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María Luisa Bombal

"La amortajada"

Biografía de María Luisa Bombal en wikipedia

 
 
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Música: Mendelssohn — Lied ohne Worte Op.62 No.l (Andante espressivo)
 
La amortajada

(Continuación)

OBRAS DEL AUTOR
El árbol
La amortajada
La última niebla
Las islas nuevas
Lo secreto
Trenzas
 

ESCRITORES DE CHILE

Baldomero Lillo
Francisco Coloane Cárdenas
Gabriela Mistral
María Luisa Bombal
Óscar Castro
Pablo Neruda
Poli Délano
Roberto Bolaño
Vicente Huidobro
 

 

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Pobre Fernando, ¡cómo tiembla! Casi no puede tenerse en pie. ¡Va a desmayarse!

Un muchacho comparte el temor de la amortajada. Fred, que se acerca, pone la mano sobre el hombro del enfermo y le habla en voz baja. Pero Fernando, sacude la cabeza, y se niega, tal vez, a salir del cuarto.

Entonces ella observa cómo Fred lo empuja hacia un sillón y se inclina solícito. Y el pasado tierno que la presencia del muchacho volcó en su corazón desborda por sobre esta imagen de Fernando entre los brazos de Fred, el hijo preferido.

Recuerda que, de niño, Fred les tenía miedo a los espejos y solía hablar en sueños un idioma desconocido.

Recuerda el verano de la gran sequía y aquella tarde, en que a eso de las tres, Fernando le había dicho: "¿Si fuéramos hasta los terrenos que compré ayer?"

Los niños treparon al break sin titubear.

Antonio alegó lo de siempre; que era desagradable salir a esa hora.

Pero ella, para no decepcionar a Fernando y cuidar que los niños no expusieran sus cabezas al sol, había aceptado la poco dichosa invitación.

"Estaremos de vuelta mucho antes de la comida", gritó a su marido en tanto el coche se alejaba. Pero Antonio que fumaba, recostado en la mecedora, ni se dignó agitar la mano.

Y así hubo de sobrellevar muda y ofendida los primeros diez minutos de llanura polvorienta.

Los perros de Fred, esa jauría hecha de todos los perros vagos del fundo, siguieron un instante el carruaje. Luego se quedaron bebiendo en el barro de una acequia.

Los niños se movían incesantemente, gritaban, cantaban, hacían preguntas. Ella, agobiada por el calor, sonreía sin contestarles. Y el coche avanzaba así, entre una doble fila de lechuzas que, gravemente erguidas sobre los postes del alambrado, los miraban pasar.

"Tío Fernando, quiero una lechuza. Toma, aquí tienes tu escopeta, mata una lechuza para mí. ¿Por qué no? ¿Por qué tío Fernando? Yo quiero una lechuza. Esa. No, ésa no. Esta otra..."

Y Fernando accedió como accedía siempre cuando Anita se le colgaba de una manga y lo miraba en los ojos. Por temor de caer en desgracia ante la niña, halagaba siempre sus malas pasiones. La llamaba: Princesa, y apedreaba junto con ella las pequeñas lagartijas que se escurrían horizontales por las tapias del jardín.

Fernando detuvo los caballos, apoyó la escopeta contra el hombro y apuntó a la lechuza que desde un poste los observaba, confiada, sin moverse.

Una breve detonación paró de golpe el inmenso palpitar de las cigarras, y el pájaro cayó fulminado al pie del poste. Anita corrió a recogerlo. El canto de las cigarras se elevó de nuevo como un grito. Y ellos reanudaron la marcha.

Sobre las rodillas de la niña, la lechuza mantenía abiertos los ojos, unos ojos redondos, amarillos y mojados, fijos como una amenaza. Pero, sin inmutarse, la niña sostenía la mirada. "No está bien muerta. Me ve. Ahora cierra los ojos poquito a poco... ¡Mamá, mamá, los párpados le salen de abajo!

Pero ella no la escuchaba sino a medias, atenta a la masa violeta y sombría, que, desde el fondo del horizonte, avanzaba al encuentro del carruaje.

"¡Niños, a subir el toldo! Una tormenta se nos viene encima".

Fue cosa de un instante. Fue sólo un viento oscuro que barrió contra ellos, ramas secas, pedregullo e insectos muertos.

Cuando lograron transponerlo, la vieja armazón del break temblaba entera, el cielo se extendía gris y el silencio era tan absoluto que daban deseos de removerlo como a una agua demasiado espesa.

Bruscamente, había descendido a toro clima, a otro tiempo, a otra región.

Los caballos corrían despavoridos por una llanura que ninguno recordaba haber visto jamás. Y así arrastraron el coche hasta una guanja en ruinas.

De pie, en el umbral sin puerta, un hombre parecía esperarlos.

—"¿El camino a San Roberto, por favor?

El peón — ¿era un peón? — Calzaba botas y tenía una fusta en la mono— los miró extrañamente, tardó un segundo y contestó:

—"Sigan derecho. Encontrarán un puente. Doblen luego a la izquierda".

