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Carmen de Burgos y Segui en AlbaLearning

Carmen de Burgos y Seguí "Colombine"

"En la sima"

Capítulo 2

Biografía de Carmen de Burgos y Segui en Wikipedia

 
 
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Música: Liszt - La Cloche Sonne
 
En la sima
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II

Luis de Herrerías era el tipo perfecto de esa aristocracia decadente, degenerada, cuyas prerrogativas, fortuna y virilidad van cayendo poco a poco en la sima abierta por el tiempo.

Último vastago de su estirpe, había presenciado la ruina de su fortuna y de su raza. Su árbol genealógico se remontaba a la época de las Cruzadas; de allí provenían sus títulos de nobleza, y durante toda la Edad Media los condes de Herrerías ocuparon lugar distinguido en la historia de la patria: barones esforzados, fieles a su rey, señores de alodio en Linares, tenían influencia y poderío, mezclándose su linaje a los linajes soberanos.

Después, en la evolución histórica, cuando los últimos monarcas de la casa de Austria se entregaron a la molicie de las letras y éstas dominaban a lar armas, los condes de Herrerías lucieron su nobleza en la corte: privados y favoritos de Felipe III y Felipe IV, don Carlos de Herrerías fue poeta, amigo de Villamediana, justador en lides literarias, y don Juan de Herrerías conservó el prestigio de su casa al lado de los Borbones, guerreando con denuedo por Felipe V.

Intrigaron los Herrerías en la corte de Carlos IV, y cayó sobre ellos la nota de afrancesados por servir los intereses de Napoleón, pero tomaron parte en el gobierno de la nación con Fernando VII. Ya en esta época su casa empieza a quebrantarse. Doña Beatriz, la segundona de la aristocrática familia, tuvo que ocultar en el claustro su orgullosa soberbia de dama linajuda que no halla marido de su estirpe; el hermano primogénito se retiró a Linares, convirtiendo su nobleza cortesana en nobleza rural. El árbol genealógico había perdido sus ramas; unida al tronco robusto quedaba ya sólo la primogénita, delgada sequeriza, vinculada en el padre de Luís, cuya influencia mermó con la restauración, alejándolo del círculo de nobles palaciegos, olvidado en la soledad de su vieja casa solariega.

La política, campo donde esgrimen sus armas al lado de los hijos del pueblo los aristócratas de hoy, y donde los plebeyos hallan títulos de nobleza, le estaba cerrada por su abolengo carlista y la mancha de afrancesado. Los hombres que se acercaban al trono para sostenerlo con sus brazos robustos de pecheros, lo miraban con desconfianza, y la vieja nobleza de abolengo no le perdonó la mezcla de sangre inyectada por su abuelo a la raza uniéndose en matrimonio con una linda moza de la serranía de Granada. A pesar de los privilegios concedidos a los Herrerías para ennoblecer al casarse a sus consortes, se miraba con deprimente tolerancia el matrimonio del conde Teobaldo. Pero sin duda aquel enlace había sostenido la familia dos generaciones más. El conde, cruzamiento clandestino de un monarca austríaco v una condesa de Herrerías, tenía la degeneración aristocrática de las dos familias: la palidez blanca que deja transparentar las venas moradas, los ojos de azul lechoso y el cuerpo de morbidez blanda. Se extinguió entre los brazos morenos y ardientes de su esposa, a la que dejó un vástago raquítico y enfermizo.

María había conocido a la abuela de Luis. La buena doña Dionísia tomó en serio su papel de reparadora y puntal en la sangre y casa de los Herrerías. De una vivacidad extraordinaria, doña Dionísia poseía el don de dominar en absoluto a cuantos la rodeaban; era una mujercita torbellino, cuyas órdenes se multiplicaban sin cesar; incansable en el trabajo, irascible y severa con todo el que faltase a su obligación, vigilante de los más pequeños detalles.

