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Carmen de Burgos y Segui en AlbaLearning

Carmen de Burgos y Seguí
"Colombine"

"La mujer fría"

Capítulo5

Biografía de Carmen de Burgos y Segui en AlbaLearning

 
 
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Música: Liszt - La Cloche Sonne
 
La mujer fría
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IV

Cuando estuvo bastante lejos para no poder ser visto desde el hotel, Fernando se apartó de la acera y fue a sentarse en uno de los grandes sillones de hierro colocados debajo de los árboles de Recoletos, y ya casi desiertos a aquella hora. Sólo algunos rezagados habían hecho una especie de cama, entre dos de ellos, y dormitaban al fresco, con los chalecos desabrochados y la cabeza descubierta. Ya se habían cerrado los puestecillos de refresco, y aún quedaba en el ambiente esa especie de vibración que resta de la muchedumbre.

Estaba aturdido. Amaba a Blanca con una pasión terrible, avasalladora, capaz de todo. Era como si de las pupilas verdes se desprendiese una chispa fría y magnética que lo encadenase. No tenía vida ni voluntad más que para ella. Su pasión no era sólo espiritual, era una pasión física que lo abrasaba, y, sin embargo, no podía aspirar a ser satisfecha. Cada vez que se aproximaba a ella, que la tocaba, sentía una quemadura de nieve, pero con una sensación extraña, como si tocase un cadáver. Él no se había dado cuenta de aquel hedor al principio de sus relaciones. Pensó que aquel nombre de «La mujer fría» era debido a la clase de belleza inexpresiva y extraña de Blanca, y también a su carácter reservado, retraído, indiferente a los amores que despertaba. En ese sentido tomó su nombre, que llegaba a complacerle. Habría una mayor gloria en conseguir el amor de una de esas mujeres excepcionales, incapaces de amor. En el fondo del amor de mujeres como Cleopatra o Lucrecia Borgia debía haber a algo semejante a una gota de licor celestial que sólo pudieran libar hombres contados, hombres que se debieran sentir gloriosos, como los pastores de Atis cuando descendían hasta ellos las diosas para llevarse un hijo de mortal bajo sus ceñidores.

Había sido para él una sorpresa el contacto frío de aquella mujer. De no estar tan enamorado, hubiese huido de ella. La miraba a veces con miedo, con terror. Hoy por vez primera sentía una impresión de asco. No podía dudar que del fondo de aquella boca, del tan débil aliento, salía un olor de entrañas descompuestas. No era ese olor vulgar de las personas de aliento impuro, era algo más, era pavoroso, más repugnante.

Ahora, reconstruyendo la escena en su imaginación, temía que Blanca se hubiera dado cuenta de todo. Acaso no era la primera vez que causaba esa impresión en un enamorado y ya sabía lo que había de suceder. Por eso sin duda su virtud era tan austera; tan vigilante, virtud de fea, a pesar de su belleza. Le mordían los celos. Pensaba que quizás aquella mujer habría vívido muchos idilios semejantes, y por eso se negaba a ser suya, queriendo dejarle un ansia y una ilusión insaciada, quizá como venganza de todos los demás que la habían abandonado.

¿Habría sido siempre así, en sus matrimonios y en su maternidad?

Sentía una ansiedad de saber, de profundizar el misterio. No podía dejar de amar a aquella mujer extraordinaria. Era un suplicio, ya varias veces repetido, el de aquella sensación de frío, que al llegar ansioso y temblando de pasión a ella, lo detenía, como una ducha. Le causaba la emoción penosa, extraña, ese frío que había en sus manos, en su rostro, en su carne toda.

Y ahora, que por vez primera había unido los labios a los suyos, se estremecía pensando en la impresión de terror, de repugnancia, que la felicidad soñada le había hecho experimentar.

Al fin se levantó, subió todo el paseo de Recoletos y entró con paso lento en la calle de Alcalá. Al llegar frente al Casino, se cruzó con un caballero que a pesar del calor iba envuelto en un amplio abrigo con cuello subido hasta los ojos que salía del edificio, dirigiéndose hacía un coche. En el aire conoció al viejo senador.

—¡Don Marcelo!

Lo llamaba sin darse cuenta, como un grito de su alma, como un quejido. Y tal acento desgarrador había en su voz, que el anciano señor se detuvo, lo miró un momento y, sin contestar, le hizo seña de que lo siguiera. Subió a su coche, cerrado, y, por la portezuela abierta, dijo al joven:

—Dispénseme, pero los viejos, aun en verano, necesitamos cuidar el vientecillo de la noche.

—Don Marcelo, quería hablar con usted.

—Pero hijo, la hora no es a propósito, me he entretenido con las cartas esta noche más que de costumbre. Empezó mal la suerte, me empeñé, sabiendo que como es hembra no es muy constante, y en efecto, he ganado... me he entretenido con el halago. Me muero de sueño y de cansancio.

—¿Dónde podría verlo a usted mañana?

—¿Para qué?

Se escuchó entre los labios del viejo una especie de silbido de indiferencia, esa sílaba «Pchs» alargada que tan bien dice la pregunta afirmativa de desprecio: «¿Y a mí qué puede importarme nada tuyo?»

Pero lo miró, y el aspecto del joven era tan pálido, tan conmovido, de un dolor tan sincero, que dijo:

—Bien. El mejor sitio de hablar sin que nos interrumpan es en la propia casa. Venga usted luego a la mía.

—¿A qué hora?

—Me levantaré tarde. A eso de las dos. Buenos días.

El viejo hizo un último signo de despedida y el joven iba a cerrar la portezuela, cuando lo detuvo.

—Después de todo, tal vez sea mejor que suba usted. Estoy algo nervioso y no me dormiré fácilmente. Lo mejor es que demos un paseo por las afueras; contemplaremos uno de estos amaneceres de Madrid y hablaremos. No respondo, cuando me acueste, de dar señales de mí hasta la hora de volver al Casino.

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