que tu novio te manda bajo el sobre. Haces bien: oye el concierto de los pájaros, báñate en las azules ondas del estanque, monta el caballo blanco que come en tu mano terrones de azúcar, y lee, sentada en la banqueta del jardín, los libros que te envío: una novela de Halévy, los versos de Coppée y la última narración de Rosa Broughton. Sobre todo, no leas nada de Doña María del Pilar Sinués de Marco.

Cuando pasen las lluvias de Septiembre y el cielo se vista de azul pálido, despídete del bosque, cuyos grandes árboles se irán quedando sin follaje; guarda en tu devocionario las hojas del último heliotropo para dárselas a tu novio, y vuelve a casa. Ya habrán pasado entonces los chubascos y los discursos oficiales. Nadie te narrará los episodios dramáticos de la Independencia; podrás lucir tus diez y seis sombreros nuevos en las fiestas de Noviembre, y Grau—el judío errante—estará a las puertas de México. Ínterin, monta mucho a caballo, caza con la escopeta que te dio tu padrino el año nuevo, almuerza al aire libre, duerme once horas diarias y no leas las novelas de Doña María del Pilar Sinués de Marco.

Te escribo a la hora en que la luz eléctrica se apaga y oyendo el ruido de los últimos carruajes que vuelven del teatro. He tomado café—un café servido por la pequeña mano de una señorita que, a pesar de ser bella, tiene sprit.—Por consiguiente, voy a pasar la noche en vela. El nuevo drama del señor Gaspar, a quien ni tú ni yo conocemos, no ha sido bastante para hacerme conciliar el sueño. Imaginóme, pues, que he ido a un baile, te he encontrado y conversamos ambos bajo las anchas hojas de una planta exótica, mientras toca la orquesta un vals de Metra y van los caballeros al buffet.

Si tú quieres, murmuremos. Voy a hablarte de las mujeres que acabo de admirar en el teatro. Imagínate que estás ahora en tu platea y observas a través de mis anteojos.

***

Mira a Clara. Esa es la mujer que no ha amado jamás. Tiene ojos tan profundos y tan negros como el abra de una montaña en noche obscura. Allí se han perdido muchas almas. De esa obscuridad salen gemidos y sollozos, como de la barranca en que se precipitaron fatalmente los caballeros del Apocalipsis. Muchos se han detenido ante la obscuridad de aquellos ojos, esperando la repentina irradiación de un astro: quisieron sondear la noche, y se perdieron.

Las aves al pasar le dicen: ¿No amas? Amar es tener alas. Las flores que pisa le preguntan: ¿No amas? Amor es el perfume de las almas. Y ella pasa indiferente, viendo con sus pupilas de acero negro, frías e impenetrables, las alas del pájaro, el cáliz de la flor y el corazón de los poetas.

Viene de las heladas profundidades de la noche. Su alma es como un cielo sin tempestades, pero también sin estrellas. Los que se le acercan, sienten el frío que difunde en torno suyo una estatua de nieve. Su corazón es frío como una moneda de oro en día de invierno.

¿Quién es la esbelta rubia que sonríe en aquel palco? Es un patrón de modas recortado. Por esa frente no han pasado nunca las alas blancas de los pensamientos buenos, ni las alas negras de los pensamientos malos. Sus amores duran lo que la hirviente espuma del champagne en la orilla de la copa. Jamás permitiría que un hombre la ciñera con sus brazos: no quiere que se ajen y desarreglen sus listones. ¿Quieres saber cómo es su alma? Figúrate una muñeca hecha de encaje blanco, con plumas de faisán en la cabeza y ojos de diamante. Cuando habla, su voz suena como la crujiente falda de una túnica de raso, rozando los peldaños marmóreos de una escalinata. No sabe dónde tiene el corazón. Jamás se lo pregunta su modista.

***

Esa grave matrona expende esposas. Tiene mucha existencia.

