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Saturnino Calleja Fernández en AlbaLearning

Saturnino Calleja Fernández

"Nunca huyáis del león"

Leyendas de oriente

Biografía de Saturnino Calleja Fernández en Wikipedia

 
 
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Nunca huyáis del león

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En una ciudad del oriente vivía un joven príncipe, llamado Azgiol, virtuoso e inteligente, pero un poco cobarde.

Acababa de morir su padre, y el príncipe esperaba su coronación, cuando pocos días antes del señalado para la ceremonia, se presentó a él el anciano visir para manifestarle que, antes de subir al trono, debiera sujetarse a una antiquísima costumbre del reino, según la cual, el nuevo Rey tenía que luchar con un gran león rojo que estaba enjaulado en los sótanos del palacio.

Al oír esto, el príncipe se asustó de tal manera, que decidió huir inmediatamente, como lo hizo. Levantóse a media noche, se vistió de prisa, montó en su caballo y salió de la ciudad.

Tres días después de la vergonzosa huida, llegó Azgiol a una deleitable arboleda, de la que llegaban, con la brisa pura, los acordes de una rara música; y encontró a un joven muy bello que tocaba una flauta, al tiempo que regía un pequeño rebaño de ovejas. El pastor saludó cortésmente al viajero, y éste le suplicó que siguiera tocando, porque nunca en su vida había escuchado música tan armoniosa. Entonces el músico le dijo a Azgiol que era esclavo de un rico labrador llamado Oaxus, a cuya casa, que estaba cerca, ofreció llevarle. El príncipe aceptó de buen grado la invitación; y pocos momentos después entraban los dos en casa de Oaxus, el cual dispensó si viajero una cariñosa acogida y le ofreció de comer y de beber.

Cuando Azgiol hubo acabado la comida, miró fijamente a Oaxus, y le dijo así: —Desearás, sin duda, saber quién soy y qué me trae por aquí; y te digo que soy un príncipe a quien graves sucesos han arrojado de su patria. Perdona que no te revele mi nombre, porque es un secreto que debo guardar celosamente. Si no te importa, me gustaría quedarme en este paraje delicioso. Tengo medios de vida, y te puedo pagar tu hospitalidad.

Oaxus respondió al príncipe que tendría un gran placer en verlo a su lado todo el tiempo que quisiera, y le rogó que no pensase en ofrecerle pago alguno.

—Y ahora, Isdril—añadió Oaxus, dirigiéndose al esclavo —, muestra al príncipe nuestras fuentes y nuestras cañadas, nuestras rocas y nuestros bosques, porque pienso que él es bien capaz de, gustar la hermosura de esta naturaleza prodigiosa.

Obediente, Isdril tomó su flauta y salió con el príncipe.

Después que hubieron recorrido el maravilloso paraje, se sentaron los dos a descansar en un valle sombreado y lleno de flor. Isdril se llevó la flauta a los labios y comenzó a tocar una melodía que arrobaba a Azgiol, el do el modo de vivir feliz y tranquilo, cuando, una noche, ameno apartamiento, compraría a Oaxus, si el labrador quería, aquel esclavo, que era músico tan excelente. El pastor rompió, brusco, el hechizo que tenía extasiado al príncipe, y poniéndose de pie, le dijo:

—Es hora ya de irnos.

—¿Y por qué vamos a dejar tan pronto este hermoso valle?—preguntóle el príncipe.

—Los alrededores están llenos de leones—repuso el pastor—y es prudente irse temprano. Una vez lo olvidé, y te juro que no me sucederá más—. Y mostró al príncipe una gran cicatriz que tenía en el brazo.

Azgiol se puso pálido y anduvo en silencio. Cuando llegaron a la casa, dijo a Oaxus que había cambiado de ideal y que tenía que ir más lejos. Dióle las gracias, se despidió de él y de Isdril, y se alejó al galope de su caballo.

Anduvo otros tres días, y al cuarto llegó a un vasto desierto, en el que se alzaba un obscuro campamento. Se fue, alegre, hacia sus negras tiendas, deseoso de hallarse con alguien, porque tanto él como su caballo estaban extenuados de hambre y de fatiga.

El príncipe fue recibido por un jeque, hombre digno, al que le dijo lo que antes dijera al bondadoso Oaxus; y, lo mismo que el labrador, Hajaar, que así se llamaba el jeque, respondióle que no quería otra remuneración que el placer de su compañía, y que le sería gratísimo tenerle como huésped, si así pudiera ser. Luego presentó a Azgiol a gran parte de sus amigos, y le ofreció un magnífico caballo tordo.

