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Fabio Fiallo en AlbaLearning

Fabio Fiallo

"La domadora"

Biografía de Fabio Fiallo en AlbaLearning

 
 
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Música: Brahms - Klavierstucke Op.76 - 4: Intermezzo
 
La domadora
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Fabio Fiallo
F. Javier Angulo Guridi
Juan Bosch
Salomé Ureña de Henriquez

 

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A José Enrique Rodó

Derrochados que fueron en empeño inútil de seducción, los regalos costosísimos, las ovaciones estruendosas, las súplicas, las promesas, los juramentos, el noble mancebo hubo de rendirse a la tiranía de su pasión, y un día, como trompetazos de escándalo, resonaron en la Corte los esponsales del joven Marqués de Valle Alegre con Gilda la Domadora.

Y como su cuñado, el grave senador, pretendiera hacerle algunas reflexiones respecto al origen de la novia, contestóle así, al principio, con tono alegre el apasionado doncel: – Sí, ya sé que la misma Gilda ignora quien fuera su progenitor, mas yo que he estudiado el caso por lo que me atañe, puedo a6rmaros con orgullo que la estirpe de mi amada es muy superior a mi rancia estirpe.

–¿Os burláis?

–De ningún modo.

–¿Y en dónde podría yo beber el agua encantada de esa preciosa fuente de información?

–En el mismísimo museo del Louvre. Después venid conmigo, y a poco de reparar en mi novia con ojos de artista observador, fuerza os será confesar que solo una descendiente legítima de la Suprema Belleza ostentaría tan exquisita semejanza con la Venus de Milo.

–Cuidado, Marqués, no sea esa peligrosa hermosura la única dote atávica que de Afrodita os aporte vuestra esposa.

–Basta, senador, que cualquiera que no fuerais vos pagara bien cara la osadía del pronóstico.

Y se separaron, adusto el uno, torvo el ceño del otro.

Por alegre acuerdo dispusieron los dos enamorados que la boda se efectuara en la barraca. Y allí fue la brillante ocasión del arte decorativo para lucir talento y gastar caudales en el embellecimiento de aquel raro nido de amor. Mas, si la economía fue proscrita como ignominiosa pordiosera, en cambio la discreción más absoluta fue exigida por el Marqués como cláusula primordial de su contrato con los artistas.

En tanto, la anhelante curiosidad de las damas de la Corte, irritada por el misterioso silencio que envolvía a la barraca, inventaba los despropósitos más absurdos. Ya una sabía, por información que no admitía posibilidad de error, que cada mañana el Marqués, vestido de "clown", gastaba largas horas en hacer peligroso aprendizaje sobre un elevado trapecio; la otra hablaba cavernosamente de alquimia, hechicerías y nigromancias; y una tercera, bajo la fe de su juramento, afirmaba tener sobornado a alguien "de adentro", que le contaba cómo el noble amante luchaba pecho a pecho con el oso, tiraba de las orejas a la pantera, y consentía que Azís recostara la cabeza en sus hombros y se durmiera: Azís, el león númida, el celoso favorito de Gilda.

Repartiéronse por fin las invitaciones para la boda. Excepción hecha del grave senador, todas las relaciones del Marqués se apresuraron a concurrir a la ceremonia, con la evidente seguridad de que allí se les serviría plato muy sabroso en que saciar su voraz murmuración. Mas, al entrar en la barraca, atónitas se quedaron, y la breve boca que traía un sarcástico mohín de interrogación en la punta de los labios, si desplegó su púrpura fue para un acento circunflejo en homenaje de sorpresa y admiración: la barraca era el poema realizado de una fantástica leyenda oriental, un cuento maravilloso de las Mil y Una Noches, la gruta encantada del país de los gnomos. Y la heroína de aquel poema, el hada de aquel cuento, la maga de aquella gruta era Gilda. De las orgullosas patricias que habían acudido allí como a un torneo para ostentarse, justar en lid de coquetería triunfar y sonreír, no hubo quien no palideciera de rabia a envidia ante la Domadora, que a todas eclipsaba, si por su hermosura, si por su arrogancia, si por la deslumbradora riqueza de su toilette.

La ceremonia terminó sin ningún otro incidente que el susto que causó en la remilgada concurrencia un poderoso rugido de Azís el favorito, quien, por empeño de su dueña, había alcanzado que su jaula fuera instalada en una pieza contigua a la alcoba nupcial. Y como no se halló otro motivo que sirviera de pasto a tanto diente menudo y blanco, de miel a tanta lengua afilada y roja, fue el extemporáneo rugido el objeto de los comentarios.

Por la mañana, al dejar su mitad de blando lecho, Gilda hizo resonar en la barraca su canción como un clarín de alegrías. Besó dos, tres, muchas veces la hermosa cabeza que aún descansaba sobre la almohada, y en tanto que él volvía a dormirse, corrió a saludar a sus amados compañeros de bohemia y de gloria.

–Azís, mi buen Azís, ¿qué tienes? ¿Por qué estás triste? Y le golpeaba el anca, y le peinaba la guedeja con sus dedos cargados de sortijas, y le abrazaba el cuello. Después fue a los otros. Al verla, el mono hizo mil cabriolas, el oso gruñó dulcemente, la pantera le lamió las manos, y los pájaros rompieron en una orquesta que era un concierto de alabanzas a su juventud y a su hermosura.

De súbito, algo se escuchó que hizo estremecer de espanto a la Domadora. Fue como un pavoroso rugido que ahogara entre sus potentes vibraciones las notas tristísimas de un lamento.

En un salto llegó Gilda a su alcoba. ¡Horror!... El pecho del adorado era una fuente de la cual surgía a borbotones toda la sangre de sus venas. Y la gitana que era ahora otra fiera, se abalanzó sobre Azís para estrujarlo, para pisotearlo, para pulverizarlo.

Ya las manos extendidas como garras le había asido violentamente la melena. El león ni siquiera intentó defenderse. Tan solo alzó los ojos y los fijó en Gilda. ¡Qué mirada aquella! ¡Qué mirada tan llena de sumisión y dulzura, tan llena de algo muy raro, de algo nunca visto, algo que era luminoso como el amor, y más triste que la queja, más triste que el lamento, más triste que el sollozo, más triste, mucho más triste que el reproche...

La Domadora bajó lentamente la cabeza hasta tocar con ella la frente del león, y así estuvieron abrazados y confundidos un breve rato. Cuando Gilda alzó el rostro, dos lágrimas corrían por sus mejillas mientras una fresca mancha de sangre lucía sobre la extraña sonrisa de su boca como una orgullosa seña de triunfo desplegada al sol.

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