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Manuel Gálvez

"Una santa criatura"

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Una santa criatura
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Una santa criatura

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VII

María del Rosario era feliz, feliz. Lichito, ahora, ponía en clase más atención, estudiaba y hasta traía los deberes. ¡Cómo adelantaba ese chico cuando quería! Le faltaba poquísimo para alcanzar a sus compañeros. Si continuaba así, sería el primero de la clase. Lo mismo que el Nene, pues de haber vivido, ¿qué otro chico iba a ser más adelantado que él?

El contento de María del Rosario no se enturbiaba por nada. Cierto que la dueña de la casa donde vivía estaba seria con ella. La señora era muy buena, pero quería que María del Rosario trabajase como durante el verano en arreglar los cuartos, en barrer el patio y hasta en cocinar. Ella haría todo eso con gusto, pero cuando una no tiene tiempo, ¿qué va a hacer? Las clases, la corrección de los deberes, y el estudiar le llevaban todo el día. Apenas si disponía de los minutos suficientes para arreglar su cuartito y mirar aquellas ropitas del Nene, ocupación que era la mayor dicha de su vida diaria. Las dos solteronas la molestaban algo. Desde que ella estaba contenta, las dos mujeres se habían vuelto insoportables. No podían con su genio, las pobres. Claro que ella hacía mal en mostrar su alegría delante de ellas. Las había incomodado más de una vez. Pero es que antes, cuando estaba triste, cuando Lichito se enfermó, por ejemplo, ellas le gritaron que su tristeza era una tristeza "estúpida" — ¡qué exageradas!, — ofendían a la gente. Por esto imaginó que el mostrar contento, lejos de molestar, sería agradar. Y ahora parecía que también esto era una ofensa.

Pero la felicidad de la pobre maestra no iba a durar mucho. Estaba escrito que sería desgraciada. ¿Y qué puede contra la saña de la Fatalidad una infeliz muchacha sola, sin una alma a su alrededor que la comprenda, sin nada en la vida qué gozar ni siquiera qué soñar?

Una mañana, pocos minutos antes de terminar la clase, la señorita directora la mandó llamar. Acudió tranquila, sonriendo con su sonrisa siempre un poco dolorosa. La directora estaba sentada en su escritorio, rígida como siempre, solemne como siempre, con su cara inmóvil y sus anteojos solemnes y aquella actitud de toda su persona que parecía ir solemnemente diciendo: "Cumpla su deber, señorita".

Dos señores conversaban con la directora. A uno, ella lo conocía: era el inspector, un hombre ya viejo y seguramente muy bueno en el fondo, pero que le gustaba mostrarse severo y molestaba a las maestras con reproches, consejos y exigencias. El otro... ¡pero si era idéntico ese señor al que fue su gran alegría primero y su gran dolor después, al padre del Nene, al soñado y al perdido para siempre!

— El señor — habló la señorita directora con su voz enfática y agria — es el padre de un niño al que usted ha dejado sin recreo. ¿Reconoce usted que es exacto el hecho?

María del Rosario quedó como un niño que imagina ver un fantasma horrible. Miraba a unos y a otros, asustada, temblando entera, pálida.

— Conteste, señorita — continuó la directora.

— ¿Es exacto?

— Sí, señorita... Pero era por... — tartamudeó afligida.

— ¿Y ignora usted que las mentes infantiles necesitan descanso, y que por eso el reglamento, muy sabiamente, consultando los progresos de la psicología y la pedagogía, prohibe a las maestras dejar sin el recreo a los niños?

La respuesta de la pobre, de la santa María del Rosario estaba en sus ojos llorosos, en la inclinación doliente de su cabecita, en el estremecimiento de su ser. Pero nadie la vio. Aquellos dos hombres y aquella mujer sólo vieron un silencio culpable, una mudez de hipocresía o de arrepentimiento.

— Es una falta gravísima, señorita, la que ha cometido. Queda suspendida por una semana.

— Pero... señorita... — balbucía la maestra — si todas... lo hacen...

No, no, ella no quiso decir eso. Ella tenía su cabeza atestada de palabras que querían salir y se atropellaban. La idea de que todas lo hacían había estado en su cabeza, pero ella no pensó en decirla. ¿Por qué salió esa idea y no otras que ella quería decir? ¿Por qué, a veces, será una tan infeliz, tan torpe? Con razón estaba tan enojado el señor inspector. Con razón la señorita directora se excusaba ante él, acusando a María del Rosario, que desacreditaba a la escuela. Con razón su cara no tenía la solemnidad de siempre y miraba a la criminal con ojos furibundos. Hasta los anteojos parecían echar chispas de indignación.

La pobre María del Rosario estaba aturdida. Creíase una criminal. Aquel recreo — ¡oh Dios de bondad! — pesaba sobre su conciencia sencilla como un gran delito. Y continuaba de pie frente a sus jueces, muda, vencida, sufriente, sin ver otra cosa que su gran falta, sin oír otra cosa que una palabra de reprobación, hasta que la voz de la directora, imperiosa como una condena inapelable, la sacó de su inmovilidad, ordenando:

— Retírese, señorita. Está bien.

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