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Sergio Galindo Márquez en AlbaLearning

Sergio Galindo Márquez

"Ana y el diablo"

Biografía de Sergio Galindo Márquez en Wikipedia

 
 
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Música: Clementi - Sonatina Op.36 No.1 in C major - 2: Andante
 
Ana y el diablo
OBRAS DEL AUTOR
Ana y el diablo
El retrato de Anabella
El tío Quintín
La máquina vacía

ESCRITORES MEXICANOS

Alfonso Reyes
Alvaro Mutis
Amado Nervo
Amparo Dávila
Augusto Monterroso
Carlos Díaz Dufóo
Carlos Fuentes
Ciro Bernal Ceballos
Efrén Hernández
Efrén Rebolledo
Fernández de Lizardi
Francisco Sosa
Ignacio Manuel Altamirano
Isidro Fabela Alfaro
José Emilio Pacheco
Jose Juan Tablada
Jose Vasconcelos
Juan José Arreola
Juan Ruiz de Alarcón
Juan Rulfo
Justino Fabela Alfaro
Justo Sierra Méndez
Luis Gonzaga Urbina
Manuel Acuña
Manuel Gutiérrez Nájera
Octavio Paz
Ramón López Velarde
René Avilés Fabila
Sergio Galindo Márquez
Salvador Elizondo
Sor Juana Inés de la Cruz

 

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Ana olvidó a su padre con el regalo. Tomó en su regazo al animalito ariciándolo. Afuera seguía la tempestad. Los rayos iluminaban con mayor frecuencia la obscura tarde. Ya no pensaba en los truenos. Miau. ¡Qué lindo era! papá también.

El gatito se escurrió de su falda y dió unos pasos encima de la afombra buscando asustado un lugar donde esconderse. Pero ella volvió a tomarlo antes de que pudiera huír.

-¿Te gusta?

-¡Mucho, ¡Papacito! Se incorporó y fue a subirse a sus piernas sin dejar de acariciar su regalo. Él alisó sus largos rizos, tomó su pequeña carita entre sus palmas con cuidado. La besó. Los grandes ojos de Ana reían en aquella cara redonda y blanca. Un trueno produjo un ruido ensordecedor. Abrió los ojos desmesuradamente. Él creyó que iba a llorar o a dar de gritos. Miraba los rincones de la sala. Iba a decir "luz" pero un miedo más hondo la contuvo. Entonces se percató de que era él quien estaba a su lado, no otra persona.

- Luz ... papá ... pon la luz.

-Vamos, miedosilla, vamos a ponerla.

La cargó. La niña reía otra vez. Era bonito estar entre aquellos brazos que la mecían en su marcha. Le gustaba el calor de su pecho. Prendieron la luz.

-Creo que será hora de que cenes -dijo él consultando su reloj-. Buscaremos a Eugenia para que te sirva, ¿eh?

-¡No, no! -suplicó casi con lágrimas-. Cenaré contigo. No quiero estar sola, -se abrazó a él hablando rápidamente-. ¿Sí? ceno contigo, ceno contigo, ¿si, papacito?

Él accedió. No le gustaba aquella ansiedad con que siempre pedía las cosas. Eugenía decía que en su ausencia era peror, sobre todo en las noches. Tenía pesadillas, sus gritos despertaban a todos, salía de su alcoba con el rostro lleno de lágrimas gritando: "¡Luz, luz!" El doctor había dicho que no encontraba nada anormal en ella, que pasaría con el tiempo, pero ahí estaban los relatos de Eugenia describiendo las frecuentes crisis de nervios de la niña. Eugenia se exasperaba aún al contarlo. En la noche, ya en su cama, esperaba, esperaba hasta que de golpe venían los gritos.

Volvieron a sentarse. Ella tenía un ligero temblor.

-Oye, Anucha, ¿de qué tienes miedo? Dime, ¿por qué gritas en la noche?

Lo miró recelosa. Sus pupilas se dilataban. ¿Miedo a qué? A la noche, a todo. Hubiera querido decirle, pero temía su enojo y temía que se fuera para no volver nunca, ¡y entonces qué iba a hacer? Él explicaba que la noche es una cosa bonita, ¡qué estrellas!, ¡qué luna! ¡Ah, papá no sabía! Oía sus palabras con los ojos muy abiertos y como si no lo viera.

Luego preguntó.

-¡Y el diablo?

-¡El diablo?

-Sí, él viene de noche.

