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Rosalía de Castro en AlbaLearning

Rosalía de Castro

"El domingo de ramos"

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El domingo de ramos
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(Costumbres gallegas)

I

Recuerdos hay en la trabajosa existencia del hombre, que son para él, como día primaveral en medio del invierno, o rayo de luna, cuando en oscura noche del estío rompe por entre las nubes iluminando de repente las hojas inmóviles de los árboles y el arroyo que pasa murmurando entre la sombra. En el número de los que no vacilamos en llamar dichosos, creemos pueden ocupar un lugar preferente cuantos se refieren a ciertas fiestas religiosas del año; fiestas en las que nuestras madres, de nosotros enamoradas, nos vestían y adornaban con las galas más hermosas, mientras nos llenaban de apasionados besos, en las que el padrino o la madrina nos regalaba frutas y confites, o el juguete que por largo tiempo habíamos deseado en vano, y en las que, en fin, no teníamos que ir a la escuela; cuotidiana obligación que pesa tan duramente sobre los pobres niños, — cuyo único anhelo es respirar el aire libre a toda hora, sin estorbos, ni trabas, —como más tarde, otras más abrumadoras, pesan sobre los que, para librar la gran batalla de las pasiones, quizá por desdicha suya, lograron entre risas y llantos llegar a ser hombres.

Con muy diverso colorido y de una manera más indeleble, que en los que nacen y viven en las grandes poblaciones, suelen grabarse tales recuerdos, en cuantos vieron la luz y se criaron en alguna mediana ciudad de provincias, de esas en donde las torres de gótico o románica catedral con sus altas agujas, indican desde muy léjos al forastero que las visita el punto en donde sobre los edificios que la rodean se levanta severa y majestuosa la casa de Dios, y en la cual las campanas lanzan al viento sus vibraciones, ya recordándonos que los hombres nacen y mueren, ya que tras de esa muerte hay otra vida mejor, en donde podremos consolarnos de las irreparables pérdidas que en la presente a cada paso sufrimos. Las pérdidas de la juventud, de la salud, de la felicidad y la fortuna, que van sucediéndose en la existencia y pasando a prisa como las cuentas de un rosario por entre los dedos de una vieja rezadora; las del padre, el esposo, el hijo, el hermano queridos, que a la larga, y si no rompemos delante de ellos la marcha hacia la eternidad, concluyen por dejarnos en el mundo completamente solos.

Magnífico, espléndido en detalles, lleno de sol, de alegría, de flores y de perfumes, que en alas de invisibles ángeles parecen subir y bajar del cielo a la tierra y de la tierra al cielo, es el día de Corpus-Christi, día que gracias a la pompa y solemnidad con que lo celebra la Iglesia, le veneran los hombres y le ilumina la luz, brinda con inocentes y puros regocijos aun a las almas más lastimadas o endurecidas, y anima con sana alegría los más viejos y contristados corazones. Pero el Domingo de Ramos, consagrado a recordar uno de los sucesos más transcendentales de la Pasión de Cristo, tiene asimismo un encanto particular que diríamos fresco y exuberante como un brote de oloroso mirto, y que entraña algo como esperanzas ciertas de remotos pero seguros triunfos, a los míseros pecadores prometidos, por el que montado en humildísimo jumento, entró un día rodeado de palmas y aclamado por las multitudes en la orgullosa Jerusalen.

La duda, inseparable compañera de los espíritus cavilosos y atormentados por inmortales deseos, que jamás podrán ser en la tierra satisfechos, la impiedad que hace presa en ánimos sin duda más osados e inquietos que serenos y reflexivos; el fanatismo que toma asiento en cerebros enfermos, haciéndoles ver todo bajo la amenaza de eternos tormentos y al resplandor de sangrientas hogueras, parece como que ese día dan tregua a sus insidiosas inspiraciones, y se esconden temerosos en los antros en donde fueron creados, dejando que todos vayan con la sonrisa en el labio y cierta paz relativa en la conciencia a cobijarse bajo los ramos de palma, de oliva y laurel, que manos juveniles llevan al templo para que sean allí solemnemente bendecidos.

Al ver aquellos movibles bosques que invaden plazas y calles; aquellas alegres muchedumbres que van y vienen con la animación propia del que marcha en busca de lo que encontrar espera y desea, las gentes piadosas llegan a imaginarse si el Redentor del mundo, si el divino Salvador, no irá a aparecer, de nuevo en la tierra tal cual se apareció a los hijos venturosos de la Judea, y sienten llenarse de júbilo sus entrañas. No hay, por lo menos, quien no se deje arrastrar por aquellas oleadas de campesinos que de las aldeas y comarcas vecinas acuden en masa a la ciudad, llevando en su mayor parte, animado el rostro por cierto espíritu de fe que presta carácter y perfecto colorido a aquellos hermosos cuadros, que, a semejanza de los que la naturaleza presenta en cada estacíon del año, nunca dejan de ser nuevos, pese a su vejez, ni agradables por más que sean eternamente repetidos