El flaco de doña Dionisia era preocuparse con exceso del ¿qué dirán? Cifraba su orgullo en pasar por señora distinguida y en afirmar el poderío de la familia, ostentando la abundancia. Docenas y docenas de sábanas, manteles y toallas se amontonaban en el fondo de las grandes arcas, sin llegar a ser usadas, pero sin que por esto la condesa viuda cesara de hacer nuevas compras. Su gusto era citar el inventario de lo que poseía. Su despensa se asemejaba a un almacén al por mayor: llena de granadas, uvas, castañas, almendras y todas las demás frutas que las provincias andaluzas envían a Linares, mercado donde se pagan a peso de oro por los mineros, que no tienen el vicio de ahorrar, y gastan su dinero para gozar el presente, puesto que el mañana se les aparece siempre con la visión de una piedra que cae de la mina, de un cable que se rompe, de un barreno que estalla o de un terreno que se desprende.

Las orzas de escabeche, de aves y de pescado, se alineaban a lo largo de las paredes, alternando con los montones de salazón, bajo la red de cuerdas de embutidos pendientes de sogas entrecruzadas en el techo.

Las tablas repletas de roscas y mantecadas causaban Ja admiración de las comadres que las veían en las tahonas. La gloria de doña Dionisia estribaba en la fama de mujer casera: sacaba el almidón del trigo, lavaba el grano para enviarlo ai molino, cernía la harina y amasaba el pan en la casa, aunque le saliera peor y más caro.

A la sombra de su constante actividad vivían muchas familias que pagaban sus favores con elogios, y ella, satisfecha de reunir su pequeña corte, sabía mantenerla, mientras que con admirable buen sentido administraba sus bienes. La casa Herrerías seguía su engrandecimiento gracias a ella.

Sus errores fueron hijos del cariño maternal y de la vanidad que la dominaba. No consintió que su hijo, el joven conde de Herrerías, se separase de su lado para estudiar; lo educó como un señorito provinciano, inculto e inútil, y lo casó apenas cumplía los veinte años, con una dama de alta alcurnia, pobre de solemnidad, la cual traía su anemia y su ilustre apellido por dote al matrimonio.

Mientras vivió doña Dionisia todo fue bien: ella sujetaba al hijo a su férula y ejercía una influencia despótica sobre la nuera, jovencilla frágil, enfermiza, piadosa y resignada, que vivía dentro del matrimonio con misticismo de religiosa... lo mismo que antes en el convento donde la educaron.

Los primeros hijos murieron al nacer o de pocos meses, como flores de estufa marchitas sobre su tallo con la influencia del aire y de la luz, sin que conmovieran gran cosa el corazón, de la madre, absorta en su vida de contemplación y piedad. La condesa viuda se desesperaba de la pasividad de su nuera. Sentía ansia de tener un nieto, la seguridad de que no se extinguiría en su hijo el noble linaje de la casa condal.

El nacimiento de Luisito vino a colmar la dicha de la abuela. Lo llenaba de caricias, de cuidados; su cariño absorbente llegaba a tiranizarle, no dejándole andar ni moverse. Aun se conservaban en la casa retratos en los cuales se veía al niño vestido de terciopelo, con adornos de encajes, luciendo una belleza de pajecillo versallesco, al lado de la matrona fuerte y vulgarota, que lo asfixiaba en su ternura.

Doña Dionisia se quejaba de la debilidad de su nieto; conocía que la sangre azul de la madre, unida a la de su hijo, reproducía todos los gérmenes morbosos de dos familias aristocráticas, y se consideraba culpable por haber buscado aquel enlace.

María recordaba la existencia señorial y austera de la casa en vida de la condesa. El silencio solemne de las grandes habitaciones altas de techo; la quietud conventual del palacio. El conde pasaba los días en continuas partidas de caza; su esposa compartía el tiempo entre el reclinatorio y el lecho, o absorta en la oración o postrada por su naturaleza débil. Doña Dionisia imperaba en todas partes: la cocina, la administración, el campo; era el alma de la casa.

De noche, después de la cena, se reunían en la gran sala todos los miembros de la familia, criados y servidores. El capellán, o en su defecto la misma doña Dionisia, llevaba el rosario, que coreaban todos, devotos y soñolientos. Después, la estación al Santísimo, la letanía a la Virgen, las devociones de la casa. Una hora de rezos. Apenas acabados, se marchaban a sus quehaceres, doña Dionisia acostaba, al niño y se retiraba a dar la última mirada de vigilancia. Después volvía a jugar su partida de tresillo, para acostarse a las once y levantarse con el sol.

