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Óscar Castro en AlbaLearning

Óscar Castro

"Escaramuza militar"

Comarca del jazmín

Biografía de Óscar Castro en Wikipedia

 
 
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Música: Bach. Minuet and Badinerie (from Orchestral Suite No. 2 in B Minor)
 
Escaramuza militar
OBRAS DEL AUTOR

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Biografía breve
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Escaramuza militar
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Lucero
 

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—Mamá...

— ¿Qué quieres, Juanito?

— ¿Dónde está mi papá? ¿Por qué no viene nunca a verme?

—Te he dicho que a esta hora no me molestes, Juanito. Estoy muy ocupada. Mira, son cerca de las once y el almuerzo está todavía sin hacer. Después llegan tus hermanas y empiezan todos los apuros. Anda al patio a jugar.

El niño sale, cabizbajo. Comprende obscuramente que algo le oculta su madre. Siempre pretexta cosas urgentes cuando él trata de esclarecer tan delicado punto. ¿Es que acaso Juanito no tendrá papá? Pero todos los niños lo tienen. El padre de Toño es un hombrecillo delgado, viejo, insignificante. Alfonso y Roberto son hijos del despachero de la esquina. ¿Podrá uno nacer sin papá? Es posible, muy posible. Las lagartijas del huerto nacen solas: un día se encuentran palpitan do sobre las tejas, surgidas sin saber de dónde. También existen las golondrinas y los gorriones. Las golondrinas se forman de viento. Y los gorriones nacen de un ramo de cascabeles. Pero esos son pájaros. Y él es Juanito. Bueno, no importa. Él es hijo de un príncipe que ahora anda por tierras lejanas, dirigiendo sus ejércitos. Marcha delante de todos, con una bandera azul y verde que colea como un pez en el viento. El príncipe ha conquistado ya muchos reinos. Cuando termine de combatir retornará a buscarlo. Se llevará también a su madre y vivirán en un palacio con grandes alfombras y arañas de cristal en el techo. A Juanito le permitirán trepar al trono — su padre debe tener un trono hecho de diamantes— y allí se pondrá una corona chiquita y azul como un lirio. Su madre está obligada a guardar silencio acerca de todo esto. Piensan darle una gran sorpresa. Pero no lo hallarán desprevenido, ¡vaya que no! Sin embargo, él fingirá un asombro enorme, nada más que por complacer a su madre. Juanito sabe muchas cosas. Finge, por ejemplo, no darse cuenta de que es su madre la que coloca los regalos en sus zapatitos la noche de Pascua. Y él la ha visto, aparentando dormir. Se ríe al recordar aquella vez que se levantó para revisar los regalos. Había una corneta amarilla con un cordón tricolor. Él la hizo tocar, despacito, en la soledad de su pieza. Y nadie se dio cuenta. Toda esa noche durmió sobresaltado, espiando la llegada del alba. ¡Qué larga, qué larga fue aquella noche! Cuando ya cantaban las diucas, él se durmió. Y vino a despertar muy tarde, cuando el sol invadía el mundo. Pero ¿en qué estaba pensando? ¡Ah, su padre! Su padre es navegante. Salió cierta vez de su patria en un barco enorme, con velas rojas. Su padre tenía una espada de oro al cinto. Estaba de pie en la cubierta, mirando el océano inmenso que se alargaba claro hasta el fin. Él, Juanito, iba oculto entre unas cajas de conserva y sólo vino a salir a cubierta cuando el barco estaba en alta mar. Su padre se enojó mucho, pero tuvo que llevarlo. En el primer puerto lo dejó al cuidado de su madre: ''Espérame. Volveré a buscarte". Él estaba muy chico, muy chico. Sabía apenas caminar. Su madre cree que lo ha olvidado. Pero se engaña. Cuando el navegante retorne, lo conocerá de inmediato. ¡Vaya sí lo conocerá!

— ¿Verdad, Otelo, que lo conoceré?

El perro mueve la cola:

—Lo conocerás, Juanito.

—Mira, Otelo, mi padre es muy rico. Trabaja en unas minas de diamante. Él coge un azadón y cava en el suelo. Entonces comienzan a salir anillos, collares, prendedores. Pero como es muy rico, bota los más feos y sólo guarda lo que tiene gran valor.

— Sí, Juanito. Yo también lo sé.

— ¡Pero tú no conoces a mi padre, mentiroso!

— Es verdad, Juanito: no lo conozco.

— Entonces, ¿por qué mientes?

—Es que como tú lo dices, tiene que ser así .

— ¡Ah! Entonces te perdono.

Juanito estaba dispuesto a castigar el descaro de Otelo. Pero, en vista de su humildad, resuelve perdonarlo. ¡Es tan bello perdonar!

— Pero si vuelves a faltarme el respeto, te pondré de cara a la pared y te daré cinco tiros por la espalda.

—Está bien, Juanito.

— Capitán Juanito.

— Capitán Juanito.

—Así me gusta. Debes aprender a respetar a tus superiores. Tú eres un simple soldado.

—Sí, mi capitán .

