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Carmen de Burgos y Segui en AlbaLearning

Carmen de Burgos y Seguí "Colombine"

"En la sima"

Capítulo 1

Biografía de Carmen de Burgos y Segui en Wikipedia

 
 
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Música: Liszt - La Cloche Sonne
 
En la sima
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I

Se extinguió la última trepidación de la márquina. El tren quedó inmóvil sobre los raíles. A la derecha se extendía el campo silencioso, la llanura inmensa, perdidas las montañas en el negror de las tinieblas; arriba un cielo con profundidades de terciopelo y los soles hundidos como clavos de plata en la densidad del obscuro azul. A la izquierda los faroles del andén esclarecían la parte baja de los árboles de ramaje anémico alineados a lo largo de la vía, raquíticos, de un verde obscuro y sombrío, tristes con el ansia de agua y el continuo respirar de humo y polvo, mientras las copas, sin luz, se recortaban en el aire con fantástica vaguedad.

En el fondo, el restaurant de la estación de Baeza dejaba escapar por las abiertas vidrieras un raudal de luz blanca, reflejada en los albos manteles y en la vajilla de loza que cubrían las grandes mesas.

Cerca del restaurant, la cantina ostentaba sobre el pequeño mostrador provisiones abundantes: bacalao frito, huevos duros, chorizos, rajas de salchichón. Un enorme cesto contenía multitud de panecillos; dos panzudos toneles y una ventruda damajuana de vidrio, que asomaba el cuello corto entre la funda de palma, estaban colocados al pie del mísero estante de madera, lleno de botellas, ofreciendo bebida en abundancia a las resecas gargantas de los viajeros modestos.

Los vagones de tercera clase vomitaron el pasaje sobre el andén; aroma de sudor y eco de inarmónicas carcajadas se esparció en el aire. La mayor parte de los viajeros eran quintos; venían de las provincias de Almería y Granada, con destino unos a Madrid y otros a Sevilla. Vestidos todos con trajes semejantes, cuidadosamente afeitados, se hacía difícil individualizar entre ellos; empezaba la uniformidad a anular la persona. Aquellos muchachos, que salían de su aldea por vez primera, olvidaban el dolor de las despedidas con el aliciente de la curiosidad; con los ojos muy abiertos y el espíritu avizor contemplaban todas las cosas que se ofrecían a su vista: el tren, las gentes, las estaciones, un mundo nuevo revelado de repente, como si una mano invisible descorriera el telón de un inmenso escenario. Iban de acá para allá, buscando a los compañeros con la alegría bulliciosa de la juventud que marcha hacia lo desconocido. De sus siluetas pardas se destacaba la blancura de las alpargatas nuevas, que dificultaban los movimientos de aquellos pies acostumbrados a la libertad y al frescor de la tierra, molestos ahora con la funda de suelas y calcetines.

Unidos todos, se formaba de sus almas sencillas el alma perversa de la multitud; se aguzaba el ingenio y la malicia; los quintos, los borregos, tan medrosos ante el sargento, convertíanse en maestros de donaires y truhanerías.

Se lanzaron a la cantina.

—Un chorizo.

—Un vaso de vino.

—Dos panecillos.

—Bacalao.

—Déme agua.

—Una botella.

—Aguardiente.

Cientos de bocas gritaban a la vez, se extendían todas las manos a un tiempo, alguno guardaba para sí lo que otro había pedido; se atropellaban, empujándose y chillando en confusión, con la esperanza secreta de engañar a los cantineros, aturdidos por el aluvión de demandas.

Algunos se atrevieron a empujar la vidriera de la fonda.

—Vale dos reales el café—les advirtió el mozo que salía presuroso a su encuentro.

—No importa—repuso con aplomo uno de ellos.

E hizo sonar en el bolsillo del chaleco las monedas de plata entregadas por la previsión amorosa de la familia.

Varios compañeros miraban desde fuera el atrevimiento de los que se metían en aquel para ellos supremo centro de lujo, y los vieron tomar asiento cerca de una mesilla y saborear las tazas de café hirviente entre espirales de humo azul.

