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Óscar Castro en AlbaLearning

Óscar Castro

"El callejón de los gansos"

Huellas en la tierra

Biografía de Óscar Castro en Wikipedia

 
 
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Música: Bach. Minuet and Badinerie (from Orchestral Suite No. 2 in B Minor)
 
El callejón de los gansos
OBRAS DEL AUTOR

Biografía, cuentos

Biografía breve
El callejón de los gansos
El conjuro
El hermano
El jilguero
El volantín
Escaramuza militar
Juanito descubre el mundo
La fiebre
Lucero
 

ESCRITORES DE CHILE

Baldomero Lillo
Francisco Coloane Cárdenas
Gabriela Mistral
María Luisa Bombal
Óscar Castro
Pablo Neruda
Poli Délano
Roberto Bolaño
Vicente Huidobro
 

 

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Callejón de los Gansos lo llamaron, y nadie sabe todavía por qué. Será porque resulta una gansada aventurarse por él. O por el desgano de sus curvas, de sus árboles y hasta de sus piedras. Parte desde el pueblucho, flanqueado por dos tapias de adobes, que, al nacer, tuvieron miedo de separarse mucho. Cuando estas paredes han caminado un par de cuadras, pierden categoría y tejas. Pierden también un poco de dignidad y hacen curvas de borracho. Más adelante desaparecen, y dos corridas de zarzamora continúan el viaje interrumpido. La zarzamora se aburre, se adelgaza, ralea lamentablemente, hasta enredar una que otra guía en los alambres de púa que siguen. Aquí para el callejón empieza una vía crusis terrible. Logra conservar su nombre por milagro, equivocación u olvido. Primero es una acequia que se desborda, formando barrizales pavorosos. En seguida, unos chanchos que se encargan de explorar el lodo, no dejando piedra por remover. Feliz de haber distanciado aquella inmundicia, el callejón se detiene a la sombra de unos sauces, antes de internarse con decisión en un estero. Sale inconocible al otro lado y titubea un rato, sin saber cuál es su rumbo. Lo descubre por fin, y curiosea por entre un montón de casas que se apartan desganadas para darle paso. El callejón abre, sin premura, el ojo nocturno de una noria, y ve que se halla en el fundo Los Litres. Así como antes hubo de soportar las vejaciones de los cerdos, ahora vuelve a ensuciarse con los insultos que cambian, de lado a lado, dos comadres. Aquello es tan soez, que el pobre callejón enrojece en unos pedazos de ladrillos con que le han rellenado un bache. Sin embargo, como es curioso, se detiene unos trancos más allá, y escucha.

—Lo que debíay de hacer es echate la boca al seno y encerrarte en tu casa pa no asustar con tu cara'e lechuza a la gente honrá.

—Eso'e gente honrá no la habís de decir por vos, seguramente, que echay a l'olla las gallinas ajenas. Ni por tu hija creo que tampoco porqu'esa, ¡psh!...

—¡Deslenguá! ¿Qué le tenís que sacar a la Vitoria? Habíay de fijarte primero en la cría tuya, esa lindura'e José Manuel, que trabaja tres días y toma otros tres en la semana.

—¿Y te píe por si acaso dinero a vos pa dase gusto? ¿O tiene que tomarte parecer pa gastar lo qu'es preúto'e su trabajo?

Tras las ventanas de las casas próximas, disimulándose lo mejor que pueden, hay catorce o dieciséis orejas que disfrutan con placer de aquella audición gratuita. En apariencia, las contendoras son sólo dos; pero en realidad cada una tiene fervorosas partidarias. Es una lucha de derecha contra izquierda. Las vecinas del lado de Domitila Lucero simpatizan con Juana Carrillo, y viceversa. Debe ser porque los patios están abiertos por detrás, y desde allí se ven las bambalinas, mientras que desde el frente puede observarse sólo el decorado.