La miró desconcertado por el aplomo con que hablaba. Sus ojos brillaban extrañamente.

-Pero Anucha, tú nunca has visto al diablo. Dime, ¿lo has visto de veras?

-No, respondió espantada.

-¿Entonces, cómo le tienes miedo?

-Porque allí está, en lo obscuro. Sí papacito, yo sé que está -y miraba a los lados como si temiera su aparición. El gatito chilló por la fuerza con que ella, en su nerviosidad, lo apretaba.

-¡Lo lastimas!, gritó él.

Ana se mortificó y dejó al animal en libertad. Luego lo miró con azoro. Pero no estaba enojado. La miraba con mucho amor. Entonces soltó una carcajada de alegría.

¿Por qué no está siempre conmigo? -pensaba- ¿por qué me deja sola? Pero no te dejo sola -decía-, tienes a tu tía Eugenia y a tu nana Claudia, que te quieren mucho. ¡Ah, papá no sabía! Sí estaba sola. Nana Claudia no se quedaba a dormir en su casa. Y era entonces cuando empezaban a suceder todas esas cosas, el miedo y todo eso.

El gatito vino de nuevo a ella restregándosele.

-Papá -exclamó súbitamente-, ¿puedo dormir con él?

-Si quieres.

-Sí, sí -tomó al animal y lo abrazó tiernamente. Se rió con fuerza diciéndole: tú sí eres bueno.

El gatito volvió a escaparse. Corrió hasta la puerta deteniéndose a los pies de Eugenia. Alta, triste, ella los miraba. Ana perdió la risa. Eugenia se agachó a tomar el gato.

-¡No lo cojas! -gritó duramente la pequeña-, ¡es mío!

Sin hacer caso estiró la mano, pero el animal la rasguñó. Dio un pequeño grito y la niña rió.

-¿Lo ves, Rogelio, lo ves? ¡Es mala!

El animal corrió a esconderse. Él quiso regañarla pero la niña lo miraba con espanto tan grande, la sentía temblar tanto, que no puedo hacerlo, sólo murmuró roncamente:

-Ana, Anucha, eso es feo.

 

Ella quedó con la boca abierta, sorprendida de sus palabras. Luego lo abrazó y besó agradecida y de pronto soltó a reír.

Eugenia había insistido en que el comedor se alumbrara con velas. La electricidad la molestaba. Decía que lastimaba sus ojos. A Rogelio no le gustó la idea, pero dejó que su hermana decidiera. Ahora la veía a través de un candelabro en que bailoteaban cuatro luces. El largo mantel los separaba. Ana se había levantado ya. Claudia la condujo a su habitación para acostarla. Seguía lloviendo fuertemente. En el jardín algunos árboles se habían desgajado.

El persistente golpear de la lluvia sobre los cristales de las ventanas era el único ruido que se había oído en la estancia, hasta que Rogelio dijo:

-Eugenia, ¿por qué no sales nunca?

Ella lo miró con cierta desconfianza y disgusto.

-¿Quién te ha dicho?

-Todo mundo: Lo sé bien.

Se puso nerviosa. Le molestaba que alguien la mirara largamente. Ena oomo estar frente a un espejo, y ella odiaba los espejos.

-Es por la casa -su voz sonó insegura-. ¡Es tan grande! Apenas puedo llevarlo todo, se me van los días.

-Pero hay criados -replicó él con seriedad-. Tú no tienes por qué echarte toda la carga. Sal, pasea, que trabajen ellos.

-¡No, no puedo!

Se puso a golpear sus dedos sobre el mantel simulando el galope de un caballo. Después se quedó mirando detenidamente las velas y murmuró:

-Además, está ella, debo cuidarla.

Él no dijo nada. Seguía golpeando la mesa. Luego, inclinándose, agregó en voz baja:

-¿Sabes?, creo que heredó a mamá.

Tras esto reinó un silencio pesado. Ambos se sintieron de pronto atados a muchos amargos recuerdos. Rogelio llevó sus manos a la cabeza y las metió entre su pelo.

-¿No crees tú? -inquirió con ansiedad-. Yo la he visto, en las noches, y es como ella.

-¡No! -negó él con sorda desesperación. El reloj dió las nueve. ¿Cómo aceptarlo? Y además, parecía imposible. Es que... no, Eugenia debía exagerar. Eugenia ...

-Pero tú ... debes salir. Vas a enfermarte si te encierras a cuidarla... ¡y creo que no lo necesita!

