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Carmen de Burgos y Segui en AlbaLearning

Carmen de Burgos y Seguí
"Colombine"

"La mujer fría"

Capítulo 7

Biografía de Carmen de Burgos y Segui en AlbaLearning

 
 
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Música: Liszt - La Cloche Sonne
 
La mujer fría
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VII

-Yo conocí a Blanca en Viena —dijo don Marcelo, mientras movía con su cucharilla el incendio del alcohol, mirando los cambiantes de esencia de llama, sutilizada como el espíritu del fuego, que se encendía en lucecillas azules, verdes, moradas y naranja que parecían arrancarse de la raíz para subir y perderse en el aire—. No sé si comenzar por las impresiones de esta época, o por lo que después he sabido, ordenando los hechos para la mayor comprensión.

—Como usted quiera.

—Bien, entonces comenzaremos por la niñez de Blanca. Su madre y su padre murieron al año de estar casados, a causa de un misterioso mal. Una enfermedad desconocida, que las buenas gentes del Norte creían producida por hechos demoníacos o brujos. El caso es que la madre murió al dar a luz una niña, que más que niña era un pedazo de carámbano. Se veía que estaba viva porque abría los ojitos. Y se movía, pero estaba fría, helada, y por más que la quisieron hacer entrar en calor abrigándola bien, todo fue inútil, jamás dejó de estar fría, con esa frialdad extraña. Ella me contó en su confesión la sorpresa que causó a los médicos la primera vez que le pusieron un termómetro y no le pudieron hacer subir de treinta y cinco grados.

—¿Pero cómo se explican esa cosa tan rara?

—No se la explican. Muchos hubieran querido hacer estudios respecto a ella, que no les han dejado realizar. Lo raro es que ese frío que comunica no lo siente ella. Se encuentra bien, a gusto; se puede decir que siendo un glacial, ella no lo sabe, ignora la sensación del frío. Hombre de ciencia ha habido que ha pensado en un extraño organismo de reptil, de sangre fría, en el que ha encarnado una mujer. Otros lo atribuyen a una funesta herencia de la enfermedad misteriosa de sus padres; algunos creen que algún abuelo padeció en la Edad Media un mal extraño que se reprodujo, por el salto atrás, en el padre y que le ha alcanzado a ella. Sea lo que quiera, el fenómeno existe, no se puede negar, lo vemos y lo palpamos. Excusado es decir que para su abuela y las parientas que la criaron todo eran hechizos y obra de encantamiento. Han hecho exorcizar a la pobre criatura cientos de veces; pero la religión ha tenido tan poco éxito como la ciencia.

Mientras hablaba había acabado de comer su tortilla y se fijó en la de su amigo.

—Vamos, Fernando. Nada de niñerías. Coma usted eso o no le digo nada más. No espero que usted acabe para tomar mi chocolate. Se me enfriaría y ahora está en su punto. Es el más suculento desayuno del mundo, injustamente en desuso. Como obra de frailes, que ya sabían lo que se hacían.

Mientras mojaba los bizcochos en la nata humeante de su taza, siguió:

—Blanca pasó su infancia en un pueblecito vasco, en la frontera de España, perdido en las estribaciones de los Pirineos. No me acuerdo cómo se llama. La pobre criatura se consumía de hastío en su vieja heredad. Se pasaba el día cuidando sus animalitos predilectos, pollos, conejos, borreguitos. Ella misma corría la montaña para cogerles la hierba y los tallos tiernos, y se daba el caso raro de que los animales la rechazaban de su mano. Le huían los gatos y le aullaban los perros. Claro que no había que pensar en que las madres dejasen a ninguna niña jugar con ella. No le quedaba el recurso de la agricultura. Hubiera querido cuidar y cultivar plantas, pero todas las que tocaba se secaban, y las semillas no nacían. Esto no es tan extraño como parece. Son muchas las mujeres que ejercen esa mala influencia sobre las plantas. En mi país no se las deja entrar en los bancales y en los sementeros, sobre todo en ciertas épocas. En lo de los animales creo que habrá exageración. La pobre Blanca me ha contado las angustias que pasaba cuando iba de paseo por las gargantas y los valles que forman las cordilleras en su país y veía un monte sucediendo a otro monte. Se encontraba como perdida y aprisionada en la cadena de los cerros. Por suerte, un noble francés que fue por allí en una cacería se enamoró de ella y se casó. Era viejo, debía ser un tanto degenerado y sádico. Con él, esta mujer de hielo, cuyas funciones vitales no tienen nada de anormal, excepto su falta de temperatura, tuvo dos hijos: uno idiota, que vivió poco tiempo, y otro que a los dos años falleció también de un tumor en el oído. Su marido murió de otro tumor. Ella estaba sana, pero daba el efecto de esas manzanas podridas que pudren a las que están en contacto con su mal.