El callejón viene presenciando parecidas escenas desde hace unas semanas. Como sabe que es peligroso terciar en tales disputas, permanece neutral en apariencia; pero de vez en cuando se gasta sus bromas disimuladas. El otro día, por ejemplo, cuando el bombardeo palabreril amenazaba llegar a las vías de hecho soltó desde un recodo, como una caja de sorpresa, el coche del patrón. ¡Había que ver el desconcierto de las peleadoras! Haciendo un esfuerzo sobrehumano enmudecieron. Pero sus miradas continuaron cruzándose con furor homicida. Por un minuto los ojos fueron más elocuentes que cualquier lengua. No obstante, cuando el "jutre" les hizo una venia, ambas sacaron desde el doble fondo de su ser unas sonrisas tan beatíficas que los propios serafines habrían sentido envidia. Mas apenas el coche hubo pasado, ya estaban las miradas cruzando sus relámpagos y cada boca quería ser la primera en iniciar el tiroteo. No contaban, sin embargo, con la malicia solapada del callejón, que soltó al mayordomo detrás del amo. Ambas mujeres miraron desoladas al nuevo intruso, y se metieron echando chispas en sus respectivas viviendas. Un gato que se estaba comiendo la color pagó las consecuencias en casa de Domitila, y un pollo que picoteaba la ensalada, en la de Juana Carrillo.

El callejón conoce perfectamente el por qué de aquella terrible rivalidad, pero se lo calla con obstinación. Él presenció la escena ocurrida cuando Antonio, el marido de Domitila, trajo "de un ala" a Victoria, la hija, que conversaba con José Manuel, retoño de Juana, bajo unos sauces del contorno. La batahola de aquellos días fue homérica. Salieron de la casa los lloros desesperados de la muchacha y las palabras rotundas de la madre. Victoria no se vio asomar a la puerta por espacio de dos días, y al cabo de ellos apareció con un ojo morado. Pero Domitila no había concluido su obra, y aprovechó la primera ocasión para vociferar destempladamente en contra de la vecina. Esta supo corresponder a la invitación, y ahí no más comenzó la cosa. Ocasiones hubo en que las espectadoras de uno y otro bando estuvieron a punto de interceder en el pleito no para darle fin, sino para increpar a la deslenguada que tenía a mal traer a la respectiva favorita. El callejón, en tales casos, ha oprimido con oportunidad el botón de su caja de sorpresa.

Porque el callejón tiene buenas entrañas, a pesar de su aspecto repulsivo. Ahora, por ejemplo, se ha detenido para tomar el pulso a la pelea. Desde las primeras palabras le ha entrado el convencimiento de que el asunto no lleva miras de alargarse. Es que las contendoras, tras habérselo dicho todo, se repiten en forma lamentable. Por eso el callejón las abandona y continúa su trayecto, escondiéndose tras un recodo. Va distraído por entre una sonante hilera de álamos, cuando lo cogen de sorpresa dos muchachos que cambian pedradas con entusiasmo enorme. Son dos rapaces que con sus edades sumadas no alcanzan a completar dieciocho años. El uno mugriento, pelado a la de Dios es grande, con una chaqueta descomunal sobre unos pantalones que le vienen estrechos, tiene un montón de piedras a su lado, y las va lanzando con soltura y decisión. Pero el contendor—chascón, en mangas de camisa— posee dos ojos excelentes y de un salto deja sin efecto los tiros de su opositor. A su vez, amaga en forma peligrosa la posición contraria y el otro debe darse maña para que un proyectil no le rompa la cabeza...

—¡Ey va ésa, empelotao! —dice el de la chaqueta disparando un pedrusco.

—¡Y ey tenís la contestación, tiñoso! —grita el rival.

—¡Esa pa tu agüela!

—¡Y esa pa tu hermano el curao!

—¡Y esa pa la Vitoria, que tiene trato con el llavero!

—¡Y...!

La frase no alcanza a completarse, porque un impacto en plena frente ha dado en tierra con quien iba a pronunciarla.

El "hechor" aguarda un momento, con la sorpresa asomándosele por entre la mugre de la cara. Luego, al barruntar que la cosa se pone fea, echa a correr por los potreros sin volver la cabeza, tal si una "catervá" de diablos lo persiguiera.