La sala del restaurant tenía un ambiente tibio, silencioso, contrastando con el bullicio del andén. Una señora ataviada con largo pardesú y flotante velo de gasa blanca en el sombrero, iba seguida de perrito y doncella, de un lado para otro, sin encontrar sitio donde poder colocarse en la mesa, servida para cincuenta cubiertos, y sin más comensales que dos viajeros sentados junto a uno de sus ángulos.

Cerca de la mesa ocupada por los quintos, que parecían silenciosos y confusos en aquel medio señorial, bebían y fumaban tres hombres, entregados a una de esas íntimas conversaciones que se mantienen siempre en voz baja. Dos de ellos eran de aspecto vulgar; vestían trajes a la usanza del país, descuidados, grasientos. Gordo el uno, con esa cara de satisfacción, de calma y de hombría de bien que produce el exceso de kilos, y que con tanta facilidad capta la confianza a los obesos y les da cierta gracia en el decir de sus chistes. El otro formaba contraste con su compañero, alto, seco, de nariz grande, ojeras marcadas y cabello de un negro intenso; una delgadez de enfermo vicioso repulsiva; el cuello largo, salientes los pómulos, marcadas las articulaciones en punta aguda, como palos: aquel hombre produciría, al moverse, ruido de huesos y chasquido de músculos sin jugos. El tercero de las tres revelaba en todos sus rasgos pertenecer a una clase social distinta: alto, bien formado, vestía con exquisita y desdeñosa elegancia un terno de lanilla gris, de corte irreprochable; su cabello, castaño claro, estaba lustroso y perfumado; los ojos, dulces y distraídos, miraban con altiva serenidad; la mano, fina y bien cuidada, acariciaba la punta de la corbata de seda caída sobre la finísima camisa; parecía escuchar sin interés la conversación en que sus dos acompañantes se esforzaban en distraer su aburrimiento. El ruido del andén llegaba hasta ellos con rumor de oleaje; los quintos terminaban de sorber el café aun humeante; los dos viajeros pagaban al mozo el gasto de la comida, y la dama del perrito y la doncella criticaban el servicio, pedía platos extraordinarios y se quejaba en voz alta, con marcado acento sevillano, de las cosas de España.

La vidriera se abrió con estrépito; una mujer sola entró en la estancia. Era alta, morena, con esa belleza, española que es elegante con curvas y distinguida con flexión de cuerpo. El vestido, sencillo, de alpaca gris, se plegaba a su talle robusto, redondo, al cuerpo amplio; la cabeza, de rizos negros, se asentaba gentil sobre los hombros; la garganta torneada, firme, lucía la tez de morena blanca, con tonalidades de plata, que iluminaban unos ojos pardos, protegidos por espesas y arqueadas pestañas negras y cejas del mismo color, finamente dibujadas en la tersa frente. La nariz fina, el perfil correcto, daban a un tiempo aire de severidad y de inocencia a las facciones. La boca, como una estrofa roja, rompía con su risa loca y fresca la unidad del conjunto armónico. Con su entrada se esparció una ráfaga de aire fresco en la sala, una ola de perfume. Todos fijaron en ella los ojos. El joven se levantó sorprendido.

—¿Usted aquí, marquesa?...

—¡Conde!... ¡Luis!—repuso ella alegremente—; ¡qué alegría encontrarte!

Y sin darle tiempo a responder, añadió con aturdimiento:

—Soy vecina de Baeza desde esta mañana... Me dormí en el reservado de señoras, y no desperté a pesar de los gritos que daban en la estación y del ruido de las maniobras para el cambio de tren... El revisor me ha despertado en la estación de Javalquinto... y aquí estoy aburriéndome hace doce horas... Espero el correo de Madrid.

Hablando así, se había sentado cerca de la mesa, y sin más ceremonias, buscaba una copa de cerveza.

— iQué sorpresa, tan agradable, querida María —repitió Luis, aceptando la familiaridad que ella le ofrecía, y añadió galante:—¿Qué deseas tomar?

