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Joaquín Gallegos Lara en AlbaLearning

Joaquín Gallegos Lara

"Los fugaces aromas"

Biografía de Joaquín Gallegos Lara en Wikipedia

 
 
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Los fugaces aromas
OBRAS DEL AUTOR
Cuentos
El guaraguao
Er sí, ella no
La extraña pareja
La salvaje
La última erranza
Los fugaces aromas

ESCRITORES DE ECUADOR

Aurora Estrada
Joaquín Gallegos Lara
Juan Bautista Aguirre
Medardo Ángel Silva

 

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—¡Gonzalo! ¡Gonzalo! ¡Ven!

En la penumbra vaporosa, clareaban sus vestidos. De María Teresa, de diez y ocho años, a María Ligia, de seis, enfilaban un rondador de siete carrizos esbeltos.

Aparté el libro y miré por los vidrios. Un fulgor lila aureolaba los árboles. Abrí el balcón. El frío olía a mil presencias de aromas, pero sobre todo a menta. Al asomarme, mis primas me llamaron desde el jardín.

—La noche está primorosa, Chalo: ¡baja!

—¡No ahora, siete cabrillas! — respondí—. Estoy leyendo.

—Vamos hasta el río antes que llamen a la merienda.

—Si fuera de veras tal vez bajaría...

—¡Si nos acompañas, seguro que nos ranciaremos!

Pasábamos, como siempre, las vacaciones en la granja de la abuela. Desde niños amábamos la casa fragante a capulíes, el vergel, los panales, el campo claro de la aceña y los tréboles en las orillas. Para mi gusto, por el río bien valía la pena abandonar un rato el mundo mágico de la lectura.

Otra voz más, bromeó:

—¿Y tú te fías de promesas de mujeres?

—¡Ah, con que son de esas! Yo no voy.

—No harás caso a esta filática de Eva.

—¡No seas rogado! ¡Iremos, te lo juramos por la Dolorosa!

A ojos vendados yo diferenciaba las voces de mis primas. Más que el río que atraía la que lo nombró: María Estela, con quien contábamos iguales trece años. Incluso habíamos nacido un mismo día y casi a la misma hora.

—La luna llena estará blanqueando sobre los sig-sigs de la otra orilla...

Estela sabía que me encantaba el río. Sabía todos mis gustos. Sabía, quizás, hasta que el primero era ella misma, en pugna con mi presunta vocación de cura. Y acaso, ambos sabíamos que sabíamos.

Salí del cuarto de estudio. A trancos descendí las gradas. Crucé el estragal tenebroso y surgí al aire libre. El jardín, los céspedes, el viento, las muchachas y hasta las rosas, me olían a menta. Para mis ojos noveleros, mis primas semejaban apariciones.

—Así tan calladotas me han parecido los ángeles custodios del Santo Grial.

María Eva se mofó:

—Compararás con los ángeles a Celeste que es santita, o a Ligia, por huambringa, pero no a la carishina de Estela o a Remigia que, tan grandota todavía moja la cama. Y lo que es a Zoila, como chola, diablo mismo parece!

Zoila era la menuda sirvientita india, de cabeza rasurada, cocola. Remigia se irguió, hecha una avispa:

—¡A vos tampoco que robáis el pioquinto de la alacena y le murmuráis a las monjitas!

—¡Callen, callen, bobas! — respondió Teresa—. Vamos pronto al río.

Corrimos por el vergel. Ibamos cogidas de la mano, sofocadas, alegres con la noche y con las savias de nuestros años cortos. Bajamos el chaquiñán. Las lumbres de las chozas jugaban al escondido entre los troncos. Esparcidos a puñados, los ninacuros electrizaban los follajes.

—¡Cómo huele la menta! ¿Respiran? —preguntó Estela.

Con tono ahogado, Teresa le contestó, siempre corriendo:

—Hay sobradísimas matas: son de la abuelita, sembradas por sus manos...

Pícaras de todos los tamaños, redondeadas o chatas, pulidas o musgosas, se amontonaban en el rincón de playa a donde salimos. Estela había callado. Sus pasos coincidían con los latidos de mi pecho. Me atraía más que nunca, vertiginosamente. De pronto volvió hacía mí el vago alabastro de su cara.

—¿Qué es el Santo Grial, Gonzalo?

—Es la copa de oro en que José de Arimatea recogió la sangre sagrada de Nuestro Señor Jesucristo, pero es también el símbolo del Espíritu Santo, la señal de Dios en la tierra, el ideal... —dije, un poco confuso, con recelo de no atinar a explicar.

El resonar perenne del río, arreaba el rebaño de espumas hacia las tinieblas.

—¿En qué libro leiste del Santo Grial?

—En uno que se llama Los Caballeros de la Tabla Redonda: eran doce con el Rey Arturo, que vagaban buscándole para rescatarle.

—¿Quiénes le retenían?

—Los moros o paganos, pero mejor he de darte a que leas vos misma, Estela.

La fragancia a menta se hacía más aguda.