El callejón lamenta que los hijos continúen las disputas de los padres, y luego alarga una rama de sauce al herido para que éste pueda pararse. En seguida hace sonar las aguas de una acequia regadora, invitando al rapaz a que se lave la sangre. Mientras la víctima con rabia reconcentrada en su interior, procura borrar los rastros de la agresión, masculla escalofriantes amenazas, la menor de las cuales es enterrar vivo al contendor y venir a regarlo todas las mañanas con lejía caliente.

Quisiera el callejón volverse para ver qué van a decir Juana y Domitila cuando sepan el percance; pero prefiere confiar en que el herido, por hombría, callará el origen de aquel "cototo", atribuyéndolo a un golpe casual. Y prosigue su tortuosa trayectoria por en medio de dos potreros en que el trigo maduro mueve mansamente sus oleadas aurinas. Como es despreocupado, pronto se olvida de todo, dejando que lo arrullen los cascabeles de las espigas y que las chicharras lo adormezcan con el monótono son de su chirrido. Cuadras y cuadras se deja ir, absorto en este sueño, hasta que un rumor de conversaciones viene a sacarlo de su letargo. Cerca de allí, bajo unos nogales frondosos, varios segadores, tendidos con despreocupación, se precaven de rayos solares que caen en lluvia enceguecedora sobre los campos. Han terminado de almorzar y charlan con desgano, esperando que la voz del capataz los llame de nuevo a la faena. En los nogales o sobre la hierba ponen las hoces un paréntesis. Este paréntesis separa el bochorno canicular de la frescura que bajo los árboles se disfruta.

Como la espera se hace larga, los circunstantes recurren a su habitual entretenimiento para dejarla pasar. Allí, separados uno de otro y dándose la espalda, están Belisario y Antonio, esposos de Domitila y Juana, respectivamente. Los segadores saben que basta apretarles un botoncito para que los dos enemigos comiencen la función.

—¿Y qu'es de Juan Manuel? —pregunta de pronto uno de los malintencionados.

—Salió esta mañana—responde el padre.

—¿Pa'l Sur?—interroga maliciosamente Antonio, aludiendo al rumbo que toma el hijo de su rival cuando amanece con sed.

—¿Y qué tiene que haiga ido pa'l Sur?

—Ná; que la cabra siempre agarra pa'l monte.

—También el llavero pasó pa'l Sur endenante. ¿No lo viste?

Los espectadores ríen en silencio. Saben adónde va la intención de Belisario, pues las voces que corren dan como seguro que el llavero anda detrás de Victoria, afirmando los más atrevidos que por ahí los han visto muy solitos.

—Entonces por ey v'a trompezar con tu hijo, que ya debe tener viaje enterao y que la'stará durmiendo.

—Con plata d'él tendrá que haber sío, ¿nu'es cierto?

—O con la plata que le sacó del bolsillo a los otros con el naipe.

—¿Te ganó algún cinco a vos?

—No; yo sé muy bien con quién juego.

—¿Me vay a ecir que Juan Manuel es mañoso?—dice Belisario incorporándose.

—No; mañoso no: habiloso...

—Y vos y tu mujer, las piores lenguas del jundo...

—Tu mujer ya tenía casa cuando nosotros llegamos.

—¡Tapaera!

—¡Hablaor!

La cosa habría concluido en bofetadas, de no llegar en ese instante el capataz al tranco largo de su bestia.

—¡Ya niñitos, al trabajo!

En silencio van cogiendo sus hoces los hombres y se desparraman por el campo, con el alma regocijada por el incidente. Los dos enemigos, fieros, reconcentrados, continúan cambiando pullas a media voz, y al cortar las primeras espigas lo hacen con fruición, tal si rebanaran la garganta del otro.

—¡Dejars'e leseras, niños!—interviene, conciliador, el capataz, interponiéndose entre ellos.

Si las miradas tuvieran el poder de las balas, el colocarse en la línea de fuego le habría costado la vida al amigable mediador.