Nada, nada; deseaba la llegada del correo; un dia entero en una estación, lejos de la ciudad, se hacía insoportable.,. Era una fortuna aquel encuentro, para pasar agradablemente el rato de la espera. ¡Si lo hubiera encontrado por la mañana!... Buena falta le hubiera hecho. Le contaba riendo, entre sorbo y sorbo de la dorada cerveza, que el revisor había dudado de la autenticidad de su kilométrico.

—No me ajusto al patrón de lo que el pobre hombre creerá que debe ser una marquesa. Lo disculpo porque yo también he tenido ilusiones. ¿Verdad, querido Luis, que al hablar de los aristócratas los soñamos a todos como graciosas figulinas? Los picaros cuentos versallescos y las leyendas de la Edad Media tienen la culpa: castellanas esbeltas de rubias guedejas y finos talles, con el halcón al puño... marquesitas pálidas, frágiles, quebradizas, con las siluetas largas prolongadas en una cola de gasa... ¡Pobre hombre! Le he destrozado una ilusión... le dolerá... Recuerdo que lloré la vez primera que vi una corte... Infantas gordas, chatas, feas; duquesas semejantes a mozas de molino; condesas rígidas, antipáticas... Había una vestida de raso malva con un escote monumental. No lo olvidaré nunca: se le hundía el encaje entre la carne como los hilos que ponen las cocineras en las pulpetas... Era lo mismo mirarla de cara que de espalda... iguales redondeces.

—Siempre tan aturdida, María—interrumpió el joven conde de Herrerías.

Sí, aturdida, porque decía la verdad; ¡conocía tan bien ella las cortes! Aquellas damas tan piropeadas por los periodistas, a pesar de tratarlos a vaquetazos, no valían más moral que físicamente. ¡Cómo se reía leyendo en las revistas: la hermosa, la elegante, la inteligente! Conocía una princesa que al dedicarle un libro lo recibía temerosa de un atentado a su bolsillo, declarando con ingenuidad: «Yo no leo nada.» Otra, nieta de un procer, historiador ilustre inmortalizado por la sátira de un gran poeta, habíale confesado no conocer la obra de su abuelo...

Desatada la charla, María hubiera seguido arrastrando por el comedor del restaurant todo aquel mundo que rodean de poesía las sencillas imaginaciones deslumbradas, si Luis no la hubiese detenido decidiéndose a presentarle sus acompañantes:

—Gabriel Merino y Roque García, antiguos servidores de la casa... hoy amigos...

Había cierta amargura en el acento de Luis. María les alargó la mano... era una demagoga de sangre azul. Sí, sí; ya sabía ella algo de lo que a Luis le pasaba. ¡Si tuvieran tiempo de hablar! ¡Cómo le gustaría enterarse de todo!... No por curiosidad... era interés... recuerdo de mejores días... al fin... Se interrumpió con una turbación extraña.

Envolvióla él en mirada indefinible. ¿Para qué había de irse tan pronto? Podía pasar unos días en Linares, revivir recuerdos; él podía llevarla en su automóvil, que esperaba a la salida del andén. Le contaría muchas cosas.

La cabecita de rizos negros, tan serena y tan loca, sentía la atracción de la aventura. ¿Por qué no? Era libre, nadie la esperaba; sería un placer aquella carrera en la sombra al lado de Luis, un amigo antiguo, hundido ya en el pasado, que resurgía de un modo tan extraño. Aquello tenía algo de novedad, rompería su aburrimiento... Aun antes de decidirse hizo algunas preguntas que podían llamarse condiciones. Se hospedaría en la fonda sola... No podría interpretarse su conducta más que como una curiosidad inocente... Tenía mucho de resignado la respuesta de Luis:

— ¡Qué duda cabe, qué duda cabe!

Se levantó palruoteando con alegría.

— Vamos, vamos, acepto. ¿Dónde está el automóvil?