Su padre, médico de la casa, el capellán y el conde eran los obligados compañeros de juego de la buena señora. La condesita, sentada cerca de ellos, se entretenía murmurando plegarias, mientras de sus pálidas manos se deslizaba la delicada labor de encaje.

Algunas noches el médico llevaba a María; era entonces una criatura vivaracha y traviesa, en cuya frente había la melancolía de los niños que no tienen madre. Doña Dionisia le temía. Luísito se animaba con ella, se tornaba revoltoso y se negaba a retirarse o no se quería luego dormir. En cambio la condesita gozaba con la presencia de la niña; parecía complacerse en prodigarle caricias maternales, y mientras su suegra acaparaba el cuidado de su hijo, ella dormía en su regazo a la criaturita de tez morena y cabellos de ébano, sobre cuya frente ardorosa le gustaba posar sus labios pálidos.

La gran sala tenía ambiente de parroquia: alto el techo, ele gruesas vigas, desconchadas las paredes, cubierto el piso con una estera de esparto blanco, escasos los muebles, entre los que no faltaba la mesa de pies retorcidos y gruesa piedra de mármol, sobre la que se alzaban la urna de la Dolorosa, los dos faroles con ñores de trapo y frutas de cera cubiertas por tubos de cristal y los largos candelabros de cinco bajías, que no se encendían nunca.

La luz del gran velón de cobre de Lucena, con dos de los cuatro mecheros encendidos y alta la pantalla verde para evitar la sombra, esclarecía el radio de los jugadores. Debajo de la mesa de camilla, esparcía su calor un bien pasado brasero.

De vez en cuando, alguno de los jugadores se inclinaba, y con gran peligro de las fichas moradas, verdes, encarnadas y blancas que lucían en los canastillos de mimbre, entreabría el tapetepara trazar en la ceniza blanquecina, una firma de ascuas con la paleta de bronce.

***

La muerte de la condesa viuda vino a cambiarlo todo. Al principio pareció que los espíritus se expansionaban, libres de la férula que ejercía sobre ellos; después se echó de menos su vigilancia protectora, pero su desaparición marcaba el principio de una nueva era.

El conde tomó posesión del tesoro acumulado en el fondo de los cofres de su madre, a la que el respeto le hizo no preguntar jamás por la fortuna.

Le pareció llegada la ocasión de salir de Linares, de gastar una parte de aquel capital inactivo, y de educar a Luis de distinta manera que lo habían educado a él.

Bien pronto el espíritu del señorito provinciano sintió el deslumbramiento de las grandes capitales, y los placeres de la vida le solicitaban con mayor violencia cuanto más había tardado en conocerlos. Se mezcló en la política para hallar pretexto de vivir en Madrid, y con escándalo de sus piadosos amigos se presentó candidato del partido liberal para diputados a Cortes. La elección costó sangre en Linares; la pobre condesa estaba aterrorizada. Su marido y su hijo se escapaban a su influencia y no se le reunirían en el cielo, porque Luis también era un alegre y descreído calavera que no se inquietaba por ir a misa y seguía las costumbres depravadas de su padre.

La pobre condesita pasaba la vida en la vieja casa solariega, tan grande y tan sombría, sin más compaña que la de María, puesta bajo su tuteladesde la muerte del médico. Su marido y su hijo se acercaban a ella de tarde en tarde, con más veneración que cariño. Venían a depositar un beso en su frente o en su mano tiernamente, con respeto a su santidad, que les asustaba, y se marchaban pronto. Desde esa época empezó el desmoronamiento de la casa de Herrerías. Padre e hijo derrochaban el capital en continuos viajes, en las mesas de juego y en el boudoir de las cupletistas y bailarinas.

La condesa, libre, habíase entregado en manos del clero. A su antigua vida de molicie sucedía una gran actividad de catequista. Iba de casa en casa propagando la fe y el culto de los corazones de Jesús y María, por medio de espléndidas dádivas a los devotos.