—¡Qué noche! ¡Es todo Julio, todas las vacaciones! —nos dijo Teresa, sentándose en una piedra alta. Al echarse hacia atrás, se le desciñó el chal y se le empinaron sus senos, como queriendo romperle el vestido. Aturdido, temí el pecado de mirarlos. Me consolé, prometiéndome que me lavaría de él en octubre, al confesarme antes de clase. ¿Cómo serían los senos de Estela, que no se le encabritaban tanto? Me descorazonaba mi perversidad. Un anhelo presuntuoso me impulsó a baladrar:

—¡Si el Santo Grial estuviera aún en el mundo, yo me permitiría ir a buscarle y a combatir por recobrarlo!

Teresa me miró, descubriéndome:

—Entonces ¿qué mismo quiere ser, guerreante u ordenado?

La pregunta me desconcertó. Sin verlos, sentí los ojos dulces e interrogativos de Estela, envolviéndome magnéticos.

El viento remecía las copas de eucaliptos, alisos y nogales. De repente comprendí que era de Estela, de sus cabellos, de su boca, de su cuerpo, de sus ropas, de donde provenían el aroma de menta.

—No son las matas del jardín, sino tú, lo que tanto huele a menta ¿verdad, Estela?

—Será de lo que enantes masqué unas hojitas...

Alcé a contemplarla y, aunque ruborizada, me sostuvo la mirada. Teresa se rió suavemente, sin explicar por qué. Luego torció:

—No es sólo de las hojitas que has mascado... Todas las personas exhalamos un olor particular, nuestro, propio, y vos, Estela, siempre hueles a menta.

—Yo no percibo, ñaña, pero vos sí, todo el tiempo derramas vainilla... Respírala, Gonzalo, por el cabello, la cara, la oreja.

Me allegué, e involuntariamente mi mejilla rozó la de Teresa. Era cierto: ella despedía hondo y cálido vaho de vainilla. Evocaba las arboledas ardorosas, de las haciendas de los yungas o valles calientes. Era la mayor de mis siete primas María: alta, de talle de bejuco, labios encapullados y dorada piel canela.

El aroma de Teresa me incendiaba la sangre. Me atraía. Me hacía recordar los gruesos muslos, tersos y oscuros, de las indias, a las que había visto cruzar los vados, con las faldas arremangadas; o, a las lavanderas desnudas de cintura arriba, con los pechos de bronce orondos al sol, afanadas despercudiendo ropa en los pedregones de las retorcidas orillas de los ríos.

¿Había sido, en realidad, tan exclusiva de mi madre la promesa votiva de mi sacerdocio? Sin duda nació en ella. Mas, mi apasionamiento, mi afán de consagraciones absolutas, y mis divagaciones y lecturas, la convirtieron en espontáneamente mía. Recuerdo que deseaba ser cura para procurar elevarme a santo.

—¡Santito! De mayor ha de ser santito y nos hará milagros...

—¡Linditico! ¡Parece un mismo San Luis Gonzaga!

—¡Caritativo! Ñañito de los ángeles.

—¡La devoción con que reza! ¡Quierde otro como él!

Esta letanía de las mendigas, alabándome las mañanas de los sábados, al recibir sus limosnas, en el zaguán de la casa, influía en mí. No me envanecía. Me incitaba al misticismo. Las sirvientas corroboraban: —¡Le oyeron orándole con qué fervor a la Salve! Es devoto de Nuestra Señora.

Colgaba de la cabecera de mi cama una estampa de la Virgen María. Era una reproducción del cuadro de Leonardo de Vínci, "La Virgen de la Hostia". Yo lo veía como un retrato de mi madre embellecida. Me arrebataba en éxtasis antes de dormir y en diáfano júbilo al despertar. Aquella cara era para mí la prueba viviente de que existen en el mundo la pureza y la dignidad.

—Dios te salve, reina y madre... A los cinco años vi un mendigo indio. Casi no pude dormir una semana. Hablaba. Por ello, a pesar de su rostro seboso, sus llagas agusanadas, sus piojos y su mirada estúpida, no me avine a creerlo un animal más, como los burros, las ovejas o los chanchos.

Rápidamente observé que aquella roña no corroía sólo a los pordioseros. Todos los indios vivían lo mismo, si eso era vivir. Las chozas de lodo, los harapos, el hambre, los chiquitines agobiados de trabajo. Los tejedores de sombrero vertiendo sangre por los ojos y los demás escupiéndola, fueron para mí pesadilla.

¿Quiénes sino Nuestro Señor y su Madre Santísima podrían curar esa lacra, que era una blasfemia contra ellos? El padre Mortier nos enseñaba a leer juntos a María Estela y a mí.

Nos regalaba pastillas de chocolate y figuras de santos. Nos contaba que los salvajes de la Polinesia y Africa andan desnudos porque aún no se les predica el cristianismo. Por él supimos que los polos son helados y que allí la mitad del año es día; la otra, noche. Sinceramente, yo deseaba ser santo.

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