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Carmen de Burgos y Segui en AlbaLearning

Carmen de Burgos y Seguí
"Colombine"

"La mujer fría"

Capítulo 3

Biografía de Carmen de Burgos y Segui en AlbaLearning

 
 
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Música: Liszt - La Cloche Sonne
 
La mujer fría
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III

Curioseaban todos en el gran salón del hotel de Blanca, sorprendidos por aquel extraño estilo de decoración, que no era de ninguna época ni se parecía a nada. Era el salón internacional, la mezcla de todos los estilos, de todos los tiempos, las que se acumulaban allí, sin tomar, a pesar de prodigarse tanto los «bibelots», aspecto de casa de anticuario o de bazar. Por el contrario, los objetos más distintos se unían de un modo extraño para formar un todo armónico.

Las paredes, laqueadas de azul angélico, estaban cubiertas de cuadros de arte mezclados a cornucopias, terracota de Andrea della Robbia y tapices de Arras y de Gobelinos. En las vitrinas, sobre los vargueños y las cornisas, lucían cristales de Venecia, de Murano, y Galle alternaba con la cerámica de todos los países, pero dominando los amarillos y los azules. Porcelanas chinas, con las flores de almendro deshojándose en su azul de noche; porcelanas de Dinamarca con los barcos de ensueño, en el claro azul de espuma de mar en día de sol; porcelanas de Delp con sus holandesitas de blancas tocas en el azul de tempestad. Porcelana de Talavera con su amarillo de rastrojo reseco, o el verde requemado de planta sequeriza y sedienta, que representaban la aridez ardorosa de Castilla.

Sobre todo en los muebles se podía decir que se había suprimido el mueble; tal aparecían todos de desiguales, de raros. Sillones floridos, de ligeras maderas pintadas, de Noruega, cerca del amplio, cómodo, pesante y monacal sillón frailero; y las doradas sillas de Luis XV, las cretonas butaquitas Pompadour, las rallas de seda de María Antonieta y las coronas del Imperio.

Comentaban en voz baja:

—Está demasiado recargado.

—Es un alarde.

—Parece un Museo.

Satisfecha la primera curiosidad, se miraron unas a otras. Se habían puesto de acuerdo tácitamente para ir todas de colores claros y de blanco. En el té en casa de doña Matilde fue vano el alarde de trajes suntuosos, de creaciones de los grandes modistos, en diferentes tonos, que llevaban las señoras. Blanca las venció con su blancura, con su vestido de paño blanco, su gran piel de armiño, un sombrero de tisú, y su gran velo de encaje todo en plata. Estaba sugestiva, atrevida. Gracias a esa blancura fría se disimulaba el tono frío de su carnación, de un blanco tan puro que no llevaba diluido ni amarillo ni rosa, sólo, quizás, un poco de añil, para dar en algunos cambios de luz el tono violáceo a su carne.

Ahora que todas la imitaban, como cortesanas, ella aparecía vestida de negro, deslumbradora con aquel vestido de crespón chino, que se ceñía a su cuerpo con la flexibilidad del crespón, bordado de oro, de un modo a la par soberbio y fúnebre. Contra todos los usos, era la manga larga y el escote alto. Su mano calzaba guante negro, y su cabeza de piedra con las esmeraldas incrustadas, tenía apariencia de cabeza cortada descansando en el negro pedestal.

Saludaba dominando y suprimiendo el ritual. Ni besaba a las damas ni se dejaba besar el guante por los caballeros, sin impedirlo más que con el gesto de tender la mano. Detrás de ella aparecían jugueteando dos docenas de perritos de los más minúsculos, blanquísimos y perfumados con esencias de flores distintas.

—Está usted hermosamente trágica —le dijo don Marcelo.

Ella se estremeció como en un leve tiritón, y sus pupilas palidecieron un poco, declarando:

—No hable usted más de tragedia —dijo—; yo soy supersticiosa y creo que las palabras representan seres reales, en vez de imágenes de nuestro cerebro, y que hay evocaciones peligrosas.

—Parece usted andaluza —dijo doña Matilde.

—Es que no son los andaluces los más supersticiosos. Al contrario. Con su luz y con su sol no viven fácilmente los fantasmas. Yo soy del Norte, de la región montañosa donde todas las leyendas tienen asiento. En cada picacho de los Pirineos vive una bruja.

—0 un hada —intervino Ernesto.

Ella rió.

Su risa tenía el eco de las ondas de un glacial chocando unas con otras, sonora como un carillón.

Fue recorriendo los grupos de todos sus invitados; tenía un cumplido y una frase amable para cada uno. Tuvo el buen gusto de hallar encantadores el vestido de raso ciruela bordado en cuentas de madera azul, y el abrigo de piel de topo de doña Matilde, y los graciosos vestidos de las niñas. Edma estaba encantadora con su trajecito a cuadros rojos y negros, y el sombrero pequeñín adornado de una cola de guacamayo; y Rosa, pequeñita y nerviosa, con su vestido rosa y su gorrita de seda azul.

—¡Oh, la juventud! —dijo con algo de coquetería, de quien la siente retozar en la sangre—. ¡Qué bellas están con tan poco esfuerzo!

Sabía que era preciso hablar a las señoras de sus trajes o de sus accesorios. A ésta le elogió sus plumas «cirée», a aquélla el «paraíso» de su sombrero negro, a la otra su bolsillo de «beige» y plata.

Todos jugaban con los perrillos, revoltosos, acariciantes, y se formaban grupos en torno de las diversas mesitas—, el perfume tibio del té parecía poner toda su cordialidad en el gran salón, para que todos se sintiesen a gusto. Se establecía esa confianza que establece la merienda, la camaradería de la mesa, y a la que no se llegaría, sin su complicidad, en mucho tiempo.

Blanca, a pesar de su animación, de sus risas, de sus frases oportunas, sentía una preocupación. Sus ojos se volvían con frecuencia hacia la puerta. Al fin dijo:

—Parece que no están aquí todas las personas a quienes tuve el gusto de invitar la tarde pasada.

Se miraron unos a otros como si inventariaran, y Ernesto dijo:

—Sí, falta Fernando.

—¿No vendrá?

Edma se adelantó a responder con una audacia extraordinaria:

—Sí, me ha prometido venir a buscarnos.

Sus ojos pardos se fijaban con una expresión de celoso desafío en los ojos verdes, sosteniendo valiente aquel estremecimiento que le producía su frialdad. Blanca se limitó a responder algo secamente:

—Lo celebro.

Nadie había advertido la especie de desafío que se acababa de cruzar entre aquella mujer extraña y dominadora, y la muchachita sencilla que se aprestaba a defender su amor. Las dos se habían comprendido. Sabían que ellas no se engañaban: que se disputaban a un hombre.

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