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Saturnino Calleja Fernández en AlbaLearning

Saturnino Calleja Fernández

"La tía Miseria"

Biografía de Saturnino Calleja Fernández en Wikipedia

 
 
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Música: Dvorak - Piano Trio No. 2 in G minor, Op. 26 (B.56) - 3: Scherzo: Presto
 

La tía Miseria

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Había en una aldea, situada a orillas de un río, una mujer conocida con el apodo de Miseria, que se pasaba la vida pidiendo limosna de puerta en puerta, y que parecía más vieja que Matusalem.

Esta pordiosera tenía por toda familia un perro llamado Cutuche, y por toda fortuna un palo y una cesta, donde guardaba las provisiones con que la socorrían.

Detrás de la choza en que se cobijaba, crecía un peral tan hermoso, como no se había visto ningún otro en la tierra.

Miseria disfrutaba saboreando los frutos de su peral; pero los muchachos de la comarca solían arrebatarle con frecuencia las mejores peras, mermando así el único placer que disfrutaba.

Todos los días la tía Miseria salía a pedir limosna con el perro; pero en el otoño, Cutuche permanecía en la choza guardando el peral; separación que causaba a los dos molestia y pena, porque la pobre y el perro eran muy buenos amigos.

Un invierno, que cayó tanta nieve que hasta los lobos fueron a refugiarse en las poblaciones, la Miseria y su perro no salieron de su choza.

Una noche de las más crudas llamaron a la puerta, y una voz quejumbrosa, dijo:

— Abran ustedes la puerta, por amor de Dios, a un pobre que se está muriendo de hambre y de frío.

— Levante usted el picaporte— dijo la Miseria.

Así lo hizo el forastero, y al entrar pudo verse que llevaba por todo traje unos cuantos harapos, que era viejo y caduco, y que llevaba por todo equipaje un palo, en el que se apoyaba.

— Siéntese usted, buen hombre— dijo la vieja.— No ha tenido usted suerte al venir por aquí; pero todavía puedo ofrecerle un poco de fuego para que se caliente.

Y encendió el único haz de leña que le quedaba, y regaló al viejo un pedazo pan y una pera que habían dejado los chiquillos en el árbol.

Mientras el buen viejo comía, el perro le acariciaba. Cuando terminó la colación, la tía Miseria obligó a su huésped a que se tapase con la tínica manta que tenía, mientras ella se tencua en el suelo y apoyaba la cabeza, para dormir, sobre el respaldo de la única silla que allí había.

Al día siguiente se despertó muy temprano.

— No tengo nada que darle a mi huésped, y va a tener que ayunar. Saldré por ahí a pedir, y si me dan algo vendré en seguida.

Al abrir la puerta vió que hacía una hermosa mañana. Los ardorosos rayos del sol derretían la nieve, y la temperatura era muy agradable. Al volverse con objeto de recoger su palo de un rincón, vió de pie al forastero y dispuesto a marcharse.

— ¿Se va usted ya?— le preguntó.

— Ya he cumplido mi misión — respondió el desconocido— y necesito ir a dar cuenta exacta de lo que he hecho. Yo soy un enviado de Dios, y por su voluntad estoy en el mundo para informarme de cómo practican por aquí la caridad, que es la primera de las virtudes cristianas. He llamado a las puertas de muchos ricos, y en todas ellas se han negado a socorrerme; tú has sido la única que se ha apiadado de mi desgracia, siendo más desdichada aún que yo. Dios te premiará, no lo dudes. Dime lo que puedo hacer por ti; cualesquiera que sean tus deseos, se realizarán.

La Miseria se santiguó y cayó de rodillas.

— ¡Oh buen señor! Habéis de saber que cuando hago la caridad no me mueve interés alguno. Además, no necesito nada.

— Eres demasiado pobre para mostrarte tan generosa. Pide sin temor lo que quieras. ¿Quieres un campo que produzca abundante trigo, un bosque que te provea de leña? ¿Quieres dinero, honores? Habia, mujer.

La tía Miseria movió la cabeza y dijo con humildad:

— Puesto que lo exigís, obedeceré. Tengo en mi jardín un peral; los muchachos de la comarca vienen a comerse, cuando es tiempo, sus frutos, y a fin de evitarlo, me veo obligada a dejar de guardián a mi perro. Ya que es tan grande vuestro poder, haced que el que se suba a mi peral no pueda bajar sin mi permiso.

— Amén— dijo el huésped sonriéndose.