La sala estaba ya desierta; sólo quedaban los dos amigos de Luis, cariacontecidos y sin poder disimular el malhumor por la brusca intromisión de aquella mujer con ráfagas de torbellino, que les arrebataba al señorito, sin dejar hablar a nadie. La marquesa y Luis salieron al andén. Se había escuchado la señal anunciadora de nuevo tren: el que ella había esperado impaciente todo el día. A lo lejos oíase el trajín de ruedas y poleas; de hierros y maderas, movidos y arrastrados por la fuerza del vapor. Las grandes luces rompieron las tinieblas y la nueva máquina avanzó en la obscuridad silbando, hasta quedar inmóvil. Sonó una campana y una voz:

—¡Señores viajeros para Madrid, al tren!

La marquesa de Montano se apretó riendo contra el brazo del conde de Herrerías, Ella no se iba en aquel tren; decididamente hacían su viaje en automóvil, estaba resuelta.

Se produjo un movimiento rápido entre la muchedumbre, y la voz de un sargento llamó con imperio:

—¡Quintos para Madrid! ¡A lista!

Dos cabos empezaron a separar los quintos. Algunos companeros se estrechaban rápidamente la mano, haciéndose los últimos encargos; otros hablaban de arreglar cuentas de la cena; todos corrían, y muchos no olvidaban decir al paso un requiebro a la marquesa o un chicoleo a los negros ojos de la joven dueña, parada cerca de la puerta del restaurant. Pronto estuvo hecho el apartado. El sargento empezó a nombrarlos, para que entrasen en los vagones.

—Pedro Martínez.

—Yo.

—Juan Morales.

—Aquí estoy.

—Antonio Pérez.

—Soy yo.

Y a empujones casi, iban los cabos metiendo en los coches de tercera el cargamento de carne.

—Manuel Jiménez.

Nadie repuso.

—Manuel Jiménez.

El mismo silencio.

—Manuel Jiménez—repitió con su fácil irritabilidad, de jefe improvisado el sargento.

Un sollozo salió del apretado grupo, y varios empujaron a un muchado hacia primer término.

—¿Eres tú Manuel Jiménez?—le preguntó.

—Sí, mi sargento; yo debía ser Manuel Jiménez... pero yo... no soy yo...

—¿Cómo?

—Manuel es mi amigo, no estaba ayer para salir; yo vengo en su lugar hasta que él venga a buscarme, pero yo me quiero ir, yo no quiero seguir... quiero ir a mi casa...

Un coro de risas respondió a las lágrimas y súplicas del muchachote. Una exclamación soldadesca irreproducible barboteó el sargento... La campana volvió a sonar, agitada con violencia en el andén.

— ¡Señores viajeros para Madrid, al tren!

El correo no esperaba.

Se suspendió la lista; todos en tropel se abalanzaron a los vagones; el sargento, maldiciendo y jurando, empujó dentro del suyo al muchacho, que bramaba con un vozarrón desesperado:

—Yo no soy; yo... Yo me quiero ir... Soy el hijo del tío Juanico... déjeme usted que me vaya, mi sargento.

Un instante después la locomotora silbó de nuevo, y el tren, respirando como si despertase de un ensueño penoso, se hundió en la sombra del túnel inmenso de la noche. Quedó en silencio la estación; escuchábase en la cantina el tintineo de la calderilla que contaban los encargados. Los mozos se iban retirando con pasos pesados y lentos; empezaban a cerrarse puertas y apagarse luces. Marías colgada al brazo de Luis, habíase adelantado hacia el centro de la vía y fijaba la atención de sus ojos y de sus oídos en el tren que se alejaba. ¡Allí debía ir ella! ¡Y no iba! Era un triunfo de su voluntad; de su libertad absoluta, una cadena rota, y la veía con placer sacudida lejos de sí...

Se volvió al andén y llamó con vocecita de niña:

—¡Cartucho! ¡Cartucho!

—¡Señora!

Apareció un hombretón de unos cincuenta y cinco años, en mangas de camisa, con pantalón y chaleco de pana grisácea y desteñida y brilladora por el uso y por la grasa, con los pies morenos desnudos dentro de las alpargatas y la enorme faja amarilla enrollada al cuerpo.