-No, yo no. Yo estoy bien, es ella, ¡es ella! Comprende, hay que hacer algo. Es espantoso para mí ver como poco a poco ella se parece más y más. ¡Y no podemos hacer nada! Yo quisiera cerrar los ojos y olvidarme de todo, ¡Y no puedo! A veces me parece que veo visiones. Tengo todo tan presente. Esos últimos días. Yo primero creí que ella era completamente normal. Estaba segura. Segura. Pero ahora ...

Sus palabras fueron interrumpidas al entrar Claudia en la habitación. Su pesado cuerpo se movía con lentitud.

-La niña quiere venir a despedirse otra vez -exclamó como disculpándose de haber interrumpido-. ¿La traigo?

Pero antes de que alguien respondiera ella había entrado con el gatito entre sus brazos. Corrió a la silla de su padre, para que la cargara.

-¡Quiero otro beso! -dijo mimosa. Lo rodeó con sus brazos-. ¿Le dijiste a tía Gena que dormiré con el gato?

Con su bata azul y su pijama blanca se veía muy bella, pero de una belleza enfermiza, casi febril.

Eugenia se contrarió al oír lo que decía; pero no lo demostró. Al verla recordó la frase de Rogelio "¡Y creo que no lo necesita!" Sí, la niña parecía normal. Pero, se dijo, sólo parece. Ahora hablaba animadamente con su padre contándole lo que el gatito había estado haciendo. De pronto Eugenia se sintió apartada de todos. Como si fuese a un lugar donde ellos no pudieran alcanzarla. Los vió. Ellos reían y Claudia, a un lado con su expresión humilde y bonachona de gente buena. Sentía que el dolor de cabeza le empezaría pronto. No puede ser, musitó, no. Era la nerviosidad. Había sido una tarde horrible. Truenos. La llegada de Rogelio. Estaba cansada, era necesario que ella gozara de calma todo el día, sólo asi se sentía bien. Y allí estaba su hermano recomendándole salir. ¡Qué tontería! ¡Cómo si no supiera! De pronto se aterró. ¿Saber qué? Se repitió la pregunta y luego lo miró temiendo que la hubiera estado observando; él sólo tenía ojos para la niña y reía con ella. Parecían normales.

Claudia se quejó de que no escampaba y que tendría que pasar la noche en la casa. No quería pescar un catarro. Eugenia la oyó distraída. Le indicó dónde tomar las cobijas y en qué cuarto dormir. La vió salir y entonces sintió La necesidad de moverse ella también. Como si hubiera pasarlo mucho rato en la misma posición.

-Vamos -dijo levantándose de golpe- te llevaré a dormir. Fue y la quitó de los brazos de su padre. Ana súbitamente, había quedado en silencio. No se opuso. Rogelio rió con ella antes de dejarla y preguntó señalando al gatito:

-¿Cómo se va a llamar?

-No sé ...

Desaparecieron. Había que atravesar ocho recámaras para llegar a la que ella ocupaba. Todo estaba en penumbra. Un extraño espíritu del ahorro obligaba a Eugenia al mínimo consumo de electricidad. Ana cerró los ojos para no ver aquellas sombras que atravesaban, porque a veces parecían tener vida y moverse. Como si fueran monstruos de cuentos. Con los ojos cerrados sólo tenía una mancha negra que no decía nada. La tía empezó a hablarle. Decía y decía palabras con rapidez. Pero Ana no quería oirla. Eso le daba más miedo. La tía Gena decía cosas horribles. Sus palabras eran como esas sombras: cosas extrañas. Apretó a su gatito para sentirse acompañada. A pesar de su esfuerzo iba oyendo lo que ella le decía. El pecho se le oprimió. Puedo gritarle a papá, pensó. Pero ella podía enojarse y, además, papá parecía no comprender muchas cosas. ¿Por qué hacía tantas preguntas?

-No quieres oírme, ¿he?

Abrió los ojos. Estaban ya en su alcoba. La tía estaba enojada. No recordaba todo lo que había dicho.

- Pues acuérdate bien -la amenazó ella-. ¿Quieres dormir con el gato? Bueno. Tú tenías miedo del diablo y lo has llamado. ¿No sabes que el gato es la representación del diablo? ... en las noches... ¡Ah, ahora te espantas!... !No lo sueltes! Que se quede contigo; cuando te apague la luz, cuando se acerque a tí, empezará a hacer como si roncara, y entonces es que el diablo está ya contigo. ¡Ya verás!