El marido y el hijo, contentos de su tolerancia, dejábanla hacer, sin que ella se atreviese a pedir cuentas, con el temor de tener que darlas. Las cartas del conde y de Luis se reducían a dos letras de saludo y a peticiones de dinero; la condesa, por su parte, demandaba cada día nuevas sumas a su administrador. Ya era un dote a alguna doncella menesterosa, ya para costear una novena o una función de iglesia, o bien para la fundación de una ermita o de un convento.

Cuando se acabaron las economías y las rentas no bastaron a cubrir los gastos, se apeló a la usura, al pagaré, a la hipoteca. Unas fincas se hipotecaban para no perder otras, y cuando estuvieron todas gravadas por censos, hubo que acudir a la venta. La condesa, tan débil e indiferente a todo, fue la que, a imitación de doña Dionisia, tomó a su cargo sostener la casa. Pero su labor se reducía a verla caer con esplendor: ni el esposo, ni el hijo, ni ella misma, moderaban sos gastos. Su único afán era que no se hiciera visible la ruina de que todos hablaban, continuar viviendacon el mismo fausto. Su grandeza caería de golpe desplomada, en la sima abierta por el clericalismo de la mujer y los vicios de los hombres.

Y en este naufragio perecieron hasta los más caros afectos de María.

La muerte del conde, sucedida en Londres, adonde había ido detrás de una de sus amantes, hizo a Luis jefe de una casa cuyo capital se reducía a pagarés vencidos y fincas hipotecadas.

Alguien habló de un matrimonio ventajoso para Luis y de que ella, aceptase otro enlace.

María temblaba y sentía oprimírsele el corazón de angustia al recordar aquellos días de amargura, de ingratitud, en que conoció todos los dolores de la vida, la muerte de sus esperanzas. La sacrificaron sin piedad, y se resignó por amor a los mismos que la inmolaban.

Su hermosura había sido una flor tardía que se abrió sobre las ruinas de su alma. Niña, jovencita, cuando su corazón era puro y podía amar y ser adorada, su cuerpecillo anguloso, anémico, carecía de aquella belleza espléndida que se desarrolló después. Se recordaba con el seno liso, estrecho el talle, deprimidas las caderas y amarillas como hostias las manos delgaditas. Las facciones correctas, la boca pura, los ojos de luz fosforecente, rodeados de círculos azules, y el espléndido manto negro de sus cabellos, eran encantos que se perdían en el rostro flácido y el color terroso de la piel. En aquella época de su juventud amó a Luis: si él hubiese tenido un alma sencilla como la suya, hubieran podido ser felices. Felices como ella entendía entonces la dicha; a la manera de esas mujeres vulgares y buenas que se encierran entre las cuatro paredes del hogar para mantenerl a santa ignorancia, engendradora de su fe.

Luis no supo amarla entonces. La abandonó para casarse con miss Harrison, una señorita de la colonia inglesa, multimillonaria, que con escándalo de sus compatriotas quiso llevar el título de condesa de Herrerías.

Fue entonces cuando ella aceptó la mano del viejo carlista, marqués de Montano. Después de viuda, la existencia loca, vertiginosa, para no pensar en la tristeza de un hogar vacío y de un alma incapaz de amar, por falta de fe en las pasiones que inspiraba; replegada en sí misma, con miedo a servir de juguete a un hombre, de hallar dolores acerbos en el sentimiento, refugiándose en la frivolidad.

Tampoco Luis había encontrado la dicha. Arruinada su casa, recogió por toda herencia de sus padres, el viejo título y los pergaminos de nobleza. El buen sentido sajón se sobrepuso en la esposa al cariño.

Ya podía ostentar en los salones de Londres un título nobiliario, y no deseaba más. Después de varios altercados y disgustos, aprovechó la ocasión del escándalo dado por Luis al escaparse con una cupletista para separarse de él. No tenían hijos, no se amaban, y el joven conde consintió, mediante el pago de una renta que la esposa le asignó para sus gastos. Su matrimonio había sido un mutuo convenio. Luis vendió su título y ella compraba su libertad con algunos miles de francos. Era lo bastante despreocupado para no hacer caso de lo que dijesen sus conciudadanos, y sabía sacar el mejor partido de la situación. Su renta escasa le obligaba a vivir en Linares la mayorparte del año, para establecer el equilibrio en su presupuesto.