—A ver, vámonos de exploración. Al frente de nosotros hay un bosque, soldado Otelo. ¿Ves enemigos?

— ...

— ¿Cuatrocientos, dices? Pues los destruiremos a todos. ¡Cuerpo a tierra!

La estrategia de Juanito pertenece a la más alta escuela. Avanza con el vientre pegado a la hierba, y el soldado Otelo, que ha comprendido, permanece inmóvil. El capitán entreabre con cuidado las ramas del romero y observa. En el huerto hay unas cuantas gallinas escarbando. Juanito coge un cañón viejo de agua potable y lo emplaza entre la ramazón de un arbusto. El enemigo, ignorante de la maniobra, continúa cavando trincheras.

— ¡ Fuego!

El cañón vomita proyectiles por docenas, por centenares. Diez, veinte, trescientos muertos. ¡Viva el capitán Juanito! Pero una columna enemiga se ha dado cuenta. Su comandante, un gallo de roja barbilla y espolones enhiestos, levanta la cabeza, alarmado. Tiembla su erguida cresta y mira alternativamente con uno y otro ojo hacia el sitio en que se oculta el agresor. Los proyectiles se le han agotado al capitán Juanito. No hay tiempo que perder.

— ¡Soldado Otelo, a la carga!

Se levanta como un relámpago y acomete a los indefensos bípedos.

— ¡Por la izquierda, soldado Otelo! ¡Córtales la retirada!

El ayudante, lleno de disciplina y coraje, arremete. Cacareo general. Vuelos enloquecidos. Plumas que salpican el aire.

Juanito, en alto un trozo de escoba vieja, tira estocadas certeras. El barullo es enloquecedor. Sobre la tierra del huerto llueven hojas y pétalos. Claveles decapitados echan su rojo pregón al sol. Otelo, enceguecido, deshace las columnas contrarias con ladridos que parecen disparos.

De pronto, la voz de la madre, dominando todo aquel heroico tumulto, viene a proclamar un solemne armisticio.

— ¡¡Juanito!!

Detenido en su avance formidable, el héroe se inmoviliza, en alto su espada, tal si un proyectil lo hubiera alcanzado por la espalda.

— Juanito, por Dios. ¿Nunca dejarás tranquila a tu pobre madre? ¡Qué malo, qué perverso eres, Juanito!

Los ojos de la buena señora recorren con desolación infinita el campo de batalla. Allí hay unos jazmines pisoteados. Más allá, unos rosales que recién brotaban yacen abatidos contra la tierra blanda. Una gallina negra cacarea ridículamente, lamentando su cola que decora el hocico de Otelo.

— ¿Por qué habré tenido yo un hijo así, Dios mío?... Yo debía castigarte, Juanito. Eres malvado. No le tienes compasión a nadie.

El capitán ha dejado caer su espada. Se doblega dócilmente porque le habla un superior jerárquico. Ha cometido un error de táctica y debe pagarlo. Tal vez lo fusilarán junto con su ayudante. Pero la madre se contenta con mandarlo a su pieza.

— ¡Y no te muevas de allí, porque entonces te daré unos azotes!

Abatida la cabeza, Juanito abandona el escenario de la sangrienta refriega. Las gallinas lo despiden con un cacareo rítmico y clamoroso. Otelo trata de escabullirse, pero la señora le atiza un golpe formidable con la espada que Juanito abandonara en el sucio. El ayudante escapa aullando de manera completamente antimilitar. Juanito promete encerrarlo en el calabozo por tres días, en castigo por su indisciplina. ¡Ni siquiera le pidió permiso para romper filas! Él no. Él sabrá afrontar su destino. Juanito, te han castigado; pero venciste en la batalla. El enemigo está completamente deshecho. Trescientos muertos y numerosos heridos. Mereces una condecoración. Levanta la frente y camina hacia tu calabozo. Ya vendrán a buscarte después, para colocar en tu pecho la cruz de los héroes. Vendrán con una banda militar y con un coche tirado por ocho caballos blancos. Tu padre será el que te ponga la con decoración, delante de todos los regimientos formados. Te apretará contra su pecho, diciendo: "Tengo un hijo valiente como yo". Y tú le contarás la aventura con todos sus pormenores. Dos mil muertos y quinientos heridos. Yo sólo, papá, porque el soldado Otelo es un cobarde. Es decir, no... Tal vez hay que disculpar al soldado Otelo. Tuvo miedo al ver herido a su capitán. Pero contribuyó a la hazaña. Tal vez impidió la retirada del ejército contrario. Quizás hirió a más de uno. Juanito no pudo verlo porque estaba rodeado de enemigos que lo hostigaban con sus bayonetas. Conseguirá con su padre que le den una cruz chiquita para ponérsela en el collar. Pero, de todas maneras, irá por tres días al calabozo. ¡Pobre Otelo! Pero no lo compadezcas, Juanito. Marcha hacia la prisión .

— Un, dos. Un, dos. Un, dos.

 

de "Comarca del jazmín" Ediciones Cultura 1.945

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