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Carmen de Burgos y Segui en AlbaLearning

Carmen de Burgos y Seguí "Colombine"

"El artículo 438"

Capítulo 8

Biografía de Carmen de Burgos y Segui en AlbaLearning

 
 
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Música: Liszt - La Cloche Sonne
 
El artículo 438
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VIII

La noche, blanda y apacible, era calurosa como noche de verano sin que nada hiciese sospechar aun la dureza del invierno, con sus nieves v sus fríos.

Cerradas ya la verja y las puertas, María de las Angustias miraba desde la ventana de su alcoba el jardín iluminado por la luna, cuya luz blanca formaba con las sombras misteriosas combinaciones. Daba al paisaje un tinte melancólico de misterio, con la luz propicia a los fantasmas. En ocasiones se creía ver cruzar sombras por los senderos solitarios, junto a las tapias y la verja.

Se volvió un poco medrosa; la casa estaba envuelta ya en sombra y silencio, a pesar de la hora temprana; aquella veIlada le había parecido interminable.

Jaime había tenido que salir para un asunte urgente, cosa que le acontecía pocas veces. Había cenado sola. Trató de leer un rato, entró en a habitación de su hija, que dormía sosegadamente en su camita, cerca del lecho del ama seca, y le dio un beso en la frente.

Inquieta, como atormentada por un presentimiento vago. Se retiró a su alcoba. El aspecto del jardín aumentó su malestar.

—Mejor es acostarme—pensó—y esperar que venga Jaime.

Él tenía las llaves para poder ilegar a su lado.

Se quitó el sencillo traje de casa y se puso la ligera bata de noche, de batista blanca, que se rosaba con la transparencia de su carne, y empezó a deshacerse el peinado ante el espejo. Se sonrió, satisfecha de sentirse hermosa, mucho más hermosa que en su adolescencia, con la belleza de la juventud en todos su fuerza y esplendor.

Había ganado en belleza desde la partida de Alfredo. El amor satisfecho prestaba nueva lozanía a su cuerpo, gallardo y gracioso, al que se asociaba la idea de los claveles andaluces. Tenían sus ojos un brillo de dicha y sus ojeras un halo romántico en el que se grababan sus goces de enamorada, para prestar un mayor encanto a su mirada.

Conservó puestos los pendientes, el collar y las sortijas; se perfumó con esencia de jazmín, y dejó encendida la luz, velada de rosa, que esparcía un tono suave sobre las cosas. Por las vidrieras de colores de la ventana entraba la claridad de la luna.

Se adormecía sin quererse dormir. Su amante no podía tardar y sabía cómo él la encontraría hermosa y la envolvería en su cariño.

De pronto creyó oir el ruido de la verja que se abría..., unos pasos..., un cuchicheo... Después, nada...

—¡Jaime!

Llamó con tono quedo y como asustada del eco de su propia voz en el silencio; se tapó la cara con la holanda y los encajes de la sábana. No quería ver las vidrieras, por donde le parecía que un espíritu invisible la acechaba; y al poco rato se adormeció de nuevo, riéndose de .sus temores

Esta vez estaba cierta. Se abría la verja y resonaban pasos quedos. Escuchó la voz de Jaime:

—María de las Angustias.

—Cuánto has tardado, Jaime mío.

No tuvo tiempo el joven de responder. Se quedó atónito ante la expresión de terror con que María de las Angustias se incorporaba en el lecho con la mirada fija en la puerta por donde él había entrado.

Se volvió con rapidez y apenas pudo darse cuenta de lo que sucedía: Alfredo estaba allí con el revólver en la mano.

Entonces él, que era valeroso, se sintió contagiado por aquella corriente de pánico que le enviaban los ojos abiertos, inmóviles, extraviados, de María de las Angustias.

No era un hombre lo que tenía frente así. Eran la ley y la sociedad toda hechas carne. ¡Era "el mando! Sin darse cuenta, de aquel modo intuitivo y embrionario, en el que los pensamientos acudían en tumulto sin la serenidad del juicio sentía la influencia de verse ante el marido. No era un hombre que lo atacaba y contra el que podía defenderse. Aquel hombre calmoso y frío, con el revólver en la mano, tenía esa fuerza de la Guardia cilvil, contra la que no puede defenderse el criminal. No había defensa posible; el marido fusila, no se desafía.

Por un momento quiso correr hacia María de las Angustias. Pero, ¿acaso no sería mejor dejarla con su marido? Entre el tumulto de pensamientos vagos, de cosas planteadas con la velocidad del rayo en su cerebro, no concebía que no se impusieran la gracia y el amor de María de las Angustias, que no le inspirara piedad, un recuerdo do amor a la esposa y a la madre de su hija. Creyó que tendría una compasión para ella que no le inspiraría él jamás.

Aquellos momentos en que se ha planteado la vida de ese modo precipitado, confuso, pero preciso, con que se plantea la vida en los momentos graves, le hace ver todo el horror de su situación.

No tiene armas, no está prevenido y preparado para la escena, como lo está el público que después lo ha de juzgar; pero es inútil defenderse, está irremisiblemente perdido. Si él matara no mataría en legítima defensa, resultaría un asesino con agravantes.

Suena un disparo; después, otro, otro... Un resplandor de relámpago, olor a humo de pólvora... Ha sentido pasar algo tibio silbando cerca de él. Experimenta el ardor de una quemadura en la mejilla derecha y en el costado.

Le acomete un miedo cerval, inevitable... El instinto de conservación imponiéndose a todo... Siente salir su sangre y cree que su rival lo ha matado... Entonces se vuelve, huye atropelladamente, como el ladrón que se ve sorprendido en casa ajena, loco de dolor y de vergüenza.

En cuanto llega a la calle y se serena siente el impulso de volver, de acudir al lado de María de las Angustias. Tiene la visión confusa de haberla visto caer inmóvil en el lecho, sin pronunciar una palabra, con el cabello revuelto y su hermoso cuerpo desnudo y blanco, apenas cubierto por la camisilla de encaje, y algo muy rojo en el pecho ... un puñado de rosas rojas.

Entre tanto, la sangre salía de sus heridas, las fuerzas le faltaban y cayó desvanecido en medio de la calle.

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