Por Madrid no iba nunca; temía a los juicios severos de los aristócratas hipócritamente correctos. La afición a la caza le atraía hacia su ciudad natal. Allí se reunía con los antiguos servidores que se enriquecieran a expensas de su familia, y que le seguían tratando con el respeto que les inspiraba el verlo siempre espléndido y fastuoso. Luis había sabido perderlo todo, incluso la dignidad, conservando las apariencias de gran señor. Cuando firmaba el recibo de la pensión que le enviabasu mujer, sentía encenderse sus mejillas de vergüenza... Era un mal rato que sufría todos lostrimestres... pero se resignaba a él mejor que a pensar en el trabajo... ¡Estaba seguro de que no servía para eso!

María no ignoraba nada, se lo había referido todo con noble sinceridad; la amistad que en otros tiempos les unía volvía a vivir entre ellos.

***

Recordando la triste historia, la marquesa miraba distraída el paisaje que se extendía ante ella. El campo desnudo, con manchas de doradas mieses o recién segados rastrojos, aumentaba la ardiente sequedad y aridez de la tierra plomífera en la monotonía de la llanura.

Algunos escasos grupos de higueras y nopales rodeaban las huertas cercanas a la ciudad, y entre su verdor los almendros tempranos empezaban a sonreír con florecillas blancas.

Las casas de la población se apiñaban en reducido círculo, con su color amarillento, bajas, tendidas en medio de la llanura, y a la izquierda las altas chimeneas de los pozos de las minas de plomo se elevaban rectas, con altiva majestad, para aprisionar el aire y llevar la respiración a los pulmones de la tierra.

Hacia aquella parte estaban las grandes minas, Los Arrayanes y todas las demás dependencias, de que se contaban fabulosas historias, como si Linares hubiese sido la California española.

Todo aquel campo estaba desnudo, seco, calcinado; las vías férreas y los senderos de todas clases lo cruzaban, tejiéndole una red de estrechas mallas. Cubierto de polvo de mineral, estéril en la superficie. Allí los hombres no trabajaban al sol; tenían que minar como esclavos las entrañas de la tierra para arrancarle su tesoro.

Veía la marquesa las casas miserables en que se arranchan los mineros alrededor de los pozos. Los edificios que guardaban la complicada y potente maquinaria; ascensores, ventiladores; bombas de desagüe y cuanto el hombre pudo inventar para su propio martirio.

María conocía bien todo aquello, que había deseado olvidar. Cuando su matrimonio con el marqués de Montano, rompió todos los lazos que la ligaran a su existencia pasada.

Ahora, después de tanto tiempo, había vuelto con Luís a visitar las minas, a ver todo aquel rebaño humano que trabajaba día y noche en el fondo de los pozos sombríos, entre agua, entre gases mefíticos, y que con frecuencia salían deshechos, revueltos con el mineral de plomo dentro de una jaula del ascensor.

Recordaba siempre con espanto un día de San Francisco, cuando todos se disponían a las fiestas: una jaula cayó de lo alto de la máquina y rodó al fondo del pozo, a trescientos metros de profundidad. Cinco hombres quedaron hechos pedazos. Las infelices mujeres e hijos, que lloraban desesperados, no pudieron reconocer!os; se habían amasado unos con otros en montón informe de carne machacada.

Le parecía imposible que los hombres aceptasen semejante servidumbre; viéndolos así, nació en su alma el sentimiento de la rebeldía contra la injusticia, contra la estupidez de los humanos, que en vez de coger los frutos brindados óptimamente a sus necesidades en toda la superficie de la tierra, se agrupan en ciudades, se esclavizan, y mientras los frutos maduros se pudren al sol en las selvas vírgenes, arañan las rocas para sacar un miserable sustento. Sin duda, la idea del anarquismo nació en la mente de un minero.

