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Isidoro Fernández Flórez en AlbaLearning

Isidoro Fernández Flórez

"El Padre eterno"

Biografía de Isidoro Fernández Flórez en Wikipedia

 
 
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El Padre eterno

OBRAS DEL AUTOR

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La tarde está hermosa, y como ninguna para dar un paseito. Esto han pensado Lolita y Agustín, dos buenos mozos que reúnen una docena de años. Han dejado su casa; han dejado el pueblo, y con la confianza de quienes habitan entre gente honrada, van por el campo, sin rumbo, solos, solitos.

Como Lolita es tan cariñosa, al llegar a la última casa de la calle ha vuelto la cabeza y levantado el brazo derecho, abriendo y cerrando muchas veces la mano.

Su madre, desde la puerta, bajo el emparrado, le contesta con una sonrisa de bienaventurada, mientras con la mano, a su vez, la promete una azotaina para la vuelta, por la escapatoria.

¡No haya cuidado! ¡No la pondrá las rosas como cerezas!

Hace mucho calor, y la sinfonía del campo así lo proclama; se diría que millones de insectos, frotando sus millones de élitros, cantan sus dichosos esponsales. ¡Llénase el aire con la voz estridente de su ventura, y esta voz parece que da un alma al universo!

A la salida del pueblo todo es campo, huertas, prados. Sólo a lo lejos una raya alta, obscura, como un encaje negro sobre fuego, indica que se puede encontrar un refugio contra los calores. Pero la tarde declina; el sol se entristece; levántase un vientecillo consolador, y sobre todo... los chicos son como las lagartijas: aman el sol.

Dije que Lolita y Agustín iban solitos. No es cierto. Van muy acompañados. Ella lleva su compañía de siempre. Es decir, una muñeca de cartón muy grande entre los brazos y su cabrita Pizpireta detrás. A las órdenes del chico va su fiel Chis, un perrillo gordinflocete, canelo, largo de orejas, que da con la panza en el suelo: perro sabihondo, difícil en conceder sus caricias, y que sólo en los grandes acontecimientos menea el rabo.

¡Seres más dichosos en este momento, acaso no se encuentren en la tierra!

Lolita lleva en el bolsillo de su delantalito su merienda; Agustín tiene también, entre dedo y dedo, un coracero de pastaflora; la cabra corre, se empina, asalta los arbolillos y roe las hojas y cortezas... ¡Y el perrillo, con la nariz en tierra, ha tomado un rastro y corre y corre!...

Algo lejos ya del pueblo, Lolita cree llegado el momento oportuno. Saca el pan y el queso y toma posesión de un rodillo abandonado. Al verla sentada, Agustín se acerca, la cabra llega corriendo, y sólo el Chis, sin levantar la cabeza, sigue en pos de lo desconocido.

Lolita parte su pan y su queso con Agustín. El pan es tierno; el queso, sabrosísimo. Agustín se sienta a los pies de Lolita, frente por frente; la muñeca cae con las piernas extendidas por el suelo... y se olvidan del sol, del campo, de la orquesta de cigarras y de grillos con que les obsequia la tarde...

—¡Qué rico!—dice Lolita con la boca llena.

—¡Qué hambre tengo!—contesta Agustín.

Pero Lolita da un grito de pronto; un grito de sorpresa y casi de alegría.

Hacia ellos viene un caminante. Es un anciano que infunde veneración por su figura, aunque rústica, noble; por su larga barba blanca y sus cabellos largos también y como la nieve.

—¡Agustín—exclama Lolita,—mírale! ¿No le conoces?

Agustín mira al viejo y hace un movimiento de cabeza negativo.

—¿Pero no le has visto en la estampita que tío nos ha regalado ayer? ¡Qué! ¡Si no puede dudarse! ¡Es el Padre Eterno!

Agustín le miró; hizo un gesto de asentimiento, y alargando un trozo de pan al recién venido, le dijo:

—¿Usted gusta?

Lolita se echó a reir.

—¡Bien dicen que tú eres tonto! ¿No recuerdas lo que ayer nos explicó tío al hacernos el regalo? ¡El Padre Eterno es Dios, y Dios no come!

A todo esto, el venerable caminante se había detenido y contemplaba con mirada bondadosa el cuadro que formaban aquellos dos chicos, fijándose, como es natural, más en la niña.

Era una morenita llena de atractivo: con dos ojazos muy maliciosos y un gestecillo que la denunciaba como de genio despierto, pero vanidosillo; con ser tan pequeña, tenía algo superior a su edad. Parecía una mujer chiquita.

El Padre Eterno aparentaba ser algún propietario de cualquier pueblo, que había prolongado su paseo más que de costumbre. Su traje limpio y decente no indicaba la pobreza, sino un mediano y decoroso pasar.

El Padre Eterno se sonrió y dijo a Lolita:

—Puesto que sabes quién soy, sabrás que me debes respeto, que me debes amor también, que mi palabra es divina y que mi cólera es terrible, como la voz del trueno.

—Todo eso lo sé—contestó Lolita con mucha tranquilidad.