Pasaban los días. Cada mañana acompañaba Azgiol al jeque en sus cacerías de antílopes, con lo que gozaba grandemente; y empezaba ya a creer que había encontrado el modo de vivir feliz y tranquilo, cuando, una noche, estando en el lecho, se le acercó Hajaar y le habló de esta manera:

—Hijo mío, tengo que decirte una cosa. Toda mi gente está muy contenta de ti, más que nada por la destreza que en las cacerías has probado. Pero nuestra vida no puede dedicarse por entero a tan fáciles recreos y a veces tenemos que luchar encarnizadamente con otras tribus; mis hombres son todos ellos guerreros consumados y, antes de tener plena confianza en ti, quieren que les des una prueba de ‘tu valor. Oye: dos leguas al sur de aquí, hay unas montañas llenas de leones. Mañana temprano ve, montado en tu caballo tordo y armado con el alfanje y con mi lanza; mata un león y tráenos su piel. Así sabremos que podemos confiar en ti para la guerra.

Apenas se hubo retirado el jeque, Azgiol se levantó, se vistió, salió silenciosamente de su tienda y fue a despedirse tristemente del caballo que le había prestado Hajaar. Montó luego en el suyo, y huyó entre las sombras de la noche.

A la tarde del día siguiente vió con alegría que se acababa el desierto. Y entró en una comarca pintoresca, en la que los montes, las praderas y los arroyos componían mágicos cuadros.

Caminando por un bosque, llegó al pórtico de un rico palacio, que se alzaba en medio de un jardín extraordinario. Su dueño, que por las trazas era un opulento emir, estaba sentado en el pórtico con una doncella de cabellos de oro.

El emir recibió bondadosamente al príncipe. Llevóle a que viera su palacio, que era aún más bello por dentro. Deslumbraba todo con su policroma y brillante profusión de oro y de piedras preciosas. Las paredes y los techos se engataban de pinturas raras, y cerraban las ventanas vidrieras vistosas de valor incalculable. Luego, el emir ofreció a su huésped buena porción de delicadas viandas.

Azgiol hizo de él la presentación sabida, declarando su rango, pero guardando su nombre; y rogó también al emir que le permitiera permanecer algún tiempo en aquel palacio esplendoroso. Contestóle el emir cortésmente, que podía quedarse allí hasta el fin de sus días, si lo deseaba, que él en pilo tenía gran satisfacción; y luego le rogó que esperase unos instantes, porque aguardaba a unos amigos suyos, y había de hacer los preparativos necesarios para recibirlos.

Azgiol se quedó con la doncella de cabellos de oro, que era bija del emir y se llamaba Perizida, de la que se había prendado desde el momento en que la viera. Ella lo llevó al jardín, y después de mostrarle la belleza de sus flores, volvieron al palacio.

Estaban los aposentos, en que ardían miles de luces, llenos todos de gente. Pasó Azgiol por varios de ellos al lado de Perizida. En una tranquila estancia vió sobre un diván un laúd, y rogó a Perizida que cantase con él alguna canción, si sabía, a lo cual accedió graciosamente la joven. Cuando más embelesado estaba el príncipe escuchando la música, sacóle de sus delicias un fuerte ruido extraño. Azgiol preguntó a Perizida qué era aquello.

—¡Nada!—repuso la joven sonriendo—¡Es Bulak, nuestro portero negro, que bosteza!

—¡Debe tener unos pulmones excelentes-—exclamó Azgioh

Los invitados se fueron retirando y Perizida se retiró también. El emir y el príncipe siguieron un rato charlando y fumando. Al fin, el emir quiso acompañar a Azgiol a la estancia en que le había preparado el lecho, y despacio iban hacia ella cuando, al llegar al pie de una escalera suntuosa, que era toda de mármoles verdes y amarillos, Azgiol quedóse horrorizado al ver un enorme león negro que estaba echado en el último descanso. Y preguntó al emir con voz desmayada qué era aquello.

—Es Bulak, nuestro portero negro—respondió el emir . Un león familiar, que no te hará daño si no le tienes miedo. Pero si conoce que se le teme, se torna feroz.

—¡Pues yo le temo!—dijo el príncipe.

Y no halló el emir medio de convencerle para que subiese la escalera. Hubieron de volver al salón y Azgiol quedóse echado en un diván.

Cuando se vió solo, Azgiol cerró cuidadosamente la puerta y las ventanas y se acostó; pero no pudo pegar un punto los ojos, porque oía pasar al león, que una vez llegó hasta la puerta y, con un rugido terrible, se abalanzó sobre ella, haciéndola gemir bajo su impulso.