Linares era muy extraña. Allí las clases de la sociedad no se confundían. A un lado los indígenas, clase media, pueblo y escasa aristocracia; a otro, la rica colonia inglesa, en su lujoso barrio, con su pastor protestante, su capilla, su casino, sin mezclarse en la vida de los otros; viviendo en plena Inglaterra, comiendo roosbif y bistek crudo y bebiendo tazas de té bajo los abrasadores rayos del sol andaluz, igual que si se hallaran entre las brumas de Londres.

Separadas de una y otra, la población minera, el rebaño trabajador, dividido también en diversas categorías. Los mineros ricos, los hampones fastuosos, que consumen todas las más ricas viandas y se dan la mejor vida. Espléndidos y camorristas, sin apego al dinero ni a la existencia, como gentes que saben que un día no volverán a salir del obscuro pozo en que trabajan. Después, los destajistas, algunos de los cuales, como el Farera o el Patata, encontraban a veces un filón blando para enriquecerse y poner una cantina; sueño dorado de los explotados, que gritan y vociferan hasta convertirse en explotadores. Y luego toda la masa de pobres gentes, trabajando en tan rudas faenas. Los poceros, siempre dentro de los agujeros de las minas, bajo la constante acción del agua, respirando en todos los momentos una atmósfera viciada, para ganar un jornal miserable. Los estibadores o maestros maderista; los barreneros, horadando la piedra con la barrena o con las perforadoras en un ambiente que para ser respirable liade refrescarse continuamente con las máquinas de aire a presión. Los paseantes, que abdicaban su dignidad de seres humanos para convertirse en bestias de carga por una amarga ironía de su destino. Recordaba haberlos visto completamente desnudos, a causa de la alta temperatura: cargar convagones de hierro de un metro cúbico de cabida, dejando pegada a sus rebordes la piel del hombro izquierdo, o desollándose la espalda con el roce de los esportones de plomo.

Fuera de las minas, los maquinistas, los comporteros, los lavadores, entre los que se contaban mujeres desarrapadas y chiquillos anémicos empleados todo ei día para el estrío a mano por un real o dos de jornal.

Todos aquellos eran menos desdichados que los braceros, los que picaban arrancando el metal; gente miserable que se hacinaba en las infectas casas de solteros para comer un rancho escaso y dormir en repugnante promiscuidad.

Abundaban los tarantos, que trabajaban la temporada de invierno en las minas de Linares en vez de emigrar al África, y pasan sin cambiar de ropa más que una sola vez desde la varada de Noche Buena a la de San Juan. Venían con su petatillo al hombro, con la muda limpia, y salían con la muda sucia para sus casas, cubierto el cuerpo de una corteza de tierra y sudor. La falta de agua hacía más penosa la miseria de Linares, la ciudad rica, que producía tantos tesoros.

Una impresión de angustia infinita oprimía el alma de la marquesa; le parecía que se elevaba de la llanura, para llegar a ella y herirla, el eco detodos los dolores de aquella pobre humanidad sufriente, el aroma de todas las lágrimas, la concreción de sentimientos y de ideas de que ellos no sehabían dado exacta cuenta. María experimentaba la amargura de todas las tristezas, la rebeldía detodas las injusticias.

¡Si la pudiesen ver sus amigos, todos los que la creían tan frivola y tan ligera, no la hubieran conocido!

Un alegre ruido de voces llegó a sus oídos. Eran Luis, Roque García y Gabriel Merino que volvían de su partida de caza. La marquesita se levantó para salirles al encuentro, y tuvo que defenderse de las caricias de los podencos, que la festejaban saltando a sus hombros y casi derribándola con sus acometidas.

Luis se adelantó riendo a azotarlos.

—Déjalos, Luis—murmuró ella—; animalitos... Me es grato ver que ya, en tan pocos días, me conocen y me quieren.

Tendió su pequeña mano blanca a los cazadores y acarició las cabezas de los perros, que ya se habían aquietado y se restregaban voluptuosos contra sus faldas.

