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Manuel Fernández Juncos en AlbaLearning

Manuel Fernández Juncos

"La garita del diablo"

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La garita del diablo

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La garita del diablo

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I

En el costado Norte del castillo de San Cristóbal, y formando parte de la roca sobre la cual se eleva el macizo y formidable muro, hay un pequeño cabo o promontorio que penetra en el mar como a distancia de cincuenta varas, a cuyo extremo se ve una garita de aspecto ruinoso y sombrío Las olas que se agitan allí violentamente formando caprichosas cascadas entre los arrecifes de la orilla, azotan sin cesar los costados del estrecho promontorio, como luchando y revolviéndose airadas contra aquel brazo de piedra eternamente extendiendo por entre el mar.

Cuando arrecian los vientos del Norte, y el Océano se encrespa y ruge más de lo acostumbrado en aquella parte de la costa, hay ocasiones en que la garita desaparece un momento, entre la nube que levantan las olas al estallarse contra el peñasco donde aquella se encuentra cimentada; pero bien pronto vuelve a descollar sobre la bruma la negruzca bóveda de la garita, como la enorme cimera de un gigante medio sumergido entre las agitadas ondas.

Esta garita, cuya costosa y sólida construcción data del siglo XVIII, se encuentra hoy completamente abandonada, y la tradición popular cuenta cosas muy peregrinas acerca de ella, designándola con el siniestro nombre de la garita del diablo.

II

He aquí, en resumen, la parte más substancial de la leyenda :

A causa de los repetidos ataques de embarcaciones extranjeras contra este y otros varios puertos de la isla, pidieron con insistencia y obtuvieron por fin sus gobernadores la real autorización para fortificar las plazas más importantes. Siendo ésta la principal de todas, se dio comienzo en ella a la construcción del Castillo del Morro y de otros varios fuertes, baluartes y baterías.

A mediados del siglo XVIII, época en que empezaron las obras de fortificación en San Cristóbal y sus cercanías, se aprovechó la favorable disposición del peñasco ya descrito, para construir en él una especie de atalaya, desde la cual pudiera vigilarse por la noche toda aquella parte del mar. Un centinela perteneciente a la guardia del castillo tenía a su cargo esta vigilancia, y cada dos horas bajaban a relevarle por una galería subterránea que desembocaba al pie del muro.

No declara la tradición por cuanto tiempo fue desempeñado sin tropiezo ni accidente alguno desagradable este servicio militar: sólo dice que una noche, al bajar el cabo de guardia con el soldado que había de relevar al centinela, notaron que éste no se encontraba en su puesto. La garita estaba desierta, así como el pasadizo aislado y estrecho que hacia ella conducía.

Llamaron, dieron gritos, esperaron durante algún tiempo y por último subieron en busca de algunas linternas y más hombres, que registraron después inútilmente todos los parajes de por allí. El centinela había desaparecido.

Gran sensación produjo esta noticia en toda la ciudad, y hasta entre la misma tropa se llegó a mirar con recelo la garita mencionada.

Transcurrido algún tiempo, y cuando ya se iba olvidando aquella lastimosa y súbita desaparición, otra nueva y en idénticas circunstancias vino a ocasionar nuevos temores y a servir de asunto a infinidad de comentarios. Esta vez se había encontrado el fusil, nada más que el fusil, dentro de la garita. El centinela había desaparecido como el anterior.

Ni el más leve indicio de lucha ni de violencia se advertía en aquellas inmediaciones. Las fieras del mar no llegaban a la garita, ni se podían comer a los soldados enteros, con gorra, cartuchera y todo: pensar en esto era absurdo.

Según la versión popular más admitida, el mismo diablo en persona debió de haber tomado parte en tan extraño escamoteo. Y vino luego a confirmar esta creencia la misteriosa desaparición de dos o tres centinelas más.

Desde entonces la guardia de San Cristóbal dejó de poner centinelas en aquel sitio: se cerró a cal y canto la puerta de la subterránea galería que por allí desembocaba, y la garita del diablo quedó sola y vacía como el cadáver de un réprobo abandonado a los combates del mar y a las maldiciones de la tierra.