María dióle algunas órdenes relativas al equipaje.

—¿Conoces también a Cartucho?

¿Cómo no? Lo veía cada vez que pasaba por aquella línea; ella era una demagoga de sangre azul, y repetía esta frase con algo de vanidad ingenua. El buen Cartucho tenía humos de señorío, parientes en Madrid, y si quisiera vivir en la corte le darían empleo en un gran rotativo; pero él había pasado su vida pegado a la estación de Baeza. Era allí una institución, pronto a servir a los viajeros, honrado, fiel. ¡Las cosas que sabía! Ahora el pobre estaba afligido. Se le había muerto la mujer, la compañera de toda la vida. ¡Le hacía tanta falta en casa! Habían pasado cuarenta años juntos y criado diez v ocho hijos. María, con su mezcla de sencillez y malicia, había escuchado aquel día las quejas de dolor del pobre hombre.

Hablando así salieron a la espalda del andén. Allí había otra cantina económica, cerca de cuya puerta esperaban los coches que iban a Úbeda y el automóvil del conde con las luces encendidas. Colocó Gartucho unos paquetes en el vehículo; tomaron asiento en él la marquesa y Luis; colocóse éste la gorrilia de chaufeur sobre los cabellos; envolvióse ella la destocada cabeza en un velo de gasa blanca; se cambió una despedida con los espectadores instintivamente envidiosos de la pareja feliz; sonó la bocina, estremecióse la máquina, osciló un momento y emprendió la carrera camino adelante, dejando a su espalda un fatigoso olor de humo y gasolina y el eco del taf-taf que repercutía en el aire inmóvil del campo.

En los primeros momentos, ni Luis ni María hablaron; sentían la impresión de la carrera, de la libertad, algo que satisface el ansia de volar de un espíritu amarrado al molde de arcilla; el instinto de pájaro que logra al fin batir las alas.

Les envolvían las sombras, el pedazo de cielo azul obscuro con clavos de plata sobre la cabeza, el radio esclarecido por las luces del automóvil a su alrededor; sin segundos términos donde tender la vista, limitado todo a ellos mismos; sin más ruido que su voz y el taf-taf de la máquina y las ruedas; sin más figuras que sus siluetas, esfumadas en la obscuridad, como fantásticas sombras chinescas.

Él habló por decir algo.

—¿Qué hay por Madrid?

Destapóse la alegre verbosidad de la marquesita.

Lo de siempre; la mar de líos: no se dejaba a nadie tranquilo. Ya se sabe: en juntándose media docena de mujeres se pelean... Y los hombres no valen mucho más... pero a lo menos ellos reñían por ambiciones más grandes; ellas por pequeñeces... por odio al sexo.... Más valía que fuese así...

Su charla traía al señorito provinciano campesino, alejado de la vida mundana, recuerdos y bocanadas de ambiente de Madrid.

Le refería hechos, dándole noticias de sus conocidos con los nombres que le eran familiares. Se habían peleado la marquesa de la Charca y la señora de Gris... Una historia sabrosa; los ateneístas y ios del Veloz habían tenido ocasión de enterarse de curiosos episodios. La emperatriz de las cursis seguía dando sus reuniones; allí se cantaba, se leían versos; eran de una afectación deliciosa. Ahora concurría a ellas la marquesa de la Charca para fastidiar a la de Gris. Eran reuniones muy productivas... Entre semana podía encontrarse de nuevo allí tal o cual contertulio con esta o la otra distinguida dama... Como la señora de la casa no recibía, ocupaciones imprescindibles la obligaban a dejarlos solos. Eso nada de particular tiene... entre personas decentes. Los visitantes conversaban a su sabor, sin peligro de que les interrumpieran; algún valioso regalo recompensaba a la dueña del salón.

Se lo había asegurado Fontanar, un periodista travieso, que celebraba allí sus coloquios con la duquesa de Castro-Emburryz. Estas damas viejas eran terribles. La marquesa de Argollas se dedicaba a los niños; iba mezclando su sangre mulata a la aristocracia toda. Como cada amante no la duraba más de ocho días, se había puesto de moda la frase de que la criolla estaba de novenario.