Y después de darle su bendición, desapareció. En lo sucesivo todo fueron venturas para la tía Miseria. Al llegar el otoño, el primer día que salió de su albergue la pobre andina, los chicuelos, incitados por la golosina y no pensando en el castigo que por su vicio iban a recibir, treparon al peral y se llenaron los bolsillos de peras; pero al querer bajar les fue imposible.

A su vuelta, Miseria los encontró colgados del árbol, y así los dejó algún tiempo para que escarmentaran. No hay que añadir que en lo sucesivo no sólo no volvieron a quitar al árbol sus frutos, sino que ningún habitante de la comarca se acercaba al misterioso peral.

Un día, hacia fines del otoño, que estaba tomando la Miseria el sol, oyó una voz qucjumbiosa que decía:

— ¡Eh, tú, Miseria, Miseria!

La buena mujer se puso a temblar de pies a cabeza, y Cutuche comenzó a dar aullidos lastimeros.

Se volvió y vió a un hombre largo, muy largo, delgado, muy delgado, amarillo y viejo, más que un patriarca.

Por la guadaña que llevaba, la Miseria reconoció a la Muerte.

— ¡Hombre de Dios!— le dijo con voz alterada.— ¿Qué busca usted aquí?

— Prepárate a seguirme, pues es a ti a quien busco.

— ¿Ya?

— ¡Me gusta la frescura! ¿Te pesa mi venida, cuando debías alegrarte, ya que eres tan pobre, tan vieja y tan enfermiza?

— Ni soy pobre ni soy vieja. Tengo pan y leña, que es cuanto necesito, y hasta la Candelaria no cumpliré los noventa y cinco. En cuanto a lo de enfermiza, ¡ya quisiera usted estar tan bueno y tan sano como yo!

— Mejor lo pasarás en la otra vida.

— Se sabe lo que se pierde en ésta, pero no se sabe con certeza si se ha ganado el cielo. A más de esto, mi ausencia entristecería a mi perro.

— Vendrá con nosotros. Vamos, que tengo prisa.

Miseria suspiró.

— Concédame usted algunos minutos para arreglarme un poco.

Consintió la Muerte; pero mientras se acicalaba la buena vieja, fijó su mirada en el peral, y se le ocurrió una idea que le hizo sonreír. Saliendo hasta la puerta de la choza:

— Buen hombre, hágame usted un favor— le dijo.— Trepe usted al peral y cójame las tres peras que quedan para que me las vaya comiendo por el camino.

— Con mucho gusto— dijo la Muerte. Y trepó al árbol. Pero su asombro fue grande cuando, después de haber cogido las tres peras, vió que le era de todo punto imposible bajar del peral.

— ¡Miseria! — gritó — ayúdame. Este maldito árbol está embrujado.

Acudió la vieja a la puerta, y vió los grandes esfuerzos que hacía la Muerte con sus brazos y sus piernas para librarse de las ramas que la enlazaban y la oprimían, como si un poder oculto las m oviese.

Miseria comenzó a reir y dijo:

— No me corre gran prisa dejar esta vida hasta que Dios lo decrete. Quédate ahí, que tienes para tiempo. De esta hecha, el género humano va a deberme el mayor de los beneficios.

Y cerró la puerta, dejando a la Muerte colgada del peral.

Pasó el tiempo, y como la Muerte no desempeñaba sus funciones, causó mucho asombro ver que nadie se moría en las poblaciones de la comarca.

El asombro fue grande al mes siguiente, sobre todo cuando se supo que otro tanto pasaba, no sólo en la provincia, sino en todo el mundo. Nadie había oído hablar de cosa semejante, y cuando vino de nuevo el otro año, se supo que nadie había muerto en ningún país del mundo.

Los enfermos se habían curado sin que los médicos supiesen cómo ni por qué, a pesar de lo cual se vanagloriaban de haberles salvado la vida. Pasó otro año, y al final de él, los hombres se felicitaban por haber llegado a ser inmortales. Con este motivo hubo grandes festejos en todas partes, y no teniendo miedo de morir, ni de indigestión, ni de gota, ni de apoplejía, comieron y bebieron hasta dejárselo de sobra.

Durante los veinte, treinta y noventa primeros años, todo fue bien; pero al cabo de este tiempo, no era raro ver ancianos llenos de achaques, perdida la memoria, ciegos, sordos, sin paladar, sin tacto, sin olfato, insensibles a todo goce, que comenzaban a pensar que la inmortalidad del cuerpo, según la actual vida, no era un beneficio, como algunos han creído erróneamente.

Hubo necesidad de reunir a todos los ancianos en inmensos hospicios, en los que cada nueva generación no tenía más remedio que ocuparse en cuidar a las precedentes, que no podían librarse de la vida.