III

Una de las muchas veces que oí en una tertulia de campesinos la narración tradicional de la garita del diablo, se hallaba cerca de mí un viejecito de humilde porte, de semblante alegre y de mirada viva y sagaz, que por momentos apretaba y contraía los labios como para contener una sonrisa de burlona incredulidad.

Chocóme desde luego el singular contraste que ofrecían la tranquilidad un tanto desdeñosa del viejecito, con la inquietud, la emoción y hasta el espanto que se revelaba en las fisonomías y las actitudes de los demás oyentes. Algunas palabras que le oí pronunciar después a manera de comentario a cierto pasaje del cuento, y la opinión que expuso al final sobre la reserva con que debían acogerse ciertas narraciones, exageradas por la supersticiosa fantasía del pueblo, me afirmaron en la sospecha de que aquel anciano sabía algo más de lo dicho respecto de los sucesos misteriosos de la garita del diablo.

No tardé mucho tiempo en hallar una ocasión oportuna para interrogarle sobre este punto, y después de algunas reservas y precauciones que creyó indispensables para su seguridad individual, se expresó del modo siguiente:

IV

“Servía yo, hace más de cuarenta años, en el Batallón Fijo, de tropa veterana, acuartelado en el Castillo de San Cristóbal, y había hecho ya varias veces el servicio de centinela nocturno en la que nosotros llamábamos entonces 'garita del mar.' No será muy apetecible que digamos el pasar dos largas horas en aquel triste sitio envuelto en las tinieblas de la noche, rodeado de escandalosos marullos y combatido sin cesar por un viento más húmedo que frío, y sutil y penetrante como la lengua de un calumniador.

Una noche (la recuerdo como si hubiera pasado ayer) me tocó en turno la vigilancia del lugar citado, desde las once a la una. El tiempo estaba lluvioso y el ruido del mar se oía más fuerte que de costumbre desde la plaza del castillo. De buena gana hubiera dado la mitad de las sobras de aquel mes, por librarme de tan molesto servicio.

Llegada la hora, bajé con el cabo de guardia por la angosta y húmeda galería que conduce hasta la orilla del mar. Al abrir la puerta, un golpe de aire con agua nos azotó el rostro. El cabo lanzó una interjección poco decente y continuó su camino hacia la garita. Pronto se ejecutaron las ceremonias del relevo y quedé solo y expuesto a las inclemencias de aquel sitio.

Pasó un cuarto de hora, que me pareció sumamente largo.

— ¡Centinela alerta! — gritaron desde lo alto del castillo.

Y la voz llegó a mis oídos débil y entrecortada por la fuerza del viento y por el ruido de las olas. Contesté como de costumbre, y seguí paseando lentamente desde el muro a la garita y viceversa.

Aquella monotonía, aquella soledad y sobre todo aquel aire húmedo que penetraba hasta los huesos, me iban haciendo insoportable el servicio. ¡Y todavía faltaban siete cuartos de hora!

El centinela del ejército español no debe sentarse ni fumar, y esto último sobre todo era un gran martirio para mí. Yo tenía dos cigarros de boliche, que había comprado poco antes en la cantina para fumarlos después que me relevaran, y a cada paso que daba se movían en el holgado bolsillo de mi blusa, mostrándose ante mis ojos las dos agudas perillas como aguijones constantes del deseo. Nunca le había sentido más vivo y tenaz; no recuerdo haber luchado nunca con una tentación más apremiante. La hora, el mal tiempo, la prohibición misma . . . todo me incitaba a fumar con una avidez irresistible. ¡Jamás breva cubana de las más exquisitas y tentadoras, había sido apetecida con más ansia que aquellas memorables tagarninas!

No sé cuántas veces se dirigió mi mano hacia el bolsillo, como llevada por un extraño resorte, y la volví a retirar luego, recordando la rigurosa prohibición de la Ordenanza.

Por fin cedí a la tentación, en auxilio de la cual vino un aguacero que me obligó a refugiarme en la garita. Una vez en ella, y seguro de que nadie me podía ver, dejé el fusil a un lado, requerí el yesquero, llevé a la boca uno de los cigarros y golpeé con violencia el pedernal.