—"Gracias".

Los caballos emprendieron de nuevo su inquietante carrera. Y entonces, Fred con cautela se arrimó a ella y la llamó en voz muy baja.

—"Mamá, ¿te fijaste en los ojos del ombre? Eran iguales a los de la..."

Aterrada ella se había vuelto hacia su hija para gritarle:

—"Tira esa lechuza; tírala he dicho, que te mancha el vestido"—.

¿El puente? Cuántas horas erraron en su busca. No sabe.

Sólo recuerda que en un determinado momento ella había ordenado: "Volvamos".

Fernando obedeció en silencio y emprendió aquel interminable regreso durante el cual la noche se les echó encima.

La llanura, un monte, otra vez la llanura y otra vez un monte.

Y la llanura aún.

"Tengo hambre" murmuraba tímidamente Alberto.

Anita dormía, recostada contra Fernando, y la felicidad de Fernando era tan evidente que ella procuraba no mirarlo, presa de un singular pudor.

Bruscamente uno de los caballos resbaló y se desplomó largo a largo.

Dentro del coche se hizo un breve silencio. Luego, como si revivieran de golpe, los niños se precipitaron coche abajo, prorrumpiendo en gritos y suspiros.

Fernando habló por fin. "Ana María, estoy perdido hace horas", dijo.

Los niños corrían en la oscuridad del campo. "Aquí debe haber llovido", chillaba Alberto hundido hasta la rodilla en un lodazal.

Apremiado por Fernando el caballo se erguía tambaleante, caía y se volvía a alzar relinchando sordamente.

—"Ana María, más vale no seguir el viaje. Los caballos están extenuados. El coche no tiene faroles. Esperemos que amanezca".

"¡Antonio!" había gemido ella, sintiéndose de pronto muy débil.

Instantáneamente Fernando golpeó las manos para reunir a los niños dispersos.

—"¡Nos vamos! ¡Nos vamos! ¿Y Fred? ¿Dónde está Fred? ¡Fred! ¡Fred!"

—"¡Hu, hu!" — gritó una voz, mientras a lo lejos un punto de luz se encendía y apagaba.

—"Se ha llevado la linterna sorda y está jugando a la luciérnaga" —, explicaron los hermanos.

Recuerda cómo echó pie a tierra y se internó rabiosa entre las zarzas, mal segura sobre sus altos tacones.

—"Fred, nos vamos. ¿Qué haces ahí?"

Inmóvil ante un arbusto cuyas ramas mantenía alzadas, Fred, por toda respuesta le hizo una seña misteriosa. Y como si le comunicara un secreto, fijó contra el fango el redondel de luz.

Entonces ella vió, pegada a la tierra, una enorme cineraria. Una cineraria de un azul oscuro, violento y mojado, y que temblaba levemente.

Durante el espacio de un segundo el niño y ella permanecieron con la vista fija en la flor, que parecía respirar.

De pronto Fred desvió la luz y la tétrica cosa se hundió en la sombra.

¿Por qué persistió en ella la imagen azul y fría? ¿Por qué sus carnes se apretaban temblorosas mietnras volvía hacia el coche apoyada en el hombro de Fred? ¿Por qué había dicho suavemente a Fernando: "Tiene razón. Es peligroso seguir viaje. Esperemos que amanezca".

Como si hubieran oído una orden, los niños estiraron las mantas.

Distingue aún como en sueños a su hijo Alberto que se acerca para taparla, que le pega un coscorrón a Fred, para dormir, solo, contra ella y bajo el mismo abrigo.

Nunca, no, nunca olvidó el terror que los sobrecogió al despertar.

Un paso más y aquella noche habrían desaparecido todos. El coche estaba detenido al borde de la escarpa. Y allá, en lo hondo, debajo de una espesa neblina, y encajonado entre las dos pendientes, adivinaron, corriendo a negros borbotones, el río.

 

Desde aquel día memorable ella había vigilado a Fred, inquieta, sin saber por qué. Pero el niño no parecía tener conciencia de ese sexto sentido, que lo vinculaba a la tierra y a lo secreto.

Y aún cuando fue un muchacho insolente y robusto lo siguió cuidando como a un ser delicado. Sólo porque de repente, y en el momento más inesperado, solía mirarla con los ojos pueriles y graves del niño misterioso de ayer.

"No lo niegues, solía decirle Antonio, es tu preferido, le perdonas todo". Ella sonreía. Era cierto que le perdonaba todo, hasta la rudeza con que se desprendía de ella cuando se incinaba para besarlo.

¿Y cómo olvidar aquella pequeña mano que durante tres días y tres noches, en el cuarto de una clínica, se aferró a la suya sin soltarla? Durante tres días ella no había comido y durante tres noches había dormitado sentada al borde del lecho, torturada por esa mano ávida de Fred, que le transmitía el sufrimiento y la obligaba a undirse, junto con él, en la pesadilla y el ahogo.

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