La caza era escasa. Una liebre y varios pajarillos sujetos del pescuezo a la percha sobre la red del morral. Mientras los tres a un tiempo le contaban las peripecias de la cacería, iban dejando las escopetas y los arreos en la amplia cocina del cortijo.

—¿Te habrás aburrido aquí, querida?—preguntó Luis.

—No, al contrario; estaba demasiado cansada de los días anteriores y me ha sido grato reposar en esta tranquila soledad, contemplando este panorama, que tan familiar me fue en mi niñez... evocando recuerdos.

El conde le estrechó la mano conmovido y le preguntó:

—¿Deseas volver a la ciudad?

—No... ¿Para qué?...

Suspendió la frase. Ir de nuevo a Linares no la seducía. Los primeros días de su estancia allí, había recorrido toda la población presa de emoción honda. La iglesia en que comulgó cuando tenía fe... La antigua vivienda de su padre el médico, la casa solariega de la familia de Luis, los viejos edificios que le eran tan conocidos, mudos amigos de piedra que parecían esperarla y comprender sus tristezas. Las calles habían cambiado de nombre, llevaban los de políticos: Salmerón, Canalejas, Conde de Romanones, y ella seguía llamándoles de las Aguas, Real... las denominaciones que antes les daba. En la casa de su padre, estaba ahora el Club Bienvenida. Los severos salones en donde jugó de nina, adornados con gusto churrigueresco, con las paredes llenas de trofeos de toros. Era el templo consagrado al mataor andaluz por el padre de su novia, un rico ganadero, que lucía así sus brillantes y su importancia entre los aristócratas de la ciudad. La casa de los padres de Luis había tenido también mala suerte. Los escudos nobiliarios de la familia Herrerías, rotos y revocados, se mezclaban con las muestras de vino y los rótulos de los almacenes que ocupaban el piso bajo, mientras en el superior se había instalado un hotel. El fin de todos los palacios nobiliarios.

Su presencia producía allí un verdadero escándalo; ella lo adivinaba mejor que lo sabía. Las gentes se asomaban a puertas y balcones a verla pasar, y María escuchaba las palabras, no de curiosidad ¿Quién es esa? sino de hostilidad agresiva: ¡Es esa!

Las damas hipócritas de la ciudad hallaban pasto para la murmuración con su carácter resuelto y audaz. Paseaba siempre sola con Luis, con los amigos de éste; entraba y salía en clubs y casinos, leía periódicos en las mesas de los cafés, y aun no la había visto nadie ir a misa; hasta pasaba por delante de las iglesias sin moderar la risa ni inclinar la frente. ¡Había motivo de escándalo!

Todo aquello llegó a molestarla, y por eso quiso ir de cacería al cortijo que Luís conservaba, y respondía a su pregunta «¿Para qué volver a Linares?»... El pensamiento seguía, mientras el labio callaba: «Es preciso que me aleje de aquí.»

La velada transcurrió triste, a pesar de los esfuerzos de Roque y Gabriel para animarla. Después de la cena se sentaron bajo el porche, cerca Luis y María, más apartados Roque y Gabriel. Este último rasgueaba en una guitarra el típico fandango, y al eco de su voz, cansada y lánguida, que se extendió por la llanura como un lamento del alma árabe de Andalucía, las gentes del cortijo se acercaban a la puerta para escucharlo mejor.

Luis se sentía molesto. En los días que llevaban juntos María y él, no hablaron jamás de sus antiguos amores. No comprendía que aquella mujer elegante y hermosa pudiera ser la niña bobalicona y enfermiza que rechazó. Le encontraba ahora un talento que jamás había descubierto antes en ella; su gracia en la conversación, en los movimientos, en los vestidos, le seducían; le hallaba el atractivo común a las grandes damas y a las grandes cocottes.

Ella parecía indiferente: debía guardarle rencor. Se lo hubiera agradecido más que aquel tranquilo desdén; ni tenía para él un latido de cólera, ni dulzura de recuerdos.

La contemplaba atentamente, con la mirada perdida en el azul, como si oyendo con místico arrobamiento los cantares de Gabriel, su espíritu volase lejos de allí.

No hay amor como el primero,
no hay como el primer amor.
¡Que el primer amor que tuve
se llevó mi corazón!