Una oleada importuna vino a chocar en aquel momento contra la base de la garita, y un chorro de agua salada que penetró por la tronera vino a caer sobre los chismes de sacar fuego, dejándolos inservibles por aquella vez.

No hay para qué decir que este fracaso me produjo una gran desazón.

Salí de allí medio ciego de ira, y empecé a pasearme precipitadamente con las manos en los bolsillos. Me había olvidado del fusil y hasta de la Ordenanza.

Poco a poco me fui refrescando (la noche no era para menos) y lo primero que noté al recobrar la calma fue el tabaco boliche, que seguía fuertemente oprimido entre mis labios. 

Acrecentado el deseo con la contrariedad, se avivó más aún con la presencia del cuerpo del delito, y el gusto de echar siquiera un par de fumadas era en aquel momento mi principal inspiración.

Seguí paseándome, cada vez más atormentado por la vehemencia del deseo, y de pronto se fijó mi vista en la luz más inmediata, si no era la única que se distinguía por aquellos alrededores. Brillaba hacia el Oeste de la garita, en una de las casuchas o bohíos que por aquella época había diseminados en las inmediaciones del matadero. Después de recordar aproximadamente la distancia, calculé que se podía ir a donde estaba la luz en dos o tres minutos.

Pocas veces he sido tan activo para poner en práctica un pensamiento, como lo fui entonces, aguijoneado por el deseo tentador.

Algunos segundos después de haber formado el cálculo de la distancia consabida, ya me había descolgado por la orilla del muro y caminaba cautelosamente en dirección al arrabal inmediato.

— ¡Centinela alerta! — volvieron a gritar en este instante desde lo alto del castillo.

— ¡A buena hora mangas verdes ! — dije para mí, apresurando el paso y oprimiendo el boliche entre los dientes, con una ansiedad digna por cierto de mejor cigarro.

Llegué por fin al anhelado lugar. Era un ventorrillo de pobre apariencia, en el cual recordé haber estado una vez. Pedí una copa de aguardiente, y me abalancé sin cumplidos hacia el grosero mechón que ardía en el centro de la estancia.

i Qué sabrosas me parecieron las primeras fumadas de aquel cigarro fementido !

Tal era mi aturdimiento al entrar, que ni siquiera reparé en la concurrencia de gente que invadía los departamentos contiguos e interiores de la tienda. El amo de ella celebraba el bautizo de una niña.

Un repique de vihuela y güiro me anunció en aquel instante el principio de uno de esos deliciosos jaleos del país, llamados merengues, sin duda por la dulce analogía.

Miré instintivamente hacia el lado de la garita. Todas las sombras de la noche parecían haberse amontonado sobre aquel lugar. La obligación me llamaba sin embargo, y era preciso volver al abandonado puesto.

Me asomé a una de las puertas que daban a la sala del baile, para satisfacer mi curiosidad de mozo antes de irme. 

Yo no sé si el estado de mi espíritu, la excitación del aguardiente o la fuerza del contraste entre la negra soledad de la garita y el bullicioso cuadro que se presentaba ante mis ojos, o quizás todas estas circunstancias juntas, ejercieron en mis sentidos tan agradable fascinación. Lo cierto es que me sentí como transportado a un mundo ideal, a un paraíso de deleites.

¡ Qué chicas ! . . .

Había entre todas una del color de las gitanillas de mi tierra — porque aquí donde usted me ve soy de Triana — había digo, una trigueñita de ojos de fuego que era toa sal, como se dice en Andalucía. ¡ Aquel cuerpo, y aquel aire, y aquel . . . qué sé yo ! Perdone usted que me detenga en detalles pueriles, que no vienen al caso, pero que no he podido nunca olvidar.

Maldije el servicio y la guardia que me impedían permanecer en aquel sitio; pero era necesario volver y volví. . . 

Digo, llegué con heróica resolución hasta la puerta de la tienda, y bien sabe Dios que hubiera seguido hasta la garita, a no ser por un fuerte aguacero que caía en aquel instante, sonando como una granizada sobre el techo de yaguas del ventorrillo. Bendije en mi interior el agua que venía tan oportunamente a proporcionarme algunos minutos más de placer. Porque entonces más que nunca se me ocurrió pensar en lo peligroso que sería exponerme, acalorado como estaba, a los rigores de un aguacero. Por otra parte, según mis cálculos, sería poco más de las doce; tenía tiempo de sobra para volver a la garita, y no había cuidado de que a tal hora y con aquel tiempo se asomase por allí ninguno de los jefes de la guardia.

