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Manuel Gutiérrez Nájera en AlbaLearning

Manuel Gutiérrez Nájera

"Cuento triste"

Cuentos de color de humo

Biografía de Manuel Gutiérrez Nájera en Wikipedia

 
 
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Música: Mendelssohn - Song Without Words, Op. 19, No. 6
 
Cuento triste
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¿Por qué me pides versos? Hace ya tiempo que mi pobre imaginación, como una flor cortada demasiado temprano, quedó en los rizos negros de una espesa cabellera, tan tenebrosa como la noche y como mi alma. ¿Por qué me pides versos? Tú sabes bien que del laúd sin cuerdas no brotan armonías y que del nido abandonado ya no brotan gorjeos. Vino el invierno y desnudó los árboles; se helaron las aguas del río donde bañabas tu pie breve y aquella casa, oculta entre los fresnos, ha oído frases de amor que no pronuciaron nuestros labios y risas que no alegraban nuestras almas. Parece que un amor inmenso nos separa.

Yo he corrido tras el amor y tras la gloria como van los niños tras la coqueta mariposa que se burla de la persecución y de sus gritos.

Todas las rosas que encontré tenían espinas, y todos los corazones olvido.

El libro de mi vida tiene una sola página de felicidad, y esa es la tuya.

No me pidas versos. Mi alma es como esos pájaros viejos que no saben cantar y pierden sus plumas una a una, cuando sopla el cierzo de Diciembre.

Hubo un momento en que creí que el amor era absoluto y único. No hay más que un amor en mi alma, como no hay más que un sol en el cielo, decía entonces. Después supe, estudiando astronomía, que los soles son muchos.

Toqué a la puerta de muchos corazones y no me abrieron porque dentro no había nadie.

Yo vuelvo ya de todos los países azules en que florecen las naranjas de color de oro. Estoy enfermo y triste. No creo más que en Dios, en mis padres y en ti. No me pidas versos.

Preciso es, sin embargo, que te hable y te cuente una por una mis tristezas. Por eso voy a escribirte, para que leas mis pobres cartas junto a la ventana, y pienses en el ausente que jamás ha de volver. Las golondrinas vuelven después de larga ausencia, y se refugian en las ramas del pino. La brújula señala siempre el Norte. Mi corazón te busca a ti.

¿De qué quieres que te hable? Deja afuera la obscuridad y haz que iluminen tu alma las claridades del amor. Somos dos islas separadas por el mar; pero los vientos llevan a ti mis palabras y yo adivino las tuyas. Cuando la tarde caiga y las estrellas comiencen a brillar en el espacio, abre tú los pliegos cerrados que te envío, y escucha las ardientes frases de pasión que lleva el aire a tus oídos. Figúrate que estamos solos en el bosque, que olvidé todo el daño que me has hecho, y que en el fondo del coupé capitoneado te hablo de mis ambiciones y de mis sueños. Óyeme como escuchas el canto de las aves, el rumor de las aguas, el susurro de la brisa. Hablemos ambos de las cosas frívolas, esto es, de las cosas serias. La tarde va a morir: el viento mueve apenas sus alas como un pájaro cansado; los caballos que tiran del carruaje corren hacia la casa en busca de descanso; la sombra va cayendo lentamente... aprovechemos los instantes.

 

Hace muy pocos días paseaba yo por el parque pensando en ti. La tarde estaba nublada y mi corazón triste.

¡Cómo han cambiado las cosas! Los carruajes que van hoy al paseo no son los mismos que tú y yo veíamos. Veo caras nuevas tras de los cristales y no encuentro las que antes distinguía. ¿Te acuerdas de aquella que encontrábamos siempre en trois quart a la entrada del paseo? Pues voy a referirte su novela. Amaba mucho; las ilusiones cantaban en su alma como una bandada de ruiseñores; se casó y la engañaron. Todavía recuerdo la impaciencia con que contaba los días que faltaban para su matrimonio. La noche que recibió el traje de novia creyó volverse loca de contento. Yo la miré en la iglesia al día siguiente, coronada de blancos azahares, trémula de emoción y con los ojos henchidos de lágrimas. ¿Quién nos hubiera dicho que aquel matrimonio era un entierro? Se amaban mucho los dos o por lo menos, lo decían así. Iban a realizar sus ilusiones; la riqueza les preparó un palacio espléndido y los que de pie en la playa la miramos partir en barca de oro, dijimos: ¡Dios la lleva con felicidad!

Unos meses después, encontré a su marido en un café.

—¿Y Blanca?

—¡Está algo mala!

Era verdad, Blanca estaba mala; Blanca se moría. Enrique la dejaba por ir en pos de los placeres fáciles, y Blanca, sola en su pequeña alcoba, pasaba las noches sin dormir, mirando como se persiguen y se juntan las agujas en la muestra del reloj. Una noche Enrique no volvió. Al día siguiente, Blanca estaba más pálida: parecía de cera.

Hubiérase creído que la luz del alba, que Blanca vio aparecer muchas veces desde su balcón, le había teñido el rostro con sus colores de azucena.

¿Por qué no viene?—Preguntaba sondeando con los ojos la obscuridad profunda de la calle.

Y graznaban las lechuzas, y el aire frío de la madrugada le hería el rostro, y Enrique no volvía. De repente suenan pasos en las baldosas. Blanca se inclina sobre el barandal para ver si venía. ¡Esperanza frustrada! Era un borracho que regresaba a su casa, tropezando con los faroles y las puertas.

Así pasaron días, semanas, meses: Blanca cada día estaba peor. Los médicos no atinaban la cura de su enfermedad. ¿Acaso hay médicos de almas?

Una noche, Blanca le dijo a Enrique:

"No te vayas. Creo que voy a morirme. No me dejes".

Enrique se rió de sus temores y fue al circulo donde le esperaban sus amigos. ¿Quién se muere a los veinte años?

Blanca le vio partir con tristeza. Se puso después frente a un espejo, alisó sus cabellos y comenzó a prender entre sus rizos diminutos botones de azahar.

Dos grandes círculos morados rodeaban sus ojos. Llamó en seguida a su camarera, se puso el traje blanco que le había servido para el día del matrimonio y se acostó. Al amanecer, cuando Enrique volvió a su casa, vio abiertos los balcones de su alcoba; cuatro cirios ardían en torno de la cama. Blanca estaba muerta.

—¿Ya lo ves? La vida mundana, tan brillante por fuera, es como los sepulcros blanqueados de que nos habla el Evangelio. La riqueza oculta con su manto de arlequín muchas miserias.

Cierra tus oídos a las palabras del eterno tentador. No ambiciones el oro que es tan frío como el corazón de una coqueta. Sé buena, reza mucho y ama poco.

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