***

Convierte ahora tus miradas a la platea que está frente a nosotros. Una mujer, divinamente hermosa, la ocupa.

¿Quién es? Sus grandes ojos verdes, velados por larguísimas pestañas negras, tiemblan de efusión cuando se fijan en el cielo, como si estuvieran enamorados de los luceros. Sus manos esgrimen el abanico como si quisieran adiestrarse en la esgrima del puñal. Créelo: esa mujer es capaz de matar al hombre que la engañe. Sus labios se entreabren suavemente para dar salida al exceso que hay en ella.

Tras las varillas flexibles del corsé, su corazón late cadenciosamente; ¡pobre niño que golpea con su manecita una muralla!

¿Cuantos años tiene? Ha cumplido veinticinco; no sé cuántas semanas, meses o años hace. Siendo niña, una pordiosera que acostumbraba decir la buenaventura, le predijo que el hombre a quien amara sería espantosamente desgraciado. Su marido—un banquero—es muy feliz. Alicia—así se llama—está rodeada siempre de cortejos presuntuosos y enamorados fatuos. Cuando va de paseo, diríase que es un general pasando revista a sus soldados, que presentan las armas. Ella, sonriente, gozando en las pasiones que inspira sin participar de ellas, asoma su cabeza de Gioconda por la portezuela del cupé y saluda con la mano enguantada o con el abanico, a los platónicos adoradores de su cuerpo. El hombre a quien saluda con los ojos, no es conocido aún.

¿Sera honrada? ¿Será honesta? Las mujeres la miran con desprecio, y los hombres la cortejan. Nadie podría decir quién es su amante o quién lo ha sido; pero todos tienen la certidumbre de que alguno lo será. La lotería no se hace aún: el número que ha de obtener el gran premio, duerme en el globo, confundido con los otros: puede ser el de aquél, puede ser el mío, pero es alguno. La jaula está preparada para el pájaro: en la mesita de sándalo donde Alicia toma el té, hay dos tazas. Un necio diría que alguna es la taza del amante. ¡Falso! Es la taza del marido. Cuando el amante llegue,—Alicia y él beberán en la misma taza como Paolo y Francesca leían en el mismo libro. Después la harán pedazos o la arrojarán al mar—como el rey de Thulé!

El Galeoto social no yerra tan a menudo como algunos creen. Lo que sucede es que se anticipa a la verdad. Es como las mujeres que conocen el amor que han inspirado, media hora antes de que el hombre se dé cuenta de que existe. Un buque sale del puerto lleno de mercancías y pasajeros: el cielo está muy azul, sin un solo punto negro. Pasan los días y las semanas, sin que llegue a los oídos de nadie la noticia de un temporal o de una borrasca. Y sin embargo, cierto día, sin que se sepa cómo ni por qué, se esparce la voz de que aquel barco ha naufragado. ¿Quién lo dice? Todos. ¿Quién recibió la fatal nueva? Nadie. Quince días después, se sabe la espantosa verdad, y los periódicos refieren, pormenor, los horribles detalles del naufragio.

Una mujer es fiel a su marido. Nadie puede acusarla de adulterio. Vive, como Penélope, en su hogar. Desecha con altivez a los que solicitan su cariño. Pero el Galeoto. que mira y prevé todo, murmura entre dos cuadrillas, bajo las anchas hojas de una planta exótica erguida sobre rico tibor chino: ¡esa mujer tiene un amante! Y no es verdad; pero un día una semana, un año después, la mujer tiene un amante. El Galeoto se equivoca nada más en la conjugación del verbo: debía haber dicho: tendrá.

Y la esposa no falta a su deber, porque el mundo lo dice; como el barco no perece porque la gente vaticina el naufragio. Así, el mundo dice que Alicia es desleal, y en torno de ella se agrupan los cazadores en vedado, como los náufragos hambrientos en la balsa de la Medusa. Pero Alicia no ama a ninguno: guarda su tesoro y no quiere despilfarrarlo como pródiga.