Con reyes achacosos, los gobiernos se debilitaron, las leyes cayeron en desuso, y los inmortales, seguros de no ir al infierno, se entregaron a todo genero de crímenes. Saqueaban, robaban, incendiaban; pero ¡ay! lo único que no podían hacer era asesinar. Como los animales tampoco morían, se pobló de tal modo la tierra, que no bastaban sus productos a nutrir a sus pobladores; de aquí resultó un hambre terrible, y los humanos andaban errantes, desnudos por los campos, porque ya las habitaciones no eran bastantes para todos, y no poder morirse constituía la mayor de las crueldades.

Acostumbrados la Miseria y Cutuche a sufrir, y habiéndose quedado sordos y ciegos, no podían formarse la menor idea de lo que pasaba en el mundo.

Los hombres buscaban la muerte con más empeño que antes habían tenido para huir de ella. Recurrieron a los venenos y a las armas más mortíferas; pero unos y otras no hacían más que estropearlos sin destruirlos. Se hicieron unos pueblos a otros guerras formidables para destruirse mutuamente, pero los combatientes no lograban matar a un solo hombre.

Se convocó un Congreso, al que acudieron todos los médicos del mundo.

Allí buscaron un remedio contra la vida; se ofreció un gran premio de 100.000 trancos al que encontrase la receta de la muerte, pero todo fue en vano.

Por aquel tiempo había un médico muy sabio, llamado Sinescrúpulos. Era un hombre excelente, que en los buenos tiempos había enviado mucha gente al cementerio, y estaba desesperado con aquel insufrible estado de cosas.

Una noche, al volver a su casa después de haber comido con el alcalde de la población en que vivía, se perdió en el camino, y casualmente llegó a pasar cerca de la choza de la Miseria, sorprendiéndose al oir una voz que decía:

— ¿Quién librará a la tierra de la inmortalidad, cien veces peor que la peste?

El doctor alzó los ojos, y su alegría fue grande al reconocer a la Muerte.

— ¿Usted por aquí, mi antiguo amigo?— le dijo.— ¿Se divierte usted en ese árbol?

— Estar aquí me desespera — respondió la Muerte.

El doctor le tendió la mano, y la Muerte hizo un esfuerzo tan grande, que suspendió al doctor, y el árbol le enlazó con sus ramas, dejándolo aprisionado. Cuantos esfuerzos hizo fueron inútiles: tuvo que resignarse a vivir en compañía de la Muerte.

Grande fue el asombro de sus convecinos, y en todos los periódicos se anunció su desaparición, ¡Tiempo perdido!

Sus parientes recorrieron la comarca y registraron todos los rincones, hasta llegar cerca de la choza de la Miseria.

Al verlos el doctor, agitó sus brazos pidiendo auxilio.

— ¡Por aquí, por aquí!— gritaba.— Aquí tengo a la Muerte. Está en mi poder, pero nos es im posible bajar de este árbol.

Los primeros tendieron la mano a la Muerte y al doctor; pero del mismo modo que este, fueron suspendidos.

Acudían hombres, se colgaban de los que estaban suspendidos; crecía el árbol y quedaban suspendidos a su vez.

Pendían ya de las ramas millares de seres humanos, y algunos de los últimos que llegaron, dispusieron echar abajo el peral; pero era invulnerable a los hachazos. Tanto ruido hacía aquella gente, que la Miseria, a pesar de su sordera, se enteró de lo que pasaba.

— Únicamente yo — dijo— puedo librar a esa gente de su cautiverio, y consentiré en ello con tal de que no venga a buscarnos ni a mí ni a mi perro hasta que yo la llame.

— Aceptado— dijo la Muerte. — Yo procuraré obtener el correspondiente permiso de quien todo lo puede.

— ¡Entonces, bajad, lo permito!— gritó la Miseria.

Y la Muerte, el doctor y los innumerables prisioneros que estaban a su lado, cayeron del árbol, como si fueran peras maduras.

Puso manos la Muerte a la obra, y después de despachar a los que tenían más prisa, viendo que tenía más trabajo del que ella sola podía desempeñar, formó un ejército de médicos, nombrando general en jefe al doctor Sinescrúpulos.

Algunos meses bastaron a la Muerte y a sus auxiliares para librar a la tierra del exceso de seres vivientes, y todas las cosas volvieron al estado que antes tenían. La humanidad recuperó el derecho de morir, excepción de la Miseria, que todavía no ha llamado a la Muerte; razón por la cual la Miseria anda y andará siempre por el mundo.

Extraído de "El viejo hechicero" Cuentos de Calleja, 1900

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