Haciéndome estas consoladoras reflexiones, llegué de nuevo hasta la sala de baile, situándome resueltamente al lado de la encantadora trigueña. La disparé algunos requiebros a quemarropa, y ella correspondió llamándome atrevido, sangrigordo y no sé cuantas cosas más, pero sin mostrarse enfadada ni dar señales de menosprecio ni esquivez. Entonces le hablé con  más formalidad y respeto, me esforcé en describir todas sus gracias, dije que estaba muerto por ella y que sólo me faltaban cuatro meses para cumplir (cuando la verdad era que me faltaban cuatro años) y añadí otra porción de tonterías que no hay para qué recordar.

Llegaba yo a lo más apasionado y patético de mi discurso, cuando oí clara y distintamente el sonido de una campana. ¡Era la del castillo que anunciaba la hora de mi relevo!

Me quedé un instante como alelado y confuso, y salí después,  sin despedirme, siguiendo apresuradamente el camino en dirección a la garita. Cuando llegué como a cien pasos de distancia de ella, ya el cabo y el compañero que había de sustituirme andaban con linternas encendidas buscándome por aquellos alrededores.

El tiempo se me había pasado sin sentir, y yo había incurrido en la más tremenda de las responsabilidades.

La “Ordenanza Militar” dispone que sea pasado por las armas todo centinela que abandone su puesto. La pena es rigurosa y excesiva, particularmente en tiempo de paz y con las circunstancias atenuantes de la hora, el tiempo, el lugar y hasta la oleada importuna que me humedeció los chismes de sacar fuego. ¡Maldito cigarro...!

Pero la “Ordenanza” me señalaba ya como reo de muerte, y en aquel tiempo se aplicaba esta pena (sobre todo a los soldados) con inflexible severidad. No debía, pues, forjarme ilusiones acerca de mi situación, ni era prudente desperdiciar el tiempo. Antes de amanecer debía encontrarme fuera de la ciudad y en parte donde pudiera sustraerme a las pesquisas que se hicieran en mi busca. Tomé, pues, la firma resolución de defender mi vida, y emprendí la marcha, favorecido por las tinieblas de la noche.

Cuando pasé por junto al ventorrillo, acababan de salir las gentes del baile y se iban diseminando en dirección a varias callejas del antiguo Ballajá

Allí, en un grupo de bulliciosas compañeras, y tal vez refiriéndoles las aventuras del soldado requebrador y sangrigordo, iba ella, la linda cuarterona de ojos de fuego, la que — después del malhado boliche — había sido la causa involuntaria de mi perdición ! Aquella misma noche llegué rendido de fatiga a la playa de Palo Seco, en un pequeño bote que encontré atado en el lugar que hoy ocupa la Carbonera.

Después... sería muy largo de contar, vine a este barrio y pedí posada a un pobre campesino, que me cedió el mejor lugar de la choza y el mejor plato de su mesa ; tomé parte en sus trabajos y me habitué a sus costumbres; adquirí luego algunas tierras, hice un bohío, fundé una familia y heme aquí convertido en un “ jíbaro”, en un aplatanado andaluz.

Poco después de mi llegada a este sitio, ya circulaba la noticia de que el diablo había hecho otra de las suyas en la ciudad, llevándose a un centinela en cuerpo y alma, sin dejar de él más que un pedazo de yesca y el fusil. Por eso — añadió — me sonrío a veces cuando oigo que atribuyen al diablo mi desaparición de la garita, cuando la verdad es que él no tomó parte ninguno en el asunto, a menos que no fuera obra suya la tentación del boliche y el hechizo de la encantadora trigueña de Ballajá.»

Y tal como lo contó el viejecito, que descansa ya en el seno de la madre tierra, lo agrego aquí como apéndice o complemento de lo que dice la tradición de la garita del diablo.

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