—Pero eso es terrible.

—Sí. Viuda y sin dinero, aceptó la mano del conde Hozenchis, un millonario austríaco, ya viudo con un hijo, por eso no tiene ella el título. Le dejó una gran fortuna. Ella no volvió a tener más hijos. Cuando la conocí en Viena era la mujer de moda, deslumbrante con su hermosura y su lujo. Siempre la habían llamado «La mujer fría» pero después de su viudez cambió su nombre, la llamaban por el nombre fatídico que le hizo huir de los lugares donde la conocían, y que me ha rogado, implícitamente, que no lo dijera.

—¿Pero qué nombre es ese?

—«La muerta viva.»

—¡Ah!...

—Veo que no te sorprendes.

—Es mejor que calle usted.

—No, ya es mejor decirlo todo. No se puede condenar a una mujer hermosa y joven, que no tiene hijos, que no ha amado a los maridos que la tomaron como una curiosidad capaz de excitar sus temperamentos gastados, cuya juventud ha transcurrido en el tedio y la soledad, que sienta con vehemencia el deseo de amar. Ella tenía muchos pretendientes. Escogió, romantizó, fue difícil y los empeñó en la lucha... pero no «cayó» con ninguno. Todos la «respetaron», es decir, huyeron cuando se les reveló el frío y el olor a cadáver que había en ese hermoso cuerpo.

—¿No llegó a amarla nadie lo bastante para hacerse superior a esa fatalidad?

—La muerte rechaza a la vida, es una repugnancia física invencible la que crea. Blanca se hace un imposible para todos los que ella podía amar. Es decir, los sanos de cuerpo y de alma.

—Es terrible eso en una mujer tan hermosa, tan noble, tan espiritual...

—En Viena se habló mucho de este caso. Lo atribuían a la encarnación de un espíritu en el cuerpecito que la madre dio a luz muerto. Según los espiritistas, es un cuerpo de muerta donde vive un espíritu.

—¿Pero y todas las funciones vitales de ese cuerpo, su crecimiento?

—Se las presta el cuerpo astral.

—Yo no creo esas patrañas de los espíritus, y me parece que éste es un caso único en el mundo.

—No, querido Fernando. Eso de que «no hay nada nuevo bajo el sol», es una verdad innegable. Todo existe, todo se repite, por poco común que sea. Evidentemente hay muchos casos de estos que no se conocen; pero existe en la historia un precedente conocidísimo, por tratarse nada menos que de una reina.

—¿Cómo?

—Sí. Catalina de Médicis era también una muerta viva. Se quedó huérfana a causa de una extraña enfermedad de sus padres, y el Papa Clemente VII, que había concebido el proyecto de casarla con el rey de Francia, cuidó de ella, apartando de su lado todos los enamorados, aunque para ello tuviera que hacer a su sobrino Hipólito Cardenal a los dieciocho años y enviarlo a España. Catalina se casó con Enrique II cuando éste no era más que duque de Orleáns, y tuvo hijos, a pesar de la repugnancia que por ella sentía su esposo. Fue madre de tres reyes degenerados. Su marido no la repudió porque ella se dio maña a ser la amiga de la favorita Diana de Poitiers, y él lo encontró eso muy cómodo. Pero Catalina de Médicis tenía siempre el cuerpo helado como un muerto, y cuando se quitaba los suntuosos vestidos olía a cadáver.

—¿Y a qué se atribuyó entonces el fenómeno?

—La ciencia no dijo nada. El pueblo la creía poseída del diablo, que ha sido sustituido por nosotros por los avatares y las reencarnaciones. Es igual. Lo cierto es que si no fue el diablo fue un mal espíritu el de esa mujer disoluta, envenenadora, que se gozó en los asesinatos. Hasta sin querer causaba maleficio. Hay quien sostiene que la desgracia de María Estuardo tuvo origen en usar el magnífico collar de perlas de su suegra.

Pero Fernando no oía la digresión histórica, poseído del horror de aquella vida.

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