Canturreó la voz lenta y cadenciosa del cazador.

—¿Oyes, María?...—preguntó él, y su acento dejaba adivinar el mundo de ideas que le agitaban.

—¡Sí... sí... sí!...—respondió la joven.

La entonación de los tres monosílabos era distinta. Tenía el primero la ingenuidad de la sorpresa, el segundo la cólera del recuerdo, el último la amargura del desengaño. Todo el proceso de un pensamiento en tres palabras repetidas.

Luis se estremeció. Temor y placer. ¡Al fin vibraba lo impenetrable! Mejor era saber a qué atenerse.

Se acercó más a ella, y haciendo abstracción de todas aquellas gentes, cuya inferioridad no daba lugar a preocuparse de su presencia, la llamó con voz dulce:

—María...

—¿Qué vas a decirme, Luis?

— Que te amo, como siempre... más que nunca...que imploro tu perdón...

Y buscó en las sombras la mano que blanqueaba sobre el vestido.

Y como ella callara, añadió con acento suplicante:

—¡María, María! ¿No queda nada de amor para mí en tu corazón?

Le envolvió ella en una mirada intensa, ardiente, que le hizo sentir calor de llama y opresión de ligadura, y le respondió con voz queda:

—No sé, Luis, no sé...

Su acento era sincero y emocionado.

—¡Oh! María... ¡Si tú quisieras! ¡Cómo cambiaría mí vida toda!

La súplica de sus palabras conmovió a la marquesita.

—Necesito reflexionar, Luis; leer en mi alma. Yo no sé lo que me sucede. ¿Es esto un amor que no ha muerto y despierta de nuevo, riéndose de los esfuerzos para ahogarlo? ¿Es una sugestión extraña, hija de este ambiente? En mi alma luchan la mujer ligera, despreocupada, ansiosa de placeres, de ahora; y la mujer buena, sentimental, apasionada, de antes. ¿Cuál de las dos vencerá? Yo no podría decirlo.

—¡Ten compasión! —suspiró él, enamorado de la bella sinceridad de María.

—¿Compasión? ¡Pobre criatura! ¡Bien la necesitamos los dos!

—Nuestro amor nos dará la felicidad.

— Es preciso que no sea semillero de nuevos dolores.

—María...

—Calla... Ya te he dicho que necesito reflexionar...leer en mi alma... Saber si la mujer antigua podrá abogar a la nueva... Si yo podré renunciar a mi vida de hoy para ligarme a un hembre... a un amor.

—Yo no te pido sacrificio; no renunciarás a nada... no imploro de ti más que carino.

En sus ojos resplandecía la llama del deseo.

María se puso rápidamente de pie, e interrumpió el segundo verso de la nueva copla que canturreaba Gabriel.

—Me voy a acostar—dijo—. Mañana, temprano, volveré a Linares. Mi correspondencia, pedida a Madrid, debe estar en el Hotel de París. Ordené que me la enviasen allí.

—Podemos ir a buscarla si lo deseas, María—dijo Luis, que se había acercado a ella desconcertado y ansioso.

—No, gracias, Luis; necesito ir yo...—Y añadió-marcando las palabras:—Sí las noticias son buenas, me quedaré entre vosotros una temporada... Si no lo fueran... Luis, tenlo todo dispuesto... Partiré mañana mismo...

Tembló su voz y se humedecieron sus ojos, pero antes de que nadie pudiese protestar, entró rápida en el cortijo, y mientras decía adiós con la mano a Luis y sus amigos, tendió la vista por la llanura. Linares dormía ya envuelta en sombra; escasas luces de la ciudad y de los pozos de las minas rompían la obscuridad de la tierra, mientras en el cielo las estrellas, los luceros y las manchas de luz de las nebulosas parecían puñados de oro y polvo de brillantes que un déspota fastuoso arrojaba sobre el transparente techo de esmeralda que hollaba con su planta para mofarse de todos los miserables, los hambrientos que le contemplaban desde abajo.

La guitarra seguía dejando en el aire el rasguear triste y cadencioso del fandango.

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