Azgiol se puso a meditar. Sin duda había ofendido a la Providencia al huir del viejo león rojo que tenía en su palacio, pues que desde entonces no hacía más que hallar leones a cada paso. Y resolvió someterse a lo que el destino le tenía señalado. Regresaría a su patria y cumpliría la condición exigida para que pudiera reinar.

Así, pues, apenas vió al emir a la mañana siguiente, le dijo la verdad. El emir, que había conocido al Rey Almamun, padre de Azgiol, aprobó efusivamente la resolución del joven, al cual bendijo al despedirse, proporcionándole además todo lo necesario para un rápido viaje. Y Azgiol se fue, sin ver más a la hermosa Perizida.

En su viaje de retorno, Azgiol pasó por el campamento árabe y le dijo todo al bondadoso Hajaar. Preguntóle también por el hermoso caballo que antes le prestara.

—Celebraría mucho—respondió Hajaar—que volvieras a montarlo y a quedarte con nosotros; pero sería un mal impedir tu noble empresa. ¡Vuelve a tu patria y cumple tu deber como un hombre!

Después Azgiol visitó a Oaxus, a quien confesó, como a los otros, su nombre y su alcurnia, declarando su falta y su arrepentimiento.

—¡Sigue tu camino, amigo mío—díjole el noble labrador—, y que Dios te dé la fuerza necesaria para llevar a cabo tu valerosa resolución!

Le pidió Azgiol que saludara a Isdril y que le dijera que esperaba volver a escuchar su dulce música sin temor a los leones.

El príncipe siguió el camino hasta llegar a su palacio, y en cuanto hubo bajado de su caballo dijo al visir su propósito de luchar con el viejo león rojo.

Lloró el anciano de alegría al ver regresar al príncipe, y dispuso todo lo necesario para la lucha, que había de tener lugar en el término de una semana.

Llegaron el día y la hora, y el príncipe entró en la plaza, donde ya le aguardaba el león, el cual lanzó un espantoso rugido y se iba despacio a su rival, mirándole con fiereza. Pero Azgiol no flaqueó. Con firme mirada le salió al encuentro, lanza en mano. Dió el león un salto y, lanzando otro rugido, pasó por encima de la cabeza del príncipe, sin tocarle. Luego vino corriendo hacia él mansamente y le lamió las manos con muestras de sumisión.

Entonces el visir dijo al príncipe que había vencido y que podía retirarse de la lucha. Tras Azgiol iba el león como un perro.

—Ve, príncipe Azgiol, que el león es manso y que no hace daño Tú lo ignorabas y has probado tu valor mostrándote dispuesto a luchar con él. Ahora te digo que eres digno ya de subir al trono de tus heroicos antepasados.

Dos hombres, uno anciano y otro joven, se acercaron a felicitar al príncipe. Eran Oaxus e Isdril.

—Príncipe Azgiol—dijo el viejo labrador—, en recuerdo de este memorable y feliz día, te hago este 'regalo— y al decir esto le dió su esclavo Isdril.

—¡Te lo agradezco de corazón, Oaxus!—contestó el príncipe—. Y tú, Isdril, ya no eres esclavo. Desde ahora te declaro libre; serás mi compañero y me deleitarás con tu música exquisita.

Luego se presentaron el jeque Hajaar, con unos hombres de su tribu y el caballo tordo que tanto gustara al príncipe.

—¡Azgiol!—díjole el jeque—, te felicito con toda mi alma y te ruego aceptes este caballo.

El príncipe abrazó al jeque, dándole las gracias, y besó al caballo, que le devolvió el beso con un cálido relincho.

El emir vino al fin a presentarse a Azgiol. Le rodeaba una brillante comitiva con músicas y banderas.

—Vengo a felicitarte, príncipe—le dijo—. No te traigo regalo alguno, pero soy tuyo y tuyo es cuanto me pertenece.

—¡Cómo me alegra tu presencia i— repuso Azgiol— . Dime, ¿y tu hija? ¡En cuanto sea coronado, iré a visitarla a tu palacio!

—No tendrás que ir a verla—díjole el emir—. Ven.— Y llevó a Azgiol al lado de Perizida que, velado el rostro por un espeso tul y montada en un caballo blanco, esperaba.

La coronación de Azgiol y su boda con Perizida se celebraron el mismo día. Reinaron los dos felizmente muchos años. Azgiol rey, ordenó que fueran escritas sus aventuras para ejemplo de príncipes cobardes. Y en Ja puerta verde del palacio se grabaron con grandes letras de oro estas palabras:

Nunca huyáis del león

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