Apagó la luz y salió rápidamente cerrando tras de sí la puerta. Poco a poco la completa obscuridad se fue diluyendo hasta quedar en penumbra el cuarto. Entonces, con los ojos desorbitados, trató de encontrar el gato que caminaba por el piso. Se sintió llena de odio hacia él y hacia su padre por haberlo llevado, ¿qué, no sabía? El gato maulló. Y entonces volvió a sentir con intensidad aquel palpitar de sus sienes que luego se transmitía a todo el cuarto. Como si alguien muy fuerte lo estuviera martillando. Las lágrimas bajaron por sus mejillas y rió débilmente. Se sintió tremendamente sola. Ahora ellos debían estar en la sala. Quiso gritar, pero papá lo había prohibido. Le había dicho muy serio que debía acostumbrarse a la obscuridad. ¿Se acercaba? Podía correr, gritarles; pero tía Eugenia había dicho que su padre acabaría por no volver a verla si seguía con aquellas cosas. No verlo más ... ¡eso no! A veces los débiles pasos se acercaban. Luego lo oía correr. Pasó mucho rato así, sentada, temblando.

De pronto, a través de la puerta, se filtró un poco de luz. Luego oyó claramente los pesados pasos de Claudia.

-¡Claudia, Claudia!, ¡ven!

La puerta se abrió y la sirvienta avanzó hacia ella mirándola tristemente.

-¿Qué tiene mi niña?

No podía hablar. Ese nudo que se formaba y el latir del cuarto. Tomó sus manos y las apretó fuertemente enterrándole las uñas. Claudia acarició sus cabellos y secó su sudor. Le hacía mimos. Allá, el gatito la mirába meneando la cola.

El gato, nana Claudia -dijo por fin- , el gato es el diablo. Se va a meter dentro de él y va a estar aquí conmigo.

-¡Pues me lo llevo! exclamó con resolución.

-¡No, no! Tía Gena y papá se enojarán conmigo. Él me lo dió de regalo, se irá., nunca me traerá otra cosa, -las lágrimas bajaban rápidamente de sus enormes ojos- ¡Tengo que dormir con él! ¿qué hago?

La mujer sufría de verla así. Pensó y solucionó el problema sencillamente y con alegría.

-Ah! -exclamó- ya sé. Dormirás con él y cuando empiece a ronronear le arrancas un pelo y le preguntas "¿Estás allí diablo?". Si no responde y todavía tienes miedo le arrancas otro y vuelves a preguntarle. Entonces, si el gato se aleja, es que el diablo no va a venir. Pero le arrancas con fuerza el pelo.

Después se puso a jugar con ella y a contarle viejos cuentos; pero sabía que Ana no la escuchaba y que sólo pensaba en el gatito, del que no apartaba la vista. Cuando se fue la dejó más tranquila prometiendo ir si necesitaba algo. De nuevo en la obscuridad los lejanos ojillos del gato brillaban claramente. A veces verdes, a veces amarillos. Eran dos lucecitas que la fascinaban y que después, lentamente, fueron acercándose más y más.

 

Cerca del amanecer Claudia despertó sobresaltada... Al primer momento no pudo precisar los ruidos que escuchaba. Seguía la lluvia con más fuerza. ¿Pero, qué era lo otro? ¿Una fiesta? Se oían risas estruendosas, y en medio de ellas la voz de Rogelio. De pronto comprendió. Imploró a la Virgen y rápidamente fue al cuarto de la niña.

Al llegar se detuvo a la puerta, invadida de espanto. Primero vió a Rogelio con el rostro completamente pálido. Ana había dejado la cama, se veía que había salido al patio, sus ropas estaban mojadas. Hablaba en forma incoherente y rápida.

-¡Ya tiene nombre! Ya, diablo, diablo.

Lloraba y reía a un mismo tiempo sacudiendo frenética al gato que, muerto, columpiaba en sus manos.

-¡Ya, ya! El diablo es mi amigo. No le tengo miedo tía Gena, ni a tí, es mi amigo.

Se había desgarrado la ropa y mordido las manos. Los arañazos de su rostro demostraban que había luchado con el animalito. Tenía una expresión que sobrecogió a Claudia enmudeciéndola. Parecía un diablito lleno de maldad.

-¿Lo ves, lo ves? -gritó Eugenia triunfalmente- ¡Es ella! ¡No yo!, ¡es ella la loca! ¡Es ella!

Y las risas de ambas se confundieron.

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