Consternado el callejón, de tanto odio como ha visto, prosigue por entre unos maizales para mirar la risa de las mazorcas y contagiarse con ella. Camina, camina entre una música de hojas removidas, bañado por el aroma jocundo de la tierra que entrega sus frutos. La maraña verde se espesa, se vuelve más fresca y forma casi un toldo por encima del callejón. De pronto, una colilla de cigarro barato que humea en el suelo delata la presencia de un hombre. El callejón entreabre las espadas del maíz y descubre allí, tendido en una acequia sin agua, al causante de todos los disgustos que ha pasado: a Juan Manuel. Está boca abajo y hace dibujos raros en la tierra con un palito. De vez en cuando aguza el oído hacia el Norte y retorna a su entretenimiento. Con caracteres toscos y deformes ha conseguido formar una palabra sobre la tierra: Bitoria. La t se apoya lastimosamente sobre la i, cuyo punto es un hoyo profundo por el cual corre una chinita.

De pronto suenan los maizales y el hombre se incorpora con rapidez. Una canción desganada, que una clara voz de mujer viene diciendo, presta frescor al mediodía. Juan Manuel sonríe y escucha. La voz viene apenas a unos pasos:

Te he querido con toda mi alma,
eres dueño de todo mi amor...

—¿Son pa mí los versos? —interroga, riendo, Juan Manuel.

—¡Tonto, que me asustaste! —replica la muchacha, deteniéndose de golpe.

Tendrá unos veinte años. Es morena, fresca, de ojos profundos y caderas armónicas. En el gesto se le ve que no aguardaba el encuentro. Por eso pregunta:

—¿Y qué'stay haciendo aquí vos?

—Esperándote.

—¿Cómo supiste. . . ?

—Oyí cuando la fiera'e tu mamá te dijo anoche que teníay qu'ir a las casas del jundo.

—¿Y no saliste a trabajar?

—Aunque me hubieran pagao en oro. Hace dos semanas que no te doy un beso.

Ha avanzado unos pasos, y sin aguardar mucho, coge a la muchacha por el talle.

—Y estay más rebonita—dice.

—Y vos más entraor...

—Te quiero.

—¿Y yo. . . ? ¡Creís que a palos van a sacarme del corazón el cariño!

—¡Así me gusta oírte!

Ambos personajes se internan lentamente por el maizal. El callejón curiosea en vano por entre las hojas. Al fin decide volverse, lleno de regocijo, para ver lo que ocurre allá en casa de las mujeres. Llega en el preciso instante en que Domitila, asomada a la ventana de su casa, vocifera:

—¡Prefiero ver a mi chiquilla con la peste ante de dásela a tu borracho!

Y Juana, desde el umbral de su vivienda:

—¡Y yo quisiera que a m'hijo me lo aplastara una carreta ante que vos jueray su suegra!

Ocultando la risa el callejón corre hacia el trigal. Allí, desde diez pasos de distancia, los padres continúan el tiroteo.

—Ante de un mes, la Vitoria'staría muerta de hambre si se casara con tu sinvergüenza.

—No quiero pensar lo que le pasaría a Juan Manuel. Por lo menos, moría de repugnancia.

El callejón levanta pícaramente un remolino de tierra, y retorna al sitio en que dejó a la pareja Aguzando el oído, alcanza a escuchar entre la espesura verde:

—Naide podrá quitarme que sea tu mujer, Juan Manuel.

Y la voz del varón.

—Y yo mejoraré la conducta pa que naide tenga que icir na de mí.

—¡Y aunque no, siempre te quiero!

—¡Palomita!

—¡Mi hombre!

El callejón, alegre, ágil como un arroyo, sigue y sigue por el campo. Sobre un peral amarillo de frutos, están arrullándose dos tórtolas. La siesta canta como una guitarra sobre los potreros, las flores y los seres. El callejón, serpenteando grácilmente, trepa por la dulce comba de una colina. Reaparece por última vez en un flanco del promontorio, y se pierde allá lejos, como si buscara el sitio en que la tierra y el cielo se dan un beso, borrando todas las distancias.

 

"Huellas en la tierra" 1940

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