—¿Y tú?—interrumpió él.

¡Anda! Ella... cualquiera daba diez céntimos por su pobra pellejo; tanto habían clavado en él las imitas sonrosadas sus aristocráticas amigas... Pero no se preocupaba, dijeran lo que quisieran. Le dolió al principio la crítica y la calumnia; después, convencida de que no podía luchar con ella, se entregó a la indiferencia. Nada justificaba el cúmulo de falsedades que le imputaban... ¡Si hubieran sido verdad, ninguna de sus amigas podría arrojarle la primera piedra! Después de todo, ¿qué le importaba? Era rica, independiente, sola... No tenía ambición ni deseaba tomar la almohada... Con media docena de personas queridas que la conocían y la apreciaban, tenía bastante para sus afectos y podía reírse de todos los que se ocupaban de ella, sin preocuparse para nada de cuanto dijeran.

—¿Te has hecho revolucionaria?

—Platónica; conservo la aristocracia del olfato, el sentido helénico de la belleza: no podría jamás consentir en ponerme roja en un mitin vociferando por cosas que desprecio... y abriendo demasiado la boca... ¡Sacrifico las ideas a la estética!

El viento de la carrera le había soltado el velo; los cabellos revueltos notaban azotándole las sienes, y algunos rizos llegaron hasta la cara de su compañero. Un olor de tomillos, cantuesos y romeros denotaba la proximidad de las montañas veladas en la sombra; un perfume acre y húmedo de tierra otoñal les envolvía; no se distinguían segundos términos; el automóvil con su motótorto taf-taf parecía no moverse del mismo sitio, a pesar de su carrera loca; la luz de los faroles esfumaba lasilueta robusta y noble del chofeusse y el matiz negro de los cabellos de la marquesa sobre la tez plateada y la garganta firme.

—María—murmuró él acortando la marcha—: ¿no recuerdas nada?... ¿No amas?...

Pareció agigantarse la estatura de ella y adquirió su perfil toda la severa gravedad que le robara la roja estrofa de sus locos labios.

¡Amor! No. Recordaba un tiempo pasado, un tiempo en que era buena, inocente y crédula... Entonces pudo amar. Ahora no creía en nada, y sin fe no hay amor posible...

Y como si temiese una interpretación a sus palabras, añadió:

—No es una alusión, Luis; el pasado está muerto, olvidado; sobre sus cenizas nació esta mujer nueva. La otra sentía, ésta piensa; la otra creía, ésta analiza... No es nuestra la culpa... Tal vez fuimos demasiado idealistas, v la realidad nos hirió... Acaso los que nos lastimaron estaban en el estado que hoy nosotros....

Y siguió explicándole aquella extraña ansia de amor que la llevaba a fantasear novelas, a sembrar ilusiones, a ver padecer almas honradas y buenas entre el engranaje de la mentira que la rodeaba... ¡Pero no se moría ninguno! Le habían hablado de amor en todos los tonos v en todos los idiomas... Era una música agradable para no hacerle caso...

—¿No prefieres a nadie?

—No; les amo mucho a todos para consentir en ser de uno. Les necesito para distraerme; es imposible amar, Luis, cuando se ve demasiado claro.

Se había puesto triste.

La brisa no les traía ya el ambiente de leñas del monte, y eco de lugares habitados llegaba hasta el automóvil..

— ¡Cómo debes despreciar a los hombres!—murmuró él.

—Tanto como tú a las mujeres—repuso ella.

Les envolvió el resplandor de varias luces; había allí ya casas, calles; el antipático guarda de consumos les salía al paso con el farolillo en la mano; el sueño de sinceridad sentido entre el olor de romero, tomillo y cantueso, bajo el manto de terciopelo azul y el velo de la noche otoñal, se desvanecía. Una rápida transición del timbre de la voz reveló la entrada en la vida real, y María, con su acento elegante de mujer frivola, exclamó alegremente:

—Hemos llegado. ¡Qué delicioso viaje, amigo mío!

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