Mas hé aquí que una noche llega al salón de Alicia un joven soñador, y le dice al oído:

—¡Cómo se parece usted a mi primera novia! Ella era baja de estatura: usted es alta; ella era morena: usted es rubia; ella tenía los ojos negros: los de usted son verdes; pero yo la amaba: yo amo a usted, y en ésto se parecen.

Dos horas después, Alfredo era amante de Alicia. El huésped prometido había llegado. El banquero continuaba siendo muy feliz.

Ayer, mientras el marido terminaba su correspondencia, Alicia salió en el cupecito azul tirado por dos yeguas color de ámbar. Los pocos ociosos que desafiaban la lluvia en la calzada, vieron que el cupecito proseguía su marcha rumbo a Chapultepec. ¿Qué iba a hacer? Jos grandes ahuehuetes, moviendo sus cabezas canas, se decían en voz baja el secreto. Las yeguas trotaban, y el coche se perdió en la avenida más umbrosa y más recóndita del bosque. Alfredo abrió la portezuela y tomó asiento junto a la hermosa codiciada. Llovía mucho. Quizá para impedir que el agua entrase, mojando el traje de Alicia, cerró Alfredo cuidadosamente las persianas. Si alguno erraba a tales horas por el bosque, pudo decir para sus adentros: ¿quiénes irán dentro del cupé? Afortunadamente, cada vez arreciaba más la lluvia, y sólo un pobre trabajador, oculto en la entrada obscura de la gruta, pudo ver el cupé que continuaba paso a paso su camino, subiendo por la rampa del castillo. Las ancas de las yeguas, lavadas y bruñidas por la lluvia, parecían de seda color de oro.

El trabajador, dejando a un lado los costales que rebosaban hebras de heno, asomó la cabeza para mirar cómo subía el carruaje hasta las rejas del castillo. Allí se detuvo: los amantes se apearon y torcieron sus pasos rumbo a los corredores, mudos y desiertos. Un hombre, cuidadosamente recatado, había subido al propio tiempo. Luego que hubo llegado al sitio en donde quedaba el cupé vacío, bajó el embozo de su capa e hizo una señal imperativa al cochero, que, viendo el rostro del desconocido, se puso pálido como la cera. Bajó luego del pescante, y tras cortísimas palabras que mediaron entre ambos, se quitó el carrick, para que con él se ocultara el recién llegado. Media hora después, los amantes salieron del castillo; subieron al carruaje nuevamente, y Alicia, sacando su cabeza rubia por la portezuela, dijo: ¡A casa! Las yeguas partieron a galope, pero ¿a dónde iban? Torciendo el rumbo, el cochero encaminaba el carruaje al abismo, como si en vez de bajar por la inclinada rampa, quisiera precipitarse desde lo alto del cerro. Los amantes, que habían vuelto a cerrar las pensianas, nada veían. ¿A dónde iban? De pronto las yeguas se detuvieron, como si alguna mano de gigante las hubiera agarrado por los cascos. Relinchando miraban el abismo que se abría a sus plantas. Las persianas del cupé seguían cerradas. El cochero, de pie en el pescante, azotó las yeguas; el coche se columpió un momento en el vacío y fue a estrellarse, hecho pedazos, en la tierra. No se escuchó ni un grito, ni una queja. A veinte varas de distancia, se halló el cadáver del cochero. Era el marido de Alicia.

***

En este instante suena la campanilla, y ese agudo son me vuelve a la realidad. No; no es Alicia la que miro en aquel palco. Alicia duerme ya en el camposanto. Es una mujer que se le parece mucho y que morirá tan desastrosamente como ella. ¡Dios confunda a los maldicientes! Gaspar tiene muchísima razón. La lengua mata más que los puñales. ¡Cómo se moraliza uno viendo estas comedias!

Con que te he dicho ya que esa señora...

 

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