II

Al aproximarse el esperado domingo de Cuaresma, cual bandada de gorriones que, dispersa por huertos y heredades usa de la libertad que Dios le ha concedido, comiendo una parte del grano que el labrador sembró afanoso en sus campos, chiquillos y mozos recorren los alrededores del pueblo, llegan a las vecinas aldeas, escalan muros y penetran furtivamente en los cercados, para poder arrancar de ajenos olivos y laureles (ya que no todos pueden tenerlos propios) con que hacer el ramo codiciado, que cuanto más alto y frondoso sea, más ha de causar la admiración y envidia de los que no han alcanzado a tanto. Olivos y laureles sufren con tal motivo inopinadas desnudeces, y siéntense de todas suertes maltratados y heridos de la manera brusca y despiadada con que el ladrón trata lo que no es suyo. Es aquella una rapacidad llevada al grado máximo, una verdadera tala vandálica y agresiva que deja desgarradas las hojas, heridos y mutilados los troncos, así como desamparados o destruidos, mundos de insectos que sin acordarse de las mudanzas y cambios bruscos de la vida, bajo ellos se guarecian o vivian dichosos.

¡Cuántos pobres pajarillos no son en tales ocasiones sorprendidos con gritos de júbilo que pueden decirse de muerte para las aves desventuradas que aún no tuvieron la felicidad de poder levantar su vuelo, y cuántas viviendas, con ímprobos trabajos fabricadas para cobijarse en ellas amorosas parejas con el fruto de su unión, caen de improviso desde la altura, destrozándose contra las duras rocas o hundiéndose en el engrosado arroyo que las arrastra en sus aguas! Mas, como todos hemos nacido para morir (de buena o mala muerte), y todo aquello tiene un objeto y fin piadosos, en gracia a que es buena la intención, perdonando Dios lo que hay de culpable en semejantes desafueros, los árboles que sufrieron el despojo, tornan, por permisión del Cielo, a estar tan verdes y lozanos, que al año siguiente pueden aprontar el mismo contingente de ramas, y sufrir, sin menoscabo, iguales deterioros que en los pasados padecieron.

Quizá por esto, ni olivos ni laureles desaparecen ni van a menos, ni dejan nunca, Domingo de Ramos, de verse en toda iglesia o catedral de Galicia, verdaderos bosques de ramos de laurel y de olivo, pudiendo oírse, cuando los que los ostentan en sus manos los levantan y hacen chocar unos contra otros, un rumor como de mansas olas, que, al resonar bajo las altas naves de piedra cuando el órgano y los cánticos religiosos guardan silencio, produce un efecto extraño que, más que regala el oído, encanta la imaginación y hace agradable la algarabía que entonces se produce, pues a tal rumor únese, en oleadas más o menos confusas, el de las voces de los muchachos, que, orgullosos en este día del papel que en el templo representan, se agitan, forcejean y aun riñen, sin que haya poder bastante que logre aquietar su díscola impaciencia, ni abatir el orgullo en que rebosan, creyéndose, en su infantil ignorancia, no tan sólo interesantes en aquellos momentos dichosos, sino también necesarios. Y en verdad que aquella aromática selva, allí levantada de improviso en honor del Altísimo, es posible que sin la ayuda de aquella revoltosa muchedumbre, ni fuese tan frondosa y agradable a la vista, ni tan armoniosa y sonora a nuestros oídos. Además, Dios, que tanto amó a los niños cuando pasó por la tierra, y que sigue sin duda amándolos desde lo alto, por ser los únicos seres en donde la inocencia tiene albergue en este mundo, no tan solo ha de perdonarles las irreverencias que, sin saberlo cometen, sino que también ha de serle grata su presencia allí en donde grandes y pequeños, pobres y ricos, caben juntos y ocupan un mismo lugar sin temor a ser nunca rechazados.

III

Pocas palmas se ven ese día en nuestros templos, elevándose como dorado penacho sobre la masa oscura de aquellas apiñadas copas de olivos y laureles, porque, escasean en esta tierra del castaño y el roble, y las pocas que existen son comúnmente respetadas, como desamparadas extranjeras a las cuales hay que rodear de cuidados, para hacerles más llevadera la ausencia de la patria.

Templadísimo y suave como pocos es el clima de nuestras riberas; pero el árbol que brota y crece pujante entre las arenas del desierto, no es, en verdad, de naturaleza mimosa, sino ardiente; no siente sed de refrigerantes lluvias, ni anhela el soplo de templada brisa, sino que tiene hambre de abrasados besos y sueña con ráfagas encendidas que la hagan cimbrarse y doblar la alta cerviz hasta tocar el polvo, y barrer con sus ramas la caldeada arena de las llanuras. Por eso medra lentamente entre la frescura deliciosa y perenne de nuestras praderas; diríase siempre abatida y triste cual si en los lemas árboles que la rodean no viese compañeros, sino desconocidos; no amigos, sino rivales, aunque quizá menos gentiles que ella, de mayor verdor y frondosidad los unos, incapaces los otros de enamorarse de su oriental hermosura. Hé ahí por qué al contemplar las dos pobres desterradas que al pie de nuestras ventanas pugnan y se esfuerzan en vano por elevarse en el espacio en busca de un calor que aquí no pueden hallar, viénenos a la memoria a cada paso los hermosos versos de Heine, y pensamos si no será verdad que las plantas, como los hombres, pueden ser presa de mortales nostalgias…