—Y vamos a ver, señorita—continuó el anciano, que por lo visto encontraba divertida la ocurrencia;—sus padres de usted me aman, me respetan; ¿son buenos cristianos?

Lolita alzó la cabeza y frunció los labios como diciendo: ¡Mucho!

—¿Te han dicho que soy un señor infinitamente bueno, sabio, poderoso, principio y fin de todas las cosas?

Lolita hace que sí con la cabeza siempre.

—¿Que yo no soy sino tres en todo iguales? ¿Que soy Padre, Hijo y Espirita Santo? ¿Tres Dioses en uno? Supongo ¿eh? que comprenderás esto. ¿Me has entendido?

Lolita, sin vacilar:

—¡Toma! ¡Como que está muy claro!

—¡Pues has de saber que no necesita estar claro eso para que lo creas, porque eso es articulo de fe, y sólo por esto y sin otra explicación ha de creerse!

—Señor—dice Lolita pensativa,—yo creo todo lo que cree mi madre. Mi madre cree en usted, y yo creo como ella. El que no oree en usted... pero no quisiera decirlo porque me llamarán chismosa.

—¡Quién, vamos, quién me falta al respeto en el pueblo, dilo!

—Pues el secretario del Ayuntamiento. ¡Cómo habla de usted, vamos! «¡A mí nadie me convence de que hay un Padre Eterno!» Y al decir esto cuanto llegue, le voy a decir yo a mi vez:—Pues, si, señor; sí que existe. ¡Yo lo he visto!

A todo esto, Agustín miraba embobado al anciano, sin que realmente sus ojos manifestasen el mismo convencimiento de la divinidad que manifestaban los de su hermana.

—¡Tiene usted que dispensarle cómo está—exclamó Lolita,—porque mi hermanito tiene pocos alcances! Sobre todo, cuando no tiene al Chis a su lado, no sabe lo que piensa ni lo que hace.

—¿De modo que tú eres la sabia de la familia?

Lolita hizo que se ruborizaba un poquito. Pero después... prosiguió dando muestras de la viveza de su genio:

—Yo he oído a padres que usted vive allá arriba, y que a usted para verlo hay que morirse.

¿A qué ha venido usted por aquí, señor?

—Pues he venido aquí para advertirte que seas buena, que ames a tus padres, que cumplas los preceptos de la religión, que aprendas en los libros de la virtud y sigas sus caminos, y de este modo volveremos a encontrarnos dentro de muchos años allá arriba, ¡en el cielo, sobre esas nubes de llamas, sobre ese azul infinito, donde no llega el vuelo de las aves, donde no llegan los vapores que suben de la tierra, y sólo llegan las oraciones del dolor y de la piedad!

—¿No has oído—prosiguió—que allá arriba, en mi morada de luz, tengo un trono que rodean serafines y querubines, los unos con sus alas como de gigantescas mariposas, los otros con túnicas y estandartes que despiden fulgores? ¿Un trono rodeado por las virtudes vestidas de túnicas que parecen tejidas de pedrería; por arcángeles que ciñen armaduras de diamante y espadas llameantes? ¿No has oído que allí el pesar no tiene descanso, que allí la vida es vida sin sufrimiento y es felicidad eterna?

—¡Algo he oído de eso!—dice Lolita.

—Pues bien; ¡vive, crece, ten fe, ten caridad, ten esperanza; ámame siempre, no olvides nunca que allí donde estés, aunque no me veas, estoy delante de tí; veo tus acciones, leo tus pensamientos, y cuando dejes, o por la fiereza de las enfermedades o por la labor de la edad este mundo, te daré un sitio junto a mí, junto a ese trono, entre ese coro bendito de santos, ángeles y seres destinados a la vida eterna.

Y diciendo esto con voz conmovida, hizo a la niña una seña para que se llegase hasta él; y habiéndose acercado ella, le dió en la frente un beso. La pobre Lolita se quedó sobrecogida, así, de pronto, por el tono grave y casi augusto del anciano, y se echó a llorar sin explicarse bien el motivo.

Agustín, aunque no había entendido palabra, se puso inmediatamente al unísono.

¡Y en este momento llegó el Chis, no a la carrera como antes, sino con melancolía, arrastrando la panza con la lentitud de un fracasado!

Apenas si tuvo ánimos para olfatearle las botas al Padre Eterno.

Volvía éste la espalda para seguir su camino, cuando la voz de Lolita le detuvo.

—Señor—le dijo.—¿Podrán entrar también conmigo mis padres en el cielo, cuando yo me muera?...

—Vaya... Sin duda.

—¿Y mi hermanito?

Inclinación aprobatoria.

—¿Y podré llevar a Pizpireta? ¿Y al Chis? ¿Y a mi muñeca?

No hay bondad que no se altere, ni mansedumbre que no se irrite.

El Padre Eterno debió encontrar excesivas ya las pretensiones de Lolita.

—Mira—le dijo.—En el cielo no se entra por familias, ni admito animales, ni permito juguetes.

A lo cual, haciendo un mohín gracioso, respondió también cargada ella:

—Pues, entonces, muchas gracias. ¡Seria cosa de aburrirse!...

 

Cuentos. 1904 Madrid: R. Romero, Imp.

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