Esta mañana, las copas ya medio calvas de las melancólicas extranjeras poco menos que acabaron de desaparecer bajo la cortante y despiadada podadera del jardinero y sin que al pronto pudiésemos comprender por qué así se las despojaba de los restos de su belleza que a duras penas podían conservar, nos dijimos que para vivir tan solas y míseras, lejos del país nativo, en verdad les valía más perecer. Pronto nos acordamos, sin embargo, de que cada Cuaresma sufrían las desventuradas el mismo martirio, volviendo, a pesar de esto, aunque con penuria y trabajo extremos, a retoñar de nuevo. Verdadero milagro, debido sin duda a que las galas de que inhumanamente se las despoja cuando tan pocas les quedan, sirven para conservar en una de las comarcas de nuestro país una costumbre tan piadosa como delicada y poética, y a que las muchachas de Vedra y Ponte Vea deben pedir forzosamente al Cielo que conserve la existencia de los extranjeros árboles que todos los años les proporcionan el placer de ser obsequiadas por sus apasionados cuanto galantes novios. Si aquellas hijas del África se marchitasen, víctimas de la melancolía, ¿cómo lucirían las jóvenes de la vecina comarca el verde ramo de palma, símbolo de pureza y virginidad, que aquél que las enamora está obligado a regalarles el Domingo de Ramos?

Mozos en extremo fieles a las tradiciones y costumbres de su país, y por demás obsequiosos y rendidos con la mujer que aman, pueden decirse en verdad los hijos de Ponte Vea y Vedra, ya que para cumplir un deber de galantería, no vacilan en andar algunas leguas y en hacer desembolsos superiores a su escasa fortuna, solo por buscar y obtener a cualquier precio, aquí en donde tanto escasean, el verde ramo de palma que han de llevarle a la preferida de su corazón. Verdad es que ellas saben agradecer el amoroso presente en lo que vale, y pagarlo con las más dulces y cariñosas sonrisas, ya que aparecer en la iglesia Domingo de Ramos sin aquel símbolo de castidad, siendo soltera y joven, tiénese por una decepción tristísima y una humillación capaz de amargar, a la que tal desgracia sucede, el resto de los días del año, por esto solo contado ya entre uno de los más infaustos de su existencia.

Únicamente aquellas a quienes por alguna falta, de todos por su desventura conocida, les está prohibido (lo mismo que a las casadas) significar de tal manera su pureza y doncellez, o las que, tan pobres y olvidadas viven ¡en donde quiera hay alguna! que no tienen quien se acuerde de rendirles el amoroso obsequio, aparecen sin ramo de palma en la iglesia en fiesta tan solemne. La que en vez de palma, le lleva de olivo, se oculta cuanto puede en la sombra; procura confundirse entre viejas, casadas y pecadoras aun cuando ella no lo sea, e inclinando sobre el contristado rostro ya el pañuelo de colores, ya la negra mantilla, permanece meditabunda, como la Margarita del Fausto, entre sus compañeras, porque la vergüenza la tiene sobrecogida, y hállase tan tímida y desairada, como si en concurrida romería fuese ella la única a quien ninguno hubiese invitado a bailar.

El verde ramo de palma (pues seco no sirve para el caso), después de bendecido es colocado a la cabecera del lecho virginal, siendo como salvaguardia de la honra y castidad de la joven doncella que le posee, símbolo de constancia y de fe, amoroso recuerdo que la santidad del templo hizo casi sagrado, y defensa contra el rayo y malignos espíritus, incitadores de torpes pensamientos.

Cuando el amante que hizo a su novia el obsequio de costumbre, se cree por ella vendido, encendido en ira y respirando venganza, o lleno de pesar, penetra furtivamente en la habitación de la que juzga falsa y perjura, arrebátale el ramo que hasta entonces fuera como santo lazo que unia sus corazones, y todo acaba entre los dos: parece querer decirle de esa manera — ¡que caigan ahora sobre tí todos los males de que esta bendita palma tenía que preservarte!

Y en efecto: aquel lecho al cual ningún tornadizo espíritu debía osar acercarse, ni aun desde lejos, merced a la rama salvadora, parece desde entonces altar sin imágenes o nido a quien recia tempestad dejó desamparado sobre una rama escueta.

¡Con qué dulce placer o agradable melancolía no deben acordarse las hijas de esa comarca gallega, cuando el tiempo llega a encanecer sus cabellos, de aquella santa fiesta en la que todavía les era dado ostentar en sus juveniles manos la palma de las vírgenes, promesa al mismo tiempo de otros óptimos frutos, por los cuales sus corazones, al cabo femeninos, tan ansiosos suspiraban!

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